Sangre muerta Capítulo 26
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Capítulo 26

Lucas

Había pasado una hora. O diez. O cinco vidas.

El tiempo ahí adentro no funcionaba normal.

Aleksei seguía encerrado en ese salón con el vampiro más asqueroso que he visto.

Y no exagero. Todavía no sé qué me revolvía más el estómago, la forma en que me miró, como si yo fuera una bolsa de sangre traída por delivery, o el hecho de saber que algo así existía. Y ni hablar de la princesa psicótica.

Mientras tanto, Gunnar hizo su mejor esfuerzo por hacerme sentir cómodo. Cómodo entre comillas gigantes. ¿Qué tan cómodo uno puede estar en un nido de vampiros que parece la antesala del infierno?

Era guapo, claro. Tanto que hace que bajes la guardia sin darte cuenta.

Tenía carisma de vendedor que te sonríe mientras te vacía los bolsillos.

Una risa fácil, una voz tranquila. Quería saberlo todo de mí y, la verdad, era tan lindo que hasta me salía fácil ser lindo con él.

¿Instinto de supervivencia? ¿O flirteo descarado? Sí a ambos.

Me preguntó qué quería comer, me ofreció bebida «¿Agua, jugo, alcohol?

», todo muy anfitrión del inframundo. Y después me llevó a una sala gigantesca, hecha para gente con demasiado tiempo libre y cero preocupaciones humanas.

Mesas de billar, una pantalla gigante con todas las consolas del planeta, sofás tan suaves que daban ganas de tirarte ahí y desaparecer del mundo.

Justo lo que necesitaba, desaparecer un rato.

Después se esfumó. Me dejó solo, pero no tanto. Cada veinte minutos aparecía alguien distinto para asegurarse de que nada me faltaba. Yo preguntaba por Aleksei, obvio, pero me decían la misma mierda.

—Sigue reunido.

«Reunido de la…». Respiré suave, pero me daban ganas de gritar.

Mientras yo estaba embutido en mis pensamientos, creí escuchar algo, aunque resultó ser mi cabeza jugándome sucio.

O eso me dije. Me harté. Me levanté y empecé a caminar por la sala, sin rumbo, con la ansiedad que me trepaba por dentro.

Tentado a llamar a Bandhu, pero no, porque la orden de Aleksei fue clara. Y preferí evitar.

Entonces lo sentí otra vez. Un susurro. Pero lo jodido fue que no vino de afuera. No fue una voz en el pasillo ni un murmullo detrás de mí. Lo sentí adentro. Juraría que la voz salió de mi propia mente. Y no, no me estaba volviendo loco, no todavía.

En ese punto, buscar a alguien dejó de ser curiosidad y se convirtió en requisito. Me picaban las manos, el pecho, la espalda. Un hormigueo necio me empujaba hacia el pasillo, era un llamado. Un “ven” versión interna y humana que no me dejaba quedarme quieto.

Salí. El corredor estaba igual de vacío que mi paciencia. Todo en silencio. Un silencio extraño, de los que no son tranquilos, que te taladra los oídos de alguna manera. Las otras salas estaban vacías, abiertas, oscuras, esperaban tragarme. No había nadie, ni un alma.

Otra vez, el susurro ese. Más claro. Más cerca. Más mío.

—¿Hola? —pregunté con la voz floja, sabía que era un gesto inútil. Y en efecto, nadie respondió.

Me aclaré la garganta y subí el volumen.

—Gunnar —llamé.

Nada. Solo el eco de mi voz rebotaba en esas paredes frías, me devolvía mi propio miedo.

Me empecé a sentir igual que el último desdichado vivo en una película de apocalipsis zombi. Justo ahí, lo escuché. Un arrastre leve de algo, de tela o pasos, o alguien, al fondo del pasillo principal. Por donde estaban esas puertas cerradas.

Aspiré fuerte y me deslicé despacio, sin hacer un sonido. Ni yo sabía por qué carajo lo hacía así. Como si fuera a espiar algo prohibido, que lo que venía no me iba a gustar. ¿Instinto? Puede ser.

Una puerta estaba entreabierta. De ahí salía una luz cálida y tenue que bailaba con las sombras, velas, supuse, una mancha que cortaba la penumbra a propósito. Me acerqué, pero cada paso me hacía mirar sobre mi hombro cada dos segundos, porque en este nido de vampiros el silencio no era de fiar.

Cuando llegué a la puerta, me asomé y lo vi.

Gunnar. En bata de seda negra, brillante. Tirado sobre un cuerpo en el piso.

Un donante hombre, joven. Ojos cerrados, piel canela y sangre fresca en el cuello.

Gunnar estaba pegado a él, bebía, se alimentaba.

