Capítulo 19
Lucas
Salimos de inmediato. Ya era la tarde. En la carretera, el miedo y el cansancio me pasaron factura. Me quedé dormido. Cuando Aleksei me despertó, el sol ya estaba por esconderse. Sentí que había estado fuera cinco segundos y cien años al mismo tiempo. El cuerpo en low battery mode.
Parpadeé para despejarme, intentaba regresar al mundo, y entonces vi dónde estábamos. El Rolls, con toda su gloria millonaria, entraba a un camino de tierra, rodeado de árboles. Era oscuro, el carro era negro. Tema resuelto. Camuflaje nivel Batman. Ni con binoculares. Ujum.
Cuando apagaron el motor, Aleksei me miró con esa calma que me ponía los pelos de punta. Nunca sabía si era paz o si ya planeaba algo heavy. Siempre parecía tranquilo.
—Es mejor dejar el auto aquí —me explicó, quizás pensaba que yo no sabía cuánto era dos más dos—, para que nadie note nuestra presencia. La cabaña está al otro lado del bosque. Tendremos que ir a pie. Pero esperaremos a que oscurezca.
Eso me dejó fuera de base. Mi cerebro dijo «¿perdón?» y mi boca no se quedó callada.
—¿Qué? —grité en un susurro, que sonó más patético de lo que quería—. ¿A pie? ¿De noche? Es agosto, la humedad aquí no es normal, hace un calor de mierda y, tras de eso, nos puede salir cualquier cosa.
—Lucas —usó su voz de jefe, de los que no aceptan quejitas—. En Panamá siempre hay humedad y siempre hace calor. —Suavizó el tono—. Cálmate, porque, además, ‘a pie’ para un vampiro no es lo mismo que para un humano.
Eso lo entendí un momento después que vi a los dos gorilas recibir las últimas instrucciones.
Eran soldados listos para una operación y había algo en la forma en que Aleksei se movía y hablaba, que me recordó a un general…
o a mi papá, en sus días serios. Tal vez era la manera de dar órdenes, sin gritar.
Aunque claro, mi papá no tenía six pack, ni cara de #instamodel, ni aura de realeza inmortal.
Mi viejo era calvo, barrigón y usaba lentes.
Sí, sí, mi viejito era todo lo opuesto a un galán, pero lo que no tenía en físico le sobraba en lo amoroso. Uff.
Había algo en ese vampiro que hacía que no pudiera despegar los ojos de él.
Yo, city boy, plantado en medio de una selva oscura —okey, seguro que solo era monte, y ya, pero a mí me era full tétrico—.
Se hizo de noche y vi la luz de la luna colarse entre las ramas solo para iluminarle la cara.
Hasta ella parecía entender que ese tipo era el que mandaba, con su main character energy.
Me quedé viéndolo y, bueno, sí, yo babeaba. Más de la cuenta. Me cazó al vuelo. Nuestros ojos se cruzaron. Fue rápido, pero juré que vi algo. ¿Duda? ¿Nervio? Nah. Seguro era mi cerebro dopado por el miedo, el insomnio y la montaña rusa emocional que jugaba conmigo desde hacía horas. Clásico Lucas.
El plan era cruzar el bosque. No cruzarlo tipo senderismo romántico con mochilita, linterna y luciérnagas. El plan real era simple y humillante, yo me subiría a su espalda y él haría todo el trabajo. Yo, convertido en la mochila humana de un vampiro príncipe.
No tuve tiempo ni de acomodarme bien cuando, en un parpadeo, arrancó. Y volvió ese vértigo raro, esa sensación de tiempo y espacio comprimidos que ya había sentido en su casa donde el mundo se hizo un embudo y me tragó.
No sé cuánto duró. ¿Treinta segundos? ¿Un minuto?
¿Cinco? Ni idea. Fue tan raro y tan rápido que mi cerebro no procesó nada, aun así, una parte muy estúpida de mí pensó que debería haber sido más lento.
En cuanto me escuché pensar eso, me reí.
Sí, me reí de mí mismo, porque soy un idiota con conciencia de ello.
Cuando llegamos, la cabaña estaba ahí, escondida, lejos de todo.
Al verla, lo primero que me vino fue un autoreclamo violento, yo vine hasta aquí solo, en un Uber de Plasma Corp.
¿Qué mierda pensaba? Okey, este trabajo siempre es riesgoso, pero esto rozaba lo absurdo.
Ni después de ver Dahmer en Netflix aprendí algo.
Cero instinto de supervivencia. Cero amor propio.
El lugar estaba acordonado con esas cintas amarillas de escena del crimen. Nos escabullimos entre las sombras y él logró abrir la puerta. El aire adentro olía a viejo y a encierro, a madera húmeda, sangre y polvo acumulado.
Cada crujido del piso me sacudía los huesos.
Lo único que se me ocurrió fue correr las cortinas, pero eran tan delgadas que igual dejaban pasar la luz de la noche.
A Aleksei no parecía importarle que nos vieran desde afuera y encendió una lámpara.
La cabaña era más grande de lo que la recordaba, no sé por qué.
Con ese techo tan alto que podría caber otro piso encima sin problema.
Pero él estaba concentrado en el desastre del lugar.
Y cuando digo desastre, no hablo de platos rotos o sillas caídas. Esto era una porquería.
Había sangre seca por todos lados. En el piso, en las puercas paredes. Y otra vez pensé: vampiros. La escena era un cuadro de horror abstracto, un Pollock hecho de huellas, salpicaduras y manchas oscuras.
