Sangre muerta Capítulo 24
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Capítulo 24

Rolls-Royce

—¿Qué ocurre? —preguntó Aleksei en cuanto Pietro contestó. Su voz cargada de una urgencia, brusca. No había espacio para rodeos.

Al otro lado de la línea, Pietro balbuceó.

—La sangre de Lucas… —empezó, las palabras se le tropezaban en la garganta—.

Sabemos que es Rh nulo, de tipo O. Un tipo rarísimo que no tiene ninguno de los antígenos del sistema Rh.

Ninguno. Ni D, ni C, ni E. Nada. En el mundo hay menos de cincuenta personas así.

Pero eso no es lo importante. Esta sangre se adapta a cualquier tipo de sangre por ser tipo O. Puedes llamarla “sangre universal”.

Aleksei entrecerró los ojos. No por asombro, por fastidio. Conocía esa antesala de Pietro. Era el borde de uno de sus colapsos verbales.

—Pietro —dijo—, ya lo hablamos. Al grano. Pretende que tienes un cañón en la boca y el tiempo encima.

Ellos lo tenían, en sentido figurado y también por la presión que los cercaba.

Del otro lado, Pietro soltó aire.

—Bien. Escucha —arrancó—. No tengo un analizador hematológico en casa, así que llamé a Amanda.

Mi contacto. Trabaja en uno de los laboratorios de referencia más avanzados del continente.

Equipos que posiblemente ni Plasma Corp.

aún tiene, te lo aseguro. Procesamos las muestras.

Y lo que encontramos fue… Aleksei, es único.

—Al grano.

—Creemos que su sangre fue modificada —soltó Pietro, idéntico a si hubiera confesado un crimen—. Genéticamente. Hay rastros claros que indican que se utilizó CRISPR, una tecnología de edición genética. Estamos 98.9% seguros.

Aleksei no respondió. Las palabras le rebotaron en el oído igual que un disparo sordo. El silencio era la pausa necesaria ante el asombro puro.

—No entendemos cómo —siguió Pietro, su voz apenas audible—.

La tecnología es demasiado avanzada. Hicimos pruebas cruzadas: la sangre de Lucas con la mía, con la de Amanda.

En la de ella, nada. Todo normal. En la mía, tampoco, al principio.

La sangre de Lucas se adaptó a ambas, sin resistencia. Entonces Amanda dijo: “Agrega saliva”.

—¿Saliva? —espetó Aleksei, tenso—. ¿Lo dices por las enzimas?

—Correcto. La saliva es un transportador común de componentes genéticos.

En los vampiros, esto ya lo sabes, está cargada de proteínas activas —soltó Pietro sin tomarse un respiro, ahora tenía impulso y cada palabra salía disparada—.

Proteínas sobrehumanas que desencadenan reacciones químicas al contacto con la sangre.

Cada vez que un vampiro se alimenta, su saliva se mezcla con la sangre del donante.

Siempre. No hay forma de evitarlo. Y eso, en este caso, es el detonante.

—¿Qué ocurrió con las pruebas? —cortó Aleksei.

—Con Amanda no pasó nada. Mezclamos la sangre de Lucas con la de ella, sangre y saliva humana: todo estable.

Pero cuando usamos mi sangre y mi saliva, aquello fue otra historia.

—Pietro tragó, la tensión le quebraba la voz—.

Parece que han convertido la sangre de Lucas en un veneno programado.

Letal para vampiros, inofensivo para humanos.

—¿Un veneno? —repitió Aleksei, la mandíbula a segundos de partirse.

—Más que eso —aclaró—. Ahora, cuando su sangre tocó mi saliva y mi sangre, la reacción no fue inmediata.

Pasó más de una hora. Pero cuando ocurrió, sucedió una coagulación acelerada.

Nuestra sangre, con sus niveles más altos de enzimas y proteínas que la de un humano, la activó.

Las plaquetas mutaron en minutos. Se volvieron armas.

Mi sangre empezó a descomponerse, lento, primero, luego, tomó fuerza.

