Capítulo 18
Lucas
El momento se quebró cuando sonó el celular de Pietro. Ese timbre, en un lugar así, en un momento como ese, fue lo mismo que un portazo. Todos miráramos el cochino teléfono. Él vio quién llamaba y contestó de una, sin pensarlo.
—¡Sebastião! Fala, meu amigo, tudo bem? —dijo Pietro con un tono de charla de fútbol, aunque Aleksei rodó los ojos—. Justo pensaba llamarte… Treinta años es demasiado tiempo… ¿Ah, sí?… ¿Quieres decírselo tú? Está aquí conmigo. Te pongo en altavoz.
Aleksei no parecía contento. De hecho, su cara fue un poema. La de alguien que preferiría desaparecer antes que hablar con quién sea que era ese Sebastião.
—Habla, Sebastião —soltó Pietro, y presionó el botón de altavoz. Y le metió un tono seco, para dejar claro que no estaba para jueguitos—: En castellano. No estamos solos.
Ahí entendí por qué hablaban en español desde el principio. Para que yo entendiera todo. No sabía si era cortesía, educación vieja o una estrategia vampírica donde cuentan lo necesario para que yo no terminara colapsado por la incertidumbre. ¡Qué sé yo!
—¡Aleksei! E aí, meu amigo! —la voz de Sebastião sonaba suave, melosa, con un español cargado de acento, pero amable, de los que caen bien—. Me llamó Lindel, de la Triple S. Preguntó por ti, que si sabía dónde estabas. Que era urgente.
Aleksei apretó la mandíbula. Pietro lo miró y le hizo un gesto para que se calmara.
—Le dije que no sabía nada y hasta ahí lo dejé —continuó Sebastião—. Supuse que si alguien sabía, era Pietro. No les dije eso, claro. Así que, querido, ¿en qué lío andas metido? ¿Qué les hiciste a los humanos llorones?
«¿Humanos llorones?». Qué mierda le pasa a este vampiro pendejo. Obvio, eso me lo tragué.
Aleksei, que hasta ese segundo había estado algo tenso, respondió con una calma que daba miedo. Esa calma que tienen los que están acostumbrados a lidiar con bombas a punto de explotar.
—Ahora no puedo decírtelo, meu amigo —dijo con una voz medida, casi actuada—. Pero cuando llegue el momento, te lo haré saber. Solo te pido que no le digas a nadie que hablamos.
Se detuvo ahí, ese microsegundo exacto cuando alguien mide sus palabras antes de soltar la bomba.
—Sé que esto podría meterte en problemas —continuó, bajó la voz leve—. El acuerdo entre las familias es claro: trabajar en armonía con la Triple S, por el bien de todos. Pero hay cosas que necesito entender primero. Precisamente por el bien de todos.
Otra pausa más difícil de manejar, más cargada. Era un maestro de los silencios.
—Sé que la casa Brigdet es estricta —siguió Aleksei—. Pero te pido que no digas nada a los príncipes, ni a los altos dignatarios. Y menos a la reina Ágatha.
Ese nombre cayó y todo se puso raro. Pietro no dijo nada, pero se le tensaron los hombros. Yo no sabía quién carajo era la reina Ágatha, pero si Aleksei la mencionaba así era una red flag gigante, ¿no?
Qué nervios ser el espectador accidental de la telenovela vampírica más rara de la historia. No sabía si estaba más intrigado o cagado del susto. Okey, las dos.
—Imaginé que diría algo así, Su Alteza —respondió Sebastião, con tono tranquilo de quien ya lo veía venir—.
Odio las reglas. Si necesitas que guarde silencio, así lo haré, amigo mío.
Solo llamé para avisarte que te buscan, y que ya están preguntando a las familias.
Si contactaron a la mía, la tuya ya debe saberlo.
Hubo otra leve pausa. Ese man sabía dosificar la información igual que una tortura china.
—Hay algo más —dijo Sebastião—. Circulan videos de tu fiesta y de la muerte de un tal Rad. En chats y medios nadie sabe con certeza qué pasó. ¿Tú viste qué le ocurrió?
Pietro y Aleksei se miraban cargados de hartazgo por las preguntas. Parecían querer prender fuego al teléfono.
—Dicen que ocurrió justo después de alimentarse —siguió Sebastião—. Pero nadie comprende nada.
Aleksei ni pestañeó.
—Lo único que te puedo decir es que la Triple S lo investiga —cortó, con un tono que cerró el tema con llave y candado—. No tengo más información.
—Comprendo, Su Alteza —respondió Sebastião, cordial, educado, suavecito—. Si tú, querido amigo, estás tranquilo, no debe ser algo sobre lo que haya que alarmarse.
«Ajá ¿y qué más?».
—Aunque la muerte fue horrible —añadió Sebastião—. Su cuerpo quedó hecho mierda, irreconocible. Pobre diablo.
Me ardió la nunca. O sea, hellooo, eso pasó frente a mí. Y por mucho que intentara bloquearlo, mi cabeza insistía en reproducirlo en HD.
—Debo colgar. Espero verlos en la Boda de Sangre —dijo. Cambió el tema y ya—. ¿Creen que irá nuestro ex hermano?
Aleksei no respondió al instante. Pietro, sí.
—Es mejor no mencionar a Baltazar —le aconsejó—. No creo que haya sido invitado.
—Según mis fuentes —dijo Aleksei—, los “perros” ya lo consideran miembro honorario. Nos dio la espalda a todos.
¿“Los perros”? No pregunté. Preferí dejarlo pasar. Un tema a la vez, please.
—Y sabemos por qué —añadió Sebastião con tonito de que le gusta el chisme—. La muerte de esa mujer lo cambió. Siempre hay una mujer.
