Sangre muerta Capítulos 22
33%

Capítulos 22

La cabaña

«¿Qué diablos vamos a hacer ahora?», pensó Lucas en mitad de la sala, con el pecho a punto de estallar. Su respiración era un desastre, cortada, errática, el aire parecía negarse a entrar. Intentaba controlar el pánico, pero era inútil.

Afuera, un cerco de acero los rodeaba, una jauría de lobos armados. Los clics secos de los seguros activándose, el chasquido de las armas cargándose, los rugidos sordos de los blindados. Todo resonaba igual que un muro de muerte. No había salida.

Giró hacia Aleksei. Ahí estaba él, inmóvil, impávido, parecía que nada de aquello pudiera tocarlo, pero esa calma no tranquilizaba a Lucas. Al contrario, su corazón golpeaba duro, un gong, recordándole lo frágil y mortal que era.

—¿Qué vamos a hacer? —le preguntó, la voz temblaba, casi un animal atrapado que busca un rincón donde esconderse.

Aleksei lo miró. No respondió de inmediato. Pensaba. No en tácticas, ni en movimientos. Pensaba en Lucas, en lo idiota que había sido por arrastrarlo a esto. Él estaba ahí por su culpa y ese veneno que rara vez se permitía sentir, ahora le pesaba.

—¡Aleksei! —insistió Lucas, le apretó los brazos con más fuerza—. ¿No puedes hacer algo?

—Somos inmortales, pero podemos ser asesinados —murmuró él.

Y para sí mismo, añadió «Son muchos. Quizás quince».

La cifra fue casi un disparo. Quince.

Lucas sintió el número clavarse en el pecho.

«¿Quince?», pensó, incrédulo. «¿Cómo carajo lo sabía?

¿Podía ver a través de las paredes? ¿Adivinaba?

». Pero no tuvo tiempo para formular más preguntas.

Sabía, lo sentía en lo más hondo, que, si la Triple S había desplegado a tantos, era porque entendían a quién se enfrentaban.

Y eso, de una retorcida forma, le dio un grano de esperanza.

—Está siendo precavido —murmuró Aleksei al notar la cara descompuesta de Lucas.

Había una chispa de reconocimiento en su voz.

No era admiración, era respeto. El que se le concede a un oponente que sabe lo que hace.

No lo dijo, pero lo pensó: Colona no era un idiota. Sabía muy bien jugar esta guerra.

Y como si los pensamientos lo hubieran invocado, el silencio se partió. La voz de Colona estalló por el altavoz con autoridad. Áspera, insolente, calculada para destrozar nervios.

—Entréguenos al joven Lucas Luna, Su Alteza —retumbó afuera—, y nadie saldrá lastimado.

Mentira. Una mentira envuelta en la voz tranquila de quien sabe lo que hace. Aleksei lo supo. Lucas también. Cada sílaba cargada de cianuro, cada pausa medida al milímetro para empujar al límite. Eso era Colona, un humano insolente con un ego grotesco, pero eso lo hacía peligroso.

Lucas se estremeció. Cerró los puños, piel contra la piel, hasta oír el crujido de los nudillos. Intentaba aferrarse a algo y Aleksei seguía inmóvil, pero el brillo en sus ojos cambió.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Lucas, con la urgencia de quien siente el cañón contra la garganta.

El vampiro lo miró. Un segundo, dos, y soltó la palabra:

—Sobrevivir.

Una sola palabra. Similar a un disparo, pero bastó para que Lucas entendiera que lo peor aún no había comenzado.

Hasta que llegó.

Todo ocurrió en un respiro. Aleksei, con el oído afinado por siglos, captó el cambio antes de que cualquier humano pudiera notarlo. Un zumbido tenue, pero suficiente. La antesala del desastre.

Se movió tan rápido que para Lucas fue solo un borrón, un destello violento de sombras. Sintió el cuerpo de Aleksei envolverlo, pegarlo contra su pecho. Un muro vivo, un escudo de carne inmortal. En ese instante, Lucas entendió lo que significaba ser protegido por un gigante.

Un microsegundo después, los vidrios estallaron. El mundo entero pareció hacerse trizas de golpe. El sonido fue brutal, cortante. Cristales por todas partes y en la misma bocanada entró el gas.

En cuestión de segundos, las lacrimógenas vomitaron una nube blanca que tragó la cabaña.

El humo se metía por la garganta, por los ojos, por los pulmones.

Lucas comenzó a toser. Primero un espasmo leve, luego, ataques violentos, arcadas.

Su pecho se sacudía, sentía que le arrancaban las costillas desde dentro.

El aire no entraba, no podía respirar y el pánico le hincó los dientes.

No sabía si un vampiro podía comprender ese miedo básico, puro y humano. La desesperación de asfixiarse, sin escapatoria, sin poderes, sin esperanza.

Entonces, los ojos eternos del príncipe lo sujetaron. Inquebrantables. Y con una calma antinatural, le dijo:

—Mírame. Solo mírame a mí.

Lucas obedeció. Con lo último de su voluntad, sostuvo la mirada de Aleksei porque tal vez apartarla significaba morir en ese instante.