Las células estallaban. Era hemólisis pura, una destrucción masiva de glóbulos rojos. Pero solo para vampiros.

—¿Un tipo de hemólisis selectiva? —murmuró Aleksei, su mente ya iba un paso adelante.

—Exacto —dijo Pietro—. Mientras recorra sangre de vampiro por las venas, es letal. Pero para humanos, sigue siendo estable. Es capaz de identificarnos, nos reconoce, sabe qué somos. Y solo entonces se activa.

—¿Cómo entra al cuerpo?

—Sigue la biología natural —explicó Pietro—. Ingresa por el estómago. Desde ahí pasa al torrente sanguíneo por absorción. Una vez dentro, la toxina circula, reconoce nuestras células y las destruye.

—¿Y eso resulta en…? —insistió Aleksei, quería volver a escucharlo todo.

—En que nuestra sangre se seca. Se pudre.

Se endurece adentro de las venas, descompone nuestros músculos.

No es desangramiento, es un colapso del sistema, una especie de petrificación interna.

Lo que dijiste, hemólisis selectiva. Dirigida solo a vampiros.

Al menos, por ahora, esa es nuestra hipótesis.

El silencio que siguió fue no de duda, sino de gravedad. Una pausa que marca un antes y un después.

—Imagina una toxicidad tan alta que puede corroer células vampíricas —continuó Pietro—.

Nunca vi nada igual. Las muestras murieron.

Es decir, yo. Casi. Saqué varias. Las muertes ocurrieron en tiempos distintos, pero no muy lejos unas de otras.

Aún hay mucho más que entender. Ya te dije, puede haber muchas más variables.

—Hizo una pausa—. Ahora entiendo por qué Lucas se sentía débil, mareado, su cuerpo sigue adaptándose a esta modificación sanguínea.

Aleksei no parpadeó. Solo una pregunta le cruzó la garganta:

—¿Lo viste?

—Con mis propios ojos.

Entonces lo entendió. Si alguien había conseguido modificar la sangre humana para volverla letal solo para los vampiros, no era un accidente. Era ingeniería de exterminio. Inteligente, silenciosa y precisa. Lucas era el primer recipiente y Aleksei empezaba a sospechar que no sería el único.

—Todavía necesitamos más pruebas para confirmar si es una modificación genética —agregó Pietro—.

Amanda piensa que pudo lograrse con nanotecnología.

Yo me inclino por una reprogramación epigenética.

En cualquiera caso, el resultado es el mismo: la sangre de Lucas junto con nuestra saliva cambia su estructura molecular y reconfigura los componentes que necesitamos para vivir.

Y cuando entra en contacto con nosotros, con nuestra sangre, nos destruye.

Nunca vimos algo así. Ni Amanda lo llega a comprender por completo todavía.

Pietro bajó las revoluciones.

—Esto fue planificado, Aleksei —dijo, aunque le costaba—.

No es un accidente, ni un fenómeno espontáneo.

Es diseño deliberado y preciso. Eso explica el estado de los cuerpos: petrificados, secos.

Puedo asumir un colapso total de la red vascular.

Pulmones destruidos, órganos inutilizados.

Eso no debería ocurrirle a un vampiro. Pero ocurrió.

»Necesitamos entenderlo —siguió Pietro—. Sería invaluable tener una muestra de la sangre de Dustuyev, o de Rad. O de ambos.

Aleksei cerró los ojos un instante, apretándose el puente de la nariz, intentaba exprimir el cansancio de su propio cráneo.

—Imposible —dijo—. Los cuerpos están en la bóveda de la Triple S y es casi impenetrable.

—Lo sé —admitió Pietro—. Solo lo menciono por si, de algún modo, se abre esa posibilidad.

Es mi instinto. Quiero más pruebas, más datos, más piezas.

—Respiró hondo, y siguió—. He repetido los análisis varias veces.

Da el mismo resultado. Debemos entender cómo alteraron la sangre y descubrir quién está detrás de esto.

Pensé en los pobres de Plasma Corp. Sus exámenes son meticulosos, pero esto está muy por encima de cualquier protocolo conocido.

