Sangre muerta Capítulo 20
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Capítulo 20

Lucas

Intenté no perder la calma, aunque su cara lo hizo casi imposible.

Esa expresión de “te lo dije”, seguro había estado esperando que yo descifrara el mensaje desde el minuto uno, me picó bastante, la verdad.

No era necesario tanto teatro. Aunque, okey, lo entendí.

El golpe no habría sido el mismo si solo me lo hubiera soltado así, sin más.

«Dice “Ven”». Él necesitaba que yo lo sintiera, que me reventara encima igual que un saco de concreto. Whatever.

Ahí estaba, el condenado “ven”, tan simple que daba rabia, pero tan preciso que era imposible hacerme el loco. Un mensaje que no era para la policía ni para Colona ni para mí. Era para Aleksei, solo él podía entenderlo, hasta que decidió que yo también debía verlo.

—Si Dustuyev hubiera tenido más recursos, habría dicho más, quizás —dijo Aleksei, tranquilo, casi triste—. O quizás no. Pero sabía que no tenía tiempo. Creo que él entendió lo que le ocurría. ¿Cómo? No sé. Tuvo que sentir su cuerpo fallar, músculo por músculo, igual que Rad.

Tomó un segundo. Se le notó en la cara, en ese vacío raro que le apareció en la mirada. No recordaba, él lo veía, a su amigo, a Dustuyev. Y, de alguna manera, sin moverse del sitio, se fue a ese instante. Al último momento de vida de su hermano, y habló, su voz llenó el espacio…

Dustuyev bebía su té favorito, Da Hong Pao, después de haberse alimentado. Leía en la sala, sentado en el sofá junto a la lámpara, mientras fumaba un Cohiba Behike 56. Todo estaba en orden. Hasta que algo cambió.

Al principio fue un dolor de cabeza leve, persistente. Después, un sabor amargo inundó su boca, ácido, metálico. El estómago se le retorció. Los músculos comenzaron a tensarse, a fallar. La visión se le volvió borrosa. Igual que Rad.

Un vampiro Antiguo conoce su cuerpo. Sabe que esos síntomas no le pertenecen. Dustuyev lo entendió en segundos, su organismo estaba apagándose.

No era momento para el pánico. Pensó con frialdad. La señal del teléfono era inexistente. Intentó salir de la cabaña, pero sus piernas ya no respondían igual que antes. Podía moverse, sí, pero la velocidad vampírica había desaparecido. Incluso alguien como él sintió miedo. No había escape.

Las manchas negras empezaron a surgir en su piel, pequeñas al principio, luego se extendieron sin control.

Supo que su final era inevitable. Lo único que le quedaba era dejar un mensaje.

Sin señal, la única opción era usar el teléfono fijo de la cabaña.

Levantó el auricular, marcó el 9 seguido por el número de celular de Aleksei.

La línea salía ocupada. Lo intentó otra vez, ahora con el 0. Nada.

“Mierda —pensó—. Lo volvió a cambiar”.

El tiempo apremiaba. Tomó el relicario de plata que llevaba desde hacía más de mil años.

Se quitó el anillo. Vio sus manos entumecerse, oscurecerse.

Con cuidado, colocó el relicario, el anillo y el cenicero sobre la repisa flotante, junto a la puerta.

Uno al lado del otro. Simétricos. Añadió el puro a medio fumar.

Era un mensaje que solo Aleksei entendería.

Luego se abrió los antebrazos con las uñas. La sangre brotó y la esparció por el mueble y el suelo, sin cubrir del todo los objetos. Se manchó las manos y dejó marcas en la pared al igual que salpicones. Tiró un macetero para que se rompiera. Todo debía parecer desesperado. Caótico.

El dolor aumentaba. La parálisis avanzaba. Se cortó de nuevo, más profundo. La sangre ya comenzaba a secarse bajo su piel. El oxígeno le faltaba. Los dedos se le endurecieron. Su cuerpo se disecaba desde dentro.

Llamó al único número disponible, luego colocó el platillo bajo sus pies y lo quebró. Se acostó en el piso. La cucharita la colocó a la izquierda de su cintura. La taza, volcada. No había salvación, lo tenía claro.

Dustuyev esperó. Y cuando llegó el final, su cuerpo terminó de apagarse con la esperanza de que su última acción de vida llegara a su destino.

Una parte de mí creía lo que dijo, la otra no podía callarse, desde luego que no. Mi cabeza siempre necesitaba buscar el jodido “pero” que se me subió a la garganta.

—Okey, digamos que sí, que Dustuyev te dejó este mensaje —le dije, y traté de sonar racional, aunque ya lo racional hacía rato se había ido a la mierda—.

¿Qué te hace pensar que la policía no lo descubrió también?

O sea, la Triple S son por lo visto los Navy Seals con un MBA del FBI, ¿no?

Tecnología, entrenamiento, cerebritos por todos lados, seguro alguien más lo notó.

Aleksei ni parpadeó. La respuesta me la disparó tan rápido que daba miedo.

—No lo hicieron.

—Okey —repliqué, y le puse cara.

—Colona me lo habría restregado —dijo, sin un ápice de duda—. Si lo hubiera encontrado, me lo habría tirado como una bomba. Le encanta lucirse.

Touché. El tipo era puro ego con placa.

Me amarró con la mirada, y me preguntó—: ¿Por qué crees que Dustuyev dejó el mensaje de esta manera?

