Sangre muerta Capítulo 23
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Capítulo 23

Rolls-Royce

En la carretera, Aleksei mantuvo la vista fija en el horizonte, pero por dentro su mente no paraba, se maldecía por haber llevado a Lucas con él.

Había olido el plan de Colona desde antes.

El instinto se lo advirtió. No escuchó, no por ingenuo, por terco, por tener el control.

No quiso dejar a Lucas con nadie. Ni siquiera con Pietro, la única voz de sensatez que le pidió no llevarlo, pero Aleksei lo ignoró.

Peor aún, al atacar los blindados de la Triple S, había cruzado una línea que ya no tenía regreso.

La herida política sería profunda y peligrosa.

Las represalias, inevitables. Pero en ese instante su mente solo se enfocaba en dos cosas: descubrir la verdad detrás de las muertes de Dustuyev y Rad, y proteger a Lucas.

Aunque eso implicara romper las reglas de su mundo.

El auto devoraba la carretera a velocidad constante. El silencio pesaba hasta que el guardaespaldas más joven se atrevió a romperlo.

—¿Hacia dónde, Su Alteza? —preguntó.

Aleksei cerró los ojos un instante. No para descansar sino para contener el estallido de sus propios pensamientos. Estaban contrarreloj. Aquellas dos muertes no fueron accidentes ni anomalías. Fueron advertencias, disparos de apertura, y la siguiente bala estaba en camino.

Sabía también que Lucas no era el cerebro detrás de nada. No tenía la malicia ni la estructura. Era un chico atrapado en un juego mayor, un peón que quizás jugaba en nombre de otros ni siquiera consciente que estaba en el tablero. Esa incertidumbre era lo que más lo inquietaba.

Llevaba siglos sobreviviendo a los engaños, había visto sonrisas que prometían paz mientras ya habían apretado el gatillo, podía olfatear la traición antes de que tomara forma. Leer personas era su instinto de supervivencia. Y Lucas no era eso.

Lucas era otra cosa.

El muchacho estaba perdido, eso era evidente.

Pero detrás de su miedo, también había algo más, una lucha interna por entender, por encontrar un punto al que aferrarse antes de caer.

Aleksei lo había visto antes en otros humanos, esa fragilidad que, en el instante límite, podía transformarse en una fuerza brutal para seguir respirando.

Y aunque no lo dijera en voz alta, sabía que esa chispa iba a ser lo único que mantendría vivo al chico.

Aun así, había demasiado en juego. Tenía que mantenerse alerta. No podía confiar del todo. No con tantas piezas moviéndose. La precaución era su único escudo.

Alguien, en algún rincón de las sombras, controlaba el marcador. Y lo hacía demasiado bien. Si no lo detenía pronto, alguien más iba a morir. O todos.

Lucas, sentado a su lado, lo miraba de reojo, sin hablar. Aleksei no supo si era respeto, o puro instinto de supervivencia, ese reflejo humano de quedarse callado cuando no se tiene idea de qué demonios ocurre. Quizás una mezcla de todo.

—¿Cómo carajo quedé metido en esto? —preguntó por fin el chico, con la voz raspada.

Aleksei no respondió de inmediato. Seguía con la vista congelada en el asfalto, en esas líneas blancas que se sucedían bajo las ruedas una tras otra.

—No lo sé —habló al fin—. Tal vez solo eres una pieza dentro de algo mucho más grande. Alguien la aflojó y ahora todo empieza a desmoronarse.

Lucas frunció el ceño, confuso, asustado.

—¿Y qué represento yo? —dijo—. No soy nadie. Solo un donante.

—Justo por eso —dijo Aleksei, sin apartar la vista de la carretera—. Los que están detrás de esto buscan un “nadie”. Pero nadie es solo nadie. Todos somos fichas en un juego mayor. Te eligieron porque a simple vista no eras importante. Ahora lo eres. ¿Por qué? Eso es lo que debemos entender.

Lucas tragó saliva. El miedo le apretaba el pecho. Aleksei lo percibió, claro que lo notó, pero no dulcificó sus palabras. No había espacio para consuelos.

—Escucha bien —continuó el vampiro—. Da igual si no elegiste estar aquí. Ya estás dentro. Y si no eres lo bastante fuerte para enfrentarlo, vas a morir.

Lucas no supo qué decir, ni siquiera sabía si quería decir algo. En el fondo aceptó que Aleksei tenía razón. Las muertes de Rad y Dustuyev lo arrastraban directo al centro de un infierno que no terminaba de comprender. La negación ya no servía.

Ahora solo le quedaba una opción, resistir. Olvidar el por qué y concentrarse en el cómo. Cómo sobrevivir a todo esto. Porque no había plan B. Era eso o la muerte.

