Sangre muerta Capítulo 32
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Capítulo 32

Camioneta

El avión lo esperaba en el aeropuerto privado de Albrook, su fuselaje brillaba bajo la luz descompuesta de la noche.

Aleksei había dejado a Lucas atrás. Lo había dejado bajo la mejor asistencia médica que pudo conseguir a esa hora maldita, aunque la sola idea le repugnaba. No quería abandonarlo y le preocupaba, quisiera o no admitirlo. Más de lo que estaría dispuesto a confesar, incluso a sí mismo.

Lo único que le daba una pizca de calma era saber que el chico estaba estable.

La descarga, aunque violenta, no había sido letal.

Pero cada vez que recordaba lo que Lucas había hecho, algo se le revolvía por dentro.

Para él, había sido una idiotez absoluta.

Un acto suicida. Meter la mano para bloquear la descarga que iba dirigida a él. ¿En qué cabeza cabía?

El pulso le latía en las sienes, no tenía tiempo para darle vueltas. Tampoco podía esperar a que Lucas despertara. El reloj corría, ya era pasada la medianoche. Cada segundo perdido era otra grieta en el plan, otra puerta abierta para que todo se fuera por la borda.

Tenía que aprovechar la tregua negociada con Rugo, la muerte de Attila había hecho más que sacudir la noche. Había inclinado la balanza.

Rugo estaba furioso, cegado, herido. Un vampiro así era peligroso, pero también útil. Era predecible, controlable. Estaba desesperado por respuestas. Y Aleksei era quien iba a dárselas. O eso haría creer.

Tres vampiros muertos. Pero la imagen de Attila seguía impresa en su memoria. Aleksei alcanzó a verlo. El cuerpo colapsado. En medio de la espalda, el agujero gris de una bala sobresalía.

«¿Cómo es posible?».

Attila no bebió de Lucas. Él no tenía marcas frescas. «Fue ese disparo». No todos lo oyeron, pero él sí. Y, sin embargo, ahí estaba el resultado, una princesa vampira muerta. «¿Acaso la Triple S cuenta con ese tipo de tecnología?».

El avión aterrizó sin contratiempos. Su rugido pareció tragado por la bruma espesa de la oscuridad. Cuando las ruedas tocaron la pista, Aleksei lo vio. Un Hummer negro, solitario, estacionado al borde de la pista con los faros apagados. Rugo cumplió con lo prometido.

Pero Aleksei no se relajó. No confiaba en nadie, ¡mucho menos en Rugo!

A medida que se acercaban a la sede central de la Triple S, el conductor redujo la velocidad, era un depredador en las sombras. Luego, sin previo aviso, giró bruscamente por una calle lateral, paralela a la avenida principal, vacía y silenciosa. Demasiado silenciosa. Sin casas, sin luces.

El Hummer avanzó hasta el final de esa calle muerta, donde la ciudad se desvanecía y la selva comenzaba. Un muro verde, denso, que los miraba desde la penumbra.

Allí, oculto bajo la sombra de un almendro de montaña saturado de hojas, los esperaba un vehículo industrial, una camioneta blanca de lavandería, invisible en su mediocridad. Perfecta para quien no quiere ser visto.

El Hummer se detuvo junto a ella. Silencio.

Por fin, la puerta de la camioneta se abrió. Bajó un hombre alto, delgado, con la rigidez de alguien que no estaba ahí por voluntad. Llevaba gafas oscuras, ridículas a esa hora, y la piel curtida por el sol. Todo en él gritaba “precaución”. Demasiado sereno, demasiado medido.

Aleksei bajó del Hummer. La noche pareció aguantar el aliento.

Se miraron, un segundo apenas, pero el cruce de miradas tensó el aire. El hombre se acercó con pasos apagados sobre la grama húmeda.

—Soy Iván Vega —dijo y se quitó las gafas. Su voz era seca, incolora, sin emoción.

