Capítulo 28
La cámara
Mientras Lucas estaba con Gunnar, Aleksei había comenzado su conversación con el monarca.
Tras horas hablando de sinsentidos, con Rugo todo era así; nunca quería ir al tema, todo era detalle, detalle, detalle, y después de explicarle lo de la fiesta, la reunión con Pietro, lo ocurrido en la cabaña y de mostrarle el video que Pietro le envió, la paciencia de Aleksei guindaba de una pestaña.
Cada segundo dentro de esa cámara lo tensaba más; ya habían perdido demasiadas horas.
Si había algo que el príncipe detestaba de Rugo, más allá del hedor rancio y su masa de carne muerta, era su arrogancia. Esa manía de hablar con la convicción de que el universo le debiera pleitesía. De que solo él tenía derecho a dictar qué era real y qué no.
Aleksei podía soportar muchas cosas. Pero no que intentaran igualarlo en soberbia. No era solo orgullo. Era la testarudez ciega de un rey que solo creía en lo que podía aplastar o devorar. Si algo no alimentaba su ego, su linaje o su imperio de sangre, lo descartaba.
—¿Estás seguro? —Rugo por fin dijo algo— ¿De la sangre de ese niño?
La frase quedó allí suspendida. Tal vez no quería decirlo en voz alta. Tal vez hacerlo lo volvía real.
—Pietro no mentiría, Su Majestad —dijo Aleksei, directo—. Aun así, necesito entender cómo.
Todo apuntaba hacia Lucas. El video de Pietro dejaba pocas dudas. Sin embargo, Aleksei aún no se atrevía a dictar su veredicto. No existía registro en toda la historia conocida de sangre humana capaz de hacer lo que hacía la de Lucas. Tampoco de que pudiera modificarse.
Rugo se miraba los dedos manchados y los olfateaba con una lentitud que helaba la piel.
—Todo lo que has dicho es imposible —dijo—. No importa lo que Pietro diga con sus juguetitos de laboratorio. —Su voz descendió, brotaba colérica desde la caverna de su pecho—. Los únicos que alguna vez causaron algo parecido fueron esos cochinos…
Se detuvo. No pronunció el nombre. No hizo falta.
Aleksei supo al instante a quién se refería.
Los ugatí. El eco de un pueblo borrado a la fuerza.
Los más antiguos aún cargaban esas cicatrices, y Rugo era uno de ellos.
Había visto morir a los suyos por culpa de esa facción indígena, brutal, extinguida hacía milenios.
Aleksei no vino a remover cenizas. No había llegado hasta ahí para lanzarse por la borda. No con alguien como Rugo. Era un monstruo, sí. Pero también era un rey. Y los reyes exigían que les hablaran en su idioma, el de los elogios disfrazados de razón.
—Pienso igual que usted, Su Majestad —dijo Aleksei, y medía cada palabra—. Después de los ugatí, no ha habido nada comparable. Pero usted vio el video. Ha visto lo que la sangre de Lucas puede hacer.
El rostro de Rugo, por más que intentara mantenerlo firme, mostró una fisura minúscula, pero real. No porque dudara de lo que había oído, sino porque entendía con exactitud lo que significaba. Aquello era una advertencia. Y venía del único inmortal al que no podía subestimar sin consecuencias.
—¿Qué demonios quieres de mí, Aleksei? —gruñó. Su voz arrastraba cansancio y algo más difícil de ocultar, miedo—. ¿Qué esperas que haga?
Aleksei no respondió al instante. Sabía que cada palabra era un paso sobre vidrio pulverizado. Esta era la única oportunidad real de mover su plan sin que sonara a una orden, ni siquiera a sugerencia. No con Rugo. Si sentía presión, lo rechazaría solo por orgullo.
Tenía que parecer idea suya.
—Su Majestad —dijo con una leve inclinación que ocultaba la tensión que le atravesaba la espalda—. Usted sabe lo que debe hacerse. Es el único con visión, recursos e influencia para manejar algo así sin alertar a las demás familias.
Rugo entrecerró los ojos medio intrigado y halagado.
—¿Y qué crees que es eso? —preguntó.
Aleksei dejó que el silencio hablara. Solo un par de segundos, una pausa calculada. Luego soltó lo necesario.
—Investigar a fondo —dijo—. Usted representa a nuestra especie en Plasma Corp.
Plasma Corp. y la Triple S colaboran. Eso le da a usted acceso a niveles de Plasma Corp.
y de la Triple S que nadie más tiene. Si queremos respuestas reales, necesitamos que usted las obtenga.
Que usted encabece esto. Y que todos sepan que fue usted quien lo descubrió.
Rugo bajó apenas los hombros y apretó la mandíbula. Sopesaba beneficios, calculaba riesgos. Su cara seguía cargada de hartazgo y superioridad, pero por dentro, las piezas ya empezaban a moverse.
—Habla, Aleksei… —gruñó—. ¿Qué sugieres?
Aleksei sostuvo su mirada sin pestañear.
—Si algo he aprendido de usted —dijo el príncipe—, es que un rey que no prevé es un rey muerto. Debemos saber con certeza qué les pasó a Dustuyev y a Rad. No podemos permitirnos otro cuerpo sin respuestas.
Y calló. La trampa estaba tendida. Con Rugo, menos era más. Una palabra equivocada y todo se iba al diablo. El príncipe lo sabía. Aleksei no estaba seguro de que mordiera el anzuelo. El rey era astuto, pero había que intentarlo, hacerle sentir que él tenía el control.
