Sangre muerta Capítulo 34
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Capítulo 34

Triple S

La entrada fue más rápida de lo que Aleksei había anticipado. Demasiado rápida. Eso le molestaba. Nada funcionaba así de fácil en el mundo real.

Hubo revisión de papeles. Una linterna perezosa que pasaba por encima de las credenciales con la apatía de un guardia al borde del bostezo. Un par de preguntas mecánicas, sin intención. Luego, el pase. Así, sin más. Fili, al volante, no mostró sorpresa.

El vehículo avanzó hasta la zona de carga y descarga, donde la luz fluorescente caía sobre el pavimento agrietado, y lo dejaba con aspecto de radiografía mal hecha. El motor se apagó, el silencio que quedó era pesado.

Fili bajó sin decir una palabra. El contenedor donde Aleksei estaba oculto se sacudió con un traqueteo seco al ser enganchado y arrastrado hacia el edificio. Las ruedas chirriaban, y el eco rebotaba en las paredes de concreto.

Atravesaron varias zonas, cada una dividida por puertas automáticas que se abrían con un pitido agudo y sin alma. Pasillos vacíos, cámaras en cada esquina; ojos artificiales que registraban todo, movimiento, temperatura, patrones. Allí no existía el azar.

Hasta que llegaron al área de entrega y allí se encontraba ella. María. Sentada detrás de su escritorio. Fili se sorprendió, no la esperaba ver a ella en este turno.

Parecía haber sido arrastrada por cada año vivido. Llevaba el cabello gris recogido en un moño sin vida, las arrugas le cruzaban la cara igual que cicatrices de guerra. Lo peor eran los ojos, pequeños y duros, entrenados para detectar la mentira antes de que naciera.

María no era estúpida y eso lo complicaba todo. Se levantó y se acercó con pies arrastrados, carpeta bajo el brazo, con la expresión de quien ya escuchó todas las excusas y las odia por igual.

—¿Qué traes? —soltó, sin adornos, y golpeó la tapa del contenedor. Su voz, rasposa, sonaba a papel de lija sobre óxido.

Fili sonrió. Una sonrisa ensayada frente al espejo, pero que no termina de convencer.

—Un pedido retrasado, María —dijo él—. Cosas que debieron entregarse ayer.

Error. María frunció el ceño y abrió la carpeta. Pasó página tras página con la precisión de una guillotina.

—No tengo indicación ni nota sobre esto, Fili —dijo, tajante—. Y si no está en esta bitácora, no entra. Ya sabes cómo funciona esto.

El silencio que siguió fue una bomba sin detonar. Fili tragó saliva y activó su faceta encantadora.

—María… —bajó la voz, y la empapó de falsa ternura—, ¿cómo vas a decirme eso a mí? A mí. A tu Fili.

Ella lo miró por encima de las gafas. Esa mirada que huele la mierda antes de que salga de la boca.

—Si no entrego esto —continuó él, con una culpa ensayada—, me botan. Yo la cagué. Por eso vengo a esta hora. Sabes que este no es mi turno. Y tampoco el tuyo. ¿Metiendo horas extra?

Ella no contestó. Tan solo le dignó media sonrisa.

Él se acercó un paso y bajó aún más el tono, en confidencia sucia.

—Ayúdame, cariño —dijo—. Solo esta vez.

La tensión se endureció en el aire. Aleksei, dentro del contenedor, lo escuchaba todo. Fili no le daba la impresión de ser alguien que hablara mucho, pero resultó ser una cajita de sorpresas. La mente del vampiro iba a mil. Cada segundo que pasaba estiraba el alambre del desastre un poco más.

María se dio la vuelta.

—Voy a revisar con mi jefe —gruñó. Cada palabra arrastraba piedras.

Se alejó con pasos pesados. El eco de su partida se tragó el pasillo, demasiado rápido, demasiado limpio.

El silencio que quedó atrás raspaba la paciencia de todos incluso la de Aleksei. Porque sí, era vampiro. No sudaba ni temblaba igual que los humanos bajo presión, pero también tenía un límite. Y cuando lo cruzaba, estallaba.

Por muy frío que supiera mostrarse, también podía incendiarlo todo en un segundo.

«Si ella dice que no, los mato a todos», pensó. ¿En serio? ¿En broma? A esas alturas, ni él lo sabía.

Fili, mientras tanto, sudaba en silencio. Se aferraba a su máscara de normalidad. No podía moverse, no hablar. Ni siquiera podía parecer nervioso porque un solo temblor, una sola fisura y todo se iría al carajo.

Los minutos se estiraban. La mente de Aleksei latía. Contaba, recreaba escenarios, rutas de escape, bajas inevitables.

En la mayoría de los escenarios, el resultado era el mismo, recuperaba los cuerpos de Dustuyev y Rad y varios humanos acababan muertos. Justo lo que quería evitar. Otra guerra. Una chispa bastaba. Y él lo sabía.

Estaba a segundos de abrir esa tapa y salir del contenedor, de convertirse en una tormenta de músculos y colmillos, cuando María regresó. Veinte minutos después. Una eternidad incluso para un vampiro enterrado entre trapos.

El rostro de la mujer era un campo de batalla. Ojeras hondas, mandíbula tensa, el ceño tallado en piedra. Traía en la cara la marca de una discusión demoniaca.

—Mi jefe de mierda —gruñó, y lanzó la carpeta sobre la mesa metálica con un golpe seco—. No aparece. Y tengo un montón de cosas que hacer. Órdenes suyas, por cierto.

Clavó la mirada en Fili.

—Me debes una.

Lo dijo sin alzar la voz, pero cada palabra pesaba.

—Y será grande —remató.

El aire se liberó de golpe. Hasta las paredes habían contenido la respiración. Aleksei no. Él ya estaba más allá, visualizaba el siguiente paso, trazaba la salida, preparaba la masacre si todo fracasaba.

Fili sonrió. O lo intentó con una mueca que no convencía a nadie. Sabía que solo habían atravesado la primera compuerta del infierno.

María hizo un gesto brusco. Las puertas se abrieron con un pitido metálico.

Aleksei no se relajó. Ni un centímetro. Esto recién comenzaba.