Capítulo 29 #2
Bailar nunca fue lo mío. Nunca. Gunnar, en cambio, era otra cosa. Él no bailaba. Flotaba. Habitaba los beats que lanzaba la Kylie Minogue con su Padam Padam. Se movía con una ricura que atraía miradas; en el centro de la pista, era el fucking núcleo del universo.
Yo, en cambio, era dos pies izquierdos con espasmos. Un espagueti torpe y tieso que trataba de seguir el ritmo sin perder la poca dignidad que le quedaba.
Gunnar no se rindió. Eso sí se lo reconozco, él de verdad pensaba que había alguna esperanza. Intentó de todo, guiarme, moverme las caderas, hacerme creer que la gracia y el ritmo se escondían en algún rincón atrofiado de mis huesos.
Spoiler: no los encontró.
Pero tampoco me soltó. Yo parecía un cadáver reanimado a punta de descargas eléctricas, pero no dejé de intentarlo.
Seguí porque algo adentro no quería parar.
Entre sudor, luces y el ruido, por primera vez en mucho tiempo, sentí algo que hacía rato no sentía: el pulso alto, el cuerpo presente. Vivo, puta madre. Brutalmente vivo.
Mientras buscaba no caerme de cara y no convertirme en meme del año, barrí la pista con los ojos. Vi a vampiros y humanos que no eran donantes oficiales mezclados, pegados. Bailaban de lo más normal del mundo. Y Gunnar lo notó. Gunnar notaba todo.
Cuando nuestras miradas chocaron, me lanzó una sonrisa que decía, sin decirlo, «Aquí las reglas no importan».
Esa idea me traspasó igual que un dardo.
Esto no era solo una fiesta. Era un desafío.
Una patada en la cara a todo lo que nos habían dicho de mantener separados nuestros mundos.
La famosa “clandestinidad vampírica”, esa pared invisible que supuestamente protegía a ambos bandos, se hizo polvo frente a mí.
Justo ahí, entre beats, sudor y cuerpos.
Muchos tenían pinta de vampiros diluidos, aquellos que en teoría no debieron existir.
Y aunque Gunnar era uno de ellos, había algo distinto en los demás.
Algo más rústico, más salvaje, casi una versión sin filtro.
Quizás ser el consorte de un rey te sube de liga.
Pasa entre los humanos también. Lo que sí se notaba era que a estos les valía todo.
Nadie estaba ahí por títulos ni estatus.
Pensé en Aleksei. En qué haría si viera este lugar. No tuve que imaginar mucho. Seguro barrería medio club con un chasquido. Para él, esto sería un suicidio social y político, intuí.
Mi cabeza aún intentaba procesar todo eso, pero mi cuerpo ya iba en otro canal. Quizás era el tequila. O la magia mundana, magiandana, la bautizó mi mente, que flotaba en el aire, igual que sudor invisible. Gunnar me hacía girar en su campo. Yo era un asteroide borracho, y no quería que me soltara.
Estaba tan cerca que casi podía escuchar su voz colarse en mi cabeza. Sentía el calor de su piel. Y sí, ya sé, los vampiros no son precisamente calentitos, calentitos. Esa palabra es buena para nosotros, los humanos, pero así se sentía. Por una noche, él parecía ser la excepción.
Entonces, en medio del vaivén del baile, su pierna rozó mi entrepierna.
¡Bum!
Todo mi cuerpo se tensó. Todo. Fue incómodo. Fue intenso. Fue ¡guau!
En vez de apartarme, me acerqué. No sé si fue instinto o estupidez, pero me dio igual. Me aferré a su cintura, a su olor, a esa presencia que apagaba la idea de que mi vida estaba al borde del abismo, inmortales, muertos, persecuciones, y se volviera un ruido lejano. Bajito. Soportable.
Ese segundo abrió un mundo sin reglas. Sin humanos, ni vampiros. Solo él y yo, atrapados en un remolino de luces, bajos y calor. Un caos hermoso. Y aunque sabía que no podía durar, porque nada dura, mientras estuviera ahí, no iba a soltarlo.
Él propuso salir a tomar aire. Solo él y yo. Más por mí que por él, por supuesto. Mi cabeza daba vueltas entre la alegría forzada, el tequila y el desastre que era mi vida ahora mismo.
Eso necesitaba: aire. Risa. Su compañía. Lo demás podía irse a la mierda por unas horas.
—¿Quieres llamar a tu amigo? —preguntó él, y me extendió su teléfono—. Debe estar preocupado. Anda. Llámalo.
Estuve a nada de tomarlo. A nada. Pero la voz de Aleksei fue una luz roja en mi cabeza. Además, no estaba en condiciones de hablar con Ban. No ahí. No era el momento. Después. A solas. Le agradecí el gesto.
—¿Tú y Aleksei tienen algo? —disparó el man, así, sin anestesia, duro y al hueso.
Se me cruzaron los cables. Mi boca se enredó toda y decidió improvisar sola. Error fatal. Lo único que salió fue un sonido raro, algo entre balbuceo horrendo y glitch humano, un «Gñeh», que ni yo entendí. ¿Por qué preguntaba eso? ¿Qué carajo veía que yo no?
Hasta que logré armar una palabra completa:
—No.
¿Qué? ‘No’ es una palabra y una oración también. Jeee. Eso cuenta.
—No quería incomodarte —dijo enseguida, con esa voz que afloja defensas—. Solo curiosidad. Desde que llegaron, noté cómo te cuida. No te quita los ojos de encima. Le costó dejarte conmigo.
Genial. ¡Perfecto! Ahora no solo tenía que procesar la pregunta, sino también el subtexto que venía empaquetado para regalo.