Rugo se recostó contra el trono. Respiró hondo, un sonido cavernoso, áspero. Por un momento pareció que no diría nada. Hasta que murmuró, apenas un hilo de voz:
—Necesitamos sus cuerpos.
La frase se disolvió en el aire, pero Aleksei la oyó como si se la hubieran gritado al oído.
—Tiene razón, Su Majestad —contestó con calma—. La sangre de Dustuyev o de Rad es la única vía que puede llevarnos a la verdad.
Esperó porque ahora la idea ya no era suya. Era del rey. Rugo lo observaba con ojos de animal viejo que ha sobrevivido demasiadas guerras. Buscaba trampas en las palabras de Aleksei. Había duda, sí, pero también desconfianza.
—¿Desconfías de los humanos? —gruñó por fin, con la voz afilada.
Aleksei no pestañeó.
—¿Y si le digo que sí?
La provocación era planificada, estratégica. Necesitaba medirlo, ver hasta dónde llegaba su paranoia, tomar el pulso a la furia que hervía bajo esa mole de grasa y soberbia. Pero antes de que el rey escupiera alguna de sus respuestas inflamadas por orgullo, Aleksei cortó por lo sano.
—El interés de los humanos por descubrir qué ocurrió no debería superar el nuestro —aclaró—.
Sin embargo, la Triple S actúa como si solo ellos tuvieran derecho a investigar.
Creen que la verdad les pertenece. Sí, pueden decir que cumplen con su deber.
Pero… —Se detuvo. Fue intencional. Lo miró de frente.
—¿Y si no es solo eso? ¿Y si hay una intención que no han revelado?
Rugo alzó una ceja. Apenas. Pero eso bastó para que Aleksei supiera que había mordido.
—¿Te refieres a…?
No hizo falta que completara la frase.
—Exacto, Su Majestad —respondió Aleksei con firmeza—.
La relación entre humanos y vampiros siempre ha pendido de un hilo.
Nos toleran, pero jamás nos han aceptado.
Nos odian mientras sonríen. Nos temen porque los superamos y porque les recordamos todos los días que, para los nuestros, ellos son el ganado.
Colona lo demuestra cada vez que abre la boca —continuó el príncipe—.
No disimula su desprecio. Ni lo intenta.
—Maldito alfiler —escupió Rugo, solo recordarlo le dejaba veneno en la lengua.
—Nuestro error fue permitir que la Triple S creciera sin freno —siguió Aleksei—. Pensamos que eran herramientas. Útiles, sí, lo son, pero solo si los manteníamos bajo control. Les dimos espacio. En ese espacio cultivaron la ambición.
—Claro… —musitó Rugo. Sus ojos comenzaron a vaciarse, el eco de una verdad no dicha comenzaba a tomar forma.
Su voz cambió. Se volvió más tosca. Empezaba a ver lo que no quería aceptar.
—Si ellos descubren qué causó la muerte de Dustuyev —dijo el monarca—, si entienden cómo opera esa sangre… podrían ser capaces de…
No terminó. Las palabras se le pudrieron en la garganta.
Aleksei lo observó en silencio. No lo interrumpió, dejó que la idea se le incrustara en la cabeza. Que le doliera. Entonces, porque el peso de esa posibilidad lo aplastaba desde adentro, Rugo terminó de susurrarlo—: Podrían destruirnos.
Rugo acababa de cruzar el umbral por sí solo. Cuando habló, su voz era casi un hilo de hielo afilado.
—Por eso necesitamos tomar el control —dijo el príncipe—. Usted y yo. Antes de que sea demasiado tarde.
—Eso rompería el acuerdo que todas las casas firmaron —gruñó Rugo, y esta vez mostró los colmillos—. El pacto de colaboración. Tú estuviste al frente. Tú lo prometiste.
Aleksei no parpadeó.
—Solo necesito la sangre de ambos cuerpos.
Rugo soltó una carcajada que sacudió la cámara.
—Aleksei —escupió el rey, entre sarcástico y furioso—. ¿Todo esto solo por sangre? Habría preferido que admitieras que querías el cadáver entero de tu amigo. Habría sido más poético. Príncipe, ambos cuerpos deben ser extraídos.
Por supuesto que Aleksei lo sabía, pero todo era parte de su plan, y sabía a dónde apuntar.
Lo había pensado tras la última conversación con Pietro.
Si los cuerpos quedaban en manos de la Triple S, podrían estudiarlos, descubrir la causa y usarlo en su contra.
La lógica era la del propio Rugo, y ahora la usaría para volverla arma.
—Tiene razón, Su Majestad —dijo Aleksei—. Si controlamos los cuerpos, nos aseguramos de que no puedan analizarlos. Ni el de Rad, ni el de Dustuyev.
—Sabes que las reglas nunca fueron lo mío —rio el rey, y suspiró resignado.
Por un instante, Aleksei agradeció ese complejo de dios que lo hacía sentir que todo le pertenecía. Porque si algo movía a Rugo, no era el deber, ni la lealtad, ni siquiera el poder. Era la certeza de que podía romper cualquier norma y salir impune.
Rugo flotó. Sí, su inmenso cuerpo se elevó con una lentitud amenazadora, los pies rozaban apenas el suelo, casi que el aire mismo temía cargarlo. Su tono cambió, se volvió más seco.
—Ambos cuerpos deben estar en la bóveda —dijo el monarca—. Subterráneo 9. El piso blindado donde guardan lo intocable, capaz que el Vaticano esconde allí el Santo Grial.