—¿Te refieres a lo del Morse?

—No solo eso. Me refiero a la sangre —su voz bajó un poco, masticaba cada palabra antes de lanzarla—.

Si esto es de lo que hablamos con Pietro, si de verdad es la sangre muerta que mencioné, o algo similar, entonces no mata así.

Tú mismo lo viste con Rad. Se secó, sí, pero no había el reguero de sangre que hay aquí.

Exhalé lento porque cada vez entendía menos y la cabeza dolía.

—El virus, la toxina, lo que sea —continuó—, coagula la sangre, ennegrece los órganos, los músculos, la piel, todo. No revienta un cuerpo desde adentro. No hace que la sangre salga por los poros, quizás un poco por la tos, pero ya, no por ningún agujero más.

Me miraba. Me sentí tragado otra vez por esos ojos de abismo que no te dejan esconderte ni de tus propios pensamientos.

—Esto —agregó, e hizo un gesto para señalar todo el desastre—, fue intencional. Ya te lo dije. Dustuyev se lo hizo.

—¿Dices que se mató a propósito para dejarte un mensaje? —Me helé al oírme. Sonaba tan absurdo que quise meter la frase de vuelta a la boca. No sé ni porqué dije eso si ya me había contado su teoría de que él mismo se abrió la piel.

Me pasé una mano por la cara, lento.

—No se mató —dijo, con una seguridad irrefutable—. Algo lo mató. Quizás tenga que ver con tu sangre. Lo sabremos, espero. O quizás fue otra cosa, pero él sabía que iba a morir.

Hablaba más para sí mismo que para mí, caminaba lento. Ataba cabos con una imaginación casi ilógica, o quizás no.

—Esos mensajes crípticos que me enviaba en los últimos años —siguió—.

Todo esto debe estar ligado. Descubrió algo.

Algo grande. —Hizo un gesto de fastidio—.

No tuvo tiempo. No creo que tuviera mi número nuevo.

Lo cambio seguido. Por seguridad. Y no lo había visto para darle el nuevo, pensé verlo en la Boda de Sangre.

Se detuvo frente a mí. Me miró. Luego señaló el celular que todavía tenía entre las manos temblorosas. Se lo devolví.

—No le quedó otra que dejarme un mensaje así —continuó—, con la esperanza de que, de alguna forma, llegara a mí.

Solté aire de lo tan imposible y aun así posible del todo que era aquello.

—Quizás pidió hablar con Colona —añadió—, y con eso se aseguró de que le asignaran el caso a él. Sabía que Colona me odia y que usaría su muerte contra mí, las fotos. El escándalo. —Negó con la cabeza—. Me atrevo a decir que lo pensó todo. No esperaría menos de él.

Su voz cambió. Se hizo baja, íntima, de recuerdo.

—Dustuyev no solo tenía esa mente brillante para el conocimiento y lo oculto, también encontraba belleza en todo. Y esto… —abarcó la cabaña con un gesto lento— fue su última obra. Su sangre, su cuerpo, su mensaje, su última jugada. Lo usó todo.

Tuve un leve escalofrío.

—Sabía que lo grotesco distrae a cualquiera —siguió—. ¿Quién demonios se fija en un cenicero, un puro, una taza? A lo sumo dirían: “Ah, estaba fumando, leía y tomaba el té” y pasarían la página. Y sí, capaz sí lo estaba, todo eso. Pero también señalaba otra cosa.

Recorrió la habitación con la mirada, despacio. Sentí que leía un texto escrito en el aire.

—Él dejó algo aquí.

—¿Aquí? ¿Dónde? —pregunté, ahora yo escaneaba la cabaña con desesperación, esperaba que las respuestas saltaran de algún rincón. Pero no. Seguía siendo la misma postal del infierno: mugre, muerte y silencio.

—En cualquier parte —dijo—. Las paredes, el piso, todo lo que ves. Esto no fue accidental. Es un método. Uno que ya habíamos visto antes.

Se quedó quieto. En pausa. Sus ojos parecían viajar por algún recuerdo, seguro rebobinaba siglos de información. Se notaba en la mirada, en el leve temblor de los labios.

—Hace novecientos años —empezó a contar, bajó aún más la voz—, un amigo humano, el duque Knapp, un tipo con mucho poder en la Edad Media, antes de morir se cortó la mano derecha y, con su propia sangre, dejó un mensaje para Dustuyev.

Recordé la película 127 horas, con James Franco, y mi estómago se retorció, pero ujum.

—Dibujó dos círculos entrelazados —continuó—, pero uno estaba incompleto. El cuerpo del duque quedó tirado justo en el centro, la mano amputada colocada boca abajo dentro del círculo roto, atravesada por un puñal.

No sabía si me contaba una anécdota histórica o la versión original de una muerte medieval en la que se pudo haber inspirado George R. R. Martin. Pero yo, callado.

—Me imagino que tú no lo aprecias —siguió Aleksei, con un gesto raro entre admiración real y algo más oscuro—, pero la teatralidad fue extraordinaria.

Ajá. Seguro. «Extraordinaria». Pero dale, sigue.

—Dustuyev lo admiró —reanudó—. Sabía que su amigo no había hecho todo eso solo por drama. Investigó. Habló con sirvientes, conectó hechos. Al final, entendió lo que Knapp quería decirle. ¿Puedes imaginar qué?