Lo peor estaba en el centro, una mancha negra y enorme. Justo donde encontraron el cuerpo. Las fotos que vi antes no le hacían justicia.
Se me erizó la piel. ¿De verdad mi sangre pudo causar esto? Con Rad no fue así. No pude evitar imaginar la cara de Dustuyev. Si aquello le había dolido la mitad de lo que parecía, fue una tortura lenta y cruel. Y el tipo, ¡mierda!, me trató bien, fue paciente y amable.
Y existía la posibilidad, muy posible, de que lo provocara yo. ¿Pero cómo?
Aleksei no decía nada, pero el cuerpo lo delataba.
Hombros tensos, mandíbula rígida, la postura de alguien que carga el peso del universo.
Si ese cadáver había sido su amigo ahora entendía su cara desde el minuto uno.
Con más razón comprendí por qué querría arrancarme la cabeza, aunque dijera que primero buscaba respuestas.
Si yo fuera él no sabría cómo reaccionar a tanto.
Él empezó a inspeccionar. A ver, inspeccionar es un decir.
Caminó por la cabaña, solo miraba, quizás sus ojos eran rayos X, no sé.
No levantó un cojín, no abrió un cajón, ni siquiera movió un papel.
Solo observaba todo y luego miraba su celular, para comparar, supongo, con las fotos que tenía. Para él, seguro, con ver bastaba.
Yo, en cambio, no entendía qué esperaba encontrar. Yo, harto de esa cabaña, de las manchas de sangre, del olor, de la culpa que cargaba igual que un demonio adherido a mi espalda, de todo.
Así que hablé.
—La policía debió haberse llevado todo lo que encontraron aquí. —Lo solté como si le explicara lo obvio a un niño.
Ni pestañeó. Siguió en su trance de observación.
—No entiendo qué esperas encontrar —insistí.
Sin decir nada, me lanzó su celular. Fue tan inesperado que tuve que hacer un malabar patético para atraparlo. Lo agarré, pero la dignidad murió un poquito en el intento.
Lo sabía, ahí estaban las fotos. Las fotos.
—¿Qué hago con esto? —pregunté, ya medio harto, con el teléfono en la mano.
Aleksei se giró y exhaló. Me miró, serio.
—¿Qué ves en la primera, en la segunda y en la tercera foto? —preguntó.
Su tono era más duro que nunca.
Bajé la vista al celular. Las fotos ahí, tan espantosas, las manchas, la sangre, el cuerpo tieso, ennegrecido, igual que un tronco carbonizado. Para mí era eso, sangre, mucha, y un vampiro muerto.
Eso le dije con voz amable, muy amable, porque hasta en ese momento, con el miedo y la culpa que me mordían el pecho, no quería ser el imbécil que no entiende nada.
—¿Qué más ves? —insistió.
Esta vez su tono había cambiado. No era de orden, ni de interrogatorio. Intentaba empujarme, animarme, o manipularme. La línea era tan delgada que ni yo sabía en cuál lado estaba parado.
Me obligué a mirar bien, a analizar. Acerqué la pantalla a mi cara, repasé cada foto una, dos, tres veces.
Mi cabeza se había convertido en un episodio de los Thundercats.
Me sentí Leon-O cuando activaba la espada del augurio y buscaba ver lo invisible.
Sí, referencia old school, lo sé. De nuevo culpo a mi papá que todavía pone sus comiquitas.
De niño me sentaba con él y yo fingía que no me gustaban, por joder.
En verdad las amaba. He-Man con sus calzoncillos de pelo y piernas de cromañón incluidas.
Todo mi cuerpo me gritaba: «No la cagues, Lucas. No digas una estupidez. No ahora». Así que, aunque me sentía un completo payaso, hablé.
—Okey. La primera y segunda foto son de ese estante —dije y señalé el estante flotante a mi lado.
Me acerqué un poco, quizás eso me daría puntos extra.
—Misma escena, ángulos distintos —seguí—. La primera está más de frente, en diagonal. Se ve más pared que otra cosa. La segunda sí está desde arriba. Entonces se ve todo lo que hay sobre el bendito estante.
Suspiré.
—De izquierda a derecha, veo un anillo de oro.
Y un… —me quedé mirando, forcé los ojos— no sé qué es.
Parece un relicario de plata, circular. Y un cenicero chiquito, redondo, de vidrio, lleno de cenizas.
Están uno al lado del otro, bien puestos.
Simétricos. Algo sucios por la sangre, el estante también.
Bajé la mano, volví a la foto.
—Y detrás, en la pared, más sangre —agregué—. Marcas de dedos, arrastradas. Da la impresión de que se hubiera apoyado ahí, así con la mano abierta, y hubiera dejado la pared pintada.
Escupí todo eso y sí, me sentí de lo más idiota. Pero Aleksei no se burló.
—Bien… ¿Qué más? —su voz seguía baja, pero sólida, era un metrónomo, el del profe de música. Tic, tic, tic. No me dejaba salir de ritmo.
«Mierda, ¿más?». Me picaba la nuca, por dentro, porque me tenía al borde del colapso.
«Vamos, Lucas, sigue». Volví a la foto.
—Al lado de los tres objetos hay… —me quedé pegado a eso—. Es un puro, a medio fumar, acostado. Horizontal.
Hice zoom mental. Ni que eso existiera. Miré más abajo.
—También hay cosas rotas en el piso, no se ven bien. Pedazos cerca del estante.