Sangre muerta Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Y desapareció por una puerta lateral. Sin aviso ni explicación. Sin darme chance de reaccionar. ¿Cinco segundos? ¿Diez? No sé. Fue un parpadeo.

Volvió y ya estaba frente a mí. Tan cerca que podía sentir su aliento, algo dulce, a miel tal vez. Ahí fue cuando lo noté. Sus ojos ya no eran plateados. Ahora eran marrones, normales, humanos. Ordinarios. ¡Guácala!

—¿Ves? —dijo, y se los señaló con esa sonrisa de pícaro—. Lentes de contacto.

Luego caminaba por toda la sala al tiempo en que me explicaba todas las cosas que han hecho para pasar desapercibidos entre nosotros.

—Evitamos el contacto físico en público, cubrimos la piel.

Mangas largas, sombreros si hace falta, porque la luz puede revelar cosas que no deberían verse.

—Se detuvo frente a mí—. Y los ojos, nunca miramos demasiado porque hay algo ahí, una energía.

Algo que se siente. Es magnético. El instinto humano lo percibe, aunque no sepa explicarlo. Tú lo sentiste.

Sí. Tenía razón. Lo sentí.

—Actuamos. Siempre —siguió, y dio unos pasos—. Cómo hablamos, cómo caminamos, cómo respiramos, el volumen de la voz. Todo lo aprendemos. —Me miró—. Cada vez que salimos al mundo, Lucas, interpretamos un papel que no se acaba nunca.

Me sonó a agotamiento crónico.

—¿No te cansas? —pregunté. Solo de pensarlo ya me dolía el pecho.

Se encogió de hombros, fue automático.

—Nos adaptamos. —Lo dijo fácil. Hizo una pausa, pequeña.

Y por un segundo, su voz sonó mortal—. Camuflarnos hoy es mucho más sencillo.

Los humanos nos lo ponen muy fácil. Nadie quiere parecerse a nadie.

Todos quieren destacar. Cambian el color de sus ojos.

Se modifican la cara a bisturí, el cuerpo.

Todo para verse menos ellos, más perfectos.

No lo dijo con desprecio. Lo dijo con una mezcla rara de asombro y tristeza. A mí me parecía que me describía el fin del mundo.

—Me fascinan —añadió, saboreaba cada palabra—. Tienen hambre de crecer, de mutar, de rozar lo divino, aunque se quemen en el intento.

Pensé en nosotros, en las redes, los filtros, cirugías, comparaciones infinitas. En esa irritación constante por no ser suficientes, por sentirnos insatisfechos con lo que somos.

—¿Extrañas ser humano? —me animé a preguntarle.

Todo él cambió. Giró la cabeza. No dijo sí ni no. Solo desvió la pregunta.

—Los vampiros no somos así —siguió, miraba a algún punto invisible—. No queremos progresar. Nos volvimos cómodos. ¿Para qué cambiar cuando tienes todo el tiempo del mundo?

Ahí estaba yo, sentado frente a un inmortal que me decía, sin decirlo del todo, que con todo nuestro desastre, nuestra ansiedad y contradicciones, le parecíamos más interesantes que su propia especie.

Seguimos hablando, cosas básicas sobre mí, pedazos sueltos de su vida y, entre frase y frase, me venía a la cabeza la imagen de él tocándose en su cuarto.

Sí, la escena. Me invadía igual que una cucaracha trepando por mi cuello y yo intentaba sacudirla con cualquier otra cosa: mis viejos, la escuela, Bandhu, exámenes, lo que fuera.

Pero costaba porque lo tenía enfrente. Atento a cada palabra.

Aun así, no me sentía incómodo. O no del todo.

Parecía genuinamente interesado en todo lo que decía, y a la vez hacía malabares para que el tiempo corriera sin que yo me diera cuenta, para que la espera no pesara tanto.

Hablamos de cómo terminé siendo donante. Me hizo preguntas sobre las cosas más tontas que hacemos los humanos, y de por qué nos complicamos tanto la vida. Yo respondía tratando de no sonar tan básico, aunque lo era. Pero a él no parecía importarle.