Mi boca hizo amago de responder, esa inútil, fallida, traidora, bocamuda, bocatonta. La abrí, para intentar decir algo coherente, pero lo único que salió fue una tos seca, apareció justo a tiempo para evitar que dijera alguna estupidez irreversible.
«Gracias, Señor». Me salvó. Recuperé el control y logré articular oraciones más largas:
—Para nada. Fui un donante en su fiesta —dije—. Eso es todo.
Pero Gunnar no se tragó esa versión.
—¿Y por qué te cuida tanto? —insistió—. ¿Por qué está tan pendiente de ti?
—No puedo… —empecé, y ahí acabé. Ni muerto iba a terminar esa frase.
Él sonrió. Una sonrisa extraña. No burlona, no coqueta, una sonrisa con cansancio y cicatrices.
—Con él todo es un misterio —dijo, y bajó la mirada—. Conozco bien a Aleksei. Sé cuándo te pone una mordaza invisible. Y también sé que quien se atreve a quitársela… pierde.
Intenté parecer un humano funcional, aunque por dentro era un desastre.
Así que hice lo que cualquier persona desesperada haría, cambiar el tema de forma evidente y torpe. Antes de que sacara más verdades que ni yo sabía que existían, le solté lo primero que se me pasó por la cabeza.
—¿Crees que Aleksei y Rugo ya terminaron de hablar? —dije—. Llevan rato.
La decepción se le notó al instante. No quería que yo pensara en eso mientras estaba con él.
—Hasta en eso somos distintos —respondió—. Para un inmortal el tiempo no importa. Horas, días, semanas. Lo que tome. —Sacó su celular, lo miró. Nada—. No he recibido mensaje del rey —añadió—. ¿Tú tienes mensaje del príncipe?
Ahí caí en cuenta de que yo no tenía su número, ni Aleksei el mío. Buen trabajo, Lucas.
—No te preocupes —dijo Gunnar, y guardó su teléfono—. Dejé la orden de que me llamen en cuanto terminen. Nos quedamos un rato más y regresamos. ¿Te parece?
Asentí poco convencido, pero Gunnar se había tomado el trabajo de distraerme y sacarme del pozo mental. Lo mínimo que podía hacer era ser agradecido y aguantar un par de horas más.
Igual, necesitaba mover la conversación. Sacarla de mí.
—¿Cómo era tu vida cuando eras humano? —solté, así de la nada—. ¿Recuerdas algo? ¿Extrañas a alguien? ¿Hubieras preferido no ser vampiro?
Silencio.
Me tiré de cabeza. Demasiado personal. Pero lo hice a propósito. No quería darle chance de volver a dispararme con preguntas que me dejaban desarmado o peor, que me dejaban mirando hacia adentro sin saber por dónde empezar a contestar.
Ladeó la cabeza y me sostuvo la mirada con esos ojos de plata que parecían ver más de lo que deberían.
Tal vez trataba de leer entre líneas, descifrar de dónde venía mi súbito interés.
Tal vez sabía lo que estaba haciendo. Con su experiencia, debió ser obvio.
Pero no cambió de tema. No me esquivó. Pensó. Y yo esperé.
Me sentí mal por haberlo empujado ahí. Por meterle el dedo en heridas que quizás llevaba siglos tratando de enterrar.
Me miró. Y por primera vez desde que lo conocí, la chispa juguetona en sus ojos no estaba.
—¿Quieres saber si me acuerdo de algo? —dijo al fin.
Soltó un suspiro que arrastraba siglos.
—Sí. Me acuerdo de más de lo que quisiera.
Se apoyó contra la pared del callejón, ya estaba oscuro y la luz amarillenta de un faro le partía el rostro en dos, mitad sombra, mitad recuerdo. Cruzó los brazos, daba la impresión de que necesitaba sostenerse.
—Nací en Norge —dijo—. Hoy Noruega. Siglo dieciséis, principios.
Cerró los ojos, capaz ajustaba el enfoque, las imágenes.
—Nada era fácil. En casa no sobraba nada. Mi padre hacía lo de muchos en la costa: pesca y granja. Cuando el bacalao salía bien, lo secaba y lo llevaba a Bergen, en los muelles de Bryggen, a cambio de harina o sal.
Hablaba lento.
—Éramos cuatro. Papá, mamá, mi hermana menor y yo.
Mi madre llevaba la casa, pan, leche, niños, y callaba en público más de lo que quería; así funcionaba todo.
Los hombres a la mar o al monte; mujeres al hogar y al pequeño ganado; niños trabajamos desde temprano.
Pero ella era más que eso, amaba el mar y contaba historias de viajes antiguos, de nuestros antepasados vikingos.
Drakkars y lugares que yo nunca vería. En mi tiempo ya no había héroes.
Había reinos, diezmos y pastores luteranos.
Y mi padre —hizo un gesto seco—, rígido, religioso, cero abrazos.
El silencio del callejón se metió entre las palabras.
—Recuerdo el frío —continuó—. El que te muerde los huesos. Cosechas fallidas y hambruna. A mi padre no se lo llevó eso, sino la viruela. Cayó rápido, a nadie le sorprendió.
»Mamá quedó devastada, pero no se derrumbó.
Hizo lo que no estaba bien visto. Trató con comerciantes, vendió hilo y pescado seco, discutió precios en el muelle.
En esos años bastaba que una mujer fuera demasiado terca para que alguien susurrara “¡Brujería!”.
Y con lo que vendría en las décadas siguientes ese rumor podía costarle la vida.
—Sonrió—. Ella tuvo suerte, o tal vez fue más lista que todos.