Capítulo 30
Lucas
Me congelé. No por miedo. Fue más raro. Mi cuerpo pareció haberse quedado sin instrucciones, atrapado entre la lógica que gritaba “corre” y algo más primitivo que sugería quedarme quieto para no ser visto. Fueron segundos que se volvieron siglos.
Cuando pensé que iba a lanzarse, se detuvo.
Algo, y no sé qué carajo fue, lo frenó. Gunnar retrocedió.
La plata volvió a sus ojos y los colmillos se replegaron tan rápido que por un momento creí que me lo había imaginado.
Se apoyó en la pared, dio un par de pasos hacia atrás, lo justo para que el aire regresara a mis pulmones.
—Perdóname, Lucas —murmuró—. No quise… hay veces en que…
Se le quebró la voz.
Lo más jodido no fue lo que pasó, sino cómo me sentí después.
No estaba cagado del miedo. En serio. Más bien sentí lástima.
Por él. Por todos ellos. Por vivir con un monstruo adentro que no duerme nunca.
Por la lucha entre lo que son y lo que intentan ser.
Por tener que resistirse a una parte de sí mismos que los consume a diario.
Sus ojos decían más que cualquier excusa. Estaban cargados de culpa, de hambre, de una soledad tan profunda que se te metía en los huesos.
Lo peor —lo verdaderamente fucked up— fue que no quise huir, que es lo que hubiera hecho cualquier persona con al menos dos neuronas funcionales.
Quise acercarme. Decir algo. Tocar su brazo.
Hacer un gesto humano. ¿Qué mierda estaba mal conmigo?
Yo quería consolar a alguien que estuvo a nada de abrirme el cuello.
No llegué a moverme, Nello y otro de sus amigos aparecieron. No dijeron nada. No hicieron preguntas. Lo rodearon y se lo llevaron. Él no se resistió, ni siquiera me miró. Ni un segundo. Y eso dolió, lo admito. Algo se rompió. Su vergüenza no le permitió cruzar los ojos conmigo.
Amina que vino con ellos me tomó del brazo y me llevó de vuelta al bar con los demás.
Intentó salvar la noche con historias de su vida humana de hace siglos, campos de tulipanes, bailes bajo la luna, risas que ya no existen.
Los contaba con energía y una dulzura rara, que añora.
Todo con ellos debe ser así, una añoranza perpetua.
Yo asentía. Sonreí cuando debía. Pero no estaba ahí, no de verdad.
Pasaron veinte minutos, luego treinta. Gunnar no volvía.
Cuando Amina mandó a buscar más tragos, vi mi oportunidad.
Le dije que iba al baño, que no tardaba.
Nadie sospechó nada. En cuanto me alejé lo suficiente, me escabullí entre los cuerpos.
Esquivaba gente sin pensar. Fui tras él sin medir nada, con el golpe en el pecho que insistía en que tenía que encontrarlo.
No sabía por qué. Solo sabía que no podía dejarlo así.
Salí otra vez y corrí hacia la parte trasera del edificio, por donde lo había visto irse con los otros. El lugar parecía una trampa. Oscura, apestaba a humedad, a cigarro rancio, y a un olor metálico que se pegaba a la lengua, mínimo había lamido el aire sin querer.
Un grupo se amontonaba frente a una escalera que bajaba a un sótano mugriento, medio escondido tras una puerta negra despintada y una columna carcomida. Todo mi cuerpo gritó: «NO ENTRES». Así que, obviamente, entré.
El aire cambió. Se volvió espeso, sucio.
Las luces estroboscópicas verdes parpadeaban lo justo para no partirte la cara contra la pared.
El pasillo era largo, angosto, y los sonidos no eran los de arriba.
Más crudos, más bajos. Respiraciones, roces, murmullos rotos, mezclados con el olor a marihuana y ¿sangre?
Sí. Sangre. Ese tufo a metal que no se confunde con nada.
A cada paso, el lugar se sentía más apretado, era lo mismo que entrar en la garganta de algo vivo.
Una garganta oscura hecha de susurros extasiados y gemidos guturales que flotaban en la penumbra.
A los lados se abrían cuartos, uno tras otro, sin puertas.
No quise contarlos. Eran demasiados y mejor no saber.
Cada uno era un cuadro deformado de sombras que se retorcían. No bailaban. Esto era distinto. Una coreografía desesperada, animal. Cuerpos desnudos que se buscaban, piel contra piel.
En los destellos sueltos de luz, veía pedazos, manos enterrándose en carne, músculos tensos, rostros empapados en sudor, ojos que brillaban en las sombras. Y sangre. Salpicaba en las paredes, chorreaba de cuerpos, formaba charcos en el suelo. No era un lugar para humanos, ni para nadie.
Sin embargo ahí estaban. Humanos y vampiros mezclados, pegados, perdidos.
El corazón me latía tan fuerte que juré que se me iba a subir por la garganta.
Casi esperaba que todos se dieran vuelta y me señalaran, el intruso.
Nadie lo hizo. Así que avancé. No por valiente, ¡no jodas!
, sino porque algo me empujaba en mi interior.
Algo que no sabía nombrar, sin forma, y que me arrastraba más hondo en ese pasillo fétido sin vuelta atrás.