Hizo una pausa, enderezó el tono y volvió a cambiar de tema. «El que puede, puede».
—¿Pueden creerlo? —dijo—. Una Boda de Sangre.
Es obvio que lo único que quieren el clan Marutti y la casa Qian con esta unión es aumentar su poder, afianzar dominio y control.
Todos lo dicen. La reina Ágatha echa chispas.
En fin, los veo en la isla dentro de poco. Los extraño demasiado, chupasangres.
La llamada terminó con un clic que sonó más pesado de lo normal. Pietro y Aleksei se miraron, un intercambio silencioso que desde luego no venía con subtítulos para humanos.
—¿Crees que podamos confiar en él? —preguntó Aleksei, mientras levantaba una ceja.
—¿En Sebastião? —Pietro soltó una risa corta, la pregunta para él era casi un meme—. No lo dudes. Nunca nos ha fallado. Es de los nuestros.
Se encogió de hombros, su manera de quitarle peso al tema. Luego señaló la pantalla.
—Pensemos en los próximos pasos.
—Ya lo he pensado —dijo Aleksei, los ojos atorados en las imágenes que seguían proyectadas.
Se quedó ahí, quizás buscaba arrancarle las respuestas a punta de mirarlas fijo.
—Debo ir a esa cabaña —dijo al fin—. Quizás hay algo que la Triple S no ha visto. Además, hay algo que no deja de dar vueltas en mi cabeza.
»Dustuyev —continuó Aleksei—, siempre tuvo un amor por los mensajes, lo críptico y los juegos, lo sabes.
Era parte de su rutina hablarnos con claves.
Las últimas veces que hablé con él lo sentí más paranoico de lo usual.
Me enviaba mensajes raros. Cortos. A veces solo una palabra.
Cuando le preguntaba qué era todo eso, respondía con un “pronto lo sabrás”. A veces, ni siquiera contestaba.
»Eso fue hace muchos años. Luego, dejé de saber de él. —Cerró los ojos, lo meditaba—. No digo que haya alguna conexión con esto pero, algo en estas fotos me obliga a ir.
Pietro frunció el ceño, más cauteloso. Si yo calculaba el nivel de estupidez letal de ese plan, estoy seguro de que él hacía lo mismo.
—Lo conociste mejor que nadie —dijo Pietro—, y sí recuerdo su amor por los enigmas y juegos mentales. Exagerado, a mi parecer. —Hizo una pausa—. Pero es peligroso que vayas. Es muy reciente. Todavía la Triple S podría estar ahí. O peor, podrían estar esperándote.
—Seré cuidadoso —respondió Aleksei, él hace lo que le plazca.
Acto seguido, volvió la cabeza hacia mí. Y cuando digo “volvió la cabeza”, no es literal el movimiento, fueron sus ojos. Fue ese click invisible que te pone en el centro del desastre. Esa mirada, que ya conocía demasiado bien, me hizo enderezar la espalda.
—Y él vendrá conmigo —soltó, sin negociar, porque él decide si hoy llueve o no.
Parpadeé.
—¿Perdón? —Me salió un ‘perdón’ de humano confundido, y por poco le sumo un ‘¿Mande?’ mexicano, un ‘Say what?’ gringo y un ‘¿Qué chucha?’ panameño. Bien multicultural.
—Es el único que estuvo ahí. —Aleksei siguió. Señaló la pantalla, y volvió a mí—. Al verla otra vez puede que algo le salte a la vista.
¡Man!¡Ni verga! ¿Qué le pasa a él? ¿Acaso yo no tengo ni voz ni voto? Okey, sí, era obscenamente guapo. «Quizás por eso podría…». Pausé en seco. «Deja de ser tan estúpido, Lucas».
—Al… —intenté decir, y el nombre se me atragantó porque de pronto “Al” se sintió demasiado íntimo para lo que pasaba—. Aleksei. Yo no “estuve ahí” de paseo. Yo fui, doné, y ya. No sé qué esperan que vea.
—Sugiero que no —intervino Pietro, bendito sea—. Podría correr peligro.
El estómago se me apretó. Ir a la cabaña, enigmas y códigos, mensajes secretos, ¿qué escena de El código Da Vinci era esta?
Por unos segundos, me sentí débil, otra vez. No era hambre. Era la misma debilidad de mierda que sentía desde las revisiones médicas en Plasma Corp. Náuseas. Ganas de vomitar.
—¿Lucas, te sientes bien? —preguntó Pietro, y en un abrir y cerrar de ojos estaba junto a mí.
—Débil, nada más —logré responder sin poder levantarme de la silla—.
Me pasa desde hace un tiempo. Desde las revisiones médicas.
Tengo flashazos, lagunas, rostros borrosos, voces mudas…
Mi cabeza es un TikTok mal editado. Pero ya, se va solo.
—Levanté la mirada hacia Aleksei—. ¿Y si nada me salta a la vista?
—Pietro —intervino Aleksei, sin apartar los ojos de mí—, ¿nos das un momento?
Pietro dudó leve, pero asintió, dijo que me buscaría un poco de jugo y vitaminas y se esfumó. Quedé solo con “Al” en ese sótano futurista que parecía listo para diseccionar almas.
Aleksei se acercó. Se agachó, apoyó una rodilla en el suelo, justo frente a mí, su cara a la altura de la mía. Así de cerca. Demasiado cerca. Íntimamente cerca. Y sus dedos empezaron a repiquetear sobre su muslo, tap tap tap. Y el tic en mi ojo derecho arrancó también.
—Mírame —dijo, bajito.
Lo hice. Error. Sus ojos tenían esas vetas doradas que brillaban bonito. «Peligro».