Intentó bloquear el caos que los rodeaba.

El príncipe lo apretó contra su cuerpo, lo rodeó por debajo de los brazos, férreo.

Se sintió atrapado, pero también, de algún modo, a salvo.

—No permitiré que te hagan daño —dijo el vampiro.

Ahí, algo cambió.

—No te asustes —agregó.

El vértigo golpeó a Lucas de lleno. Sus pies se despegaron del suelo. Sí, Aleksei empezó a levitar, y junto a él, Lucas. Por lo visto la gravedad era un acuerdo opcional para el inmortal, algo que podía ignorar cuando le apetecía. Subieron hacia el techo alto.

«Levitamos», pensó Lucas, su mente se tambaleaba entre el asombro y el terror. Abajo, la neblina tóxica cubría el suelo y trepaba, tragándose la habitación centímetro a centímetro.

El vacío bajo sus suelas le arrancó un escalofrío brutal. El corazón martillaba a punto de reventar, pero los brazos de Aleksei no cedieron, firmes, inmóviles, manteniéndolo suspendido en el aire, ajeno al infierno que hervía bajo sus pies.

Sus ojos volvieron a cruzarse. Aleksei lo observaba con una concentración salvaje, fija. En medio del colapso del universo, lo único que importaba era Lucas. Solo él. El gas, los pasos, las sombras allá afuera, todo, se desvanecía en el fondo. Era solo él para ese vampiro.

Lucas ya no podía sostenerse más. El miedo le había triturado el cuerpo. Exhausto, vencido, dejó caer la cabeza contra el pecho de Aleksei. Respiraba, pero a tirones breves que no alcanzaban.

Cada inhalación era un espasmo. Corto, desesperado. El gas le quemaba los pulmones. Creyó que era el final, uno del que ni siquiera un inmortal podría salvarlo, no de esto.

Pero se equivocó.

Aleksei tomó aire. Una bocanada profunda, medida, de quien se prepara para hundirse bajo el agua. Lucas no entendió la intención y antes de que pudiera procesarlo sintió los labios del vampiro sobre los suyos, fríos y húmedos, pero suaves.

Los ojos de Lucas se abrieron de golpe, atónitos.

El hielo le recorrió la espalda en un latigazo fugaz.

Su cuerpo entró en shock, el corazón, que segundos antes tambaleaba por el pánico, ahora latía por algo distinto, algo más primitivo, eléctrico, visceral.

Por un segundo, absurdo y real, pensó que Aleksei lo estaba besando.

Y si algo puede arrancarte del borde de la muerte, es un beso, ¿no?

Pero esto no era un beso. No uno real. No uno humano. Un instante después, lo entendió. No era idiota. Aleksei lo salvaba. Era una transfusión brutal de vida.

El vampiro exhaló fuerte, forzaba oxígeno puro en los pulmones colapsados de Lucas.

El aire entró en una descarga, le desgarró el interior y lo obligó a abrir el pecho.

Jadeó. Los pulmones se expandieron. Ardía, pero lo traía de regreso.

El dolor retrocedía. Algo que solo un ser sobrenatural como Aleksei podía hacer. Y funcionaba.

Lucas alzó la mirada. Los ojos de Aleksei seguían fijos en los suyos, sin flaquear. Decían lo que las palabras no podían.

Y en medio de ese infierno suspendido, colgado de un vampiro que parecía salido de otra dimensión, Lucas lo pensó. Solo por un instante: morir no es tan malo, pero vivir cerca de él podía quebrarte el alma.

Su cuerpo, gobernado por el instinto, hizo lo único que le quedaba, se aferró a Aleksei con toda la fuerza que encontró.

Los brazos, que antes colgaban igual que ramitas rotas, se levantaron de un tirón y rodearon la espalda del vampiro.

Los dedos se aferraron en la chaqueta con ferocidad.

No hubo ternura, solo pura supervivencia.

Un intento de fundirse con aquel cuerpo inmortal que lo mantenía vivo.

Aleksei se tensó solo un segundo. Sorprendido, no por el gesto, sino por la intensidad del abrazo. Pero no se apartó. Permaneció ahí. Un pilar en medio del caos.

Lucas no entendía del todo lo que hacía.

Ni lo que pasaba. Esa magia inmortal, ese salvajismo imposible, no lo analizaba ni le importaba.

Solo sentía que algo dentro de él había cambiado.

El miedo que lo había paralizado, la incredulidad que le taladraba el pecho, la lucha por entender su nueva realidad, todo quedó suspendido. Aunque fuera por un momento. Y respiró.

La vida volvía, lenta, torpe, pero volvía.

Su respiración, aún irregular, comenzó a estabilizarse mientras los dedos temblorosos seguían aferrados a la espalda del vampiro.

No lo soltaba, no podía. Porque, en ese instante de lucidez entendió que la muerte acechaba.

Podía olerla, mezclada con el gas, con los gritos, con el hedor metálico de la violencia.

Pero mientras Aleksei lo sostuviera, mientras esos brazos inhumanos lo sujetaran igual que una red sobre el vacío, existía la posibilidad de salir vivo.

Y en un mundo de monstruos y muerte, una pizca de esperanza era más de lo que muchos tenían.