Sabía con cada célula que Gunnar estaba allí. No tenía pruebas, ni lógica, ni un mapa interno que me guiara, pero lo sabía con el cuerpo entero. Y me dio igual si eso me hacía estúpido, masoquista o suicida. Quería verlo, regresar a su sombra, a ese pasillo de su nido donde me desarmó sin tocarme.
El pulso me martillaba las sienes y el zumbido en los oídos seguía el mismo compás desquiciado. Me temblaban las piernas, mis huesos no querían seguir. Todo mi cuerpo gritaba que me diera la vuelta, que saliera de ahí antes de terminar colgado en una pared.
Pero no lo hice. Seguí.
El pasillo desembocó en una cámara circular, inmensa.
Muy grande para estar enterrada bajo tierra.
Había más cuartos alrededor, bocas oscuras, pero en el centro vampiros y humanos se mezclaban en un revoltijo macabro de placer y peligro que rompía las reglas que Plasma Corp.
juraba sagradas. Esto no era donar sangre con contrato y consentimiento.
Esto era ilegal. Aquí los humanos eran juguetes, mascotas, propiedad.
Lo peor, muchos parecían felices de serlo.
Mis piernas suplicaban que corriera. Que saliera con vida mientras aún podía. Pero continué igual. ¿Buscándolo a él? Tal vez. ¿Buscaba respuestas? Ni idea. La cabeza la tenía hecha puré.
Caminaba con la mirada gacha, esquivaba ojos, sin querer ver más de lo necesario. Cada destello estroboscópico me vendía una ilusión distinta. Hasta que lo escuché. Su voz. En el aire. O en mi mente. No sé. Pero era él. Gunnar. Inconfundible.
De algún modo que no sé explicar, la voz me guiaba.
Fue un instinto que nació de la nada y lo seguí hasta que giré a la izquierda y ahí estaba.
Del otro lado de un marco sin puerta. Me acerqué lento, medio hipnotizado.
Me asomé apenas con el deseo inútil de volverme invisible.
El cuarto tenía una luz tibia, ¡las perras velas!
, que avivaba las siluetas que lamían las paredes.
Siluetas que se rozaban, que se buscaban.
Había cuerpos. Una mesa. Un sofá. Y Gunnar, sentado en el centro, se adueñaba del espacio.
La camisa abierta hasta el ombligo, el torso marcado, esculpido por la luna y las sombras de hace siglos atrás.
Sus dos amigos estaban encima de él, demasiado cerca.
Parásitos hambrientos, le hablaban al oído, le buscaban la boca.
Le besaban el cuello, el pecho. Sentí una rara punzada en el estómago. ¿Celos? No. No sé.
Después, bajaron los tres. Hacia ella.
Había una chica con ellos. Rubia, humana, entregada y desnuda. Con los ojos cerrados, y la sonrisa idiota. Parecía soñar algo hermoso. No sé por qué, pero la envidié. El pensamiento me dio asco y aun así se quedó.
Entonces los vi. Los colmillos. Los tres la mordían al mismo tiempo. Sanguijuelas. La sangre empezó a correr. Roja, viva, tibia. Fluía por sus clavículas, por su muslo, casi un río.
En medio del cuarto, frente a ellos, sobre una mesa baja, un espejo con tres líneas perfectas de polvo blanco los esperaba. Relucían igual que joyas.
Lo lógico habría sido que mi estómago se me cerrara, que el miedo ganara y largarme de ahí. Pero no. No pasó eso. No me moví. Quería mirar.
Mi corazón latía en mi cuello, el eco me trepaba a la nuca. Respiraba hondo, algo se apoderaba de mí. Y mis ojos no se despegaban de ellos. De él. Poseído. Pegado a esa escena de mierda que no podía dejar de ver.
Ellos ni se enteraron de que yo estaba ahí. Tan metidos en su trance, tan perdidos en su delirio, lejos del mundo real, que bien podrían haber estado solos en el planeta.
Y, porque mi cerebro es un traidor certificado, pensé una sola cosa. ¿Y si entras?
Qué. Puta. Locura.
Fue un pensamiento fugaz. Una chispa jodida que no sabía de dónde había salido. Pero suficiente para prender fuego a todo.
No sabía ni qué quería. Si era revivir el dolor de una mordida, si me arrastraba Gunnar con ese éxtasis animal mientras tocaba los pechos de la chica, o si era el recuerdo de verlo sobre la cama, retorcido, preso de su propia mano.
¿O era Aleksei? Aleksei en su casa. Su cuerpo pegado al mío. Su respiración mezclada con la mía. Su corazón que golpeó contra mi espalda, desesperado por entender mi sangre. Sus manos fuertes sobre mi cuerpo.
El pecho me tembló. Un eco de ese momento. Cálido, intenso, vivo. Cada gemido de esa chica me hundía más. Me jalaba con una cuerda invisible al fondo de una espiral de la que no sabía salir.
Y ocurrió. Gunnar levantó la cabeza. Me vio. Desde su altar de carne y gula, giró leve y me encontró. Sonrió. Una sonrisa suave, hermosa, peligrosa. Con sangre que chorreaba desde sus dientes.
Me extendió la mano. No dijo nada, pero era una invitación clara “Es ahora”.
Sus ojos se anclaron a los míos, eran anzuelos afilados y dulces a la vez. Cuchillas cubiertas de miel que me decían sin palabras “Ven”. La bendita palabra manifestada en todos lados.
¿Podría? ¿Yo? ¿Meterme ahí? ¿Cruzar esa línea que ya temblaba bajo mis pies?