Sangre muerta Capítulo 29
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Capítulo 29

Lucas

Gunnar hacía que todo pareciera fácil. No bien. No seguro. Fácil. Para él el mundo era un juego de realidad virtual y, por supuesto, tenía el cheat code.

Podía haberme montado en un Bentley con chofer, porque claro, vampiro millonario y consorte del rey. Pero no. Se paró frente a mí con el celular en la mano porque le pareció más cool pedir un Uber.

—Ya viene en camino —dijo, supongo que creía que era la gran idea.

Lo miré tipo “Man, ¿tú no eres literal el consorte del rey? No es momento de escatimar”. Gunnar sonrió, seguro me leyó la cara porque no fui nada sutil.

—Me hace sentir humano —dijo—. Normal.

“Normal”. Sí, claro. Normalísimo. Seguro que en sus tiempos sentirse normal era subirse a una carreta con gallinas y rezar para que no te asaltaran en el camino. Pero okey.

El Uber nos dejó frente a un hotel en el Casco, era de día aún, todavía con turistas y gente tomándose fotos. Yo bajé y el calor me cayó encima. Gunnar pagó, agradeció, hasta le tiró un “bro, gracias” al chofer con una naturalidad ofensiva. Ni yo actuaba tan gente.

De ahí, a caminar. No por las calles lindas. No por donde están los cafés bonitos y los balcones de postal. No. Gunnar me metió por callejones estrechos, húmedos, oscuros y con olor a quién sabe qué porquería.

Yo iba con la espalda dura, el cuello tenso, miraba para todos lados, por momentos pensé que me asaltaría un vampiro de alcantarilla. Gunnar, en cambio, parecía que iba por helado. Y mientras cruzábamos ese laberinto, me tomó de la mano. Su piel fría, pero soportable.

Nunca dejó de hablar. Historias sueltas, chistes medio estúpidos, comentarios sobre la gente, sobre las calles, sobre lo ridículo que era que los humanos pagáramos tanto por un café.

Supongo que notó que yo estaba a dos milímetros de un colapso nervioso.

Bandhu habría dicho que mi “virilidad se fugaba por los poros”, y se habría reído en mi cara.

Y sí, no estaría tan equivocado. Pero con Gunnar el miedo se encogía.

Su voz, su mano, su forma de caminar, le decía a mi cuerpo, “relájate, estás conmigo”.

Llegamos a un edificio viejo, con ventanas tapiadas, paredes descascarilladas y una luz estroboscópica azul que parpadeaba en la entrada, olía a fiesta clandestina. No he ido a una, pero he visto suficientes videos y se me hace fácil reconocer el vibe.

La fila larguísima, una serpiente humana que se enroscaba hasta perderse en la esquina.

Por la hora nunca hubiera esperado que un sitio así estuviera vivo.

Gunnar, siendo Gunnar, ni pestañeó. Caminó directo al tipo fornido que custodiaba la entrada, cuello ancho, brazos de fisiculturista, y le habló al oído.

No sé qué le dijo. Quizás eran amigos desde el siglo XVII, tal vez desde hace medio minuto.

El caso es que el tipo nos hizo seña y listo, pasamos.

Obvio, la fila reaccionó. Se oyeron un par de quejas, pero cuando lo vieron, cuando lo vieron pasar frente a ellos, tragaron saliva y se callaron.

No sé si fue su presencia de inmortal, su belleza de otro mundo o esa mirada plateada que te atravesaba la retina.

Quizás todo eso. Algo en él gritaba intocable.

Y por las caras, los trajes, los collares y esa energía extraña que flotaba en el aire, juraría que ellos sabían qué era él.

Luego me vieron a mí. El humano flacucho, pegado a su costado igual que un llavero Labubu.

Apenas cruzamos la puerta, un neón decía ‘Inferno’ junto a la silueta ridícula de un diablo barbudo en tutú. Porque claro, si vas a llamar a tu club Inferno, mínimo te comprometes con la estética.

La disco estaba hasta el culo de gente. Me detuve un segundo.

Esa vista confirmó lo que ya sospechaba, aquí adentro, humanos y vampiros cohabitaban.

Pero también entendí, sin que nadie me lo dijera, que esto no era legal.

Era otra cosa, un refugio fuera del radar, algo prohibido y por eso irresistible.

Un mar de cuerpos empapados en sudor seguía el ritmo de música electrónica mezclada con reguetón. Luces intermitentes teñían todo de rojo y naranja, y había un calor tan pegajoso que parecía que entrabas, ahí sí cabía la palabrita, literalmente, al infierno.

Recordé que Bandhu me había intentado arrastrar a lugares así.

Siempre me zafaba con excusas baratas. Que el cansancio, que mañana temprano, que no era lo mío.

Miedo, inseguridad, lo de siempre. Ironías de la vida, ahora estaba metido en el centro exacto del caos, después de convertirme en donante y caer en un enredo que ni en mis delirios más extremos habría imaginado.

Por un segundo todo me cayó encima. El ruido, la multitud, el peso de lo que había hecho para terminar en ese lugar. El pecho me apretó. Pero entonces sentí la mano de Gunnar que apretaba la mía. Fuerte. A tiempo. Quizás había leído mi aura energética justo antes del colapso.

Me jaló contra su cintura, y de alguna forma, todo lo demás se esfumó. El ruido bajó. Solo existía él. Y esa manerita que tenía de abrirse paso entre el mar de gente y lo obedecían. Casi Moisés separando las aguas, pero vestido de Chanel.

