Capítulo 25 #2
Estaba desnudo, de humano no quedaba nada. No había hombros, ni cuello, ni extremidades distinguibles. Solo una montaña monstruosa de carne.
Su piel, casi translúcida, de un blanco enfermo, estaba atravesada por vetas púrpuras donde la sangre se acumulaba sin orden.
Las venas sobresalían, raíces negras bajo la carne gelatinosa.
Todo en él rezumaba humedad, parecía cubierto por una capa de sudor aceitoso.
El olor era una mezcla de sangre vieja y perfume rancio y saturaba el aire hasta hacerlo irrespirable.
Pero el aspecto no fue lo peor. La criatura se alimentaba.
Dos tubos transparentes emergían de su boca descomunal, más una herida abierta que una cavidad bucal, y se conectaban a los cuerpos de dos humanos.
Un chico y una chica, semidesnudos, inconscientes o a un paso del desmayo.
Uno de los tubos perforaba el muslo del muchacho; el otro, la base del cuello de la chica.
El monstruo succionaba con un ritmo, difícil de describir, ¿grueso?
, ¿viscoso?; deglutía la sangre con un sonido espeso que reptaba por la sala igual que un eco.
Un hilo oscuro resbalaba de su boca, «¿en serio aquello es una boca?
», y se perdía en los pliegues de su cuerpo amorfo.
Lucas sintió la arcada trepar desde el estómago. Peleó contra el vómito, a duras penas, hasta que notó otra cosa.
A un costado del trono, reclinada, había una vampira.
Su presencia era un golpe visual: perturbadora y fascinante al mismo tiempo.
Su cuerpo parecía tallado en mármol negro, una escultura erótica que te tragaba.
Casi desnuda, apenas cubierta por retazos de tela azul, desplegaba un brillo líquido antinatural.
El cabello rojo caía en ondas sobre los hombros.
Las piernas cruzadas con una elegancia intencional, los labios entreabiertos y la mirada perdida en un trance absoluto, ajeno al horror a su lado.
Sobre ella, colgado boca abajo de un gancho que pendía del techo, un hombre desnudo, vivo, casi.
Los gemidos eran apenas audibles, un lamento que parecía salirle de los huesos, no de la garganta.
Las muñecas y el cuello amarrados con alambre de púas.
De las heridas brotaba un hilo constante de sangre.
No pasaba por tubos. Un goteo que caía igual que un grifo mal cerrado, justo en la boca de la vampira.
Ella lo recibía con los labios abiertos, los ojos cerrados; las manos recorrían su propio abdomen y pechos manchados. Parecía masturbarse con algo más que sus dedos.
Lucas retrocedió un paso sin darse cuenta. Las piernas le temblaban. La escena no era un símbolo ni una representación del horror. Era el horror mismo. Tenía olor, textura, calor. Era real. Y él estaba dentro.
Ahí se dio cuenta que ese también era el mundo de ellos, de Aleksei y de Gunnar. Uno donde la belleza y la podredumbre caminaban juntas, sin estorbarse.
Lucas no podía apartar la vista. El pecho le subía y bajaba en espasmos. Esto no formaba parte de ningún acuerdo. No tenía nada que ver con las donaciones voluntarias de Plasma Corp. ni con un tratado. Era un matadero.
Aleksei permitió que se enfrentara a la realidad y, luego, se pegó un poco más hacia él. Un recordatorio de que no estaba solo.
La mano del vampiro, aún firme sobre su hombro, fue lo único que lo mantuvo en pie.
Todo lo que tenía en frente era la constatación cruda de la verdad que nadie le dijo. En ese mundo, la moralidad, humanidad, justicia, no existían, no entre esos seres.
A la derecha, la mujer vampiro inclinó la cabeza hacia ellos, quizás había leído sus pensamientos.
Sonrió, pero fue una sonrisa lasciva, hambrienta, todavía húmeda de sangre.
Los colmillos relucían manchados de rojo.
Lucas sintió el estómago retorcerse. Por lo que intuía.
Esa mujer disfrutaba tenerlos ahí, testigos del espectáculo.
A la izquierda del trono, Gunnar permanecía erguido, impecable.
Esa elegancia fría, la sonrisa exacta y los ojos plateados lo observaban todo con la calma de quien mira llover tras una ventana.
Para él, aquello era rutina. Eso lo volvía aún más aterrador porque Lucas comprendió algo más, que la monstruosidad no siempre muestra colmillos.
A veces tiene un rostro hermoso y modales de caballero.
Cuando Lucas creyó que nada podía empeorar, la criatura en el trono se movió, había terminado de alimentarse. El amasijo de carne tembló, los pliegues ondularon en oleadas de grasa viva. Dos brazos deformes, retorcidos, se alzaron en un gesto de bienvenida.
—Aleksei —gruñó la cosa. La voz llegó en un gorgoteo que reverberó por la cámara.
—Su Majestad —respondió Aleksei, inclinó apenas la cabeza. No avanzó. Luego giró hacia la mujer—. Su Alteza.