Aleksei lo sabía. Aquello no había acabado. Colona esperaba afuera, armado y con hambre de captura. Aun así, ahora solo importaba Lucas. Ese humano que, de algún modo, se había vuelto algo más que una simple pieza en el tablero, más que un obstáculo. Aunque todavía elegía no admitirlo.

Hasta que el infierno explotó.

Una detonación partió el bosque. Un trueno seco sacudió tierra, paredes y huesos. Luego otra. Y otra. Una cadena de explosiones hizo vibrar el aire con polvo, fuego y escombros.

Los disparos no tardaron. Una sinfonía salvaje, descontrolada, mezclada con los gritos ahogados y las órdenes desesperadas de los soldados de la Triple S. Las pisadas retumbaban sobre el lodo, y parecían alejarse de la cabaña en una estampida que dejaba huecos en el terreno.

—Ahora es nuestra oportunidad —dijo Aleksei. La voz salió baja, urgente, sin temblor.

En un parpadeo tocaron suelo otra vez. El cuerpo de Lucas apenas registró el descenso cuando Aleksei lo alzó, lo cargó igual que un peso liviano y saltó directo por la ventana.

Cayeron sobre la hierba mojada, entre raíces y fango, y el vampiro lo cubrió con su cuerpo, bloqueó el golpe con músculos y huesos que no cedían.

Lucas apenas tuvo tiempo de inhalar. Aleksei ya lo arrastraba hacia la oscuridad del bosque. El aire era una mezcla de humedad, tierra, metal caliente y pólvora fresca.

Lo que Colona no sabía, nunca lo sospechó, era que Aleksei lo había visto venir mucho antes de siquiera pisar la cabaña. Sabía que aquello no era simple. Por eso, antes de cruzar el bosque con Lucas, dio instrucciones precisas a sus dos guardaespaldas.

Ellos se habían infiltrado en el monte, eran sombras con camuflaje térmico, fuera del alcance de cualquier sensor. Llevaban trampas, explosivos y destrucción.

Mientras Colona esperaba en el blindado, convencido de estar a un paso de la victoria, los hombres de Aleksei preparaban un caos calculado.

Cuando vieron a los soldados abandonar los vehículos, actuaron.

La primera explosión levantó el suelo. Los blindados volaron y uno giró y reventó en pleno aire hasta estrellarse contra un árbol que cedió con un crujido y se desplomó.

Gritos. Desorden. El rugido del metal al deformarse rompió la noche.

Las balas comenzaron a zumbar sin blancos claros.

Solo siluetas que se deslizaban entre los troncos con eficacia, y se movían igual que espectros entrenados.

Después vino la segunda carga. Y la tercera. Detonaciones que no buscaban matar, sino distraer y confundir. El terreno se convirtió en una trampa encendida, en una zona de guerra entre ráfagas de luz y estallidos que cortaban el aire. Más gritos.

Eso era lo que Aleksei necesitaba. No corría. Entre las sombras, esquivaba ramas y raíces. Los disparos y explosiones quedaron atrás, ecos lejanos.

Los guardaespaldas, entrenados para fundirse con la nada, se esfumaron igual que habían llegado. Aprovecharon el pánico y el desconcierto y se escurrieron antes de que nadie pudiera dar una orden coherente. Dejaron a Colona y su equipo desorientado.

Cuando el agente cruzó el umbral de la cabaña, ya lo sabía. No necesitó ver nada en detalle. El vacío le dio en la cara. Se quedó rígido con los ojos abiertos, la mandíbula trabada.

Cuando la realidad lo perforó, la rabia le prendió fuego por dentro.

—¡Maldito seas, principito! —rugió, y de una patada destrozó la silla contra la pared. La madera se astilló al impactar en un estallido de pedazos.

Su rostro estaba a punto de reventar. El sudor le bajaba desde la nuca, y le empapaba el cuello de la camisa. Otra vez. Aleksei Beilion le había meado en la cara sin siquiera estar presente, sin tocarlo.

Respiró hondo. Una. Dos veces. No sirvió. Alzó la mirada. Ahí estaba. El código en la pared. Rayas, puntos, letras dibujadas con sangre seca.

—¿Qué mierda es esto? —murmuró. La voz salió ronca, vacía de aire.

No apartó los ojos. Sabía que no era casual. Con Aleksei, nunca lo era.

Se acercó. Leyó. No entendió a primera vista. No le importaba. El contenido era secundario. Lo insoportable era que Aleksei había tenido tiempo para hacerlo, tiempo para marcar territorio, para recordarle, sin necesidad de palabras, que iba, otra vez, dos pasos adelante.

Colona apretó los puños hasta incrustarse las uñas en la carne. No podía quedarse ahí. Tenía que moverse, pensar, anticiparse. Sentía la soga apretarle el cuello.

Si algo había aprendido de ese inmortal, era esto, nunca jugaba en línea recta. Siempre guardaba un giro, una salida lateral, un movimiento que nadie veía venir.

Esta vez, Colona iba a encontrarlo antes de que Aleksei volviera a cerrarle la puerta en la cara. O iba a morir en el intento.