Capítulo 30 #2
Mi cerebro gritaba que no. A todo volumen. Sirenas, luces rojas, que era una idea estúpida. Esto no era una donación ni un juego ni una fantasía. Esto era atravesar una línea sin retorno. Pero mi cuerpo quería. Like… a lot.
Juro que di un paso. Uno. El suelo vibró bajo mi peso, notó mi decisión. Pero en el último segundo, me arranqué de esa cochina hipnosis como quien se arranca una costra a medio cerrar y retrocedí.
Salí de su campo de visión y me apuré fuera de la cámara circular. Huía de él y, peor todavía, de mí. Me frené en la esquina, donde empezaba el pasillo, sin aliento, con el pecho acelerado, de pelea con esa parte podrida que quería regresar, que rogaba por otra mirada, otra invitación.
Apoyé la frente contra la pared helada. El concreto me quemó la piel. Cerré los ojos. Traté de extirpar esa necesidad, ese tumor energético, con las uñas si era necesario, desesperado.
Entonces lo sentí. Un susurro. No afuera, adentro, en mi cabeza otra vez. Era él, era su voz. «Lucas».
Volteé de golpe. Pero él no estaba ahí, solo veía los cuerpos extasiados en el centro del lugar. Hasta que algo, una sombra húmeda y rápida, se me vino encima, me sujetó por los hombros y me estampó contra la pared.
Era ella. Attila. La princesa. La hija de Rugo. Su sonrisa superaba a cualquier monstruo que pudiera haber imaginado. La piel le brillaba, pegajosa, quizás estaba bañada en aceite. Sentí su aliento frío en la cara.
—La curiosidad mató al gato, humano —me susurró al oído.
Su voz era dulce y detestable a la vez.
—Te gusta mirar —continuó—. Es más divertido hacerlo. Es mi turno de entender por qué Aleksei te cuida tanto.
Intenté zafarme. Pataleé, forcejeé, y fue lo mismo que pelear contra una estatua de acero. No podía gritar, no me entraba aire. La voz no salía. Sus manos eran grilletes, sus dedos, garras y sus ojos dos agujeros negros sin alma.
Los colmillos le crecían bajo la luz intermitente del pasillo. Puñales que brillaban. Yo no tenía escapatoria.
Su boca bajó. Directo a mi cuello. Tan cerca que sentí el frío antes del dolor. Lista para abrirme.
Y ahí, con el pánico mordiéndome por dentro, me forcé a hablar. A decir lo único que podía salvarme.
—Si bebes mi sangre… morirás —alcancé a escupir, con la voz quebrada, solo para ella.
Se rio. No fue una risa normal sino hueca, rota, que huele a amenaza.
Siguió acercándose, nada la iba a frenar. Hasta que solté mi última carta.
—Mi sangre mató a Dustuyev… y a Rad —dije, apenas un murmullo, pero sonó a dinamita.
Silencio. Attila se quedó inmóvil, detenida en seco. El mundo pareció haberse fracturado bajo sus botas.
Sus ojos, esos dos pozos sin fondo, se abrieron un poco más.
Trataron de tragarse lo que acababa de decir.
Decidir si era un chiste o una amenaza. Y cuando pensé que ya habíamos tocado fondo, el universo, con su sentido del humor de mierda, decidió subir la apuesta. Porque entonces apareció él. Gunnar.
—Attila, déjalo ir. Él no te pertenece.
No levantó la voz. No le hizo falta. Su tono era una orden. Autoridad pura. Porque ella podría ser muy la hija de Rugo, pero él era el fucking consorte del rey. «¡Coge por perra!».
Ella giró la cabeza hacia él. Los ojos todavía negros, los colmillos aún afuera, su cuerpo entero vibraba de rabia y algo más. Confusión, tal vez.
—Es que —murmuró, ¡ni ella misma podía creérselo!—, no oíste lo que dijo. Dice que su sangre mató a…
No terminó la frase porque justo en ese instante, el piso tembló y no fue metáfora. Y es que hoy el universo de la verga estaba decidido a superarse a sí mismo.
Desde el fondo del pasillo llegaron pasos en tropel y, de pronto, vomitó figuras con uniforme negro, visores en la cara y armas al frente; de los cañones salían haces rojos que barrían el pasillo.
Conté ocho, quizás diez. La Triple S, obvio.
Mis pelotas tocaron el piso. «¿Cómo diablos me encontraron? ».
Mientras se desplegaban por el borde del círculo, del grupo emergió Colona: alto, delgado, con ese porte de espantapájaros que ya conocía. Caminaba como si el cuchitril este fuera su propia oficina.
La mayoría de los cuerpos presentes estaba demasiado drogada para entender qué pasaba.
Otros, humanos y vampiros, empezaron a reaccionar lento, torpe.
Pero al ver las armas, los visores, los soldados de carne y hueso, entendieron que no era una alucinación por lo que se habían metido. El pánico empezó a filtrarse.
