Sangre muerta Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Escucha, Lucas —dijo, tranquilo. Ese tono suave, casi cuidadoso, que usan los que saben que tienen poder—. Necesito… Quiero pedirte disculpas. Por el ascensor, por lo que hice ahí. No fue mi intención asustarte. No estuvo bien. Todo esto ha sido difícil de asimilar.

Se detuvo un segundo y me buscó los ojos. Por un momento creí que venía otro sermón vampírico. Pero no, esta vez lo soltó de frente, sin adornos.

—Me dejé llevar y dudé de ti. Y para ser honesto, no sé si he dejado de dudar. Pero quiero entender la verdad.

No dije nada. Sí, tenía mil cosas que escupirle en la cara, pero el nudo en la garganta me las bloqueó todas.

—Cuando Dustuyev murió —siguió—, sentí que todo lo que yo era dejó de servir. Que lo que creía entender se deshizo y no pude hacer nada por ayudarlo. Y tú estabas ahí, en el centro de todo. No sabía si eras una amenaza, un error. O un chico asustado que no supo cómo terminó metido en esto.

Apreté los puños, y me sentí vulnerable. No en ese sentido incómodo de cuando alguien te desnuda con la mirada. Sino de esa forma que da rabia, porque lo que decía era verdad, tenía sentido.

—No hago esto por causarte daño o porque piense que eres culpable —dijo—. Aún no. Pude haber dejado que te llevara Colona. No lo hice porque quiero llegar a la verdad. Y porque quiero creer en tu inocencia.

Ahí se quedó, me miraba y esperaba. Ahora era mi turno. Pero yo no tenía nada para darle. Yo seguía igual, me faltaba el aire, tenía el estómago vuelto mierda y ese miedo incómodo que ya casi me había acostumbrado a cargar, que era otra pieza más de mi outfit.

—¿Y ahora qué? —le dije al fin. Sabía que estaba bajo la lupa de un príncipe vampiro que, okey, no me odiaba, pero tampoco estaba seguro de confiar en mí—. ¿Quieres que te disculpe? ¿Que confíe en ti sabiendo que tú no confías en mí?

No se rio, no se molestó, solo asintió, quizás entendió que eso era lo máximo que iba a sacar de mí por ahora.

—Necesito que creas que quiero resolver esto —aclaró—.

Que vengas conmigo a la cabaña porque quizás haya algo que solo tú puedas notar.

Un detalle mínimo, insignificante para ti, pero clave para nosotros.

—Se puso de pie, sin dejar de verme a los ojos—.

Lo que pasó contigo, si en verdad tu sangre lo causó, no es normal. Creo que lo entiendes.

Eso lo tenía súper claro. No había duda.

—¿Y si no quiero ir? —pregunté, no por desafiarlo, solo por saber.

—Iré solo —respondió—. No te obligaré. Pero tal vez dejemos pasar una oportunidad para entender todo esto. Y créeme, Lucas… si no lo descubrimos nosotros, alguien más lo hará. Y ahí todo puede irse al diablo. No te llevaría si pensara que no sirve de nada. Y no te pondría en riesgo por capricho.

Lo dijo firme. No sonó a amenaza. Era peor, sonaba a advertencia.

—No necesito que recuerdes todo —remató—. Solo que estés ahí. A veces el cuerpo recuerda cuando vuelve al lugar.

Mi cabeza latía y el nudo en el estómago seguía ahí, más apretado, terco.

—Quiero saber algo —le lancé, sin darle espacio para que siguiera—. Cuando oliste mi sangre, ¿qué sentiste? —Le sostuve la mirada—. Algo cambió en ti. Todo tú cambiaste conmigo. ¿Qué notaste?

Bajó un poco los ojos, parecía que le costaba masticar la respuesta.

—Ayúdame a entender —dijo al final, con un suspiro largo—. Es todo lo que puedo pedirte. Nadie te va a obligar a nada, pero si vienes conmigo, te prometo que haré todo lo posible para protegerte. Ni la Triple S, ni nadie, te tocará.

Extendió la mano, despacio, abierta. Fue solo eso, una mano.

—Tú decides. Pero el tiempo no está de nuestro lado.

El silencio que siguió se estiró hasta doler.

Yo sentado, me tragaba un aire cargado de preguntas, de esa sensación horrible de no saber en lo que me metía.

Pensé en mis papás. En Bandhu. Pensé en Rad, su cuerpo tirado junto a la piscina.

En Dustuyev, su cadáver en esa cabaña. Y en que, si yo quería tener una vida medio normal, lo mejor era “entender” qué diablos pasaba. Y hablé:

—Está bien. Vamos.

No le di la mano, no podía, no todavía. Necesitaba más tiempo para eso. Para confiar. Para todo esto.

Pietro, que había regresado hacía un ratito y obvio no se había desconectado ni un segundo de la telenovela, me puso el vaso con jugo en la mano y unas pastillas en la otra, y se rio. Una risa corta, seca, de alguien que suelta un chiste en mitad de un funeral.

—Me gusta este chico —dijo—. Tiene agallas.

—Y miedo —añadió Aleksei—. Y eso es normal. Debería tenerlo. Quizás eso lo mantenga vivo.

«Genial. Súper alentador. Gracias por ese TED Talk, Su Alteza», pensé, pero me lo tragué con el jugo y las pastillas.

—Te harán sentir mejor —dijo Pietro, que me veía beber el jugo—. Tienen hierro, ácido fólico y vitaminas. Supongo que, por tu tipo de sangre, tienes una anemia leve. Esto ayuda, por si no trajiste tus suplementos.

Por Dios. Con todo esto se me habían olvidado mis pastillas. Y sí, el vampiro tenía razón. Tengo anemia leve, nada grave, pero con mis suplementos todo bien. «Piensa en todo».