Aleksei no respondió. Lo recorrió con los ojos, de arriba abajo, registró cada detalle. El reloj carísimo, fuera de lugar con la bata de técnico. Las manos estaban demasiado limpias, sin una cicatriz. La espalda recta, con la postura exacta de alguien que sabe disparar sin dudar.

El silencio se estiró más de la cuenta, pero Iván fue quien lo rompió.

—Tenemos poco tiempo, Su Alteza. El acceso está asegurado —una pausa—, por ahora.

Aleksei entrecerró los ojos. No confiaba en él, pero necesitaba ese acceso. Asintió una vez. Nada más.

—Es un honor conocerlo, Su Alteza —añadió Iván, y extendió la mano con gesto pulido, casi diplomático. Bajó la cabeza con una deferencia medida, intentaba aplacar la tensión que ya comenzaba a reptar por el aire.

Sabía que Aleksei no confiaba en él. Nadie con dos dedos de frente lo haría.

Aleksei no le devolvió el gesto. Ni siquiera movió la mano, solo lo observó con esa mirada que desarma por dentro.

—Trabajo para el rey Rugo —continuó Iván, impasible—. Él habló conmigo. Soy quien lo introducirá en la bóveda de la Triple S. Trabajo allí.

«¿Haciendo qué?», pensó Aleksei. La sospecha le ardía detrás de los ojos. Sabía muy bien lo que implicaba ser un “empleado” de Rugo infiltrado en un sistema humano. Era un peón encubierto. Tal vez útil, tal vez una trampa. Pero no era el momento para desenmarañar eso.

—¿Y esta camioneta forma parte del plan? —preguntó Aleksei, con voz baja y cortante, mientras escaneaba el vehículo.

Un modelo industrial común. Limpio, discreto. Llevaba el logo de CleanCloth: Industrial Cleaning estampado en los costados, lo justo para pasar desapercibido.

Iván asintió.

—Así es. Le pido disculpas de antemano, Su Alteza —añadió con falsa humildad—. Esta fue la única opción viable con tan poco margen de tiempo.

Intentó sonar sereno, pero la garganta le traicionó. Aleksei lo notó. Cada detalle contaba.

—Para entrar al edificio central se requieren citas, aprobaciones, protocolos —empezó Iván, se notaba el esfuerzo por mantener una compostura que ya le fallaba—.

Semanas de trámites. Pero la entrada al Departamento de Desarrollo e Investigación —tragó saliva—, lo que llamamos la bóveda —titubeó— eso es otra historia.

Hizo una pausa sutil, cautelosa.

—Solo el personal con acceso absoluto entra allí —continuó—. Cada piso de los niveles superiores tiene su propio sistema de validación. Para los subterráneos, en espacial para el subterráneo 9 —intentó una sonrisa— bueno, para ese necesitas ser casi Dios.

Soltó una carcajada seca. Nadie se rio.

—Y justo a ese nivel debemos llegar —añadió—. Los cuerpos de los vampiros están ahí.

Aleksei lo escuchaba en silencio. La mandíbula permaneció tensa, y los colmillos presionaban detrás de los labios cerrados.

Entonces habló.

—¿Y tú sí tienes acceso?

No era una pregunta. Era una orden disfrazada de pregunta. Iván parpadeó, fue un gesto mínimo, pero Aleksei lo registró.

—Para el subterráneo 9, yo no —admitió, con la voz apenas temblorosa. Casi imperceptible, pero no para un vampiro—. Pero eso nunca me ha detenido.

Sacó la tarjeta de identificación. La sostuvo con dos dedos.

El plástico colgaba de un tirante que giró al ritmo de la brisa.

Un farol distante rebotó luz en la superficie y reveló el rostro impreso, un hombre de unos sesenta, peinado con pulcritud obsesiva, uniforme planchado, sonrisa arrogante.

Un tipo que quizás ya estaba en una bolsa negra.