La espalda del vampiro subía y bajaba con cada trago, y por momentos masticaba el aire, porque al parecer el placer no le cabía en la boca.

Veía su ritual, su manera de saciar el hambre cuando nadie observaba.

Mi cuerpo se congeló. No sé si fue miedo, o lo inesperado.

Lo que existe entre lo prohibido y lo hipnótico.

Solo sé que no pude dejar de mirar. No pude.

Era íntimo y monstruoso al mismo tiempo, algo que no era para mí, pero aun así lo devoré entero con los ojos: las respiraciones profundas, los gemidos apagados, los músculos de Gunnar que se tensaban mientras chupaba.

Y ese pobre pendejo aferrándose a él, porque claro, el cerebro humano hace esas cosas estúpidas.

Abrazar al depredador para que no lo mate.

Cuando pensé que iba a ver a alguien morir, Gunnar se apartó. Lento. Se limpió los labios con el dorso de la mano, satisfecho.

Chasqueó los dedos. En segundos, dos empleados aparecieron por un acceso al fondo, vestidos de negro, silenciosos, eficientes.

Levantaron al donante con cuidado. Uno le sostuvo la cabeza, el otro le tomó el pulso.

Seguía vivo, sí. Le metieron algo bajo la lengua y se lo llevaron, sin hacer ruido, por donde habían entrado.

Gunnar quedó solo o al menos, eso pensaba él. Yo seguía ahí, pegado a la puerta. Quieto. Sin aire.

Mis ojos siguieron cada gota de sangre que le resbalaba por la barbilla y el pecho, esas costillas marcadas que se adivinaban bajo la bata entreabierta. Y el piso… en el piso había un charco rojo, todavía tibio que reflejaba la luz de las velas.

Pensé «Vete, Lucas». Pensé «ahora». Y no me moví. Ese raro susurro volvió. Un zumbido metido en mis propios oídos que me distrajo y me jaló hacia él. Hacia Gunnar, ahí, de pie, en medio de todo eso. Aunque me mantuve quieto.

Gunnar caminó hasta un tocadiscos que ni siquiera había notado antes, rodeado de velas.

Puso un vinilo, algo instrumental, suave, con ese aire de décadas muertas y sin pensarlo dos veces, se quitó la bata.

Así, sin ceremonia. Quedó desnudo por completo y se dejó caer sobre la cama. Boca abajo. Todavía manchado de sangre.

Sentí que el corazón se me iba a salir por la boca.

Algo me animaba a seguir mirando. Era una invitación.

Un «quédate» sin voz, un tirón suave pero constante.

Intenté apartar la vista, en serio. Quise darme la vuelta, largarme, hacerme el imbécil, pretender que terminé ahí por error, pero fallé porque no quería irme.

No podía. En el fondo, lo sabía, estar ahí no fue casualidad. No del todo.

Hice de su momento mi momento. No me contuve. Me lo comí con los ojos. Su columna curvada perfecta, y abajo, esos dos hoyuelos sobre su trasero firme me dejaron en pausa. Se dio la vuelta, su cuerpo, su miembro erecto, su respiración agitada, todo. Y me importó una mierda.

Gunnar empezó a acariciarse el pecho, despacio.

Él disfrutaba cada segundo, cada roce. Bajó por su abdomen marcado, siguió hasta jugar con la punta de su dureza húmeda, sin apuro, sin culpa.

Para él, el mundo no existía más allá de esa habitación.

Yo casi no respiraba. Parado en la sombra de ese pasillo, lo vi tocarse.

Sin pudor. Su cuerpo, perfecto, delgado, atlético, diseñado para joderme la cabeza y otras partes de mí. Y lo lograba.

De pronto, se arqueó sobre la cama. Se retorcía de placer, parecía que algo lo estuviera poseyendo y él cedía contento. La luz tenue de las velas lo bañaba en un tono dorado, irreal.

Alana me dice la noche,

mi carne aguarda en la sombra.

Ahora, dime tu nombre,

caballero que nadie nombra.

El poema favorito de mamá se me cruzó por la cabeza.

Ni sé por qué. Tal vez porque todo esto tenía algo de invocación, de escena clandestina.

Él, ahí, boca arriba, acariciándose con una seguridad que me descolocaba.

Con los dedos recorría su piel, lentos, juguetones, porque tenía todo el tiempo del mundo para enloquecerme.

Fuck! Rodeaban los pezones, bajaban por el abdomen, hecho de pequeñas montañas perfectas de carne y músculo, hasta aterrizar en la entrepierna.

Ahí se quedó. Vulnerable. Sumiso al poder de su propio tacto.

Se masturbaba con una calma perversa. Parecía saber que lo veía.

Lo hacía a propósito. Una intimidad exhibida con intención.

