Sangre muerta Capítulo 31
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Capítulo 31

Auto

A Colona se lo llevaba el diablo. Golpeó el timón de su auto. Todo había salido mal. El plan era simple, solo tenía que entrar, sacar a Lucas y listo. Sí, necesitaba refuerzos; más después de lo de la cabaña. Pero ahora el operativo se había ido a la mierda.

Aleksei se lo había llevado. Casi mata al oficial que le había disparado. Casi. Colona no entendía qué lo detuvo, qué impulso lo hizo frenar en el último segundo y desapareció.

Quedaron vampiros heridos. Muy heridos. Inconscientes. También había oficiales de la Triple S caídos. Algunos vivos, otros no. Y ninguno muerto a manos de Aleksei Beilion.

«Los vampiros atacaron», se repetía Colona, un mantra desesperado para justificar el uso de armas. «Nos defendimos. Era legítima defensa. Eso es justificable. Eso es claro».

Ese lugar era una cloaca. Un antro clandestino donde vampiros legítimos e impuros se mezclaban, donde las reglas se torcían hasta hacerse irreconocibles.

Y la Triple S lo sabía, siempre lo había sabido.

Pero les convenía mirar para otro lado. Demasiados intereses, demasiadas órdenes no escritas flotaban sobre sus cabezas.

Ellos provocaron esto por romper los acuerdos, por tratar a los humanos igual que ganado, por exigir en secreto que se ignoraran estos lugares, ¡y luego se llenaban la boca de discursos sobre respeto y protocolos!

“¡Se lo merecen!”, ladraba su conciencia.

Pero no eran solo ellos. También despreciaba a los humanos que se entregaban con una sonrisa y sostenían ese mercado.

No eran donantes oficiales, ni parte de Plasma Corp.

Aquí no había pruebas médicas, ni consentimiento informado.

No había regulaciones. Esto era el submundo, el fondo del barril, donde la moral se pudre y nadie pregunta nada.

No vendían solo sangre, vendían el cuerpo.

Se ofrecían igual que corderos para saciar sus fetiches y los de los inmortales.

A Colona le repugnaba ver esas pieles marcadas de mordidas, las venas hinchadas.

Otros ni siquiera vendían su sangre, la regalaban por el placer de la experiencia, adictos a la mordida, a la entrega sumisa.

Y luego están los más desquiciados, los que, por el subidón de adrenalina, mezclaban sangre vampírica con drogas y se inyectaban la mezcla hasta dejarlos al borde del colapso.

Casi nadie lo intenta. La mayoría muere.

Aun así, lo llamaban “experiencia astral”.

Caminar entre la vida y la muerte. Así lo describen los que sobrevivían.

«Pude volar».

«Me salí del cuerpo».

«Se siente como ser eterno».

Colona no lo entendería jamás.

Aunque todo eso era malo, no era lo peor. Ni de cerca. Había otro vampiro muerto. Un tercero. Y no era cualquiera. Era Attila Trather, la hija de Rugo. Una princesa.

Un sudor frío le bajó por la espalda. Rugo no era otro chupasangre con corona. Era una bestia, una fuerza bruta que no perdonaba ni olvidaba. Cuando se enfadaba, ¡y vaya que lo estaría!, iría hasta la última consecuencia.

Y si eso ocurría, su jefe, el director Pangellis, buscaría culpables. No por respeto a los vampiros ni por justicia. Lo haría por conveniencia. Porque si la podredumbre lo rozaba, aunque fuera de costado, se aseguraría de que todos se hundieran con él. Empezando por Colona.

El guion ya estaba escrito, dirían que actuó por su cuenta, que fue impulsivo, que no pidió autorización, que no evaluó riesgos.

Que se convirtió en un problema. Uno desechable.

Cuando llegara la hora de ajustar cuentas, Pangellis no pondría el pellejo por él.

Jamás. Colona sería el chivo expiatorio.

Su mente iba a mil. Los dedos se movían solos, crispados, espasmódicos. El cigarro dormía medio consumido entre sus labios. Pensaba. Maldijo.

“¿Cómo carajo pudieron matarla?”.

Una sola persona había visto algo, o casi. Un testigo a medias, humano, drogado. Juró haber visto a Attila arrastrar a Lucas hasta un cuarto. «¿Ella lo mordió? ¿Bebió su sangre?». Eso no podía saberlo con certeza. Nadie podía. A lo sumo podían suponerlo.

También hubo un disparo distinto al resto, de bala.

Otro testigo humano lo mencionó. Las armas de la Triple S funcionaban de otra forma, estaban diseñadas para incrustarse en la carne de los vampiros y soltar descargas potentes, contrayéndoles los músculos una y otra vez hasta paralizarlos o dejarlos inconscientes.

En medio del barullo, Colona creyó oír ese disparo, y lo confirmó cuando vio él mismo la herida de bala en el cuerpo de Attila, antes de que Gunnar Trather se lo llevara a la fuerza, pasándose por el culo todos los protocolos internos.