—No te preocupes, Lucas —siguió Pietro, sé que trataba de aflojar el nudo en el ambiente—. Aleksei siempre ha sido así, áspero, pero en el fondo, allá bien al fondo, es un osito de peluche.

Aleksei ni parpadeó. Solo le lanzó una mirada que decía «cállate» en idioma vampírico.

Pietro, cero intimidado, miró a su amigo otra vez y remató, ya más serio—: Debemos entender qué le ocurrió a nuestro amigo. —Respiró hondo—. Y espero que Dustuyev se haya reencontrado con su amada Collette. Quizás eso es lo único bueno en todo esto. Esa esperanza.

—¿Quién es Collette? —pregunté. Se me salió.

Se miraron. Fue un cruce rápido, casi invisible, pero pasó. Algo se crispó en el aire. Aleksei ya había decidido no decir nada, lo vi en su mandíbula apretada. Pietro, en cambio, me sostuvo la mirada un segundo más de lo normal. Y supe que él sí. Él sí iba a hablar.

—A “Al” —dijo, con una sonrisa ladeada—, no le gusta hablar de esto. Pero me da igual.

Arrastró una silla con ruedas y se sentó a mi lado.

—Collette fue el gran amor de Dustuyev. La encontró cuando ella estaba al borde de la muerte. Literalmente. Su creador la dejó tirada. —Hizo una pausa—. Cuando Dustu la vio así, débil, rota y encima hermosa…

—Mmm —gruñó Aleksei, sin mirarlo.

—Vamos, Aleksei —le tiró Pietro—. Sabes que sí. Si hubiera sido fea, la deja ahí. Era bella.

Aleksei volteó la cara, Pietro volvió a mí.

—La cuidó. La sostuvo. La trajo a la vida —continuó—. Para no aburrirte, pasaron cosas y se enamoraron. Ahí fue cuando la conocimos nosotros, por accidente casi, porque Dustuyev siempre fue de los que comen callados. —Tragó saliva—. Y después, pasó lo que pasó.

—¿Qué pasó? —pregunté, inclinado hacia delante sin darme cuenta.

—La inquisición de los impuros —respondió Pietro, su tono fue de muerte.

Las palabras cayeron pesadas, sentí que la habitación se apagó.

—Los altos dignatarios —siguió—, el Consejo. Firmaron la sentencia.

—Pietro… —Aleksei iba a frenarlo, pero me le adelanté.

—¿Qué son los “impuros”? — pregunté.

Pietro apoyó los codos en las rodillas.

—Vampiros de octava o novena generación —dijo él—. Sangre demasiado diluida, demasiado lejos del origen. Más instinto, menos control. Se les iba la mano. No respetaban acuerdos, ni las reglas, ni humanos, la sed mandaba.

—¿Y Collette era así? —dije—. ¿Eso dices?

—No —saltó Aleksei. Su voz cortó en seco—. Nunca lo fue.

Se dignó a mirarme por fin.

—Dustuyev le enseñó a controlarse —dijo—. A elegir sangre animal. A no perderse. Le dedicó tiempo, paciencia… amor. —Hizo una pausa—. Pero había que frenarlos. Eso dijeron. La decisión fue unánime. Y la ley no hacía excepciones. Destruirlos.

Se alejó de nosotros, pensé que iba a seguir hablando, pero no. Tan solo nos dio la espalda.

—Tan pronto la orden se hizo efectiva —retomó Pietro—, Dustuyev huyó con Collette. Vivieron escondidos, cambiaban de lugar a cada rato. Él la cuidaba mucho, del mundo entero para que nadie se la arrancara. La amaba así, sin freno. De verdad habría muerto por ella.

Se pasó la mano por la nuca.

—Y cuando pasó —soltó aire—, pasó rápido. Él no estaba con ella. Regresó y la encontró decapitada. El corazón… —Hizo un gesto vago, no quería decirlo—. Nadie supo cómo dieron con ella. Ni con los otros impuros.

—Basta —dijo Aleksei.

—Último punto —respondió Pietro porque el chisme se cuenta completo o no se cuenta—. Dustu no volvió a ser el mismo. Algo se le rompió.

—La inquisición fue detenida —dijo Aleksei.

—Sí —habló Pietro—, pero ya habían matado a muchos.

Volcó su atención a mí otra vez.

—Después crearon leyes para “enseñar” a los impuros a comportarse —dijo Pietro—.

Y junto a la Inquisición vino el Edicto Prohibitivo de Prole.

Nadie puede crear vampiros sin aprobación del Consejo.

Todo lo posterior es ilegal. Mortal. —Se inclinó hacia mí y bajó la voz—.

Aunque ya sabes, la gente se pasa las leyes por el…

—¡Pietro! —lo cortó Aleksei, sonó a advertencia de padre.

—Okey, okey. —Pietro levantó las manos—. El punto es que Dustuyev nunca salió de ese hueco. Por fuera parecía funcional, pero —negó con la cabeza—. ¿Quién supera algo así?

Se quedó callado un momento.

—Solo quería ver a Aleksei —agregó—. Y ni eso duró. Poco a poco se fue alejando. Hasta que se fue al Amazona. Y ahí quedó.

Nadie habló más. Yo me quedé sentado, el vaso apretado entre los dedos, con esa historia clavada en el pecho. Y ahora más que antes me sentía igual que un accesorio en esta misión suicida. ¿Ir con él? Claro. Total, ya estaba metido hasta el cuello. ¿Qué otra opción tenía?

Me tragué el resto del jugo, sabía amargo, a derrota, y levanté la vista.

—Ok —dije, más ronco que valiente—. ¿Cuándo salimos?