Capítulo 35
Lucas
Logré que me dejaran salir al patio. No fue bonito, fue rogar, un speech atropellado.
Que necesitaba aire, que me sentía ansioso, que por qué Aleksei aún no regresaba, que era mi cumpleaños, que no quería estar solo, que por favor.
Todo junto, pero sin comas. Una retahíla patética de niño de diez años que le ruega a su mamá cinco minutos más con los Hot Wheels.
Filomena, harta de mi quejadera, terminó cediendo. Un centímetro.
—Solo un rato —dijo, tajante—. Es de madrugada.
Los gorilas no dijeron ni pío, pero sentía sus ojos en mi nuca, eran francotiradores invisibles que esperaban que hiciera algo estúpido para justificar el «te lo dijimos».
El patio de Villa Eterna era enorme. Hectáreas. Oscuro. Árboles altos. Muchos. Silencio de cementerio. Me alejé lo suficiente hasta que la casa quedó por allá atrás, porque sí, necesitaba aire, pero no solo por ansiedad. No del todo.
—Lucas.
El nombre salió de entre los árboles, bajito, el jardín parecía hablarme.
Di la vuelta. Gunnar caminaba hacia mí con una sonrisa que decía que todo estaba bien aunque todo estuviera hecho mierda.
—Me alegra verte bien —dijo, tan tranquilo que me jodía los nervios.
Sí. El idiota —o sea, yo— había hecho justo lo que juré no hacer.
Le escribí. Le dije dónde estaba. «Villa Eterna».
Y él, de inmediato, me confirmó que sabía dónde era.
¿Cómo? Ni idea. Me pasé las advertencias de no des pistas y no digas dónde estás, por donde mejor me cupieron, tipo historia de amor trágico y no un juego donde si me descubrían, me borraban del mapa.
¿Por qué lo hice? Podría decir que por idiota, por curioso, por sentirme abandonado por Aleksei, un perro al que dejaron en la carretera, por no tener idea de lo que venía después.
Todo eso sería verdad, pero no toda. También lo hice por ese microinfarto en el pecho cada vez que Gunnar decía mi nombre.
Me gustaba que alguien como él, tan seguro, tan fuera de mi alcance, me mirara y decidiera que yo importaba.
Que me buscara, que me hablara como si no fuera solo “el humano”.
Y si voy a ser brutalmente honesto, también fue por las cosquillas.
Esas cochinas cosquillas que te dan cuando sabes que algo es mala idea, pero te lanzas igual, con el corazón a mil, pulso en las sienes.
Porque hay una parte de mí que quería que esto pasara.
La tensión de estar frente a un depredador capaz de destruirte con solo desearlo y que no lo hace.
Que, por alguna razón, te elige y te quiere cuidar. O eso es lo que crees.
Fue ahí que lo recordé. Gunnar en su habitación, bebiendo la sangre de aquel chico, y se retorcía de placer mientras el mundo se apagaba a su alrededor. Después, en ese sótano mugriento, cuando se alimentaba de la chica y la dominaba sin esfuerzo, sin culpa, sin freno.
Y de pronto me vi a mí en un cuarto oscuro, con el cuello expuesto. Frente a una figura humana, distorsionada, irreconocible. Hasta que alzó la cabeza. No era Gunnar.
Era Aleksei.
Sus ojos me atravesaron, dos espadas de luz. Esa mirada guardaba el sol, juré que lo retenía por dentro y que podía quemarme solo con verme. Me chamuscó las retinas, me sacudió el trance, era una cachetada directa al centro del pecho.
Parpadeé. Inhalé. Exhalé. Volví a mí. De vuelta en el jardín y el frío nocturno. Frente a Gunnar pensaba en Aleksei y en cuánto más se iba a demorar. En el error que cometía.
—¿En qué piensas, Lucas? —preguntó.
Estaba ahí, a un metro, los ojos listos para escarbar más de lo que yo estaba dispuesto a mostrar. Supe que sí, que yo era un imbécil. Un idiota por desobedecer a Aleksei. Pero igual lo miré.
Su sonrisa era frágil, pequeña, una luz de luciérnaga en medio de un pantano. Y mi problema siempre había sido que nunca supe alejarme de las luces bonitas.
—¿Qué haces acá, Gunnar? —pregunté. Mi voz salió baja, tirante. No era enojo. Era no tener idea de qué carajo pasaba por su cabeza.
Tardó un segundo en responder. Miró alrededor, el jardín, la casa a lo lejos, medía dónde estaba parado.
—No lo sé —respondió. No sonó a mentira. Había algo en su voz quebrado, sincero—. Quería verte. Asegurarme de que estabas bien. Vi lo que pasó. Te vi escapar. Fuiste valiente.
Se quedó callado. No se movió. Me mantuvo la mirada.
—Y sé lo que viste en el sótano —añadió—. Yo con ellos. Alimentándome.
Levanté la mano antes de que siguiera.
—No tienes que explicarme nada —lo corté. Bajé la voz lo justo para que ni Filomena ni los gorilas con oídos de murciélago nos oyeran—. Estabas haciendo lo que haces. Lo entiendo. Soy donante, ¿recuerdas? Sé cómo funciona. El que no debía estar ahí era yo.
Me escuché hablar y me sorprendió lo calmado que soné. Por dentro era otro cuento.