El único tema que no toqué era el de por qué estábamos ahí, en su casa. Ese terreno era un campo minado que era preferible no pisar, no por mí al menos.

—¿Quieres algo más? —preguntó, y cambió el tema.

Antes de que respondiera, se quitó esos lentes de contacto horribles y me miró con sus ojos plateados brillantes, limpios. Esa mirada que no toca, pero se te mete bajo la piel.

—Te diré algo, Lucas —dijo, y se acercó un poco, con ese tonito suave que te baja las defensas y el calzoncillo si te alelas—. No recuerdo haber conversado así ni cuando era humano.

No sonó a halago barato. Sonó sincero, muy sincero. Just saying.

—Gracias. —Se acercó un poco más—. Sé que mi mundo debe parecerte una locura. Pero existen cosas que nos unen.

Tras decir eso, solo asentí. Por primera vez sentí algo distinto por él. No miedo, ni calentura. Algo más estable. Como si, dentro de todo el desastre que era ahora mi vida, todavía quedara un rincón donde no todo estaba podrido. Tal vez todavía había un poquito de esperanza.

—Jamás pensé cumplir los dieciocho así —se me escapó—. Lejos de Ban, de mis papás…

—¿Dieciocho? —repitió él, y ladeó la cabeza en un gesto encantador—. ¿Hoy?

—En unas horas —respondí.

Me encogí de hombros, fingí que no importaba, que era un dato random. Aunque por dentro se sentía igual que una patada en el estómago.

De la nada, Gunnar se levantó, y antes de que pudiera preguntarle qué carajos le pasaba, me agarró de la mano.

No fuerte. No brusco. Seguro. Tenía la energía de quien ya decidió algo y yo era parte del plan, aunque nadie me hubiera avisado.

Me lanzó una mirada que gritaba problemas. Que no promete nada bueno.

—Lucas, el valiente —dijo, entre broma y admiración—. El que se metió en Plasma Corp. y terminó haciendo labor social con vampiros. —Soltó una risa breve. Se quedó un segundo pensativo, seguro decidía cuánta locura soltar—. ¿Te animas a hacer algo divertido conmigo?

Mi cerebro gritó huye. Mis piernas dijeron meh.

—¿Algo divertido? —murmuré.

Aleksei se me atravesó por la cabeza, inevitable.

Pero lo de él era otra cosa. Era mirar un cuadro inalcanzable detrás de un vidrio blindado.

Con Gunnar, en cambio, había algo tangible.

No menos perfecto, pero más cercano. Era distinto.

Menos “príncipe de otro mundo”, más “vampiro guapo de romcom”.

¿Eso lo hacía menos peligroso? No. Solo lo volvía imposible de ignorar.

Gunnar me extendió la mano. Me miró a los ojos con esa expresión de “confía en mí”.

—Ellos van a demorarse —dijo—. ¡Así que vamos a celebrar tus dieciocho! —Sonrió—. Y no aceptaré que tu respuesta sea un no.

Intenté ser responsable. De verdad. Hice malabares con todas las razones por las que decir que sí era una idea terrible. Eran tantas que me dio por enumerarlas, igual que hacíamos con la profe Joaquina en Biología, cuando nos hacía listar catástrofes naturales antes de un examen:

Hay dos vampiros muertos. Check.

Mi sangre tuvo algo que ver. Maybe.

Mi vida pende de un hilo. Yup.

La Triple S me anda stalkeando nivel FBI. Fuck.

Existe la posibilidad de que una especie entera decida borrarme del mapa. That too.

Iba bien. Sólido. Convincente. Pero todo eso se fue al carajo en cuanto el fulano sonrió. Esa fucking sonrisa perfecta. Y listo, fin del argumento

Sentí todo mi discurso interno desinflarse lo mismo que globo viejo.

La lista se borró sola. La neurona apagó la luz y se fue a dormir.

¿Y qué hice yo, el “valiente”, el sensato, el que intentaba no morir?

Solté un «Okey». Así, sin debate. Sencillito.

La clase terminó ahí. Mi pipí ya había decidido por mí.