Sangre muerta Capítulo 20 #2
31%

Capítulo 20 #2

Mi paciencia se fue de sabático. Qué manía la de algunos de querer contarte una historia y hacerte participar en el proceso.

¿Tan difícil era soltar las respuestas de una vez?

¡Coño! ¿Por qué siempre tenían que pasearte por esta aventurilla emocional?

¿Acaso no era suficiente con todo lo que tenía encima?

Claro, no le dije nada de eso. Lo pensé.

Y sí, sabía que Aleksei no lo hacía para joderme.

Pero igual. Me daban ganas de pedirle que dejara la pedagogía vampírica para otro día.

Al final solo negué con la cabeza, sintiendo cómo mis stats mentales bajaron dos puntos.

Inteligencia -2, resiliencia emocional -5.

—Los círculos entrelazados —siguió Aleksei ante mi mutismo y posible cara de hartazgo—, significaban unión, cercanía. El círculo incompleto, traición. —Hizo una pausa mínima, pero premeditada—. Y la mano amputada se explica sola.

Mhm, sí, okey. «Súper intuitivo todo», pensé.

—La mano derecha del duque lo había traicionado —remató—. Lo envenenó para quedarse con sus tierras.

Ahora el que quedó en pausa fui yo.

—Aun así —añadió—, Knapp tuvo la fuerza para montar la escena antes de morir, no puedo imaginar cómo. Pero gracias a ese mensaje, Dustuyev atrapó al culpable. Fue llevado a juicio. Y ante el verdugo.

Okey. Mensajes con sangre. Símbolos. Traición. Justicia poética. Y ahora Dustuyev hizo “lo mismo”.

Aleksei se giró hacia mí, y por primera vez, vi algo distinto en sus ojos, no era control ni frialdad. Era urgencia, desesperación pura.

—Dustuyev sabía que si escribía el mensaje en un papel o lo escondía en un cajón, la policía lo encontraría —dijo, rápido—. Lo que sea que me haya dejado, está aquí. A plena vista. Solo tenemos que encontrarlo.

La historia era perturbadora, sí, pero también sonaba bastante lógica. Y en este mundo paralelo, donde lo imposible se te sienta al lado y te clava los colmillos, dudar ya era un lujo.

Me dio un empujoncito. Me forcé a salir de mi modo pánico.

«Lucas, usa el cerebro por una vez en tu vida».

Me puse a observar las manchas por todas partes: las paredes, el piso, techo, el estante, la mesa, hasta en las esquinas donde el polvo se acumulaba.

Porque si Aleksei tenía razón, no solo buscábamos pistas.

Estábamos desenterrando los últimos pensamientos de un vampiro justo antes de morir.

Pensamientos que, por lo que veníamos viendo, podían reventar los cimientos de su mundo y de aplastarme a mí en el proceso.

Me sentí el extra al que le cae un meteorito y ¡plop!

Entonces lo vi. O sea, vi algo.

Había algo raro en la pared donde colgaba el estante flotante ese, el de la foto.

Claro, estaba cubierta de salpicaduras, huellas, arrastres, dedos marcados en sangre seca, un asco.

Pero dentro del caos, algunas manchas parecían seguir un patrón.

No literal. No es que hubiera flechas o señales de neón o un “hola, mira aquí” en Comic Sans.

Pero si te ponías a observar de verdad, si dejabas que el ojo enfocara, la sangre te guiaba hacia arriba.

Intuí que alguien, Dustuyev, quería obligarte a subir la vista, a no quedarte en la mancha.

—Aleksei, ven. Mira esto —lo llamé, con la voz lo más recio que pude.

Solté su nombre a secas, sin protocolos de vampiros, ni títulos ni mierdas. ¿Debía llamarlo “Su Alteza”? ¿Aleksei? ¿O Al? No, Al, no. ¡Bah!, da igual. Le expliqué eso que vi.

Se acercó, se quedó quieto frente a la pared, asentó sus ojos en el patrón, el mundo entero se redujo a ese pedazo de madera y sangre.

—Tienes razón —dijo, sin dudar.

¡Oh, Dios!, esas dos palabras me hicieron saltar el corazón. Ni yo entendía la tonta reacción de mi cuerpo. ¿Por qué me pasaba esto? Cada mínima aprobación suya me hacía sentir que había ganado algo. Mínimo había desbloqueado un nuevo mundo en un videojuego.

Intenté concentrarme, ignorarlo, fallé, ahí estaba él, que me miraba de reojo.

Y el corazón traidor pegó otro salto. Yo era un malabarista pasando de asombro a miedo, de miedo a atracción, de atracción a las maripositas ridículas en el estómago, luego duda, luego enfoque.

