Sangre muerta Capítulo 33
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Capítulo 33

Lucas

Me dolía hasta el orgullo. La cabeza. Todo. Sentía que cada músculo me lo hubieran pasado por una trituradora llena de espinas. ¿Estaba muerto? ¿Era el limbo? Nope. El dolor era muy, pero muy específico para ser metafísico.

Abrí los ojos de golpe. ¡Estaba en una cama! Sábanas blancas. ¿Pero de quién? Y justo ahí, ¡pum!, el recuerdo me cayó encima con todo: la Triple S entrando al sótano, Attila muerta a mis pies, yo con Aleksei y después, nada. Negro total.

Intenté sentarme y el mareo me explotó en las sienes. Todo daba vueltas a mi alrededor y las piernas me temblaban, pero me obligué a levantarme. Porque para terco búsquenme.

La habitación era enorme, con el techo alto, paredes limpias, casi vacía. Tenía ese aire de casa cara de revistas o minimalismo de gente que no es normal. Me acerqué a la ventana, corrí las cortinas y apareció un jardín inmenso que se perdía en la oscuridad.

Okey. No estaba muerto. Pero tampoco tenía idea de dónde carajo estaba.

El ardor en los brazos me devolvió el recuerdo de la descarga. Sentía la electricidad todavía metida en los huesos, a lo mejor pasé la noche enchufado a un tomacorriente y no me di cuenta.

Salí al pasillo, largo y silencioso, que al fondo daba a un balcón. Bajé las escaleras, y ahí fue cuando caí en cuenta de lo obvio, todo era demasiado moderno, demasiado elegante, demasiado Aleksei. Ajá. Estaba en su casa. O bueno, en una de sus casas. Porque claro.

Entré a la sala principal. Había un sofá gigante, tamaño banca para un equipo de béisbol. Una pantalla del tamaño de la pared. Y esperándome, los dos guardaespaldas de Aleksei… y una mujer pequeña, flaquísima, de pelo blanco. Con un cigarro a medio fumar entre los dedos.

Ni me dejó llegar bien.

—Mmmm… Por fin despiertas. Bienvenido a Villa Eterna —dijo, con una voz tan rasposa que hacía que la de Aleksei sonara a balada romántica de las que pone mi mamá cuando limpia la casa—. Pudiste haber muerto, ¿sabías?

Ajá. Buenas noches para ti también. Un “¿cómo te sientes?” tampoco habría estado mal.

—¿Villa Eterna? —pregunté, porque de verdad no tenía ni idea de qué hablaba.

—Una de las casas del señor Beilion —y arrastró el nombre, tipo un conjuro para atraer a un dios griego.

Y entonces miró a los guardaespaldas con una ceja alzada, solo una. Fue suficiente. Lo que soltó no sonó a chiste ni de cerca, sino a latigazo disfrazado de burla.

—Mmmm… No estoy segura de que ustedes hubieran hecho lo que este niño hizo por el jefe —dijo, despacio—. Al menos no tan bien.

Anoté mentalmente: no ganarme la enemistad de los guardaespaldas.

Chasqueó la lengua, molesta, y añadió su remate:

—Ojalá que después de esto el amo entienda lo que siempre le he dicho: no los necesita.

Su mirada se clavó en mí. Fuerte, directa. Pensé que quería leerme por dentro, buscaba grietas, arrancarme los secretos a punta de pupila.

—Claro… —escupió ella—. Nadie aquí es tan estúpido como para anteponer su vida por la de un inmortal. —Hizo una pausa mínima—. Excepto tú.

¡Bum! Primer gancho al estómago. Ni siquiera sabía quién carajo era esta doña, y lo primero que hacía era llamarme idiota en mi cara. Lo peor es que tenía razón. Lo había sido. Pero fue instinto, no lo pensé.

Abrí la boca para explicarme, pero ella se me adelantó.

—Mmmm, y ahora dirás que no lo pensaste —disparó, ¡mierda!, quizás sí podía leer la mente. No parecía vampira, pero daba miedo—. Así mueren los idiotas, por no pensar.

El silencio que siguió fue una tortura. Que te hacen sudar sin calor. Quise mirar a cualquier parte, el techo, los cuadros, el suelo brillante que me devolvía mi cara de “trágame, tierra”. Nada ayudaba. Y ella tampoco tenía pinta de que iba a suavizar el momento.

De reojo vi a los dos gorilas a los lados que apenas contenían la risa. Literal, los vi morderse los labios. «Assholes!».

—Pero mi jefe —gruñó, mientras se cruzaba de brazos— ordenó que te cuidáramos como si fueras él mismo. —Dejó que la frase se asentara—. Y así lo haremos.

Otra pausa que duró justo lo necesario para incomodarme más.

—Debes tener hambre. Mandaré a preparar algo de comer —añadió—. Y más te vale comértelo todo.

Dicho eso, se giró sobre el talón cual general y se largó sin decir nada más. Me dejó plantado con los dos guardaespaldas que, hasta ese momento, habían estado más mudos que una lápida. Pero en cuanto la señora desapareció ¡boom!, explosión de carcajadas.

—No le caes bien a Filomena —dijo el de la barba con canas, secándose una lágrima—. Ya te puso la cruz. Pero tranquilo, nadie le cae bien.

—Lo poco que sabemos de la vieja —agregó el más joven— es que lleva más de sesenta años al servicio del príncipe. Y aunque nunca lo dirá, en el fondo está agradecida.

Solté un resoplido. Perfecto. Había sobrevivido a una redada vampírica, una electrocución, y ahora tenía que preocuparme por Filomena. No lo sé, Rick.

