Capítulo 19 #3
—No pudo llamar a nadie más —dijo—. Esta cabaña es una trampa.
La palabra trampa cayó y sonó a conclusión.
Se quedó quieto, miraba las paredes, el piso, el aire. Los engranajes de su cabeza giraban a toda velocidad. Podía verlo, sentirlo. El tipo procesaba algo más grande de lo que yo podía siquiera imaginar.
—¿Pasó algo? —pregunté, porque el silencio me carcomía por dentro.
—No estoy seguro —contestó, y la frase quedó colgada en el aire, misteriosa igual que todo lo que decía. Pero su cara también habló. Algo no le cuadraba. Y cuando a un vampiro de más de dos mil años algo no le cuadra, eso nunca es buena señal.
De pronto, se lanzó a registrar la cabaña, era un torbellino. Cajones, armarios, estanterías. Abría, cerraba, revisaba. Todo a una velocidad que mareaba solo de verlo.
—No hay nada para escribir —suspiró, frustrado.
Sin pensarlo más, se tocó la punta de los dedos con las uñas de la otra mano.
La piel cedió fácil y las gotas de sangre negra empezaron a brotar.
Me dio cosita. Descolgó un cuadro viejo de la pared más grande de la cabaña y empezó a marcar puntos y rayas sobre el muro, con su sangre.
No me tuvo que explicar nada. Lo entendí al instante.
—En serio no tienes que hacer eso —susurré, asombrado—. El celular tiene notas
Me ignoró. Obvio.
En menos de un minuto, Aleksei había trazado toda la tabla Morse en la pared. Puntos, rayas, y las letras del alfabeto al lado de cada símbolo. Un abecedario completo escrito en sangre negra. Muy normal. Muy sano todo.
—Okey —suspiré.
Aunque en verdad lo que quería gritarle era: «¿Ustedes los vampiros no tienen otro método? ¿Todo tiene que ser con sangre, full versión creepy old school?». Pero me lo tragué. No estaba para discutir. Y además, él, vampiro ancestral. Yo, humano agotado.
—Te dije que lo aprendí de memoria por él —añadió, sin mirarme.
Claro. Yo, si hubiera aprendido algo así en la escuela, ya lo habría olvidado después del primer examen. Pero ese Dustuyev parecía ser de otra liga, y Aleksei… era Aleksei.
—¿No hubiera sido más fácil que tú me dijeras qué dice el mensaje? —pregunté.
—Necesito —me cortó, tajante, sin dar espacio al debate— que seas tú quien lo descifre. Solo así vas a creerlo. Ahora, empieza.
Exhalé largo, un suspiro de estrés.
Me acerqué a la pared. Abrí la app de notas de su celular, porque sí, porque yo soy siglo XXI metido en un cuarto que olía a siglo XIX sangriento. Mis dedos temblaban tanto que por poco lo dejo caer. Respiré hondo y me enfoqué.
Empecé a comparar lo que veía en las fotos con los símbolos en la pared.
El anillo, el relicario, el cenicero, por ejemplo, sobre el estante, los tomé como puntos y el puro al lado, horizontal.
Eso lo tomé como una raya. Después me fui a la tercera foto, bajé la mirada al plato a los pies, punto.
La cucharita, raya; la taza volcada, punto.
Uno por uno anoté. Concentrado, full en modo de fin de semestre. Luego agrupé todo. Empecé a sacar las letras, comparaba cada símbolo con la tabla que Aleksei había pintado en la pared.
Cuando terminé el frío me subió por los brazos. Las manos me sudaban. Juré que la sangre de mi cuerpo había decidido hacer una salida dramática y dejarme ahí, hueco, hecho una cáscara. Se me erizó hasta el alma. Y sí, eso también se puede erizar, si descubre algo así.
Ahí estaba la palabra en la pantalla del celular. Primero en Morse:
…— . —.
Después abajo, en español. Tan simple, tan clara.
—No puede ser —se me escapó sin darme cuenta.
Por supuesto, él me escuchó. No dijo nada, solo me miraba. Esperó. Dejó que la palabra me perforara el cerebro primero antes de que él moviera un músculo. Me dejó cocinarme en mi propia realización.
Volví a mirar la pantalla, porque, no sé, quizás si la miraba otra vez el mensaje habría cambiado a otra cosa, ¡cualquier cosa! A “perdón”, “ayuda”, “corre”. Lo que fuera. Pero no.
Seguía ahí.
VEN
¡Dustuyev había dejado un fucking mensaje!
Un mensaje escondido entre sangre y Morse.
Un mensaje hecho para los ojos de alguien que lo conocía de verdad.
Supe con claridad que Aleksei lo había entendido desde el primer momento en que vio las fotos.
Que lo había guardado, masticado y tragado en silencio, tan típico de él.
Colona, ¡obvio!, jamás lo habría notado. Para él era solo una escena del crimen. Para Dustuyev, era una última conversación. Para Aleksei, era una orden.
No justifico la violencia, ni de lejos. Pero entiendo que alguien, en medio de lo que vivía Aleksei, pudiera sentirse tensado y al borde del precipicio mental todo el tiempo.
Intenté abrir un poco la mente, de convencerme que, tal vez, estar de su lado no era solo por salvar mi culo, sino también por él.
Por su cabeza, por ayudarlo a no romperse del todo.
El peso de ese “ven” me cayó encima porque no era solo una palabra. No era un simple “ven”. Era un grito, un llamado, un ruego. Una última jugada desesperada de alguien que ya no tenía aire y aun así encontró la forma de hablar.