Aleksei no preguntó. No necesitaba confirmación.

Pero una pregunta le cruzó la mente: ¿Cuánto faltaba para que notaran su ausencia?

Iván advirtió la mirada del vampiro clavada en la tarjeta y, como quien trata de tapar una rajadura con cinta adhesiva, dijo:

—La conseguí por medios confiables.

Aleksei desvió la mirada hacia él. La calma en su rostro precede una masacre, una amenaza en pausa.

—Espero que esos medios confiables no causen problemas —dijo el príncipe—. Sería una lástima que alguien empezara a hacer preguntas antes de tiempo.

Iván forzó una sonrisa. Duró lo que un parpadeo.

—Todo está bajo control —susurró.

Mentira dura y cristalina. Aleksei la olió en el aire, la leyó en la gota de sudor que le bajaba a Iván por la sien. Pero no dijo nada, no ahora. El reloj corría y debía correr con él.

—Bien, Su Alteza —continuó Iván, y empujó la puerta lateral de la camioneta. El chirrido metálico sonó a presagio—, le pediré hacer algo que quizás no le guste.

Al abrirse la puerta, una ráfaga de olor a detergente y cloro lo golpeó en la cara. Dentro había dos contenedores cuadrados de plástico con ruedas. Grandes. De lavanderías industriales para mover montañas de ropa sucia.

—Toda nuestra ropa de laboratorio requiere limpieza diaria —explicó Iván, y señaló los contenedores—.

Esta compañía tiene contrato con la Triple S.

Mi amigo, Fili, trabaja para ellos. —El conductor, que giró el rostro al ser nombrado, llevaba lentes oscuros en una cara plana, sin expresión. Asintió, nada más—. Y para nosotros.

Aleksei lo miró sin responder el gesto. Solo lo memorizó. Rostro, complexión, postura. Archivo mental. Por si algo salía mal. Y olía a que algo podía salir mal.

—Cada una de estas camionetas tiene un número de registro vinculado a la base de datos de la Triple S —continuó Iván—.

Cada conductor tiene su propio número de identificación.

Todo se cruza con los horarios de recolección y entrega.

No tenemos mucho margen antes de que noten cualquier anomalía. Tendrá que meterse en uno de estos.

Hizo una pausa que anunció que lo siguiente no va a gustar. Sacó un papel doblado y lo extendió con cautela.

—Me han dicho que los vampiros tienen memoria fotográfica.

Conseguí el plano de la zona de almacenamiento, carga y descarga.

Aquí está el área de lavandería, donde se recoge la ropa sucia y se deja la limpia.

Lo marqué para usted. Fili solo tiene acceso hasta esa zona.

Ahí lo dejará. A partir de ese punto, estará solo.

Aleksei tomó el papel sin emitir sonido. Sus ojos recorrieron las líneas, los pasillos, las marcas. Rápido y silencioso, era un depredador que reconocía su próximo terreno de caza.

—Siga esta ruta —dijo Iván, señalando con el dedo—.

Llegue hasta el ascensor sur, el de carga para los niveles subterráneos.

No use el principal, da a los pisos superiores.

Hay varios pasillos y cruces, y cámaras en todos.

Marqué la ubicación exacta de cada una con un punto rojo.

Deberá moverse con precisión. Usted sabrá cómo.

Por eso le pido que se lo memorice. Para evitar contratiempos.

Yo me encontraré con usted en el nivel subterráneo 7.

Esta tarjeta garantiza que el ascensor descienda sin problemas.

Aleksei tomó la tarjeta mientras seguía absorbiendo el mapa con la concentración de un cazador que observaba su presa.

—Llevaré un contenedor metálico para traslado de material orgánico —siguió Iván—, créalo o no, muy parecido a estos.

Ahí colocaremos los cuerpos. Cuando nos vean entrar en el 9, pensarán que tenemos autorización, que trabajamos en un proyecto especial.