—¿Agradecida conmigo? ¿Por qué? —dije—. ¿Por no morir? ¿Por qué me electrocutaron a mí y no a su jefe? ¡Qué detallazo!

Otra ronda de risas. Al parecer, yo era el comic relief de la noche. Sin sueldo.

—Más o menos —respondió el de barba con una sonrisa ladeada—. Aun así lo que hiciste no fue cualquier cosa. ¿Qué pensaste que pasaría?

Abrí la boca y la cerré. Me quedé callado.

No porque no supiera qué decir sino porque no había pensado nada.

Vi el arma, vi al tipo que apuntó a Aleksei y el cuerpo se me adelantó al cerebro, reaccioné.

Así, sin lógica, puro instinto. Y por eso, al parecer, ahora tenía el título honorífico de Humano más estúpido del milenio.

El de barba metió la mano en el bolsillo y me lanzó cosas. Las atrapé al vuelo.

—Toma —dijo—. Asumo que querrás hablar con tu familia o con tu amigo.

Era mi celular, la batería y el chip, todo por separado, como si me devolviera pertenecías después de salir de prisión.

Me quede tieso, miraba el condenado teléfono igual que si fuera un objeto arqueológico.

Ni me acordaba de su existencia. Desde que estuve con Gunnar lo había borrado de la cabeza.

Y si consideraba el nivel de mierda en el que estaba metido eso ya era decir mucho.

—Cuando te desmayaste —continuó él—, lo apagué y le saqué eso. Solo por cubrir todas las áreas.

—No creemos que Colona y su gente supieran dónde estabas por tu teléfono —agregó el otro—. Pero nunca se puede ser demasiado precavido.

Genial. Más estupideces acumuladas a mi cuenta. ¿Podían rastrearme por el celular? ¿En serio? ¿Qué era esto, Misión Imposible?

Mientras yo volvía a meter el chip y colocaba la batería con manos todavía medio torpes, el de barba siguió con su verborrea paranoica de alto nivel:

—Aquí estás seguro. En teoría.

“Excelente manerita de empezar”, pensé.

—Tenemos la casa protegida hasta los dientes —siguió, y enumeró con los dedos—. Paredes reforzadas, pintura con partículas de metal, mallas tipo jaula de Faraday, inhibidores de señales, vidrios con óxido metálico, cortinas con fibra metálica, lo que te imagines.

Lo miré. Luego miré la sala. El sofá carísimo. El silencio. El jardín oscuro allá afuera. Si con todo eso aún moría, al menos lo iba hacer con estilo.

Pero yo solo pensaba que estaba en un jodido búnker. Pero era Aleksei. A estas alturas nada podía sorprenderme. Si alguien iba a vivir en una fortaleza antisatélites, antihumanos y antifindelmundo, era él. Faltaba que los cojines del sofá fueran antibalas.

Tardé casi cinco minutos en armar el teléfono. Los dedos todavía me temblaban, juro que la electricidad seguía dándome besitos en los nervios. Cuando por fin encendió, la pantalla estalló en notificaciones. Mensajes de Ban, quería saber si estaba vivo y me felicitaba por mi cumpleaños.

Feliz cumple, idiota. Dime que vives, perra. Decía uno.

Mi cumpleaños. Claro ya eran pasadas las doce.

Dieciocho años y tenía la vida hecha trizas, el cuerpo molido y la cabeza llena de preguntas sin nombre.

También tenía mensajes de mis papás. Felicitaciones, emojis de pastel, corazones.

Te amamos. Los vi sin sentir nada. No porque no los quisiera, sino porque ahora mismo todo eso parecía de otra vida. De otro Lucas.

Levanté la vista.

—¿Ustedes saben que pasó en el sótano de Inferno? —pregunté—. ¿Qué le pasó a Attila?

Ambos negaron al mismo tiempo.

—Quizás el jefe tenga más información —dijo el más joven—. Espera a que regrese.

—Cuando acabes —dijo el mayor, ya más serio—, apaga el teléfono, sácale la batería y el chip. Por precaución. El jefe debería regresar pronto. No te demores.

Asentí, sin responder. En cuanto se fueron, le escribí a Ban para decirle que estaba bien. Pero no me bastó. Con lo que tenía atorado en la garganta, lo llamé y vomité todo. Todo.

Le conté lo de la discoteca, lo de Attila, lo de la Triple S, lo de Gunnar, lo de Aleksei, que apareció hecho un puto ángel vengador para sacarme de ahí. Le conté lo de la descarga, lo de mi cuerpo convulsionando, los disparos, el caos, cómo casi me comen vivo.

Él escuchó sin interrumpir. Ni un “¿qué?”. Ni un “¿estás jodiendo?”. Lo tomó con una calma irracional; parecía que le contaba que me había ido mal en un parcial, no que estuve a punto de convertirme en plato principal de una vampira psicópata.

Cuando terminé, respiré. O lo intenté.

—Estoy bien —le dije—. Sigo vivo. Es suficiente.

No le di mi ubicación. Mejor no.

Colgué y apagué el celular. Solté un suspiro que sentí bajarme hasta los talones. Hablar con Ban me alivió un poco, sí. Pero el resto del peso seguía ahí, apretado en el pecho para recordarme que mi vida se había ido al carajo y no tenía mapa de salida.

Me dejé caer en el sofá gigante. El cuero cedió y me tragó enterito. Cerré los ojos un segundo. Error. Attila apareció al instante. Derrumbándose frente a mí. Esa piel disecada, los ojos vacíos, la sangre coagulada adentro. No era un cuerpo. Era una flor marchita dejada al sol.

Abrí los ojos. Dormir no era opción, dormir era volver a verla.