Rugo sonrió. Los colmillos amarillentos asomaron bajo la piel colgante, cubiertos de sangre coagulada. Uno de ellos estaba astillado. No hubo cortesía en la mueca.
—Este es el humano —murmuró—. La Triple S lo quiere con desesperación.
—Lo sé —contestó Aleksei, imperturbable—. He recibido los mensajes de alerta.
Rugo no replicó. Dio un último sorbo a los tubos que drenaban a los humanos y se relamió las garras con un sonido fangoso.
Gunnar chasqueó los dedos. De inmediato, varios sirvientes entraron en fila.
No levantaron la vista, no hablaron. Se limitaron a recoger los cuerpos vacíos de los dos chicos, reducidos a sacos de piel y huesos, junto con la presa de la vampira.
Ella lanzó una mirada fastidiada, infantil, pero no dijo nada. Nadie se quejaba frente a Rugo.
En menos de dos minutos, el salón quedó despejado. Solo permanecieron Rugo, Gunnar, la vampira, Aleksei y Lucas.
Rugo miró a Lucas no más de dos segundos y fue suficiente. Esa mirada logró que el humano se sintiera diseccionado. Entonces, porque la escena necesitaba empujar el horror un paso más allá, la mujer avanzó. Sus movimientos eran felinos, diseñados para dos cosas: seducir y matar.
—¿Qué tenemos aquí? —susurró, su voz fue una caricia sedienta—. ¿Ahora eres amigo de la cena, Aleksei?
A Lucas, el estómago se le encogió.
—Borra esa idea de tu cabeza, Attila —soltó Aleksei. La voz fue un tajo en el aire. Sin espacio para discusión—. Y ni se te ocurra tocarlo.
El tono resultó brutal, casi personal. Fue una orden.
—O terminarás muerta —añadió el príncipe, sin apartar la mirada de ella.
Rugo estalló en una carcajada ronca. La risa de Attila lo siguió, aguda y chirriante. Ambos, depredadores que se burlan antes del mordisco.
—Vienes a mi dominio y amenazas a mi hija, príncipe —dijo Rugo. Su voz saturada de desdén—. ¿Quién te crees que eres?
Aleksei volteó la cabeza hacia él, sin apuro, con la calma de quien no conoce el miedo. Sus ojos brillaban igual que el sol.
—No estoy aquí para medir egos —dijo Aleksei—. Necesito hablar contigo. Es urgente.
Attila lo fulminó con sus ojos dorados y el ceño fruncido, herida en su orgullo. Pero detrás del enfado vibraba algo más, un ápice de curiosidad. Esa chispa perversa que siempre brotaba en los ojos de los inmortales cuando algo inesperado rompía la monotonía de su eternidad.
—¿Y qué puede ser tan urgente? —gruñó el rey.
—A solas —replicó Aleksei, sin espacio para la negociación—. No hay tiempo que perder.
Rugo lo estudió en silencio. Sus ojos hundidos y rojos eran carbones encendidos que hurgaba el rostro de Aleksei. Tras una pausa, asintió.
—Muy bien —dijo Rugo—. Todos fuera. Incluyendo al humano. Los asuntos de familia no se discuten frente a orejas mortales.
Lucas sintió cómo el aire se endurecía a su alrededor. Estuvo a punto de suplicar no quedarse solo, pero antes de que Aleksei pudiera intervenir, Gunnar, oportuno, o calculador, levantó una mano, con la sonrisa impecable diseñada para suavizar cualquier tensión.
—Yo me encargo del humano —dijo, con calma—. Prometo tratarlo mejor que a un viejo amigo. Te lo devuelvo intacto, Aleksei. Lo juro.
Aleksei lo miró despacio. No le gustaba la idea, no confiaba del todo, pero conocía a Gunnar.
Sabía que, a pesar de su juventud, era de los pocos que sabían cumplir órdenes la mayoría de las veces.
Y que, si entendía con quien trataba —con él—, no permitiría que nada le ocurriera a Lucas. A regañadientes, asintió.
—Lucas —dijo Aleksei—, no hagas ninguna llamada. A nadie.
Gunnar le sostuvo la mirada y ensanchó la sonrisa con sorna, divertido por la evidente preocupación que Aleksei no logró ocultar por el humano.
Attila salió encabronada y Lucas fue escoltado fuera de la sala por Gunnar. No miró atrás, no quería volver a cruzar su mirada con los ojos viejos de Rugo.
El silencio cayó en la sala del trono. Rugo se acomodó en su silla.
—Ahora sí —gruñó el rey—. ¿Qué mierda es tan importante que te hizo venir hasta aquí y actuar como si esta fuera tu casa?
Aleksei inspiró hondo, sin apartar la mirada. Ignoraba de cuánto le había contado Gunnar sobre lo ocurrido en la fiesta. Gunnar tampoco conocía los detalles, ni la causa exacta de la muerte de Rad.
Aun así, Aleksei sabía que los rumores ya corrían. Y que, desde este punto, cada palabra era una chispa. Un solo error podía incendiarlo todo, pero el infierno ya venía en camino. Y si callaba, podía matarlos a todos. Puso su mejor sonrisa, con Rugo la iba a necesitar.