Creo que ni siquiera ellos, con sus recursos, estarían preparados para detectar una alteración de este nivel.

La frase final de Pietro fue una sentencia:

—Aleksei… esto va más allá de Dustuyev y Rad. Si esto es posible, no solo es un crimen. Es un arma que pone en jaque nuestra existencia.

Para Aleksei la presión crecía, y le apretaba las costillas desde dentro. Ya no era solo un problema con Lucas, era un infierno calculado. Alguien había fabricado un arma usando sangre. Y él seguía sin entender el mecanismo.

—Te voy a mandar un video —concluyó Pietro—. Necesitas verlo. Si estoy en lo cierto, esto es peor de lo que pensábamos. Mucho peor.

La llamada se cerró y Aleksei quedó inmóvil, con el teléfono aún en la mano. No pestañeaba, la mandíbula dura. Cuando abrió el archivo que Pietro le envió, sintió una grieta adentro. El video duraba treinta segundos. No hacía falta más.

En el tubo de ensayo. La mezcla burbujeaba, hervía, exhalaba un vapor blanco y denso. Luego, sin transición, la sustancia se solidificaba. Negra, dura, piedra. La vida siendo estrangulada en cuestión de segundos. No era una simple coagulación, era una ejecución molecular implacable.

Aleksei obligó a su cuerpo a mirar hasta el final. No respiraba. Había visto torturas, guerras, exterminios, pero aquello encendía alarmas que ni siquiera sabía que existían. Era el principio del fin.

Lucas lo observaba, cauteloso.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Aleksei levantó la mirada, cerró el video, guardó el celular. Su rostro ya no mostraba asombro, ni pánico. Solo la máscara de quien está a punto de tomar una decisión trascendental.

—Nada —dijo, con la naturalidad de una mentira ensayada mil veces—. Pietro está siendo… Pietro. Exagerado. Lo usual.

Lucas lo miró con desconfianza, pero no insistió. No era el momento.

Aleksei tampoco añadió nada. No porque no quisiera. Sino porque no debía. Aún no. El video estaba claro. Y lo que decía era un peso que ninguno de los dos estaba listo para cargar, la sangre de Lucas no era sangre. Era veneno. Una bomba viva.

Y el chico no tenía idea. O quizás sí. Aunque Aleksei lo dudaba cada vez más.

Lucas no parecía ser parte del plan. No era cómplice.

Era la herramienta, el recipiente, inocente.

Y si llegaba a comprender lo que en realidad llevaba dentro —el poder de destruir una especie entera—, se quebraría, el colapso sería letal para el muchacho.

Él no podía permitirse que eso sucediera.

Tampoco podía permitir que nadie más viera ese video. Nadie. Si lo hacían, Lucas no duraría ni veinticuatro horas. Lo eliminarían, lo cazarían igual que el arma que, sin saberlo, era.

Por extraño que parezca Aleksei no pensaba en sí mismo.

No ahora. Había vivido demasiado, había visto horrores que retorcerían la mente de cualquier otro.

El miedo no lo guiaba. El instinto, sí. Y ese instinto le gritaba que esto era diferente, que lo que se avecinaba no solo pondría en jaque a su clan, o a Plasma Corp.

, o a la Triple S. Esto iba a reescribir las reglas de su mundo. De todos los mundos.

Por primera vez en siglos, entendió que no podría enfrentar esto solo. Iba a tener que pedir ayuda. Escupir su orgullo. Tal vez hasta arrodillarse. La idea le roía por dentro.

A su lado, Lucas se recostó en el asiento, con la respiración pesada y los ojos cerrados.

No dijo nada. No necesitaba hacerlo. Intuyó que Aleksei había descubierto algo, pero no tenía fuerza para encararlo.

El desgaste físico y mental lo había triturado.

Quizás, al cerrar los ojos, podría aplazar el derrumbe.

El auto aceleró. Dentro, ambos iban sumidos en sus propios abismos. Afuera, las ruedas devoraban la carretera y en el horizonte, el primer rayo de luz asomó. Pero no traía esperanza, solo problemas.