Sangre muerta Capítulo 37
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Capítulo 37

Lucas

Estábamos sentados sobre la grama, hundidos entre las sombras que las ramas dibujaban con cada soplido del viento.

El jardín parecía tranquilo. Pero yo, en cambio, no dejaba de mirar la casa.

En mi cabeza, en cualquier momento aparecerían los guardaespaldas.

O Filomena. O Aleksei. Sobre todo Aleksei.

—¿Por qué tan distraído el lindo señor Luna? —disparó con ese tonito cantado que ya me tenía medio tonto—. Relájate. Deja de pensar en Filomena, si es eso.

Lo miré. Error. Mirarlo de frente era caer directo en la trampa.

Hipnótico. Esa era la palabra. Y él lo sabía.

Sabía que tenía mi atención agarrada con tenazas.

Ese interés por mí —fuera real o parte del juego— flotaba entre nosotros.

Me pregunté si no le daba miedo Rugo. O si el paranoico era yo por imaginarme el castigo cósmico que se me venía encima de un rey encabronado.

—¿O estás pensando en el cascarrabias? —soltó—. ¿Es eso?

No preguntaba, confirmaba algo que ya sabía, y esperaba que yo tuviera los cojones de admitirlo.

—No te preocupes por Aleksei —añadió—. Es zorro viejo. Sabe cuidarse.

Desvió la vista hacia la casa, igual que yo, pero sin la ansiedad en el pecho.

—Pronto aparecerá —dijo—. Siempre lo hace.

Me limité a apretar los dedos contra la grama húmeda. El frío se me subió por la piel y, aun así, sentí un hueco abrirse en el estómago. Porque lo que Gunnar no sabía —o fingía no saber— era que no me preocupaba si Aleksei sabía cuidarse. Me preocupaba qué iba a pasar si aparecía y nos viera así.

—¿Lees mentes acaso? —tiré. Buscaba una salida de emergencia, pero mi sonrisa salió falsa.

—Quizá —respondió—. ¿Estoy en lo cierto o no?

Ay, santo. El cerebro entró en pánico. ¿Negarlo? ¿Cambiar de tema? ¿Fingir un desmayo? ¿Hacerme el interesante al mirar un árbol? Cualquier opción era válida mientras evitara la verdad.

No respondí. Y él lo notó. Lo leyó todo, mi respiración, el cuello rígido, el gesto que me delataba, la tensión en los hombros. No necesitaba respuesta, la tenía escrita en el cuerpo.

Por un segundo pensé que iba a empujar más, pero en lugar de eso, soltó aire.

—Olvídalo —dijo, y con un pequeño gesto cerró el tema—. Lo importante es que estás bien. Estás a salvo.

Suspiré también. «No te enojes conmigo por no decirlo», pensé. Solo lo pensé. Porque en ese momento raro, suspendidos en un silencio tibio, solo estábamos él y yo, la brisa, que era fría y cálida al mismo tiempo, y la Luna allá arriba, que lo veía todo pero nunca diría una mierda.

—Siento que hay cosas que quieres decir y no te atreves —murmuró, con la voz apenas más alta que el roce de las ramas—.

No hace falta leer mentes para verlo, Lucas.

Has pasado por demasiado. Es normal estar así.

—Se encogió de hombros—. O tal vez soy yo, que me invento cosas. Estoy un poco nervioso.

¿Nervioso? Ajá. No le creí ni medio segundo. Su voz era tan firme que lo de nervioso sonó a excusa prefabricada. Daba igual, no dije nada.

De repente, me atrapó. Sus manos, frías pero suaves, me tomaron la cara.

Los dedos bajaron por mi mandíbula, lentos y seguros, y me besó sin pedir permiso.

Fue un beso decidido, ya resuelto de que yo era suyo incluso antes de que yo mismo lo supiera.

Su cuerpo se pegó al mío y el frío de su aliento se coló por mi ropa, directo al pecho.

El mundo se hizo chiquito y no me aparté.

