Capítulo 33 #2
Miré el celular, apagado sobre la mesa. Podía encenderlo de nuevo, llamar a Ban, hablar más, fingir que poner palabras en fila iba a ordenar el desastre en mi cabeza. Pero no. Me obligué a dejarlo donde estaba. Quieto. Fuera de mi alcance.
Me levanté. No podía quedarme ahí tirado a esperar a que Aleksei apareciera de la nada a decirme qué carajo iba a pasar conmigo.
La casa seguía en silencio. Solo el zumbido constante del aire acondicionado central y el crujido suave del piso de madera bajo mis pies. Todo era tan perfecto que molestaba. Y es que este lugar no sabía que yo estaba hecho pedazos por dentro.
Empecé a caminar, con cuidado, era un intruso en una prisión de lujo.
Porque eso era. El lugar era una locura.
Todo tan ultramoderno, líneas limpias, muebles sacados de una revista de diseño, pero sin alma.
Ni una foto, ni un recuerdo, ni una taza olvidada.
Nada que gritara que alguien vivía ahí. Si no supiera que Aleksei dormía en ese lugar, habría jurado que era una casa de muestra, una casa modelo. Perfecta y falsa.
De curioso, o por imbécil, me metí en un estudio, inmenso, ¡cómo no!
, con una biblioteca de estanterías de vidrio que llegaba hasta el techo.
Y no, allí no había libros normales, claro que no.
Eran reliquias. Portadas de cuero agrietado, lomos gastados, letras en idiomas que apenas reconocía.
Latín. Ruso. Griego. Algunos títulos me sonaban muy vago, otros parecían hechizos mal pronunciados.
Había primeras ediciones que, sin exagerar, valían más que todo mi vecindario multiplicado por diez.
Me sentí observado por los libros, no al revés.
Algo en mí sabía que esas páginas habían sido tocadas por manos que ya no existían. O que no eran del todo humanas. Y que yo no debería estar ahí tocando nada. Pero ¡bah!
Pasé los dedos por uno de los lomos, con cuidado. Nunca he sido de leer mucho, prefiero los resúmenes, pero esa biblioteca tenía algo magnético. Bastaba estar ahí para aprender cosas que seguro no se enseñan en ninguna escuela ni en Google.
Entonces lo vi. Un cuadro apoyado sobre una mesa baja.
No colgado. El único en toda la casa. Eso ya era raro.
Quizás alguien lo había movido y olvidó devolverlo a su lugar.
Era una pintura vieja y la mujer retratada…
¡mierda! Era hermosa. Ojos verdes, piel canela, nariz pequeña.
Llevaba un hiyab, pero el rostro descubierto y esa mirada.
Esa mirada te traspasaba. No era una belleza de revista ni llena de filtros.
Era más que eso, más irreal. Serenidad y fuerza mezcladas.
Me acerqué sin darme cuenta. Llevé la mano al marco, solo un poco, solo para verla mejor, para entender por qué me dejaba tan quieto. Y entonces la escuché.
—Mmmm. No deberías estar aquí.
Solté el aire de golpe y, de puro nervio, se me escapó un pedo de ultratumba. «O sea… tampoco así, doñita». Mi dignidad al piso.
Filomena estaba en la puerta, su mirada podría perforar concreto si se lo propusiera.
—Solo estaba viendo —dije, y levanté las manos, quería salvarme del látigo invisible.
—Esto no es un museo —soltó, sin moverse ni medio centímetro—. Y el jefe no disfruta que toquen sus cosas.
Tragué saliva. Por un segundo me imaginé a Aleksei con esa cara que pone cuando alguien lo decepciona. Ya la había visto. No quería repetir la experiencia. Cero ganas.
Pero no pude evitarlo. La curiosidad me tenía agarrado del cuello.
—¿Quién es ella?
No lo pensé. Se me escapó la pregunta.
Esperé el zarpazo verbal. El “no es de tu incumbencia”, con voz de hielo, pero no. Filomena me sostuvo la mirada un segundo. Dos. Evaluaba si yo valía el esfuerzo de una respuesta.
—Se llamó Zainab Al-Fihri —dijo al fin, con ese tono ronco que traía pegado por culpa del cigarro—. Mmmm. Él mismo la pintó.
Me quedé ahí, hecho hielo. ¿Aleksei? ¿El mismo Aleksei que parecía hecho para no sentir, pintaba cuadros? ¿Pincel en mano? No me cuadraba, y al mismo tiempo, sí. Entre más lo pensaba, más sentido tenía. Él tenía esa vibra de artista viejo. De los que cargan fantasmas en la memoria en vez de amigos.
—¿Era su amiga? —pregunté, todavía trataba de imaginarme a Aleksei mezclando con paciencia colores en una paleta.
Filomena no respondió de inmediato. Me miraba con una intensidad que empezaba a incomodar. Sentí que me hurgaba la cabeza.
—Era mucho más que eso —corrigió por fin.
Y por primera vez no sonó ruda. Sonó cansada, triste. Acababa de abrir una caja que llevaba demasiado tiempo cerrada y el aire de adentro todavía olía a duelo viejo.
—Eran inseparables. Él amaba su temeridad, su espíritu indomable, su inteligencia. —Hizo una pequeña pausa—. Hasta que la mortalidad hizo lo que siempre hace.
Silencio.
—Ella es la medida —añadió, y no parecía una opinión sino una verdad grande—. Todo lo que vino después fue comparado con ella. Todo. Eso él mismo me lo contó.
—¿Y cuándo vivió?
—Siglo octavo después de Cristo —dijo la seño.
Quedé frente al cuadro sintiéndome más pequeño que nunca. Siglo octavo. Ella había muerto hacía más de mil años y él todavía la tenía ahí. No colgada en una pared cualquiera, sino apoyada, casi al alcance de la mano. El único rostro en una casa llena de silencio.
Okey, eso sí me dio escalofríos. No tanto por la historia, sino porque fue Filomena quien me la contó.
Ella, hecha de concreto armado y nicotina, soltó algo así tan casual.
Tal vez era su forma rara de agradecerme lo que hice por su jefe.
O tal vez no. Tal vez solo quería dejarme claro dónde estaba parado, porque eso no fue cualquier dato.
Fue íntimo. Demasiado. Y ella no parecía del tipo que comparte cosas personales porque sí.
No. Lo hizo con intención, con cuchilla.
Lo que me dejó claro fue fuerte, vivir para siempre suena muy bien, hasta que amas.
Porque entiendes que amar es aprender a ver morir.
Una y otra vez. Y Aleksei lo vivió. La pintó porque no pudo soltarla, porque aunque el tiempo siguiera corriendo, para él, ella seguía ahí.
En la retina, en la memoria, en el pecho.
Filomena quiso que entendiera algo más, no cualquiera tenía espacio en la historia de Aleksei. Él no era alguien que se podía tener. Punto. Podías admirarlo, desearlo, incluso arriesgarte por él. Pero tenerlo no. Él era otra cosa, de otra estirpe. Lo imposible. Lo eterno. Lo inalcanzable.
La pregunta real apareció: ¿yo de verdad quería eso?
—Es mejor que salgas de aquí —dijo ella, con su tono que sonaba a o te vas o te saco.
—¿Dónde está él? —disparé. Quise sonar casual, chill, whatever. Fracasé horrible—. ¿Por qué se fue sin mí? Pensé que tenía que protegerme. Pensé…