Sangre muerta Capítulo 36
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Capítulo 36

Triple S

La puerta se cerró tras ellos con un clic metálico que sonó igual que un disparo. El contenedor donde Aleksei estaba oculto vibró apenas cuando Fili lo empujó con ambas manos. Las ruedas chirriaban sobre el suelo encerado, un sonido agudo, constante, casi delator.

Las luces LED bañaban el corredor con su resplandor frío. Paredes de concreto gris, sin ventanas, sin alma. Un lugar donde el tiempo se congelaba y las cámaras jamás dejaban de mirar.

Fili avanzaba en silencio, con la respiración medida y el paso contenido, hasta que llegó al segundo control. Otro punto de acceso. Y con él, otro obstáculo.

Un guardia de la Triple S. Joven. Demasiado joven. El uniforme recién planchado, barba mal afeitada, y los ojos brillaban con ganas de impresionar a alguien.

—Alto —ordenó, con la mano apoyada en la funda del taser reglamentario. No era una pose. Era amenaza.

Fili sonrió. Tenso. Fingía seguridad, pero ya no le quedaba mucha.

—Entrega especial. Pedido retrasado. De lavandería —dijo, y levantó su tarjeta.

El guardia la tomó. La pasó por el lector. Un pitido. Luz roja. Acceso denegado.

Fili mantuvo la sonrisa. Bajó un poco la voz.

—Puede que el chip esté mal alineado. Ya me pasó antes con estas tarjetas —improvisó, dando un paso atrás, lento.

El guardia no se tragó nada. Sacó un escáner infrarrojo del cinturón. Se acercó al contenedor. El zumbido agudo del dispositivo al activarse era un reloj de cuenta regresiva metido en el cráneo de Fili. Si abría la tapa y llegaba a escanear el interior, todo se acababa.

Así que actuó.

—Perdón —dijo, justo antes de estornudar con fuerza, el cuerpo se le fue de lado, a punto de perder el equilibrio. El codazo fue exacto. Derribó una bandeja sobre el escritorio. Hojas, clips, bolígrafos, todo se fue al suelo.

—Mierda —soltó Fili—. Perdón, perdón.

El guardia frunció el ceño, se agachó a recoger el desastre, irritado, sin sospecha.

Fili no dudó. Metió la mano al bolsillo, sacó un cilindro negro, del tamaño de un dedo.

Un PEM portátil. Diseñado para emitir un pulso electromagnético de corto alcance.

Lo suficiente para dejar ciegos sensores, lectores, escáneres a menos de un metro.

Lo deslizó por la rendija lateral del panel de control. Presionó. Clic.

Un chispazo abrupto. La luz de emergencia titiló. El panel se apagó, la computadora se reinició. Las lámparas del pasillo se atenuaron durante un segundo eterno antes de reiniciarse.

—¿Qué carajo…? —farfulló el guardia, y se puso de pie de un salto.

El escáner estaba muerto. El lector también. La computadora lo mismo. Y el contenedor dejó de ser prioridad.

Fili levantó las manos y fingió ser inocente de todo.

—Te juro que no toqué nada. Solo quise recoger esto.

El guardia bufó y masculló una maldición. No iba a reportar una falla menor a esa hora. No con las cámaras clavadas en cada movimiento.

—Solo pasa —gruñó. Tecleó un código en la consola auxiliar. La puerta se abrió con un pitido—. Cuarto de entrega al final. Izquierda. Tienes diez minutos. Ni uno más.

Fili asintió y empujó el contenedor hacia adelante. El chirrido metálico volvió a llenar el pasillo. Habían pasado, pero la tensión no cedió.

Con la camisa pegada a la espalda por el sudor y el corazón repiqueteando en las sienes, Fili caminaba decidido. Lo último que se esperaba era que un segundo oficial apareciera al fondo del corredor por causalidad, pero este no era humano.

El recién llegado se detuvo al ver el contenedor. No necesitó acercarse. Frunció la nariz. Un gesto mínimo. Pero lo había olido. Y Aleksei también lo sintió.

—¿Qué llevas? —preguntó. Voz baja, más rezongo contenido que una pregunta.

Fili exhaló. Mentir era lo único que le quedaba.

—Suministros de laboratorio —dijo, y golpeó la tapa, amago de abrir—. Batas, material de esterilización. Nada crítico. Dejo esto, y recojo lo que hayan dejado sucio.

El vampiro dio un paso más. Se inclinó hacia el contenedor y fijó la vista ahí. Los ojos, de un gris metálico, destellaron con un brillo inhumano. Aleksei no se movió, ni un músculo, pero ya había visualizado tres maneras de matarlo si esa tapa se abría medio centímetro.

—El cuarto de entrega está más adelante —dijo al fin, y señaló con el mentón—. No te demores.

Fili asintió y retomó el camino. El vampiro lo observó alejarse más de lo necesario, olfateaba el aire. Un sabueso indeciso, aún sin saber si lo que captaba era amenaza real o solo paranoia.

Fili llegó al cuarto de entrega y le hizo saber a Aleksei que el contenedor estaba junto a la puerta, a la derecha. Con el mapa grabado en la memoria, Aleksei ubicó su posición exacta y repasó en su mente la ubicación de cada cámara desde allí.

Aleksei emergió. Todo ocurrió en un solo movimiento. Salió en silencio, una sombra que atravesó la luz. Se deslizó entre los estantes, y uno a uno, cortó los cables de cada ojo electrónico en ese cuarto y los apagó. Una chispa mínima. Muertos.