Todo junto. Yo era un combo emocional mal hecho.

Una mezcla que se cocinaba a fuego lento.

Después de pasar un rato ahí, noté algo. Justo en la parte superior del marco grueso de la puerta. Era pequeño. Sutil. Casi invisible si no estabas buscando de verdad. No podía distinguir bien lo qué era, pero había algo ahí, seguro.

—Ahí, mira —dije, y señalé—. ¿Qué ves?

Aleksei no preguntó nada. Ni siquiera dudó.

—Tienes razón, Lucas —dijo, por segunda vez—. Apenas se distingue, pero es una X de sangre, con los extremos inferiores un poco más alargados.

Otra vez mi nombre y otra vez ese efecto molesto. Esa sensación incómoda de que lo que él pensaba de mí me importaba más de lo que debería. No necesitaba que me validara, y al mismo tiempo sí. Igual que un niño porque su papá le dice “buen trabajo”.

Pero Aleksei no era mi papá. Lejos de serlo. Él era, él. Otra cosa. Un vampiro. Un hombre. Y, por más que me encabronara admitirlo, empezaba a afectarme más de lo que quería aceptar.

Intenté no verme complacido.

Le tomé una foto a la marca con el celular, porque al menos esa era una decisión lógica en medio de todo este delirio sangriento.

—Debe haber algo más —dijo—. Cuando Dustuyev dejaba mensajes escondidos, casi siempre lo hacía en dos partes. A veces en tres.

«Genial».

Seguí buscando patrones, escaneé cada superficie, pero en las paredes y el piso de la sala no había nada más. Todo se detenía ahí. Decidí probar suerte en otros rincones. Pasillo, baño, habitación, me moví por la cabaña con una mezcla de respeto y temor. Pero nada.

Volví a la sala frustrado, con ese feeling de «esto es todo, amigos», y ahí quedé frente a la pared de la única ventana. Miré la cortina, casi por reflejo. La misma que yo había cerrado antes, delgada.

Me quedé mirándola un segundo más. Algo no cuadraba. Me acerqué, estiré la mano, la corrí y ¡eureka!

—¡Aleksei! —grité, la voz me salió casi quebrada—. ¡Mira!

Le señalé la pared de la ventana. Era el mismo patrón que en la otra, pero en esta las manchas bajaban, y llevaban la vista hacia el suelo. Dustuyev había dejado migajas de sangre para seguir el camino.

Me agaché, seguí las salpicaduras que se volvían cada vez más espaciadas. Me llevaron hasta un rincón, abajo, justo detrás de un mueble decorativo, pesado, de los que solo estorban. Lo empujé con el hombro con todo lo que tenía, las patas rasparon el piso, soltó un chillido horrible, y ahí estaba.

Otra X, pequeña, pero se veía. Esta tenía los extremos superiores más largos, estirados. Una mancha que parecía más aerosol que sangre seca, pero era sangre. No había duda.

Me quedé mirándola un segundo de más, con la garganta apretada.

Y se me armó la escena en la cabeza. Dustuyev en esta misma cabaña, dedo hundido en su propia sangre, marcando la madera.

No escribió un mensaje bonito. Dejó una señal.

A lo bruto, pero con intención. Como dijo Aleksei, esto no era para cualquiera. Era solo para él.

Un humano en su lugar habría entrado en pánico. Habría corrido, gritado, suplicado. Pero Dustuyev… Dustuyev, por lo visto, era de los que ordenan el desastre antes de morirse. Metódico hasta el final.

Y ahí fue cuando me pegó algo peor. Ese tipo ya había perdido demasiado. Así que, cuando llegó su turno, no peleaba por salvarse. Más bien dejó migajas para que alguien más encontrara al culpable.

Saqué el celular para tomarle foto en automático.

Justo cuando iba a comparar esta X con la de la puerta hubo un apagón. Un zumbido eléctrico sonó afuera, lejano pero reconocible. Luego, pasos, claros, pesados, rasgaban el silencio, cada pisada era una cuenta regresiva en mis vértebras. Uno. Dos. Tres.

Y entonces, la luz. Una luz blanca atravesó la rendija de la puerta, brutal, invasiva. De la nada alguien había encendido el perro sol allá afuera para joder. Me cubrí los ojos por reflejo.

Fue ahí cuando escuchamos la voz. Esa voz. La reconocí al instante, y por la forma en que Aleksei se tensó, diría que la esperaba, aunque no quisiera.

—Sabemos que están ahí dentro, Su Alteza —dijo, sin prisa, con ese tono de autoridad que da ganas de caerle a puñetes—. Es mejor que salgan.

Colona nos había encontrado y no sonaba ni un poquito de buen humor.