La bala no encajaba. “¿A menos que…?”. Una idea cruzó su mente. No quería pensarla, no quería, pero ahí estaba. Palpitaba en su cerebro.

“¿Y si no fue Lucas? ¿Y si alguien más tiene acceso a esa tecnología?”.

Pero ¿quién? La Triple S no. Estaba seguro. O al menos eso quería creer.

Tres vampiros muertos. Dos, quizás, por la sangre de Lucas. Y la tercera, tal vez por lo mismo, si llegó a morderlo, o por una bala capaz de destruir un cuerpo inmortal. Pero sin el cuerpo de la mujer vampiro no podría saberlo. Y sin Lucas, tampoco podía confirmar si lo habían mordido.

Todo era posible. Colona entrecerró los ojos. Su mente buscaba a tientas un señuelo de lógica entre tanta mierda.

“¿Y si esa bala contenía…?”.

Si la sangre de Lucas era tóxica, nada impedía que alguien la usara como arma, incrustada en un proyectil. Pero también, si la sangre de Lucas era veneno, ¿para qué pegarle un tiro a esa mujer que igual iba a bebérsela? Prefirió dejar de especular. En ese escenario caótico no había nada claro.

El problema era que él aún dudaba. No confiaba del todo en esa teoría de la sangre tóxica.

Necesitaba a Lucas. No solo porque la orden era traerlo con vida, sino porque él mismo quería comprobarlo.

Él no había visto nada. No sabía nada. Solo tenía esa llamada.

La voz de La Sombra. Esa orden sin rostro.

¿Humano? ¿Vampiro? ¿Otra cosa? Por ella llegó hasta ahí esa noche.

Su único rol había sido acatar. Obedecer. Siempre fue así.

A duras penas habían logrado tapar las muertes de Dustuyev y Rad.

Pero Attila era otra historia. La hija de un rey muerta en territorio humano frente a testigos.

Ni siquiera él, con su rango en la Triple S, había tenido las pelotas para detener a Gunnar de llevárselo.

No era un imbécil. Nadie en su sano juicio desafiaba a Rugo.

Y Gunnar, en ese momento, era la voz de Rugo. Negarse habría sido su sentencia final.

Aunque ahora, en silencio, con los ruidos apagados y la sangre seca en la gabardina, no podía dejar de pensarlo.

Debió plantarse, exigir que el cuerpo quedara bajo custodia de la Triple S.

Gritarle a Gunnar que eso era evidencia.

Quizás habría frenado el infierno que se le venía encima, pero no lo hizo.

Ahora lo único que le quedaba era lamerse las heridas.

Que la soga en su cuello no se hubiera cerrado ya era un milagro.

Pero algo le decía que no querían involucrar a muchos en esto, y por eso todavía conservaba el puesto.

Aun así, el vendaval estaba a punto de desatarse, Colona sabía que las exigencias ya estarían yendo directo a la Triple S.

Desde los altos mandos humanos y desde las familias vampíricas. La mierda estaba a punto de rebalsar.

El teléfono vibró y lo arrancó de sus pensamientos. Número desconocido. Pero Colona ya sabía quién era. O, mejor dicho, sabía de quién era la voz.

Respiró hondo. Contestó.

—Hola.

La voz al otro lado no era humana. Era un susurro distorsionado, artificial, vacío.

—Has fallado otra vez —escupió La Sombra.

Colona apretó la mandíbula. No respondió.

—Ahora te has echado la muerte de un vampiro encima —la voz sonaba burlona, cruel— ¿Cómo es posible? ¿Cuándo aprenderás a hacer las cosas bien?

Cada palabra era veneno, una daga que penetraba lenta, directa al hueso.

—La tarea es simple —insistió la voz—. Tráelo. Trae a Lucas.

Silencio. Colona seguía sin hablar.

—Si esto sale a la luz, tus días están contados. Los vampiros no perdonan. Y Rugo no descansará hasta arrancarte la piel con sus propias manos. Espera mi próxima orden.

Clic. La llamada se cortó. Sin advertencia. Solo vacío.

Colona miraba el teléfono, el cigarro apagado colgaba entre sus dedos temblorosos.

No sabía quién estaba detrás de esa voz aún, ni si en verdad lo culparían, aunque era probable porque siempre culpaban a los de abajo.

Entonces le volvió la idea, tal vez la hipótesis de la sangre era cierta.

Tal vez lo que corría por las venas de ese chico era real.

Peligroso. Letal. Por eso lo necesitaban.

“¿Y si Lucas es la llave para destruir a los vampiros?”.

Por eso había aceptado el caso. No solo por la orden. Lo tomó porque quería entender y porque, en el fondo, deseaba verlos caer. A todos. A cada asqueroso vampiro.

Pero ahora todo se desmoronaba. Alguien movía los hilos y si no cumplía la orden, si no entregaba a Lucas, presentía que el siguiente en morir sería él.