Le respondí. No lo pensé, no hubo debate interno ni checklist de consecuencias. Fue instinto. Mis brazos, que hace un segundo colgaban, inútiles, se alzaron solos y lo abrazaron. No quería soltarlo. No podía. Algo me anclaba a él.

Entonces, Aleksei. Se coló en mi cabeza sin aviso. Vi sus ojos. Esa forma fría de mirarme, su decepción por mi descuido. Por ignorar sus advertencias, por no pensar en él.

Me separé a lo bruto, un frío cortante me recorrió entero.

—¿No le tienes miedo a Rugo? —solté, sin aire, buscaba algo que me devolviera a tierra firme.

Gunnar titubeó, se veía de verdad sorprendido. No entendía por qué eso salía ahora.

—¿Eso es lo que te preocupa? —repitió, confundido, pero sin enojarse—. Lucas, en mi vida como vampiro he hecho cosas peores que esto. Actos que incluso los míos consideran despreciables. Un beso no es nada.

Se tomó un par de segundos.

—Sé que esto es nuevo para ti —siguió—. Nuestro mundo, nuestras reglas. Pero si hay algo que tienes que entender es que nosotros no vivimos igual que ustedes. Lo que para ti puede ser raro, incómodo o un tabú, para nosotros no lo es.

Se acercó otro poco. Los ojos fijos en los míos. No sabía si quería besarme otra vez o si intentaba leerme el alma.

—Somos inmortales —continuó—. Hemos vivido tantas vidas que lo único que buscamos a veces es sentir algo.

Lo que sea. Las relaciones entre vampiros no son iguales a las suyas.

Son intencionales, Lucas. No siempre son exclusivas.

A veces es por compañía, otras por costumbre, o solo para no volverse loco, para recordar que seguimos sintiendo, que seguimos aquí.

El aburrimiento es nuestro peor enemigo, y créeme, la eternidad puede ser un infierno cuando nada te mantiene anclado.

Hizo otra pausa y bajó la voz.

—Sí, soy el consorte principal del rey. —Cada palabra pronunciada con cuidado.

—Él me eligió a mí. A un impuro. Y ambos entendemos lo que eso significa.

Hay espacio para otras cosas, otras especies, otras experiencias porque somos inmortales.

A él no le preocupa que yo esté aquí. No hago nada que deba ocultar.

Me quedé ahí, lo escuchaba con la cabeza hecha un jodido torbellino.

Me estaba diciendo que para ellos no existía lo de “solo tú y yo”.

Que los celos eran cosa humana, limitada por la idea de que la vida se acaba.

Que amar en su mundo era otra cosa. Y que besarme no rompía ninguna regla. Al final, a ellos les sobraba tiempo.

Y yo, un imbécil recién estrenado en los dieciocho, aún procesaba que el consorte de un rey inmortal me había besado sin miedo ni culpa. Sin preocuparse por lo que pudiera pasar después.

—Okey —solté al fin, mientras buscaba una salida al caos en mi cabeza—. No lo entiendo del todo, pero supongo que sí. Debe volverse aburrido en algún punto.

—¿Rugo? —preguntó Gunnar, con una media sonrisa.

—Todo —aclaré—. Ustedes. Vivir por siempre.

No sé. Todavía no le encuentro el lado bueno.

Sí, ves el mundo cambiar y todo eso, pero ver morir a humanos o a vampiros, a los que amas, una y otra y otra vez, no sé, me suena más a castigo que a privilegio.

—Lo miré de frente, sin rodeos—. ¿Qué es lo que más odias de ser vampiro?

Y no vale repetir lo de perder a tu familia humana. Eso ya lo sé.

Me miró con una expresión que no esperaba. No era tristeza, tampoco nostalgia. Era más suave. Tal vez nadie le había hecho esa pregunta en serio. Se acomodó en la grama, estiró las piernas y apoyó los brazos detrás. Miró al cielo un segundo antes de hablar.

—Creo que todo se reduce a lo mismo —dijo por fin, casi para sí—. Odio que mis cosas favoritas desaparezcan.

