Capítulo 28 #2
Aleksei sabía que Rugo necesitaba soltar veneno antes de decidir. Lo dejó hablar, sentirse al mando.
—Nuestra representación dentro de la Triple S es ridícula —escupió Rugo, y cada palabra le costó—.
Logré colocar a unos pocos en puestos clave por la conexión que tiene Plasma Corp.
con ellos en algunos casos, pero nada más.
Te lo advertí, Aleksei. Fuimos ciegos y arrogantes.
Confiamos en nuestra inmortalidad y olvidamos lo más básico, los humanos nunca dejan de conspirar.
Bingo. Aleksei asintió con calma, sin apartar la mirada. Lo tenía. El rey empezaba a repetir ideas que creía habían sido suyas desde el principio. Debía ser cuidadoso, no podía empujarlo más. No todavía.
—Su Majestad tiene razón —Aleksei dijo por fin, con una voz tan tensa que podía cortar vidrio—. Es hora de corregir el rumbo. Antes de que sea irreversible.
Rugo lo miró durante varios segundos. Escudriñaba su rostro, buscaba una mentira, una duda. Luego se inclinó apenas. Su voz bajó, grave.
—Si yo te ayudara a entrar —dijo—, me estaría jugando el cuello con las familias.
Y con esa maldita Boda de Sangre en camino, dos clanes van a tener más poder que nunca.
¿Y adivina qué? No soy su favorito. Si algo sale mal, si alguien empieza a hacer las preguntas equivocadas, o si todo eso que dices sobre la sangre de ese humano no pasa de ser una teoría conspiranoica no solo rodará tu cabeza, Aleksei. También la mía. ¿Lo tienes claro?
—Prístino, Su Majestad —respondió Aleksei, sin un gramo de temblor en la voz.
Dio un paso al frente, y se arrodilló con firmeza, no era momento de orgullo. Haría lo que tuviera que hacer para conseguir lo que necesitaba.
—Pero también puedo estar en lo cierto —agregó—. Y si lo estoy, evitaremos una masacre. Usted podría salvarnos a todos. Toda la especie. Todos lo sabrán. Esto va más allá de alianzas, más allá de una boda entre clanes. Solo confío en usted para esto. Sin su ayuda, no podré hacerlo.
El monarca rio. Un sonido sin calor que arañó el aire.
Avanzó hasta el vampiro que seguía hincado.
En otro contexto habría sido un honor. En ese, era una exhibición.
Sin embargo, era la primera vez que el monarca veía a Aleksei tan sumiso, tan abajo, y eso generó en él un interés morboso.
Hasta dónde llegaría el príncipe por recibir su ayuda.
—Levántate —dijo el rey.
Aleksei obedeció. Al hacerlo, lo tuvo demasiado cerca. El hedor lo golpeó primero: carne vieja, humedad rancia. Rugo sacó la lengua, morada, se relamió los labios con lentitud. Luego alzó la mano y le acarició el rostro. Aleksei no se movió. El honor podía esperar.
—Siempre me he preguntado —murmuró el monarca— cómo se sienten tus labios. El vampiro más… deseado. El que todos anhelan poseer.
No esperó respuesta.
La boca de Rugo cayó sobre la del príncipe.
El aliento del rey invadió su garganta. Aleksei tuvo que concentrarse en no vomitar.
Autodominio. Pura distancia mental. La lengua del monarca se abrió paso entre dientes y encías, torpe, insistente, buscaba algo que ya no sabía nombrar.
Algo que no había sentido en siglos. La escena era tan grotesca que parecía irreal, incluso viéndola de frente.
—Alguna vez me vi como tú —dijo Rugo al apartarse, jadeante—. Hubieras sido incapaz de rechazarme.
Miró sus propias manos, deformes.
—Este poder… —una carcajada sarcástica—. Se lo llevó todo.
—Su Majestad… —intentó Aleksei.
—No siempre fui esto —murmuró Rugo. La sonrisa se le dobló en una mueca cansada—. Alguna vez fui amado. Alguna vez alguien vivió por mí.
—Todos lo respetan, Su Majestad.
—Me temen —corrigió—. Y no hablo de ese miedo.
Buscó la palabra. No la encontró. El tiempo, incluso para un rey inmortal, también borra.
Aleksei tomó esa mano hinchada, irreconocible. En los ojos del monarca brilló algo antiguo. Un recuerdo comprimido. Una lágrima que no llegó a caer. Sin embargo, estaba ahí, asomada.
—No —susurró el rey, le sostuvo la mirada—. Eso ya no es para mí.
Rugo se echó hacia atrás, y su masa ondulaba al deslizarse de nuevo hasta el trono y la piedra pareció aceptar el peso con un quejido mudo.
—Muy bien —dijo el monarca—. Necesito un día para pensarlo.
—Su Majestad —interrumpió Aleksei, su tono cruzó el aire igual que un rayo—. El tiempo no es un lujo que tenemos. Es nuestro enemigo.
El silencio que siguió fue distinto. Algo invisible se había posado sobre la sala, aplastaba el aire y hundía los muros. Incluso Rugo pareció encogerse un milímetro en su trono de huesos.
Aleksei necesitaba que la mole entendiera que esto no era un juego de poder, sino una cuenta regresiva, una carrera contra la muerte. Y no cualquier muerte, sino una que no respetaba linajes, pactos ni antigüedad.
El rostro del rey se contrajo. Intentó esconder el gesto bajo capas de carne y arrogancia, pero en su mirada se abrió una grieta. Había preocupación ahora.
—¿Eso qué quiere decir? —preguntó al fin. Su voz era otra, bastante humana.
Aleksei lo miró de frente, firme. No pestañeó. No cedió.
—Que debo acceder a la bóveda esta misma noche.
No fue una súplica. No fue una sugerencia. Fue una orden. Y ambos lo supieron.
El príncipe estaba dispuesto a quedarse ahí cuanto hiciera falta para forzar a Rugo a actuar. Incluso si debía obligarlo por su cuenta.