Capítulo 30 #3
A los pocos segundos, la puerta del sótano reventó y entraron más soldados.
Perdí la cuenta. Ocho, diez, quince, quién sabe cuántos había traído Colona después del desastre de la cabaña.
La oscuridad se convirtió en caos. Empujones, sangre, cuerpos que corrían sin dirección.
Los humanos en pánico tropezaban entre sí, gritaban.
Quedé en medio de todo. Empujado, golpeado, tragado por la marea humana. No podía respirar, el aire se volvió pesado, caliente, podrido. Abrí la boca y no entraba nada. Cuerpos encima, un codo en mis costillas, una rodilla en mis piernas. Por un segundo, uno largo, pensé que aquí la pelaba.
Entre toda esa locura, escuché su voz. Clara, desesperada, gritaba mi nombre.
—¡Lucas! ¡Grita, dime dónde estás! Yo te encuentro.
¡Era Gunnar!
Quise responder. En serio, lo intenté. Abrí la boca, nada, no tenía aire. Mis pulmones no dieron. Era casi lo mismo que intentar gritar bajo el agua, con una piedra atada al cuello.
Y justo cuando pensé que me iba a desmayar o que me iban a pisotear hasta dejarme hecho papilla humana, apareció ella.
Attila. Un demonio con sed. No la vi venir. Solo sentí el tirón brutal del brazo, los talones rasparon el piso hasta que me lanzó dentro de un cuarto lateral. Su cara… no era cara, era locura. Me sostuvo del cuello, me elevó. Los colmillos ya afuera.
—¡Attila, no! —escuché a Gunnar, lejísimo. Su voz se perdía entre los gritos.
No sirvió de nada. Ella no dudó. Abrió la boca.
Entonces sonó un disparo. Uno solo. Tan diferente a los demás que pude reconocerlo bajo el bullicio, se sintió cerca y este sí parecía de arma de fuego.
Luego, en mi cabeza, se hizo un silencio absoluto, no sé si afuera igual, pero mi mundo se apagó en seco. Fue un mute a nivel celular.
Sentí que sus dedos comenzaron a aflojarse. Me soltó y caí al piso. El golpe me sacudió la espalda y me arrancó un gruñido. Levanté la vista, sin entender qué carajo acababa de pasar.
Attila estaba de pie, pero su cuerpo se secaba ante mis ojos.
Primero la piel que se pudrió. Después, los ojos, hundidos y secos.
La carne se encogió, y se quebró, lo mismo que papel ardiendo.
Y en segundos, la que había sido la princesa vampira quedó muerta, petrificada.
Igual que Dustuyev, igual que Rad. Solo que todo ocurrió mucho más rápido para ella.
El silencio duró un respiro ahogado. Después, el caos regresó a lo bestia, más salvaje. Más gritos, más atropello, más disparos eléctricos. Una selva de cuerpos sin ley.
Salí del cuarto a trompicones, pero tropecé y me fui de cara al piso.
El plan era llegar al pasillo y salir vivo.
El plan se fue al carajo. Quedé aplastado.
Sentía las suelas encima, gente me pisaban porque en ese momento yo era parte del suelo.
Era un insecto en medio de una estampida.
Ahí pensé que ya estaba muerto. Un nombre más en las noticias. Hasta que lo vi.
—Aleksei —susurré. No sé si fue en voz alta o solo en mi cabeza. Da igual.
Estaba ahí, en medio del caos, entre sombras y cuerpos desbocados. Un demonio hermoso, desesperado y enfurecido, que empujaba otros demonios, la gente y vampiros, que rebotaban contra él igual que muñecos de trapo. Imparable. Brutal. Pero había tantos. ¿Por qué había tantos?
No podía quedarme a esperarlo. Si lo hacía me mataban.
Así que, por una vez en mi fucking vida me prometí no depender de nadie.
Regresé a mi modo infante y gateé. Ajá. De rodillas, manos al piso, le metí candela.
Me metí entre piernas, esquivé pisadas, crucé el caos, golpeé muslos, metí codo.
Lo que fuera. Llegué a la puerta del sótano, me puse de pie y corrí.
Subí las escaleras de dos en dos, de tres en tres. El aire limpio me dio en los pulmones, tosí. Ardía, pero no me podía alelar. Di el primer paso para correr cuando una mano me paró en seco. Volteé.
Aleksei. No pensé, me le fui encima. Lo abracé tan fuerte que lo sentí encogerse.
Él me rodeó la espalda o puso sus manos sobre mí.
No sé, no importaba. Lo olfateé. ¡Que olor tan delicioso!
¿Qué pasa conmigo? Mi instinto de lucha, ya activadito me jaló la oreja porque yo bien pendejo.
Le agarré la muñeca y corrí, ahora yo tiraba de él hacia los callejones. El humano enclenque tomaba decisiones.
—¡Su Alteza! —gritó Colona desde algún rincón del infierno—. ¡Deténgase ahora!
Aleksei no miró atrás, pero yo sí. Lo vi, de reojo. Un agente de la Triple S nos apuntaba. El arma de descarga brilló un segundo. Solo uno y mi cerebro hizo clic. Ni lo pensé. Metí el cuerpo, sí, así de idiota, entre el arma y Aleksei.
La descarga me atravesó como si hubiera tocado un cable vivo. Todo se sacudió. Los músculos se tensaron hasta doler. El mundo entero tembló dentro de mí.
No pude gritar, no pude respirar. Solo me apagaba y lo último que sentí fue a Aleksei que me levantó del piso, sus brazos firmes, y su rugido contra el universo. Luego, nada.