Capítulo 29 #3
No esperaba una mini-clase de historia tan viva y cruda.
—¿Extraño a alguien? —añadió. Recién recordaba la pregunta—. A mi hermana pequeña, Ragna. Tenía siete años cuando me fui.
Desvió la mirada. No al suelo. No a la calle. Miraba algo invisible, pero que seguía ahí, que flotaba en el mismo punto del tiempo donde lo había dejado. Donde Ragna aún tenía siete años y no sabía que su hermano nunca volvería.
—Ella era todo para mí —dijo—. Mi razón para levantarme cada día.
Y la última vez que la vi… —tragó—, lloraba porque me iba.
No les expliqué nada. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo explicarle a una niña que su hermano ya no es del todo humano?
—negó con la cabeza—. Solo me fui. Por el bien de ambas.
Por tratar de entender qué era ahora. Ni siquiera pude despedirme como debía.
Pausó. Esta vez no fue para pensar. Fue para no romperse.
—A veces pienso que esos recuerdos son mi castigo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y lo de ser vampiro…? —me animé con cuidado.
Alzó la vista al cielo.
—Es complicado. No hay un “sí” o “no”. —Se encogió de hombros—. Hay cosas que amo: la libertad, el tiempo, el poder. Pero si me preguntas si lo hubiera preferido.
Me miró fijo. Directo.
—No lo hice, Lucas. Me eligieron a mí. Me arrancaron de todo lo que conocía y amaba.
De mi mundo. No tuve opción. Después me desecharon.
Estuve a punto de morir en la Inquisición de los impuros.
—Se rio sin alegría—. Si no hubiera sido por Rugo…
—sacudió la cabeza—, quién sabe en qué me habría convertido.
Poco a poco, vi regresar al Gunnar de siempre. Juntaba los pedazos de su máscara, se la ajustaba con cuidado. Otra vez el disfraz de vampiro encantador.
—Y tú, ¿qué? —dijo, por forzar ligereza—. ¿No tienes ninguna historia trágica que contar?
Me agarré de eso.
—Pues mi mamá me regaña cuando dejo los platos sucios, ¿eso cuenta? —respondí—. Ah, y siempre quiere que la acompañe al supermercado.
Hice una pausa dramática.
—Desde niño me pone a hacer manualidades con cosas recicladas. Botellas, cartón, cables viejos. Dice que es por el ambiente, pero sabemos que también es porque sale más barato que comprar una lámpara nueva… o juguetes. Y porque después los vendía.
Rodé los ojos.
—Cada vez que veía algo “rescatable” en la basura me hacía ayudarla a cargarlo. Ahí me tenías montado en el bus o en el Metro con eso, mientras trataba de fingir que no era mío. —Lo miré, desafiante—. ¿No es suficiente drama?
Ni esperé respuesta.
—Casi todos los fines de semana voy con mi papá a ayudarlo en los trabajos que le salgan. Pintar casas, limpiar jardines, podar árboles, arreglar enchufes que chispean. Él es bueno con lo eléctrico. Intenta enseñarme, pero no me entra. Yo soy más apoyo moral que técnico.
Me encogí de hombros.
—No tiene amigos. Creo que soy su único amigo, la verdad.
Sé que le gusta que vaya con él, aunque sea a pasarle herramientas.
—Sonreí sin querer—. Mamá solo tiene a la tía Yeya.
Es un bochinche con piernas la tía. Cuando se va, mamá prende velas, incienso y eleva mantras para limpiar la energía de la casa.
Cerré los ojos un segundo. Me los imaginé, a los dos, las risas que se sacan por nada.
—Son tal para cual. Se quieren feo. —Abrí los ojos—. Y papá —bufé—, sueña con el día en que lleve un novio a casa. Dice que ya es hora. Que no hay nada como el amor. El cursi.
Se echó a reír. Una risa genuina, cálida, que por un segundo borró todo lo pesado. Aunque yo ya sabía lo que había debajo. Heridas grandes, que nunca cierran del todo.
—Tus papás parecen personas increíbles —dijo—. Me gustaría conocerlos.
Imaginé la escenita y por poco se me sale una risa. Mis viejos en un meet and greet con un vampiro, supernormal. Mi papá fijo se lo tripea, le ofrece una cerveza y le hace un interrogatorio muy feliz. «¿Y ustedes de qué trabajan?», porque lo más absurdo para él sería eso.
—Y qué bueno que no te dan problema —agregó—. Por lo de que te gustan los chicos. No todos los humanos son abiertos a lo diferente.
—Espera, ¿qué? —Me hice el idiota—. ¿A mí? ¿Qué a mí me gustan los chicos? ¿Qué te hace pensar eso, detective?
Eso lo relajó todavía más. El chiste le aflojó otro amarre. Y yo exhalé y me fui a ese día que se los dije.
—Sé que al principio les costó lo normal —dije al fin, sin sonar exagerado—. O sea, pasar de intuirlo a escucharlo de mi boca. Es un salto. —Me encogí de hombros, miré a otro lado—. Pero nunca me lo tiraron en cara, ni me hicieron sentir raro. Al revés. Me apoyaron.
Me rasqué la nuca, solté una risa cortita.
—Decían cosas random —seguí—. Mamá decía «cuando traigas a un chico» y papá jode con que él cocina rico y que me iba a enseñar por si una cena romántica y así. Su manera de decir que el tema estaba resuelto. —Lo miré—. Tuve suerte, la verdad.
Y antes de que él pudiera hacer cualquier pregunta adicional por esa ruta. Me adelanté y cambié de tema pero es que rápido.
—Ese tatuaje en la muñeca… —lancé, y no terminé la frase.
—¿Qué con él? —preguntó, con cara de quien conoce la respuesta.
Me encogí de hombros. No hizo falta decir más.
—Hemos sido amigos por mucho tiempo —susurró—. El grupito de indeseados. Los diluidos.
Se rio con una risa hueca.
—Es nuestro vínculo. Nuestra manera de recordarnos que sobrevivimos. Que, pase lo que pase, seguimos siendo uno.
Sus ojos se clavaron en los míos y los vi encenderse.
Sin pensarlo, levantó la mano y me apartó un mechón de la frente.
Un gesto simple que, sin embargo, no fue inocente.
Su mirada empezó a bajar. Su boca se entreabrió, despacio, empezó a saborear algo invisible.
Y los vi. Los colmillos. Crecían. Se afilaban igual que cuchillas recién forjadas. Lentas, seguras, perfectas.
Sus ojos ya no eran plateados, eran pozos. Negros, profundos, sin fondo. No había luz, ni humanidad. Solo hambre. Pura. Primaria.
Un frío me traspasó el pecho, creí que algo adentro se había detenido un segundo.
En ese instante supe que en el aire ya no flotaba atracción ni complicidad. Era otra cosa. Y yo era la presa.