Las miradas nos seguían. Él era el centro gravitacional, el sol que muchos querían orbitar. Y yo, bueno, era el satélite. Pero no me importaba porque por primera vez en mucho tiempo, todo el caos dentro de mí se apagó. Aunque fuera por unos minutos, dejé que Gunnar me arrastrara en su torbellino.

Nos condujo hasta el segundo bar, al fondo.

Más oscuro, más íntimo, igual de intenso.

En una zona VIP lo esperaban sus amigos.

Todos vampiros. Intuí que eran tan diluidos como él.

Guapos, sí, pero de una belleza más digerible.

Modelos de Insta, pasables en la vida real, no esos entes perfectos que parecen editados en Photoshop. A lo Gunnar. Y de seguro, a lo Aleksei.

—Este es Lucas —dijo Gunnar, me presentó como el nuevo del grupo—. Cumple dieciocho en unas horas. Es amigo mío y de Aleksei.

Ese último nombre fue lo mismo que soltar una granada sin seguro sobre la mesa. Clack. Silencio. Todas las miradas se me fueron encima a la vez. No eran curiosas, evaluaban. Decían, sin decirlo: «¿Ese Aleksei? ¿El Aleksei? ¿El prepotente Aleksei?».

Amina fue la primera en romper el hechizo. Negra, con vibra afrofuturista, ojos ámbar diamantino y energía que te sacudía, aunque estuviera quieta. Fue la que puso los pensamientos en palabras y soltó un:

—¡¿Aleksei, Aleksei?!

Casi como si acabaran de anunciar la llegada de Beyoncé en un funeral de pueblo.

Antes de poder reaccionar, todos se me vinieron encima.

Muchos abrazos. Hombros, risas, manos en la espalda, parecíamos primos lejanos que se reencuentran en Año Nuevo sin acordarse de por qué se caían mal.

Raro, sí, incómodo, pero no tanto. Por un segundo me sentí incluido.

Quizás no era tan absurdo estar ahí. Aunque esas pupilas brillantes y esas sonrisas perfectas me recordaban quienes eran.

Vampiros que caminaban entre humanos. Y que me abrazaban a mí, el único mortal en ese grupito.

Gunnar y Nello —alto, fornido, piel oliva, melena de comercial de champú caro— ya habían mandado a pedir shots de tequila. Porque obvio, qué mejor forma de celebrar tus dieciocho que prenderle fuego a la garganta.

—Toma —dijo Gunnar, y me pasó uno con esa sonrisa que siempre parecía esconder una trampa—. A brindar por tu inesperada compañía. Y por tus dieciocho.

—No bebo —solté, por reflejo, en automático.

Pero a Gunnar le valió.

—Lucas —dijo, casi cerró un capítulo de mi vida sin pedirme permiso—, hoy vas a romper otro miedo. Te vas a divertir. Te lo mereces. Ahora, ¡bebe!

Bandhu hubiera amado a Gunnar.

No hubo espacio para negociar. Entre risas y un “¡Salud!” general, me bajé el trago. La garganta me ardió igual que si me hubiera tragado un fósforo encendido, y estuve a nada de soltar un eructo demoníaco, pero lo contuve por instinto de supervivencia social. Eso los hizo estallar de risa.

Amina pidió otra ronda. Esta vez, Gunnar decidió hacerlo a su estilo.

—Haz exactamente lo que yo te diga —ordenó, y no sonaba a broma.

Se echó sal entre el pulgar y el índice, y me extendió la mano. No pensé. Solo actué.

Lamí la sal. Me encajó el shot en la boca justo cuando él tomaba el suyo. Sin darme respiro, me acercó un limón sostenido entre sus labios. Lo mordí, apenas rocé su boca y el corazón se me fue a pique.

Pero Gunnar no se detuvo. Con la excusa ridícula, y conveniente, de que en mis labios quedaban residuos del limón, me tomó la cara y selló mi boca con la suya.

Su lengua encontró la mía. No fue lento, no fue bonito.

Fue un choque, una descarga. El ruido del club se apagó de golpe y quedamos nosotros dos, en una burbuja de calor, luces y electricidad.

Su boca encontró la mía sin pedir permiso y aunque no lo esperaba no lo rechacé.

Me quedé ahí, tieso, idiota, dejando que pasara. No hubo tiempo de pensar.

Cuando se separó, sus amigos aplaudieron y rieron. No sonó a burla, más bien sentí que acababa de pasar una especie de prueba o un rito de bienvenida.

Entonces levantaron los brazos y unieron las manos en el centro. Algo simbólico. Fue cuando noté que en sus muñecas tenían el mismo tatuaje, unas líneas quebradas, zigzagueantes, que se conectaban entre sí, una cadena rota creí. Ahí juntaron las marcas y me miraron, me esperaban.

No pregunté nada. Solo acerqué mi muñeca desnuda y la puse en medio. Nadie dijo una palabra, pero algo se cerró. O se abrió. No sé.

Por un momento, breve y real, me sentí parte de algo. Algo secreto, distinto. Aunque supiera que ellos me llevaban siglos de ventaja, aunque una vocecita en mi cabeza gritara que todo esto podía acabar mal.

Cuando terminaron de reírse de mi cara de “¿Qué carajos acaba de pasar?”, decidieron que era hora de bailar. Y todo se fue a la verga.