Sangre muerta Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

Un espacio rectangular e inmenso. En el centro, una sala de operaciones circular, aislada por paredes de vidrio hermético; una pecera, un quirófano de observación.

Dentro, los servidores seguían encendidos; pantallas activas mostraban líneas de código que se desplazaban sin control, la máquina todavía se resistía a morir.

Alrededor de la sala, nueve puertas metálicas enormes, separadas a distancias iguales y marcadas con números romanos. Cuatro en cada pared larga. Una última al fondo, más ancha, más gruesa, distinta. Y esa estaba abierta.

El silencio era total, pero avanzaron despacio.

Más cámaras rotas, más cuerpos, más sangre. Gargantas abiertas, ojos vidriosos que apuntaban al techo, fijos. Aleksei aceleró el paso. Un zumbido se formaba en su interior. Su furia, su instinto, la rabia contenida de quien reconoce un patrón de muerte planificada.

La carnicería era absoluta. Científicos. Guardias. Técnicos. Humanos, todos. El subterráneo 9 no era un laboratorio, era una fosa común.

Aleksei lo entendió al instante. Esto lo cambiaba todo. Cuando se supiera, la tregua entre vampiros y humanos se rompería por siempre. Y había algo peor. No era una fuga, ni un ataque fortuito sino una ejecución calculada, limpia en su brutalidad.

Quien estuviera detrás de esta matanza no quería esconderse, quería una guerra. Acababa de encender la mecha.

Tras confirmar que no había amenaza en el lugar, Iván dijo:

—Dustuyev debe estar tras una de esas puertas.

La única abierta era la del número IX. El instinto le gritaba a Aleksei que ese era el lugar. No dudó. No hubo tiempo para preguntas ni respuestas, solo acción.

—Iré por los cuerpos. Tú intenta… —dijo Aleksei.

—Veré qué puedo sacar del sistema —lo interrumpió Iván, entendiendo lo que quería. Ya había ejecutado misiones donde la extracción de información confidencial era la prioridad.

Aleksei asintió, tiró la peluca a un lado, y echó a correr hacia la puerta. Iván se quedó atrás. Su nueva misión, igual de crucial, era extraer cualquier dato que pudiera arrojar luz sobre lo ocurrido. Archivos, registros, evidencia. Algo que hablara, aunque los muertos ya no pudieran hacerlo.

El centro de operaciones, la pecera, seguía encendido.

Las pantallas titilaban, los cables aún estaban conectados.

Una pierna femenina impedía que la puerta deslizante cerrara por completo.

El cuerpo yacía cruzado en el suelo, con una bata médica empapada en sangre.

Charcos oscuros se expandían sobre el piso antideslizante, espesos, todavía frescos.

Iván entró. Vio más cadáveres. Dos técnicos. Una mujer con las gafas rotas. Un hombre con la cabeza estampada contra el teclado. Todos muertos, entonces, oyó algo.

No fue un grito, ni un llamado. Fue un murmullo bajo, arrastrado, un quejido tímido.

Caminó hacia el fondo, esquivó sillas volcadas y pantallas que parpadeaban. Se arrodilló ante un rostro cubierto de sudor, desfigurado por el miedo.

—Directora Chang… —susurró.

Ella lo miraba sin verlo. Tenía los ojos abiertos, sí, pero desenfocados, perdidos en un punto más allá de la vida. Los labios temblaban, el estómago era un tajo brutal por donde los intestinos, grises, se deslizaban afuera, halados hasta a la mitad.

Iván tragó saliva. Sabía que no había nada que hacer.

—Tranquila. Ya viene ayuda —dijo.

Una mentira hueca, improvisada, para que no muriera pensando que estaba sola. Fingió marcar un código de emergencia. No había nadie del otro lado. Solo silencio.

Mientras tanto Aleksei empujaba la puerta marcada con el IX. Se abrió con un lamento metálico, y el hedor que brotó fue un golpe brutal. Ácido y húmedo. Puro fermento de muerte. De descomposición acelerada.

Adentro tres cuerpos en el piso. Los guardias humanos de la Triple S reducidos a masas rotas, con huesos que salían igual que lanzas que atravesaban carne y la tela, reventados desde su interior.

Lo peor estaba en el centro. Dustuyev y Rad. O lo que quedaba de ellos.

Sus “cuerpos” descansaban sobre dos mesas metálicas. No eran más que un amasijo de huesos calcinados y carne ennegrecida. Pulpa humeante. No quedaba rostro, no quedaba nada. Solo cenizas. Aun así, Aleksei lo supo. Eran ellos. No necesitaba confirmarlo. El hedor, la atmósfera, el vacío se lo decían.

No quedaba nada que recuperar. La evidencia había sido destruida, quemada hasta los cimientos. Pero Aleksei no había arriesgado tanto para irse con las manos vacías. Tenía que haber algo, aunque fuera mínimo.

Regresó con Iván a la sala de control. Entró tan rápido que Iván ni lo notó.

Ignoró los cuerpos, ya no importaban. No había tiempo.

Se plantó frente a las estaciones de comando.

Sus ojos recorrieron las pantallas encendidas.

Datos. Biometría en tiempo real. Nombres, tasas de sangre, impulsos eléctricos. Y entonces la vio.

Una carpeta. PROYECTOS – SUBTERRÁNEO 9.