Y yo… yo quería correr, pero no en dirección contraria. No. Quería correr hacia él. Algo adentro había soltado el volante. Una fuerza ajena me arrastraba directo a esa locura. Sentí que ya no decidía yo.

Mierda, de verdad, no me reconocía. Quería tocarlo, sentir la piel, esa inmensa erección perfecta de venas palpitantes, o al menos acercarme un poco más. Pero no lo hice. O mejor dicho, luché por no hacerlo… pero mi cuerpo quería más.

Mi mano se movió sola, quizás alguien más la manejaba desde adentro.

Bajé el cierre del pantalón, en silencio, con ese murmullo raro que seguía encerrado en mi cabeza.

Susurraba cosas que no entendía del todo, pero que igual me empujaban a seguir.

Todo era extraño, enfermo, y me gustaba. Me jodía lo mucho que me gustaba.

La música paró y él seguía allá, gemía bajo la luz de las velas, y yo me hundía en la sombra. Los dos, sincronizados, conectados de una forma asquerosamente íntima. Sin tocarnos, sin hablarnos. Solo ahí.

«Todavía no, Gunnar —pensé—. Aguanta. Necesito verte más».

Mi mano era puro instinto. Bruta y salvaje. Me dolía, pero no paraba. Ese dolor tenía algo retorcido, algo adictivo. Me apretaba y me odiaba a la vez por desearlo así. Era una especie de castigo por desearlo tanto.

Hasta que fue él. Ese gemido suyo, ese susurro suave, casi un suspiro ahogado. Eso me rompió, me hizo estallar. Vomité mi lujuria entre los dedos, caliente, espesa, el cuerpo me arrancaba algo más que simple placer. Sentí que me vaciaba, que me liberaba de todo a la vez.

Después de lo que había pasado, de lo que hice, el susurro se apagó. Y lo vi de nuevo. Pero fue distinto esta vez. Ya no era ese dios perfecto, ni la portada de revista convertida en carne sobre una cama. No. Era un cuerpo, un ser, un alguien. Desnudo y vulnerable.

Y yo… yo era el imbécil que lo había reducido a otra cosa. Que lo miró igual que un objeto. Que se dejó tragar por la imagen.

Sentí asco. No de él. De mí. De lo que acababa de hacer. Me limpié como pude, rápido, torpe, casi intenté borrar las pruebas físicas para poder borrar lo que ardía en mi cabeza. Me acomodé, cerré el zipper, y caminé sin mirar atrás. Huía de él, de mí, de aquello que hice.

Quise fingir que era mejor que ese calor necio que todavía me recorría la piel, que seguía pegado entre mis dedos. Pero no lo era.

Yo era eso. Eso que pasó. Eso que me sacudió hasta el centro de mis células cuando lo vi ahí tan tirado y desnudo.

Tan mío en el silencio vacuo de esa habitación.

Y si era honesto, sabía que, si me descuidaba, lo volvería a hacer.

Lancé un «Perdóname». No supe a quién. ¿A él?

¿A Dios? ¿A mí? Al aire. A la energía mística que hila la vida en el anonimato.

No sé. Lo dije por decirlo, por no hundirme un poco más. Y listo. Ya fue.

Volví a la sala. Me lavé las manos en el baño. Buscaba que el agua pudiera arrancarme esa sensación pegajosa que cargaba en los dedos, que seguía mordiéndome por adentro. Froté de más. Me miré al espejo. Cara pálida, ojos raros. Traté de fingir que nada pasó.

Y esperé.

No sé qué carajo esperaba, en serio. ¿Que se abriera un portal y me tragara? ¿Que entrara alguien y me pillara ahí con la culpa todavía latiendo en los dedos? Nada pasó. Solo silencio. Ni susurros, ni las voces raras en mi cabeza. Solo el eco de mi respiración torpe que intentaba volver a su ritmo.

De a poco, algo empezó a aflojarse. La niebla espesa que me había envuelto se disolvía. Sentía el cuerpo un poco más mío. Quizás esa cosa, el impulso animal que me había manejado igual que un títere ahí en la oscuridad del pasillo, se retiraba, obediente. O eso creí.

Era raro. Mucho. Ya no era culpa. No exactamente. Tampoco remordimiento. Era igualito a cuando despiertas de un sueño turbio que se deshace cuando intentas recordar, que más borroso se vuelve, hasta que dudas si fue real o si la cabeza te jodió por diversión.

Sin querer, lo comparé con aquella vez que vi a Aleksei en el balcón. Pero esto… esto era diferente. Mucho más oscuro, más sucio. Por un segundo creí que alguien había metido las manos dentro de mí y me revolvió todo y me jaló con hilos invisibles hacia algo que ni sabía que quería.

Y justo cuando empezaba a convencerme de que ya estaba a salvo de mí mismo, apareció Gunnar.