Volteé la cabeza hacia él.

—Hace más de cien años —continuó—, había una panadería en el pueblo de La Chapelle-en-Juger, en Francia. Me encantaba. El pan —cerró los ojos un segundo—, cambiaba el sabor de la sangre. El olor de ese pan… ufff. Era el cielo.

Sonrió con el brillo de los recuerdos que duelen bonito.

—Luego vino la Segunda Guerra Mundial —añadió, tan natural—. Fue un periodo difícil.

Me miró fijo.

—No quiero sonar insensible —dijo—. Eran personas increíbles. Amables. Los extraño, sin duda. Pero —alzó una ceja— extraño más el pan.

Me lanzó una mirada de reojo con esa sonrisa culpable y encantadora a la vez, consciente de lo absurdo que sonaba y completamente en paz con eso.

Ese es el problema de hablar con inmortales. Sus recuerdos vienen con guerras, lugares que ya no existen, pérdidas que duran siglos y, al final, lo que más extrañan es un pan que ya no se hornea.

—¿Dónde estabas tú cuando tenía examen de Historia? —solté, con una risa para quitarle hierro al asunto.

—Ahora estoy aquí —dijo él, con su hermosa sonrisa. Y sin pedir permiso, puso su mano sobre la mía—. Y ahora es lo único que importa.

No sé si era cosa de vampiros o solo de él, pero no perdía el tiempo.

Justo cuando empezaba a despejarme, a recordar que respirar era útil, apareció Filomena. Salió de la sombra misma. Los dos gorilas le pisaban los talones. Juro que casi me infarto.

—Mmmm. Creo que ya les hemos dado suficiente tiempo para… charlar —dijo la señora, su mirada en mí—. Consideramos interrumpir hace una hora, pero elegimos ser flexibles solo porque hoy es su cumpleaños, niño.

¡Regalazo!

—Sin embargo —continuó con esa voz de cigarro y sentencia—, el amo nos dio una sola instrucción y no la cumpliríamos si no interrumpiéramos este momento tan… —una pausa— especial.

Me clavó la mirada. Si ella pudiera matar con los ojos, yo hubiera estado hecho un montón de cenizas en el piso. Luego se giró hacia Gunnar.

—Señor Trather —escupió el apellido, con una sonrisa que no era sonrisa—. Tan dispuesto y ubicuo como siempre.

Gunnar se levantó con una elegancia natural.

Sabía que el acto había terminado y que era el momento exacto para su gran retirada.

No voy a mentir, no me molestó. Me sentí igual que un niño al que acaban de agarrar con las manos en el frasco de galletas.

No solo por Filomena y los dos gorilas con cara de funeral, sino porque, por un segundo, se me había olvidado todo.

Que estaba bajo custodia por orden de Aleksei.

Que mi vida pendía de un hilo. Que Colona me estaba buscando.

Esto, lo que sea que 'esto' fuera, no debería estar pasando.

—Mi estimada señora Filomena —soltó Gunnar, con su sonrisa perfecta e irritante—, sé que en el fondo usted me aprecia.

—Es difícil que aprenda algo quien cree saberlo todo —disparó ella, sin moverse un milímetro—. ¿No debería estar con el rey, Su Alteza? La dinastía Trather está de luto.

Después me miró a mí. No fue una mirada cualquiera. Fue un hachazo sin filo, pero certero.

—Señor Luna —dijo—, la inocencia no es excusa para la estupidez.

Medio perra la doña.

No tuvo que decir nada más. Me paré al instante y caminé hacia la casa como si el mismísimo demonio me soplara en la nuca. Y, bueno, en esta historia, el demonio usaba tacones bajos, parecía tener cien años y un doctorado en convertirte en la decepción hecha carne.

Estaba por cruzar la puerta cuando me lanzó la última bala:

—Espero que tenga una buena excusa para el amo a su regreso, señor Luna. Ahora entrégueme su celular.

Ahí supe que si lo de antes había sido una falsa alarma de infarto el verdadero estaba justo a la vuelta de la esquina.