El simple hecho de poder acceder a esta zona, de cruzar esa puerta, es suficiente, ya verá por qué.

De igual forma, ellos tendrán en su sistema un correo que nos abrirá paso.

Me encargué de eso. Eso nos dará margen…

quizás no evite preguntas. Pero sabré manejarlas.

La voz de Iván titubeó al final, Aleksei lo volvió a notar.

—En el subterráneo 9 iremos directo a donde están los cuerpos de Dustuyev y Rad —añadió Iván–.

Conseguí planos de ese nivel. —Se los entregó.

—Es sencillo. Me lo memoricé, pero usted hágalo también, por si las moscas.

—Bajó el tono, casi un susurro—. La identificación que tenemos otorga acceso total.

Pase libre. No debemos tener problemas, pero debemos ser rápidos.

Para sacarlos necesitaremos reiniciar las cámaras de seguridad.

No se preocupe, tengo un dispositivo que las reinicia por un par de minutos.

Debo acceder a la “pecera”, ya verá dónde, para activarlo, tengo la excusa.

En cuanto ocurra, dispondrá de dos minutos para colocar ambos cuerpos en el contenedor.

Es lo bastante grande, créame. Luego, saldremos por donde entramos.

Regresaremos al piso donde tomó el ascensor sur.

Respiró y cerró el plan.

—Desde ahí —dijo Iván—, asumo que las alarmas ya estarán activadas y estaremos por nuestra cuenta.

Habrá que abrirnos paso. A borde de calle, el Hummer esperará.

Ese es el plan. Medio improvisado, pero con el tiempo que tenemos no hay otra.

Con mucha suerte, lo lograremos. Si no, podemos darnos por muertos…

bueno, yo al menos. Aunque puedo defenderme.

Aleksei no respondió. Dobló los mapas, se los regresó a Iván y examinó el contenedor. Después, a Iván. Sin emoción. Sin apuro.

—Está claro que las cámaras pueden identificarnos —advirtió Iván—. Grabarán nuestros rostros. Yo ya no podré regresar. Rugo me compensó por eso. Pero usted se meterá en graves problemas con su raza.

Aleksei tragó. Lo sabía, pero esto era un asunto de exterminio. No había de otra. Segundos después asintió.

—Perfecto. Una última cosa, Su Alteza… —Iván suspiró—.

Le pido disculpas. —Se agachó, sacó una bata doblada con pulcritud, una peluca rubia y unos lentes, y se los extendió—.

Cuando salga del contenedor, póngase esto.

Para que pase lo más desapercibido posible, aunque no garantizo nada.

Cada piso subterráneo tiene cámaras y personal armado monitoreando cada pantalla.

Si tenemos suerte, tardarán en notar algo raro.

Es entrar, obtener los cuerpos y salir —repitió, dándose aliento—.

Confío en que usted tiene la fuerza suficiente para cargar ambos cuando salgamos de la zona de descarga.

Aleksei tomó todo. Silencio. Luego, sin levantar la voz, habló:

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?

Iván tensó los hombros. —¿Qué, Su Alteza?

Aleksei se giró hacia él, justo antes de meterse al contenedor. Sus ojos eran puro hielo y su voz una daga afilada.

—Que si me estás mintiendo vas a desear no haber nacido.

Sin más, se hundió dentro del contenedor. El plástico crujió bajo su peso. El olor a ropa de laboratorio recién lavada, húmeda y estéril, lo envolvió, casi una trampa blanda y asfixiante.

—Salgamos de esto de una vez —gruñó el príncipe, la voz apagada por la tela y el encierro.

Arrojaron montones de ropa sobre él, pesadas capas de tela que lo sepultaron hasta que no quedó rastro visible. Luego, la tapa se cerró con un golpe sordo. Oscuridad total y silencio.

El motor rugió al encender. La camioneta se puso en marcha. El plan, si es que se le podía llamar así, ya estaba en movimiento.