Y claro, no estaban ahí por casualidad, ni por los pobres diablos que se retorcían en ese sótano de mugre. Estaban ahí por mí, por culpa de mi sangre. A Colona solo le faltaba gritar mi nombre.
Para mi mala suerte, no tardó: «Lucas Luna, hemos venido por ti».
Mi corazón, que ya colgaba de ni siquiera de un hilo sino de una hebra de pelo, se partió. Tenía a Gunnar a dos pasos, pero vamos, ¿qué carajo podía hacer él contra un mini escuadrón armado hasta los dientes?
¡Necesitaba a Aleksei! Sí. Él. Justo él ocupó cada rincón de mi cabeza.
—¿Qué hace en este lugar, agente? —habló Gunnar.
Su voz salió altiva, pura postura, fachada de poder.
—Su Alteza —respondió Colona, con mucho, muchísimo, tacto—. Vengo por el muchacho.
—Aquí nadie se lleva a nadie —rugió Attila—. Él me pertenece.
Sentí un escalofrío de asco.
—El joven Luna —insistió Colona, pude ver que elegía sus palabras con pinzas—, forma parte de una investigación de la Triple S. Es nuestra obligación trasladarlo.
Vampiros y humanos empezaron a salir despacio de los cuartos atontados, desorientados, drogados, sudados.
Ado, ado, ado. Algunos se asomaron desde el pasillo.
Los que estaban en mitad del círculo, despertaban.
Al notar los uniformes, el efecto fue inmediato.
Los vampiros se tensaron; los humanos palidecieron.
El murmullo creció. Primero bajo, luego más alto, hasta llenar el espacio como una colmena nerviosa.
—Esto no es la Triple S —rugió Attila, escupía saliva—. Aquí no tienen jurisdicción.
Colona no se inmutó.
—Con el respeto que se merece, Su Alteza —dijo él, voz baja pero firme; dispuesto a hacer lo que tuviera que hacer por llevarme con él—, no existe lugar fuera de la jurisdicción de la Triple S. Incluido este sitio clandestino e ilegal.
Los nudillos de Attila crujieron. No estaba acostumbrada a que le llevaran la contraria. Mucho menos un humano con placa. Es una princesa, por el amor de Dios.
Detrás de Gunnar aparecieron sus dos amigos. Los mismos con los que bebía de la chica. Todavía tenían sangre en la ropa, en la piel.
—¿Colona, cierto? —intervino Gunnar, con tono conciliador.
Dio un paso al frente, manos visibles y una sonrisa diplomática.
—No hace falta un enfrentamiento. No molestamos a nadie, ni queremos meternos en su trabajo. A Lucas le tenemos aprecio, por eso lo cuidamos…
—Príncipe Consorte —lo cortó Colona. Aunque el número de vampiros los superaba, esto no era una negociación, obvio—. Tampoco busco eso.
Gunnar frunció el ceño.
—¿Entonces por qué todo esto? —dijo—. ¿Soldados?
—Traje a mis hombres porque hubo un incidente reciente con el príncipe Beilion —dijo Colona—y preferí cubrirme la espalda. Nada más. He gestionado el traslado de mi equipo al Casco con la mayor discreción, sin levantar sospechas. Solo busco cumplir la orden.
Lo dijo tranquilo. Demasiado.
—Listo —soltó Gunnar—. Entonces no hay más que hablar. Ve con tu jefe y dile que nosotros nos encargaremos de Lucas.
—Con el debido respeto, Su Alteza. —Colona no titubeo—. Creo que no me ha comprendido. Llevarnos al chico no está en discusión.
El aire del sótano cambió. Literal. Se hizo arena. Un bufido colectivo recorrió el lugar. Lo sentí en la piel. A la vez, las armas de los soldados pitaron al cargarse, algo eléctrico sonó en el aire. Ese sonido significaba «se formó».
—No tiene por qué volverse un problema —continuó Colona, cercano, calmo. Dio un paso al frente—. Tenemos autoridad y la firma del director Pangellis para trasladar al muchacho.
La palabra “autoridad” mandó todo a la mierda.
Attila se lanzó sobre el soldado más cercano y le arrancó el brazo de cuajo.
La sangre saltó en ráfagas, salpicaba paredes y cuerpos.
Ahí se acabó cualquier intento de control.
El resto de los vampiros no esperó órdenes.
Ni discursos, ni amenazas, ni diplomacia.
Decidieron que esa noche no iba a haber tregua, ni reglas, ni bajarían la cabeza. Se fueron contra los oficiales.
Los soldados, incluido Colona, abrieron fuego. No eran balas normales. Era munición especial. Cada disparo venía con descargas brutales, cada proyectil soltaba un rayo eléctrico que se metía bajo la piel.
Vi a los vampiros convulsionar en el suelo, la espalda arqueada, dientes apretados, el cuerpo rendido por el corrientazo. Quedaban desparramados, turulatos, hechos mierda, pero con vida.
—¡Necesitamos refuerzos! —gritó Colona.