Sangre muerta Capítulo 25
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Capítulo 25

Lava auto

Fue un periodo largo para Lucas, el auto estaba parqueado en los estacionamientos de un local comercial cerrado aún.

No sabía qué esperaban. Aprovechó para llamar a casa.

Fingió tranquilidad. Dijo que estaba con Bandhu, que todo bien, que las clases bien, que no había nada de qué preocuparse.

La voz le tembló, pero sus padres no lo notaron.

Un milagro. No hicieron demasiadas preguntas.

Después llamó a Bandhu. Ahí fue peor. Su mejor amigo lo conocía demasiado bien.

Cada palabra que soltaba era lo mismo que caminar sobre carbón caliente.

No podía dar detalles ni decir a dónde iba.

Bandhu lo notó, claro, escuchó el miedo en su garganta.

Pero no lo presionó, sabía cuándo empujar y cuándo no. Acordó con Lucas seguir con la mentira.

Mientras tanto, Aleksei encadenaba llamadas, hablaba de temas que para Lucas eran un idioma muerto, de familias vampíricas, de nombres que sonaban a amenazas.

Al final, Lucas dejó de escuchar. Solo había una cosa que creía saber, y eso era que Pietro aún no había encontrado respuestas claras sobre su sangre, o Aleksei ya habría dicho algo.

Y eso lo jodía. Si alguien como Pietro, con todos sus recursos, no lograba entender qué demonios le estaba pasando, ¿qué podía esperar él?

Cuando el Rolls-Royce por fin se movió y entró a un autolavado en el centro, Lucas creyó haber escuchado mal.

Pensó que irían a Plasma Corp., la corporación que manejaba las donaciones.

Eso era lo que habían dicho. Pero esto no era eso, no era una sede corporativa.

Esto era un vulgar car wash, gris, anticuado, en una avenida ruidosa donde los autos pasaban sin mirar.

Lucas había pasado mil veces por ahí y jamás le había prestado atención.

—Esperen aquí. No salgan —ordenó Aleksei a sus guardaespaldas—. Vamos, Lucas.

Al bajar del vehículo los aguardaban cuatro hombres cortados con el mismo patrón de los guardaespaldas de Aleksei.

Altos, macizos, miradas de quienes ya han matado y no perderían el sueño por hacerlo otra vez.

Habían salido de un restaurante pegado al negocio, impasibles, aunque cuando vieron a Lucas al lado del príncipe, sus cuerpos se tensaron.

Lucas lo sintió al instante. No era la primera vez que lo miraban igual que un bicho fuera de lugar. Pero esta vez entendía el motivo. Iba con Aleksei Beilion, el príncipe altivo. Y su reputación lo precedía.

Por instinto, se pegó más a él. No lo pensó, su cuerpo reaccionó solo.

—Díganle a su majestad, el rey Rugo, que estoy aquí —ordenó Aleksei.

No alzó la voz. No hizo falta. Uno de los hombres asintió y desapareció por la puerta del restaurante, pero no regresó ya que alguien más apareció primero.

—Su alteza real, Aleksei Beilion —saludó una voz suave, cargada de esa elegancia que solo tienen los que están acostumbrados a que siempre los escuchen.

Era Gunnar.

Lucas se quedó helado. No era un desconocido. Era el vampiro que lo había salvado aquella noche en la fiesta de sangre en casa de Aleksei, justo cuando ese otro vampiro, con cara de cadáver, estuvo a segundos de convertirlo en donante por la fuerza.

Al tenerlo enfrente, recordó lo alto que era, aunque no tanto como Aleksei, y tan impecable que parecía sacado de una portada de revista. Con esa belleza pulida y antinatural, exclusiva de los vampiros.

Lucas no pudo evitar mirarlo más de lo que debía.

—¡Lucas! —dijo Gunnar, con una sonrisa suave y un guiño; esos ojos plateados desarmaban a cualquiera—. Qué gusto volver a verte. Y sin los sabuesos de la Triple S respirándote en la nuca.

Lucas sintió que el suelo se le abría bajo los pies. Sonrió por reflejo, y al notarlo, bajó la mirada, pillado.

Aleksei no reaccionó de inmediato. Pero Lucas percibió la tensión. Un gesto mínimo, la rigidez imperceptible en los hombros. Y aunque intentó contenerse, Aleksei lo sintió en sí mismo. Lo reconoció. Y esa conciencia lo incomodó aún más. ¿Qué diablos era eso?

—Cierto, se conocen —dijo el príncipe con tono neutro—. Supe lo que hiciste por Lucas en la fiesta. Siempre tan atento, Gunnar.

—Qué puedo decir —respondió Gunnar, y se encogió de hombros, con ligereza fina—. Es mi naturaleza. Y tú, Aleksei, deberías evaluar mejor tu lista de invitados.

Lucas los observó. Algo se sentía raro. No era rivalidad, pero tampoco camaradería. Había otro tipo de carga. Una que Lucas no lograba entender, aunque podía percibirla en el ambiente.

—Vinieron a ver al rey —dijo Gunnar con una sonrisa para Lucas—. Él y la princesa están desayunando. Yo mismo los llevaré adentro cuando terminen.

—Llévanos ahora —ordenó Aleksei.

Gunnar alzó las manos en un gesto de rendición, pero la sonrisa seguía ahí, intacta, esa mueca de quien siempre juega un juego propio.

—No cambias, Aleksei. Tu amargura es como el buen vino —dijo—, vieja e intensa pero encantadora.

