Sangre muerta Capítulo 27
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Capítulo 27

Lucas

Entró a la sala impecable, tranquilo, relajado, con su sonrisa perfecta. Me ofreció algo de beber, de lo más natural. Más comida. Otra vez el anfitrión ideal, pero saciado.

—¿Todo bien? —preguntó, casual.

Esta vez lo vi diferente. No por fuera, sino en la forma en que hablaba.

Su voz tenía un ritmo raro, casi melódico.

Cada frase se me instalaba en la cabeza con suavidad, parecía saber cómo instalarse ahí dentro.

No me asustó, ni me incomodó. Me invadió una calma absurda, prestada, pero igual te abraza.

Que pretendía que todo estaba en orden y nada hubiera pasado.

Yo sabía lo que él acababa de hacer, obvio, y lo que hice yo al verlo.

Aunque ahora el recuerdo flotaba lejos, difuso, casi inofensivo.

Sentado frente a él, mientras lo escuchaba hablar de no sé qué —en serio, ni idea—, me dejé llevar.

Me rendí a esa paz artificial porque en ese instante era mucho más fácil soltar que pensar en ello.

Entre bromas y anécdotas, todo fluía de lo más normal. Por poco yo mismo me comí el cuento de que no me había masturbado en un pasillo mientras espiaba a un vampiro desnudo alimentándose y dándose placer. Bah, aquí estábamos sentados igual que dos panas de toda la vida.

En medio de esa charla, Gunnar me soltó una bomba que me dejó entre pasmado y con ganas de vomitar.

Habló de Rugo. Ahí algo se me revolvió por dentro.

No sorpresa. Más bien confirmación. Claro que él era el consorte principal de esa aberración.

Sí, principal, porque, el rey tenía varios.

Porque, obvio, ¡vampiros! Y tras de eso ¡rey! Una cosa bien poliamor.

Que Gunnar estuviera con algo tan grotesco como Rugo me crispaba los nervios. O sea, el amor será ciego, pero tampoco jodamos. Hay límites, y ese límite es Rugo. Esa mierda de “escuchamos pero no juzgamos” me vale.

—Las relaciones vampíricas no son tan diferentes a las humanas —dijo y juré que me había leído la cara—. Los humanos no se quedan atrás.

Se rio bajito. Y yo sonreí por inercia, por pura ironía. Todo aquello era un circo.

Después su tono cambió. Hablaba y hablaba. Parecía llevar años de acumular palabras sin tener a nadie con quien soltarlas. De un tema saltaba a otro, historia, poder, linajes, hasta que, sin darme cuenta, quedamos en la creación vampírica.

—¿Asumo que sabías que los vampiros podemos crear otros vampiros? —soltó, así, sin preludio.

Asentí. O sea, sí. No hace falta un doctorado. Si viste una sola película de vampiros en tu vida, lo sabes. ¿De qué otra forma podría ser? ¿Por esporas? ¿Por sorteo? ¡Vamos! La duda nunca fue si se podía, sino cómo. Así que se lo pregunté.

—Primero, semi-desangramiento —dijo, miraba el vaso de whiskey que se había servido—. El humano tiene que estar al límite. No muerto, pero casi. En ese punto, liberamos una sustancia desde los colmillos.

Hizo una pausa corta al ver mi cara. Creo que buscaba una comparación decente.

—El veneno de una serpiente, piénsalo así. No mata de inmediato. Prepara el cuerpo. Podría decir que “abre la puerta a la nueva vida”.

Eso creo que lo entendí.

—Esa sustancia va mezclada con nuestra saliva —continuó—, que tiene enzimas que ustedes no tienen. Aceleradores biológicos. Cosas así. Cambian cómo reaccionan las células humanas.

—¿Y ya? —pregunté, porque algo me decía que no.

—Falta lo principal. Nuestra sangre.

Ya sabía yo que la sangre tenía que entrar en la vaina.

—El humano debe beberla —siguió—. En el estómago se absorbe rápido, entra al torrente sanguíneo y se encuentra con lo demás. La toxina, la saliva y sus enzimas. Todo junto inicia el proceso.

Se llevó el vaso a la boca y bebió.

—La sangre humana empieza a morir —siguió—, célula por célula, y se reemplaza por la sangre nueva.

No es inmediato. Puede tomar horas. A veces un día entero.

Es doloroso, el cuerpo pelea. Convulsiona.

Y se recalibra. —Sonrió sin dejar de verme a los ojos—.

Cuando despiertas, ya no eres humano. Ahora, no me preguntes sobre la toxina en los colmillos ni cosas más específicas de las enzimas. Eso se lo dejo a nuestros científicos.

Eso me hizo reír. Así me sentía yo en la clase de Biología cuando dimos Respiración celular.

—Pero hoy en día está prohibido —siguió Gunnar.

—¿Qué cosa? —pregunté.

Apoyó el codo en el brazo del sillón, los dedos se le tensaron alrededor del vaso.

—Crear vampiros —dijo—. Los Antiguos lo vetaron a finales del siglo XVI. Lo llamaron el Edicto Prohibitivo de Prole. —Torció la boca—. Suena ridículo, ¿no?

—Aleksei me contó algo —dije sin pensarlo.

Gunnar alzó las cejas, sorprendido de verdad. No hizo preguntas, eso fue lo raro.

—Para ellos éramos defectuosos —continuó—, “impuros”.

Hizo un montón de comillas en el aire con los dedos. La sonrisa que acompañó el gesto no era graciosa. Era resignación.

Ahí fue cuando la ficha terminó de caerme. Gunnar. Dustuyev. Su amante. La palabra impuro empezó a unir puntos. «¿Gunnar impuro?». Él fue uno de los que se salvó de la inquisición… Okey, decidí aterrizar para no perderme en mi cabeza.