No dudó. Se sentó, movió el mouse con destreza. Todo estaba bloqueado, cada archivo exigía validación múltiple: huella, voz, códigos.

—Iván —llamó, sin volverse—. Aquí. Ya.

Iván, pese a su experiencia, se quedó absorto con lo que tenía delante. Se acercó a la consola y sacó un dispositivo portátil del bolsillo de la bata. Se sentó junto a Aleksei y lo conectó al puerto USB.

Sus dedos comenzaron a moverse. Rápidos, eficientes. Una danza aprendida entre secretos y cientos de trabajos iguales bajo la mirada de Rugo. Una a una, las barreras empezaron a caer. Aleksei lo miraba en silencio. Sabía que Iván no necesitaba palmaditas, solo objetivos claros y acceso total.

—Uso los accesos biométricos del doctor Grinfel —murmuró Iván, sin pausar el tecleo—. Tengo sus contraseñas, su huella y su archivo de voz. Hicimos el trabajo completo.

Una ventana emergente estalló en la pantalla:

Zona restringida. Proyectos ultraconfidenciales. Subterráneo 9.

ACCESO DENEGADO.

Iván se quedó inmóvil por una fracción de segundo. Palideció, tenía tres intentos. Ya había quemado uno.

Tecleó de nuevo. Ajustó parámetros, modificó el tono del archivo de voz. El sudor le corría por la frente. Pestañeaba menos. No por concentración, sino por miedo.

Segundo intento. Rechazado.

Aleksei ya estaba detrás de él. Silencioso, con los brazos cruzados y la mandíbula marcada.

—Una oportunidad más —dijo el vampiro, apenas audible.

Iván tragó saliva. Ajustó el modulador, retrocedió el código base, afinó la frecuencia del archivo hasta el límite. Tecleó la frase exacta del protocolo de autenticación. Pero antes de presionar Enter, algo se interpuso. Una voz que gorgoteaba rasgó el aire, nacía del suelo.

Chang.

La directora aún respiraba. Poco. Los labios partidos, la cara cubierta de sangre seca y nueva. Señalaba la pantalla. Sus dedos temblaban. Balbuceaba letras, números, signos, cada sílaba le costaba un año de vida. Pero el código estaba allí. Salía de su garganta en estertores.

Iván no vaciló. A veces la salvación se arrastra con las tripas colgando. Tecleó lo que ella decía. Rápido, seguro y sin error.

Aleksei se inclinó sobre su hombro. Ni una palabra, solo su sombra proyectada sobre la pantalla. Sabían que era todo o nada.

Iván apretó Enter. Pantalla negra. Silencio.

ACCESO CONCEDIDO

Iván exhaló. No por alivio, sino por agotamiento. Sabía que aún no estaban a salvo.

Aleksei acercó el rostro al monitor. Las líneas de datos comenzaron a desplegarse: informes, grabaciones, registros internos. Todo lo que necesitaban estaba ahí.

Dos carpetas sobresalían. Una en rojo. PROYECTO AMGUltra. Alteración molecular genética Ultra.

Aleksei la señaló. Iván hizo clic.

Se desplegaron documentos clasificados, videos de pruebas clínicas, gráficos biomédicos. Cada archivo era más complejo que el anterior. Diagramas de sangre mutada, reacciones enzimáticas, células humanas reprogramadas para descomponer tejido vampírico desde adentro.

Un informe captó su atención. “Sangre catalizadora”.

Un fluido humano alterado genéticamente para actuar con efecto de virus letal. Capaz de convertir cuerpos inmortales en masa orgánica en descomposición.

Iván abrió otro archivo. El nombre heló el aire. PROYECTO D.I.A.N.A. Desarrollo de Inhibidores de Alteración No Autorizada.

Un arma. Una bomba biológica en forma humana. Vampiro que se alimentara, vampiro que moría. No había margen de error. Aquello no tenía nada que ver con la defensa. Era exterminio.

Entonces lo vieron, un sello oficial. Nítido. “Aprobado por Triple S y el equipo utilizado llevaba el logo de Plasma Corp.”.

El silencio se instaló, Aleksei apretó los puños. No por sorpresa, sino por rabia. La Triple S y Plasma Corp. trabajaban juntos en esto. No era un rumor ni paranoia, era una alianza secreta financiada para diseñar su extinción.

Iván ya había conectado el dispositivo USB y descargaba todo antes de que Aleksei lo ordenara. Chang ya era un cadáver.

—Tenemos que irnos —dijo Aleksei, rápido.

La puerta de la sala de control, a sus espaldas, se abrió con un chasquido suave.

Aleksei giró. Lo olió antes de verlo. Era el vampiro disfrazado de guardia. Pero ya no llevaba uniforme. Ahora vestía igual que él. Idéntico. Era verse en un espejo. Cada gesto, cada detalle, una réplica casi perfecta.

La criatura dio un paso. La sonrisa era apenas una línea torcida, sin emoción; una mueca vacía tallada en un rostro sin alma.

—Lo estaba esperando, Su Alteza —gruñó. Hasta la voz era casi idéntica.

Aleksei no respondió. La pelea era inevitable. Pero no era un problema para él. La rabia que le había dejado la matanza pedía un cuerpo donde descargarla. El encuentro era justo lo que necesitaba.