Volvió a mirar a Aleksei. El vampiro mantenía esa calma imperturbable con la que enfrentaba tormentas, pero Lucas alcanzó a notar la tensión acumulada en la rigidez de sus manos sobre las piernas. Él también procesaba lo ocurrido. Solo que, a diferencia del humano, sabía cómo disimularlo mejor.

—No sé cómo voy a hacer esto —Lucas soltó lo primero que se le vino a la mente.

—Haciéndolo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única —replicó Aleksei, duro, absoluto—. No necesitas saber cómo, solo hazlo. Un paso. Luego otro.

—¿Y si no puedo? —preguntó, con un miedo imposible de disimular.

Aleksei lo miró de reojo. Sus ojos ahora eran dos agujas vacías de compasión. En ese instante tenía que ser así.

—Entonces morirás.

La franqueza dejó sin aire al muchacho, fue otro puñetazo al estómago.

Lo obligó a sentarse derecho, a tensar los músculos, a estar alerta.

Pero lo entendió por lo que era, un desafío.

Uno que ya no podía eludir. No tenía más opción que confiar en Aleksei, colaborar, resistir, encontrar una salida antes de que el abismo los tragara. Otra vez, era eso o morir.

Lucas, por más perdido que estuviera, sabía que estaba frente a la muerte, con absoluta certeza, y que no quería morir.

—Gracias —dijo—. Por salvarme. Otra vez.

Aleksei no respondió, ni un parpadeo, por dentro, algo en esa voz humana, en esa fragilidad terca, le arañaba la coraza. Le daban ganas de prometerle que mientras él respirara, nadie lo tocaría. Pero no lo hizo, no era el momento, no ahí, no aún. No podía permitirse esa debilidad. No con Lucas.

Todavía había dudas que mordían. Porque sí, Lucas parecía un peón atrapado en un juego ajeno, pero ¿y si no? ¿Y si detrás de esa cara de niño perdido se escondía algo más? Esa mínima fisura, por muy improbable que fuera, mantenía a Aleksei en guardia.

El silencio volvió. Solo el rugido del motor llenaba el aire.

—Llévame con Rugo —ordenó Aleksei al guardaespaldas, sin moverse un milímetro.

—¿Rugo? —preguntó Lucas.

—Tu empleador —respondió—. Plasma Corp.

Lucas lo miró, y frunció el ceño tratando de encontrarle lógica a la respuesta. Abrió la boca para replicar, pero las palabras se le atragantaron.

—Plasma Corp. es una corporación con dos bandos —explicó Aleksei—.

Humanos y vampiros. En todo acuerdo siempre es bueno mantener el balance de ambas partes.

Iremos a ver a la familia vampírica que ocupa asiento en la junta directiva.

Le he estado dando vueltas. Sus protocolos son meticulosos.

Si hubo alguna anomalía en tus exámenes médicos, lo habrán registrado.

Tal vez vieron algo a lo que no dieron importancia, y la tenía.

Aleksei se volvió hacia el conductor sin molestarse en darle más contexto a Lucas.

—Ellos llegaron ayer, para la Boda de Sangre —dijo—. Ya sabes dónde tenemos que ir.

—Entendido —respondió el guardaespaldas, sin apartar la vista del camino.

Lucas sintió que su mundo, su rutina, su identidad, todo, colapsaba.

Hasta hace nada eran tardes lentas con tareas a medio hacer, videollamadas con Bandhu para chismear o de los destinos místicos a los que viajarían llenos de chicos lindos, TikTok corriendo mientras se tiraba en la sala sin pensar en nada más grande que qué iba a cenar.

Y ahora esto. Vampiros, Triple S, muertos.

Cerró los ojos un momento. Muy en el fondo creía que al abrirlos iba a volver a su casa, al sillón. Pero no pasó. Ya no sabía si su vida anterior seguía existiendo o si solo había sido una mentira cómoda, derrumbada de golpe.

—Y, Lucas —dijo Aleksei con voz de capitán—, llama a tus padres. Diles que estás bien donde Bandhu. Alinea la mentira con tu amigo. Solo por evitar problemas innecesarios.

El vampiro pensó en sus padres. ¿Cómo sostener esa mentira? ¿Qué iba a decir si alguien empezaba a buscarlo? ¿Si los llamaban? ¿Si Bandhu decía algo?

Bandhu era la mejor coartada que tenía. El pobre le enviaba mensajes cada hora, como si pudiera protegerlo con audios y emojis. Como si eso alcanzara para este nivel de mierda.

Mientras el auto devoraba kilómetros, Aleksei recordó su teléfono. Lo sacó del bolsillo y lo encendió. La pantalla explotó en notificaciones. Doce llamadas perdidas. Todas de Pietro.

Frunció el ceño. Deslizó el dedo. Un único mensaje aparecía debajo de la última llamada:

“LLÁMAME. URGENTE”.

Aleksei lo supo de inmediato. Pietro había descubierto algo.