Sangre muerta Capítulo 21
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Capítulo 21

Blindado. Minutos antes.

A Colona le rechinaban los dientes, y no era un arranque pasajero. Era ira pura, vieja, sin filtrar. Odio que fermenta, que le atravesaba la mandíbula y le quemaba el pecho. El vampiro lo había humillado.

Por un instante lo tuvo contra las cuerdas.

Había visto las fisuras en esa fachada de calma soberbia.

Lo empujó al borde y estuvo cerca de quebrarlo.

Pero fue un estúpido. Se perdió en su propio veneno, se creyó intocable, desoyó la orden de su jefe.

Se creyó un perro capaz de cazar a un lobo.

Mientras se celebraba, embriagado con su propio ego, no leyó la jugada, no vio la trampa a tiempo.

El golpe en la nuca fue rápido y certero.

Ni siquiera supo de dónde vino. Aún sentía el latido constante bajo la piel, un recordatorio físico de su idiotez, pero no era el dolor lo que lo carcomía, era la jodida verdad.

Eso que le susurraba la voz en su cabeza.

«Eres inferior a él. Por eso te venció».

Pero Colona no era de los que se quedaban lamiéndose las heridas. Tomó esa rabia y la convirtió en combustible. Esta vez no cometería el mismo error, esta vez el cazador capturaría su presa.

La experiencia en la fuerza y en la Triple S le había enseñado que la curiosidad envenena por igual a policías y a asesinos, a humanos y a vampiros, y Colona estaba dispuesto a explotarla.

Aleksei tenía las fotos. Colona mismo se las envió.

Seguro las repasaba una y otra vez. Esa imagen grotesca le había hecho un nudo en el pecho al inmortal porque Dustuyev no era cualquiera, era un hermano.

Y Aleksei no ignoraría esa clase de muerte.

Colona lo olía desde lejos, el vampiro buscaría respuestas.

Y ese impulso lo arrastrarían directo a la cabaña.

Por eso esperó. Se escondió en el bosque, entre la penumbra espesa y el frío incómodo dentro del blindado, con un pequeño contingente de la Triple S.

Había convencido a Pangellis, aunque notó la decepción en sus ojos y esa mirada lo había perforado, pero no lo detuvo.

Al contrario, alimentó la llama, le demostraría que podía ser el mejor, no uno más.

Volvería a ganarse su respeto. Esta vez, no fallaría.

Y no falló.

Ahí estaba Aleksei. El principito emergía de las sombras, pareció nacer del aire mismo. «Cochinos vampiros y sus trucos». Colona no se amedrentó, nunca lo había hecho. Había esperado justo esto y, tal como previó, Aleksei no venía solo, traía al chico, al humano, a Lucas.

Colona sonrió con una mueca torcida y hueca, sin calidez, la sonrisa del depredador al sentir que la trampa se cerraba.

Lo sabía. Aleksei no podía separarse de Lucas todavía.

El chico era su única conexión con la muerte de Dustuyev, la pista viva que no podía soltar.

Aleksei no solo era orgulloso, era obsesivo.

Necesitaba respuestas, y las quería antes que la Triple S.

Desde la oscuridad del blindado, le dio una calada profunda al cigarro, soltó el humo despacio. El juego acababa de comenzar. Y esperó.

—Jefe. —La voz en el auricular intentaba sonar profesional, pero tenía un temblor que no supo esconder—. Se están demorando demasiado ahí dentro. Cambio.

Colona apretó los dientes. Ya habían esperado más de la cuenta, media hora era tiempo suficiente para cualquier maniobra que Aleksei pudiera ejecutar en la cabaña. El comentario, aunque sonara a simple reporte, era un empujón, una señal. No había espacio para titubeos.

¿Esperar a que salieran? No. Era mejor atraparlos adentro, encerrarlos, asfixiarlos en su madriguera.

—Prepárense —ordenó sin margen para dudas. Tiró el puro al suelo, lo aplastó con la bota—. Vamos a entrar. Atentos a mi señal. Cambio.

Dos blindados tácticos lo escoltaban en la penumbra con los motores apagados, bestias ansiosas de sangre.

Esto no era un allanamiento cualquiera. Colona lo sabía.

Aleksei Beilion no era un nombre más en un expediente.

Bajo esa fachada juvenil se ocultaba un monstruo.

Un depredador antiguo, afilado por siglos de guerras.

No era solo un vampiro, era un asesino de élite, un animal frío que en otro tiempo fue bautizado “el Sádico de la cruz”.

Había sobrevivido batallas que el resto apenas conocían por los libros de historia, y aún respiraba.

Sin embargo, la tecnología había cambiado, ahora los humanos tenían mejores armas para enfrentarlos.

—Estamos listos —informó la voz por el auricular—. Solo esperamos su orden. Cambio.

Colona cerró los ojos un instante. Sintió la adrenalina reptar por las venas, mezclada con rabia, orgullo, con esa necesidad de revancha que no se le apagaba desde la última vez.

Estaba en su elemento. Al mando. Justo donde debía estar.

Un general a minutos de la masacre. Ese pensamiento aceleró su pulso.

Era poder, instinto. Era su lugar en el mundo.

Había nacido para decidir, para cazar. Era su oportunidad para demostrar que podía sobresalir.

—Ahora —ordenó.

Y el infierno se abrió.

Las puertas de los blindados estallaron hacia afuera con un golpe seco.

Los soldados de la Triple S emergieron igual que un enjambre de acero, armados hasta los dientes.

No hubo gritos, solo pasos firmes, sincronizados, que mordieron el suelo húmedo mientras cerraban el cerco alrededor de la cabaña con precisión letal.

La madera crujió bajo sus botas, cada paso sonaba a veredicto. Ya estaban ahí y venían por ellos.

Colona levantó la mano. Otra orden.

—Luces.

El estallido de los reflectores rompió la oscuridad, bañaron la cabaña en una luz blanca, cruda, idéntica a la de una sala de disección. El bosque, encogido bajo esa jaula de iluminación, quedó fuera de juego, sin sombras, sin escapatoria.

—Sabemos que están ahí dentro, Su Alteza —dijo Colona, su voz amplificada por el altavoz—. Es mejor que salgan.

El eco de sus palabras rebotó entre los árboles, golpeó las paredes de la cabaña, y después silencio. Un vacío asfixiante que anuncia que lo peor está a punto de suceder.

Colona no se movió. Sentía el temblor leve en la respiración de sus hombres. Aunque fingieran firmeza, podía oler la ansiedad, el sudor pegado bajo los chalecos, los dedos crispados sobre los gatillos.

Él, en cambio, era un bloque de hielo que ardía por dentro.

Sabía que el principito lo había oído. Sabía que pensaba, calculaba, elegía. Porque eso hacía Aleksei Beilion, pensaba antes de matar, antes de volar cabezas, antes de desaparecer.

Pero Colona también sabía algo más: no estaba solo. Cualquier movimiento podía repercutir en el chico, en Lucas, y eso obligaba al vampiro a ser cauteloso. Además, todos cometen errores, incluso los monstruos más antiguos.

Y cuando Aleksei cometiera el suyo, porque lo haría, él estaría listo con el dedo en el gatillo.