—No hay tiempo —dijo Aleksei, mientras se enfundaba la bata blanca, la peluca y los lentes que Iván le había dado—. Puedes irte. Si no revisan las cámaras en los próximos minutos, enviarán a alguien en persona. Yo me encargo de lo que sigue.

Fili asintió y desapareció sin decir palabra. Aleksei se echó a correr.

Aunque correr no era la palabra. Era una distorsión, una anomalía de la luz que se desplazaba por los pasillos. Se pegaba a las paredes, las botas apenas rozaban el suelo encerado. Iba tan rápido que el mundo parecía ralentizarse a su alrededor.

El plano del piso brillaba en su mente. Era memoria e instinto. Cada cruce, cada esquina, cada giro, cada cámara, sabía cómo esquivarlas. El ascensor sur estaba al fondo. Primera parada: subterráneo 7.

Llegó, deslizó la tarjeta robada por el lector. Luz verde. La puerta se abrió.

Marcó el piso con el botón que indicaba -7 y volvió a pasar la tarjeta. Un segundo lector confirmó el acceso. El ascensor vibró apenas al iniciar el descenso.

Las puertas se abrieron en el subterráneo 7. Iván ya lo esperaba con el contenedor metálico. Lo empujó y entró en silencio, el rostro tenso, los ojos escaneaban todo.

Sin decir palabra, le hizo una seña a Aleksei para que procediera. Aleksei presionó el botón que indicaba -9 y deslizó la tarjeta, esta vez en la ranura secundaria de validación biométrica. En la pantalla apareció una sola palabra: APPROVED, seguida de un pitido seco.

El ascensor descendió con un zumbido casi imperceptible. Parecía que incluso el metal entendiera que debía guardar silencio. Aleksei notó el cambio de presión segundos antes de que las puertas se abrieran.

Piso subterráneo 9.

Un único pasillo, estrecho, sin señalización, sin cámaras visibles, sin luces de emergencia. Al fondo, una puerta de acero pulido, lisa, sin manija, sin teclado, sin escáner evidente. Solo un lector del tamaño de una moneda, empotrado en la pared.

—Eso no lee tarjetas —dijo Aleksei, seguro—. Haz lo que tengas que hacer.

Iván asintió. Llevaba una pequeña cangurera a la cintura. De ella sacó una caja negra acolchada. En su interior, un globo ocular humano, aún fresco, de él colgaba un tramo del nervio óptico. Lo acercó al lector. Una línea LED se encendió y proyectó una tenue luz verde.

Segundos después, emergió de la pared una ranura circular con halo azul. Iván extrajo otra caja, más pequeña. Dentro, un dedo humano, grueso y velludo, todavía sangrante. Lo insertó en la hendidura. Una aguja invisible perforó la piel y extrajo una muestra. Otra luz verde se encendió.

Entonces, una voz femenina, robótica, habló desde el sistema:

—Identificación.

Iván sacó un dispositivo de grabación compacto, del tamaño de un encendedor. Lo activó y lo acercó al panel. Una voz grabada emergió con nitidez:

—Viktor Grinfel. PMI00921CU.

Tras el reconocimiento de voz, la última luz verde parpadeó. La voz robótica respondió:

—Bienvenido a Cámara Umbra, doctor Grinfel.

Se escucharon las trabas de seguridad retraerse con un chasquido metálico y profundo, casi huesos que se movían en la oscuridad. Un segundo después, la puerta se abrió con un siseo bajo.

Aleksei recordó lo que Iván le había dicho tras ver los tres pasos de identificación: el simple hecho de poder cruzar esa puerta ya era suficiente para no levantar sospechas.

El interior no era lo que Aleksei esperaba. En realidad, no sabía qué esperar.

Frente a ellos, una pared de concreto reforzado y una vitrina sellada. Nada más. Aquello era un puerto de seguridad, la última barrera.

Pero Aleksei notó que las cámaras colgaban del techo. Los lentes reventados o sin energía. Cadáveres electrónicos. En el suelo, una línea de sangre fresca serpenteaba hacia un pasillo lateral, donde la luz no llegaba.

—¡¿Qué carajo pasó aquí!? —murmuró Iván, mientras desenfundaba su Glock 19. Le temblaban las manos, pero el rostro se mantenía firme. Se ajustó los lentes, el sudor le bajaba por el cuello. Aleksei lo sabía, Iván podía tener un doctorado en ciencia, pero también podía matar.

Avanzaron. Tras el vidrio hallaron los primeros cuerpos, guardias de seguridad, soldados de la Triple S. O lo que quedaba de ellos. Cadáveres desmembrados, mutilados. Una masacre sin lógica aparente. Ambos supieron que no era obra humana. Olía a inmortal por todos lados.

Aleksei indicó con la cabeza. El rastro de sangre era el único camino a seguir. Iván guardó su arma de fuego y desenfundó una pistola de descarga eléctrica.

Lo siguieron por el pasillo lateral con cautela.

Al fondo, el cuerpo de un soldado decapitado bloqueaba el paso.

La cabeza yacía a un lado, y la puerta automática golpeaba sin pausa el torso, atrapada en un ciclo interminable de abrir y cerrar.

El ruido era monótono, casi ritual. Golpe. Pausa. Golpe.

Cruzaron un tramo corto y llegaron a la Cámara Umbra.