Capítulo 33 #3
Me callé, si seguía hablando me iba a romper ahí mismo igual que un vaso barato.
Y qué mierda, ¿no? Después de lo de Inferno, de todo lo que sobreviví, lo único que me descolocaba era no tenerlo cerca.
No saber si iba a volver. No saber si me había dejado tirado.
Me sentía desprotegido, con la sombra lista para abrirse y tragarme, y sin nadie para evitarlo.
—Mmmm… Regresará cuando tenga que regresar —respondió ella sin mirarme.
Mi pequeña crisis le resbalaba por completo.
Ya se estaba yendo, pero antes de cruzar la puerta, se volteó y me lanzó una última frase. No para consolarme. No para explicarme nada. Solo para rematar.
—Vuelve a la sala, niño. Te llevaré la comida. Sugiero que comas todo lo que puedas. Vas a necesitar fuerzas para lo que viene.
Y se fue. Así, directa, implacable.
Me dejó ahí con mis pensamientos, con el eco de sus pasos y con una certeza dura en el pecho. Ella tenía razón. Los últimos días habían sido una cadena de decisiones estúpidas. Un castillo de naipes armado con cagadas que estaba por derrumbarse. Y yo, en el centro, no podía evitarlo.
Volví a la sala, con la idea de hacer lo que me dijeron, sacar la batería y el chip, apagar el celular. Ser un nuevo adulto racional. No lo hice. Por puro reflejo, ese impulso estúpido que no se me quitaba ni con una descarga, lo encendí. Y apenas lo hice, vibró.
Número desconocido.
Me quedé mirándolo. Podía ignorarlo, podía ser sensato por una vez. Pero no. Yo y mi curiosidad le dábamos patadas a la razón todos los días.
—¿Hola?
—¡Lucas!
La voz me reventó la oreja. Gunnar. Sonaba ansioso, rápido. Daba la impresión de que caminaba mientras hablaba.
—¿Estás bien? He llamado mil veces, pero me manda al buzón. Dime que estás bien.
Su voz me apretó el pecho.
—Todo bien, Gunnar —mentí. ¿Por qué? Qué más. Tal vez porque su voz tenía esa forma rara de colarse entre las grietas y por un momento el mundo dejaba de pesar solo por escucharlo—. Estoy en…
Me frené. Mierda. Casi la cagaba. «No digas dónde estás. No des pistas. No seas imbécil, Lucas». Pero ahí estaba, a medio camino de arruinarlo todo.
¿Qué carajo estaba haciendo? Había salido con él a bailar, a beber, a fingir que nada pasaba. Me compré mi propia mentira de que la Triple S no me respiraba en la nuca. Hubo dos vampiros muertos por mi sangre, y aun así le di la espalda a Aleksei por un chute de adrenalina con este tipo.
Me alejé de él. De Aleksei. Lo cambié por esto. Por esta sensación. Este vértigo suave que era Gunnar. Porque su voz me llama. Su presencia me hacía olvidar que soy un humano frágil metido en una pecera llena de monstruos con colmillos. Porque con él no me siento pequeño. Me siento visto.
—Quiero saber que estás bien, Lucas —dijo y bajó la voz—. Quiero verte.
¡Bum! Mi cerebro se partió en dos. Una mitad gritaba: ¡Cuelga, idiota!
La otra la otra era yo. El de siempre. El que necesita sentir algo.
Lo que sea. Aunque sea peligro. El que busca que lo miren, que lo busquen, que lo quieran.
El que se agarra a cualquier chispa que lo haga sentirse vivo en este caos.
Era una guerra civil allá adentro, la lógica contra las ganas.
Instinto de supervivencia contra la tentación.
Porque, seamos claros, la idea de verlo otra vez, de volver a la burbuja de adrenalina y deseo que fue Inferno, me jalaba duro.
Era un demonio que me ofrecía firmar un contrato con sangre, y yo ya tenía el dedo listo, sin leer letras pequeñas.
Pero la realidad no se iba a ningún lado. La realidad donde casi me matan hace horas. La realidad donde Aleksei se metió al infierno literal para sacarme vivo. La realidad donde yo debería estar agradecido y quieto.
Entonces, ¿qué iba a hacer?
—Lucas… —otra vez su voz. Suave. Sedosa. Un anzuelo envuelto en terciopelo—. Solo quiero saber que estás bien y quiero verte.
Se me hizo un nudo en la garganta. El tipo sabía hablar.
—No creo que sea buena idea —negué. Hasta yo me sorprendí de escucharme decirlo.
—¿Por qué? —preguntó.
Y esa pregunta tan simple me dejó desnudo. Porque no era por qué. Era por quién.
Yo igual me hice el idiota y pensé en todo lo demás.
Hice una lista mental de excusas razonables: A ver, porque si me encuentran, me borran del mapa.
Porque ya no sé en quién carajo confiar.
Porque esto dejó de ser un juego, nunca lo fue, en realidad, y ahora era supervivencia.
Porque no sé si tú, Gunnar, estás de mi lado o del de los que me quieren hacer confeti.
Pero todo eso se quedó en mi cabeza.
—Porque no —solté, y apreté el celular, intentaba sellar la decisión con los dedos—. Porque no puedo. Porque todo esto me está comiendo vivo. Y necesito espacio. Y porque se lo prometí a Aleksei.
Silencio. Largo. Al otro lado alguien se tragaba el orgullo, decepción, ganas de decir más. No lo supe.
—Está bien, Lucas —dijo al fin—. No voy a insistir. Pero si cambias de opinión, este es mi número. Llámame.
Y colgó.
Me quedé ahí. Con el teléfono aún caliente en la mano. Miraba la pantalla negra que reflejaba mi cara de idiota cansado. Todavía escuchaba su voz rebotar en mi cabeza y se negaba a salir.
Me costó un huevo no devolverle la llamada, no escribirle. No caer.
Apagué el celular. Le saqué la batería, lo dejé sobre la mesa. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, tomé una decisión inteligente.
O eso quise creer.