—Nuestros creadores eran muy jóvenes —dijo—. Imprudentes. Y ninguno seguía el manual. Según el Consejo, nuestra sangre estaba demasiado “diluida”.

Casi escupió la palabra con asco.

—Su forma fina de decir que dañábamos la raza, que no podían controlarnos. Nos calificaron de rebeldes. Peligrosos. De bestias. Cerraron la puerta y tiraron la llave.

—¿Y era así? —pregunté, aunque ya imaginaba la respuesta.

—Sí y no —soltó con una risa amarga.

Volvió a beber whiskey.

—Había vampiros salvajes, claro —dijo, veía el vaso—. Mataban a la vista, sin esconderse. No les importaba. Pero también estábamos los otros. Los que pensábamos. Los que luchábamos por controlar la sed, no dejar que nos gobernara.

Levantó la mirada, fija en mí.

—A los Antiguos les molesta el cambio, Lucas. Siempre. Algunos traíamos ideas nuevas, formas distintas de vivir, de relacionarnos con humanos, con licántropos…

—Espera —interrumpí—. ¿Licántropos?

La palabra me salió más aguda de lo que quería. Gunnar sonrió de lado.

—Asumo que Aleksei no te contó sobre ellos —dijo.

Negué.

—Mejor así. —Se acomodó en el sillón—. La relación entre vampiros y los “perros”, así les decimos, siempre ha sido rara. Amor y odio. Pero más amor de lo que a los Antiguos les gustaría. Prefiero no decir más, no quiero cruzar una línea que moleste a tu guardián.

«Mi guardián». What Da Fuck?

Su mirada regresó a algún recuerdo de su vida de antes.

—¿Te habló sobre la Inquisición de los impuros?

Yo asentí leve para que no sintiera la obligación de contarme.

—Aleksei es una caja de sorpresas —murmuró con cierto asombro—. Fue un tiempo que muchos preferimos olvidar. Pocos sobrevivieron. Los que lo hicimos fuimos “reintegrados”. Domesticados. Igual que perros. Desde entonces, la creación solo se permite con aprobación del Consejo. Esa es la orden.

Se encogió de hombros.

—Igual nunca se detuvo del todo —agregó—. La creación clandestina no ha cesado. Es ilegal, sí, pero imposible de controlar por completo. Y cuando se descubre un caso, hay consecuencias para el creador y para su prole.

Todo sonaba a pelea familiar, siglos de rencor y muertes.

—¿Ves? —añadió Gunnar—. En muchas cosas nos parecemos a los humanos.

No pude evitar soltar una risa, nasal, corta. El mismo drama generacional de siempre. Humanos o vampiros, same shit, pero con colmillos.

—Entonces tú… —dije, con tacto, aún sorprendido—. Eres uno de los impuros. Un diluido.

Se llevó una mano dramática al pecho, exagerado, bien telenovela.

—Uf —rio—. Eso suena peor que impuro.

Me sentí culpable por dos segundos. Después entendí que jugaba.

—Lo soy —admitió—. Un cachorro, según los viejos.

Por eso Rugo, un Antiguo, me vigila tan de cerca.

No soportaría que su consorte principal, un diluido, lo deje en ridículo.

—Bajó la voz—. Aunque, entre nosotros, siempre he hecho lo que me da la gana.

—Me clavó esa sonrisa torcida otra vez—.

Pero él también hace lo que quiere. Eso me gusta de Rugo. Su temple.

Se quedó callado de golpe. Miraba a la nada, perdido en su propio mundo. Luego alzó la mano y señaló un retrato colgado en la pared. No habló.

Seguí la dirección de su dedo.

—¿Ese es Rugo? —pregunté.

El cuadro parecía sacado de un museo europeo, mostraba a un hombre con barba negra, mandíbula cuadrada, mirada de emperador. Elegante, imponente. Nada que ver con lo que habitaba en la otra sala.

Gunnar sonrió, suave, con el brillo que tienen los que arrastran un pasado complicado. No hizo falta que confirmara nada.

—El mundo de los inmortales —dijo al fin y bajó la voz— está plagado de energía sobrenatural que no entenderías. —Me miró directo—. Nuestra existencia lo prueba.

Se quedó callado unos segundos, seguro buscaba en su cabeza cómo soltar lo que venía. Se pasó una mano por la cara. Cuando habló, ya no actuaba.

—Rugo siempre ha tenido debilidad por la brujería —lo dijo cansado—.

Se volvió aprendiz. Ese poder lo ha torturado tanto como le ha dado placer.

Lo convirtió en eso que viste. Un esclavo de sí mismo.

La magia le da cosas, sí. Pero también le arranca lo que puede, lo deshace por dentro, y él nunca se detuvo.

Bajó la mirada. Y ocurrió. Una lágrima. Real, clara. Limpia, humana. Bajó por su mejilla.

Me quedé tieso. No porque fuera incómodo, que lo era, sino porque fue real, honesto. Por un instante vi algo más que un vampiro perfecto, vi a alguien roto. Dentro de ese cuerpo impecable aún quedaba un alma encadenada a lo que alguna vez fue humano. O quizás todavía lo era en algún rincón.

Intenté sacarme el nudo ridículo de la garganta. No sabía ni qué decir, así que solté lo primero que se me ocurrió porque el silencio era raro.

—La verdad, me sorprende cómo han logrado esconderse por tanto tiempo.

Me miró. Parecía agradecido por el cambio súbito de tema.

—Somos maestros del disfraz —respondió, alzó una ceja, la lágrima ya no estaba.