Sangre muerta Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Él no dijo nada. Solo me miró. Su manerita de decirme que siguiera. Pasé a la tercera.

Esa me costó. Foto desde arriba. El cuerpo entero, boca arriba, seco. Y el charco de sangre alrededor, húmedo, brillante. La mancha oscura de eso seguía ahí, en la cabaña, con nosotros, en el piso, una cicatriz infectada.

—En la tercera… —logré decir—, aparte del cuerpo…

—Olvídate del cuerpo —me interrumpió—. ¿Qué más ves?

—A sus pies, —dije—, en el piso, hay un platito redondo, resquebrajado, ¿de té?

Ni siquiera estaba seguro, pero él asintió. Bien, punto para mí.

—Más a la derecha, a la altura de su cintura, una cucharita, acostada, horizontal. Y debajo, un poquito más allá, parece una taza volteada.

—Detente —dijo de golpe, y alzó una mano.

Paré. Juraría que Aleksei tenía algo parecido a una sonrisa. Muy pequeña, casi un tic. Pero estaba, la vi. Eso me dio algo de gasolina.

Me miraba con interés. Parecía que intentara meterse directo a mi cabeza. Incómodo se quedaba corto. Sus ojos eran un abismo. Relucientes, hondos, perfectos. «Qué ojazos».

—Lo has descrito de manera impecable —dijo, con pausa—. Ahora, si tuvieras que reemplazar todos los objetos por formas básicas, símbolos simples, ¿cuáles serían?

Ahí fue donde mi cerebro se fue a la mierda. ¿Formas? ¿Símbolos? ¿Geometría?

—¿Formas? —repetí, medio aturdido. Había entendido. Solo que me costaba creer a dónde quería llevarme.

Volví a pegar la mirada en las fotos. El sudor me corría por la nuca, pero no era el calor pegajoso de este país.

Eran los nervios, el miedo, la presión de tener un examen sorpresa donde sabes que la respuesta está ahí y tu cerebro decide hacerse el huevón.

Mi mente corría en círculos, un fucking hámster en crack. Entonces se me encendió el foco.

El puro. El platito. La cucharita. La taza volteada.

El anillo. El relicario. El cenicero. Las piezas se me acomodaron por una mano invisible que de repente giró el rompecabezas en la dirección correcta.

No sé si era genialidad o puro delirio, pero lo vi.

O creí verlo. Las formas dejaron de ser objetos.

—¿Puntos… y rayas? ¿O círculos y líneas? —me atreví a decir, la voz temblaba igual que mis dedos que sostenían el celular. No me sentía inteligente. Me sentía al borde de cagarla épicamente.

Aleksei asintió, esta vez no dudó, no corrigió nada. Esperaba que yo mismo lo dedujera. Yo, por mi parte, seguía sin entender una mierda, pero al parecer había dado con algo importante.

—En el siglo diecinueve —arrancó—, dos hombres cambiaron el mundo.

Tenía tono de profe pana, del que explica sin humillarte, que hasta ese momento no sabía que le quedaba tan natural.

—Inventaron el telégrafo —dijo—, y crearon un sistema de puntos y líneas para transmitir mensajes. En 1844, enviaron el primero.

Por un segundo, y solo por uno, su cara de mármol se ablandó, no mucho, pero lo suficiente para verse… humana. Vulnerable, incluso.

—Dustuyev —continuó—, pese a que vivía retraído y distante, estaba fascinado con esa tecnología. Lo recuerdo bien. Amaba el progreso, las mentes brillantes, la evolución humana. Admiraba a los humanos más de lo que ellos se admiraban a sí mismos. Así era él. Nunca se sintió por encima de nadie.

Hizo una pausa nada teatral, dolida. Parecía ver a su amigo, allá atrás, parado en su memoria, y seguro era tan vívido que eso le sacó una sonrisa.

—Había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos —siguió—, pero un día apareció y me arrastró a conocer a Samuel Morse y Alfred Vail. Decía que ellos eran auténticos visionarios. Y terminé aprendiendo el código Morse por Dustuyev. Para él, era el idioma del alma.

Paró a mirarme. Su manera de verificar que aún prestaba atención. Maybe.

—Lo usaba todo el tiempo —dijo—. Varias veces me dejó mensajes en clave Morse solo por diversión. Cuando estábamos donde Pietro mencioné que él amaba todo lo que fueran códigos, símbolos, mensajes ocultos.

Yo lo escuchaba con el cuerpo en alerta máxima. Cada frase me enganchaba más. Y me dejó claro algo: Dustuyev no improvisaba. Era despierto y metódico. Y ahora, por lo visto, su cadáver nos gritaba algo desde el más allá.

—¿Quieres decir que esto —se me quebró la voz mientras señalaba las fotos, y es que en ese instante el celular era el culpable de mis problemas—, el puro, el relicario, el anillo, todo eso? ¿Esto es un mensaje?

Aleksei me miró con un gesto de paciencia peligrosa que no calmaba a nadie. Volvió a señalar el celular.

—¿Por qué no lo averiguas tú mismo? —dijo, porque claro la respuesta estaba escrita en neón frente a mí y yo era el único que no la veía—. Sigue el patrón. Reemplaza los objetos por rayas y puntos. Busca lo que ves. Sugiero que empieces con la foto dos y pases a la tres.

El celular, cierto. Sonreí con la fe del tonto optimista y abrí el navegador para buscar el código Morse.

Nada. Cero. Ni una barrita de señal. Ni el Wi-Fi de Dios llegaba ahí. Este lugar estaba tan metido en el culo del mundo que hasta las ondas de radio se perdían. Ya me había pasado cuando vine la primera vez y aun así creí que sí iba a funcionar. Genio.

—No hay señal —dije, levanté el celular porque según yo eso explicaría el temita.

Aleksei murmuró algo, bajo, pero lo escuché claro.

—Ahora entiendo por qué no pudo llamarme. —Alzó la vista—. Sin señal, ¿cómo iba a hacerlo?

Caminó hacia el único teléfono de la cabaña. Uno fijo, viejo. De los beige que mi mamá todavía se niega a botar porque “sirven para emergencias”. Al lado, pegado con cinta, había un papel plastificado con un solo número escrito a mano, el de la Triple S.

Me lo mostró, la voz se volvió más baja, quizás ya acabó de encajar a la fuerza las piezas de un rompecabezas mucho más grande.