Asumo que todo esto tiene que ver con lo ocurrido en tu fiesta.

La muerte de Rad. Y que este joven esté contigo y no con Colona.

—Dejó caer la frase suave—. Me alegra que así sea.

Hay que recordarles que los vampiros somos primero.

Su voz destilaba altanería envuelta en terciopelo.

—Vamos —añadió Gunnar—. No queremos impacientarnos. Ni que el humano se sienta fuera de lugar.

Lucas notó en los hombros de Aleksei, en la quietud forzada de su postura, que entre él y Gunnar flotaba una cortesía tensa, demasiado ensayada para no esconder algo más.

—Nosotros tres bajamos. Nadie más —advirtió Gunnar a sus guardaespaldas.

A Aleksei y Lucas les dijo—: Síganme.

Y tomó la delantera.

Entraron al restaurante. El hedor a grasa rancia y fritura vieja se pegaba a la piel.

Las mesas estaban ocupadas por humanos desganados, que masticaban la comida y revisaban sus teléfonos o murmuraban conversaciones irrelevantes mientras esperaban sus autos.

Cuando ese grupo cruzó la puerta, las cabezas se alzaron, una tras otra.

Las miradas se clavaron en ellos porque algo no encajaba. Ellos.

Podías vestir a un vampiro con ropas casuales y hacerlo actuar igual que cualquier otro humano. Pero no importaba. Había algo en su esencia que no se podía disimular. Una vibración latente, algo primitivo en el fondo del cerebro de cada humano que activaba la alarma: peligro.

Y eso era suficiente para que todos los ojos se volvieran hacia ellos porque no eran normales.

Sonó una campana junto a la caja. Un humano llamó por el número de turno. Anunciaron un auto listo. De inmediato, las miradas cayeron de nuevo sobre las pantallas, cafés aguados y charlas vacías.

Así operaban los vampiros entre mortales. No necesitaban grandes trucos. Bastaba un pequeño estímulo, un cambio mínimo en el ambiente, para desaparecer de la atención colectiva. Y los humanos los olvidaban porque era más fácil no verlos.

Gunnar siguió hacia el fondo, donde el calor de la cocina era sofocante y pegajoso.

El aceite hervía en las freidoras, el humo de las parrillas flotaba en nubes aceitosas.

Los empleados, empapados en sudor evitaban las miradas.

Sabían, aunque nunca nadie se lo dijo, que sus verdaderos jefes no eran del todo 'normales'.

Preferían no saber más. El sueldo era bueno, las preguntas no importaban.

En el cuarto frío, semioculta entre cajas de carne y estanterías de acero, aguardaba una puerta de metal macizo. Desproporcionada, fuera de lugar. Un umbral a otro mundo.

Gunnar digitó el código sin dudar. La puerta se deslizó sin ruido y reveló una escalera que descendía en oscuridad, una garganta de concreto, lista para tragarlos vivos. Pero al lado, había un ascensor inmenso.

Mientras descendían, el aire se volvía más frío para el humano. La bajada no terminaba. Más larga de lo que cualquier sótano debía ser, más profunda de lo que un car wash justificaba.

Por un momento, Lucas tuvo la sensación de que no bajaban a un sótano. Descendían a otro nivel de realidad. A otro mundo. Y no estaba tan equivocado.

Al llegar, la sala que los recibió era inmensa.

Una caverna de lujo enterrada. Paredes de mármol negro que absorbían la luz, esculturas humanoides al acecho desde las sombras, muebles de cuero grueso con lustre de piel recién curtida.

La iluminación indirecta bañaba el espacio en un resplandor etéreo, antinatural.

Era un salón de poder, uno donde sabías desde la médula que no podías sentarte sin aprobación. Lucas lo supo en los huesos.

Gunnar desapareció por un acceso lateral sin decir palabra. Apenas unos minutos después, la gran puerta doble del fondo se abrió.

—Entren —una voz grave se arrastró desde el interior.

Aleksei se detuvo justo antes del umbral y se volteó hacia Lucas. Sus ojos poseían un brillo espectral.

—Intenta no mostrar lo que sientes cuando entremos —dijo—. Ahí dentro te espera el exceso de los vampiros.

Lucas frunció el ceño, descolocado, pero no hizo preguntas.

El príncipe cruzó primero. Lucas lo siguió.

El aire cambió cuando pisaron la cámara. El techo se alzaba, abovedado, y amplificaba el vacío. Las paredes despedían un brillo azul pálido, sin foco de luz visible. El aire vibraba con una energía subterránea.

Entonces lo vio.

Al fondo, sobre un trono descomunal de cemento agrietado, huesos humanos incrustados y joyas grotescas, reposaba aquello. El asiento, cubierto de cojines carmesí manchados de oscuros parches secos.

El cuerpo de Lucas falló. Inhaló de golpe, un sonido rasposo que cortó el aire y lo delató. Antes de que pudiera recomponerse, la mano de Aleksei ya estaba firme sobre su hombro. El calor de ese gesto, tan mínimo y sencillo, le bajó el pulso.

Frente a él no había un vampiro. Al menos, no en términos que su mente pudiera procesar.

Era una aberración, un cúmulo vivo y colosal.

Era una masa hinchada de carne informe que desbordaba el trono, palpitante, sin simetría ni coherencia anatómica.

Pliegues sobre pliegues, llagas abiertas, tejidos flácidos que respiraban por su cuenta.