—No fue a propósito —seguí—. Es solo que no llegabas. Te fuiste sin decir nada. Me sentí raro.
—Tuve vergüenza —soltó al tiro.
—No, Gunnar —bajé la voz, despacio—. Eres vampiro. Querías mi sangre. Es lo normal.
Lo vi tragar hondo. Y para hacer todo menos incómodo, abrí la boca sin pensarlo mucho.
—Cuando te vi ahí abajo —dije—, no sentí lo que pensé que iba a sentir.
—¿Qué sentiste? —preguntó.
Antes de que pudiera pensar una respuesta coherente, me tomó las manos. Frías, suaves, no lo aparté, ni di un paso atrás.
—¿Quieres que me vaya? —añadió, casi obligado a preguntar.
Sé que él sabía la respuesta. Igual, negué con la cabeza. Fue mínimo, pero bastó. Y eso lo hizo sonreír. Inocente y seductor, peligroso y limpio al mismo tiempo. Dentro de él vivía un niño que busca aprobación y un hombre que sabe el efecto que causa, y los dos querían gustarme.
—Entonces, dime, ¿qué sentiste? —susurró.
Se me escapó una carcajada vacía, incómoda.
—No sé. Raro —admití—. Curiosidad, supongo. Quería mirar. Verte. —Inhalé hondo—. No tuve miedo.
No seguí. Porque seguir era meter la mano en una herida abierta.
No dije que hubo un segundo en el que entendí el atractivo del descontrol. No dije que esa entrega al hambre tenía algo hipnótico. No dije que, viéndolos, una parte de mí quiso estar ahí, ser mirado así, deseado así.
Eso fue lo que me dio miedo de verdad. No los colmillos. No la sangre. Sino reconocer, muy dentro, que algo en mí quería ese poder. Ese lugar. Ese foco.
Gunnar no apretó mis manos. No se acercó más. Solo me observó, sé que entendía sin que yo dijera nada. Y pensé que quizás con mi silencio crucé una línea invisible que ya no se puede desdibujar.
—¿No deberías estar con el rey? —pregunté en automático. Necesitaba salir de esa burbuja rara antes de hundirme más—. Su hija murió. Se volvió esa cosa seca. —La palabra se me atoró—. No quiero ni imaginar cómo debe estar Rugo.
Gunnar bajó la vista, pero no para evitar la mía. Quizás caía dentro de su propia cabeza y pisó un recuerdo que le dolía.
—El monarca es fuerte —dijo con cuidado—. Siempre lo ha sido. —Levantó los ojos—. Ahora mismo me preocupa más el humano que estuvo en medio de una estampida.
Eso. Ahí. El cambio.
—Quiero decir —añadió—, los vampiros somos resilientes.
«Resilientes». Qué palabrita para decir que sobreviven a costa de otros.
—Attila era despiadada —continuó—. Iba a hacerte daño. Lo vi. —Frunció el ceño—. Luego, no sé qué pasó. Me pareció escuchar algo en medio del caos. Un sonido distinto.
—¿Un disparo? —pregunté. El estómago me dio un vuelco—. De arma de fuego. Yo también creo que lo escuché.
Asintió.
—Cuando todo acabó y pude llevarme su cuerpo, vi algo —dijo—. Un agujero gris en su espalda.
—¿Un agujero? —repetí, casi sin aire—. ¡¿En serio?! ¿Alguien le disparó a Attila?
—Eso parecía —respondió—. Pero no sé nada en concreto.
Hay que esperar a que analicen el cuerpo.
—Pausó—. Quedó irreconocible, ennegrecida, seca igual que Rad.
—Me miró sin sonrisa—. Eso no nos pasa, Lucas.
No así. Es imposible. —Se quedó callado un momento—.
Ella no te hizo nada, ¿cierto? No te lastimó.
Negué con la cabeza.
Temblé un poco, las manos. Supe que quizás era solo cuestión de tiempo para que empezaran a conectar los puntos. Y esos puntos iban en una sola dirección: hacia mí. No la maté, pero estuve ahí, muy cerca, igual que con Rad.
—Ya van dos muertes con esas características —dijo—. Rad y Attila. Es cuestión de tiempo para que los líderes de nuestra especie tomen cartas en el asunto. Y cuando eso pasa nada bueno sale de ahí.
Sus ojos me traspasaron de una forma que me dio escalofríos. Había miedo. Ahí me pregunté qué pasaría si le decía que no eran dos cuerpos, sino tres. Que Dustuyev también murió igual, que su cuerpo se volvió esa cosa seca y que, tal vez, mi sangre tenía algo que ver con dos de las muertes.
Me mordí la lengua. Literal. El saborcito a metal me regresó al presente.
Pietro hacía los análisis, si alguien podía confirmarlo, era él. Yo necesitaba saberlo, escucharlo de su boca, con datos, con pruebas, sin rodeos, sin más secretos. Ni paranoia de humano a medio romper.
Asentí para demostrarle que compartía su preocupación sin echarme la culpa de todo.
«Aunque lo de Attila fue distinto —me repetí—. No fui yo». Eso todavía no lo entendía. No tenía idea de qué carajo pasó en ese sótano. Un disparo. ¿De quién? ¿Con qué arma? ¿Por qué su cuerpo terminó igual que los otros?
Demasiadas preguntas. Ninguna respuesta.