Sangre muerta Capítulo 17
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Capítulo 17

Lucas

El caserón en Altos del María, metido entre cerros y montañas, no era un caserón, era casi un castillo, con todas las letras.

Obvio, vampiros. Viven rodeados de una opulencia ridícula, que lo hacen sentir a uno pobre solo por respirar el mismo aire.

Si algo aprendí en este desastre es que cuando no sabes cómo justificar algo sobre su mundo, la respuesta casi siempre es la misma. ¡Vampiros!

Terminamos en el sótano. Aunque, decirle “sótano” era un insulto. Aquello era otra casa enterrada. Sin ventanas, sin una planta, nada de cuadros, ni flores, ni esas cosas que gritan “hogar dulce hogar”. Era más bien un búnker ultramoderno.

Ahí abajo todo era gris. Paredes, piso, techo, hasta el aire se sentía más pesado y la decoración era pura ciencia. Máquinas, equipos, tubos, microscopios, computadoras, pantallas gigantes. Muchas. Todo gama alta, último modelo y táctil. Casi estaba seguro de que leían los pensamientos.

Y, claro, ya me habían sacado sangre, otra vez. Me acostaron en una máquina que me escaneó entero. Luego otra de rayos X. Después una tercera cuyo propósito no entendí, por un momento creí que estaba a punto de despegar o ser abducido por extraterrestres.

El gran protagonista era el examen de sangre, eso estaba clarísimo. Según el poli —según todos—, mi sangre había matado a un vampiro. Perdón, a dos. Sangre asesina. Genial. Diez de diez. Premio nobel para mi sistema circulatorio.

Ellos susurraban y pensaban que no los oía, claro que sí.

Todo. Mientras tanto, yo, en una mesa, me empujaba dos hamburguesas gigantes con papas fritas.

Tenía miedo y el cerebro hecho mierda. Tenía el cuerpo débil, pero también tenía hambre.

Demasiada. Y si mi mundo se iba a acabar, no pensaba hacerlo con el estómago vacío.

Era mi turno de comer y yo pensaba exprimir ese derecho humano mientras lo tuviera.

Las hamburguesas las preparó el chef del tal Pietro. Porque, por supuesto, ese lugar tenía chef. «Para cuando vienen humanos», había dicho. Donantes, supuse, porque ¿qué otros humanos iban a ser?

Pietro, por cierto, tenía lo suyo. Distinto a Aleksei, muy distinto.

Parecía de cuarenta y pico, pero ya sabemos cómo va esto, vampiro, así que podían ser cuatrocientos fácil.

Llevaba una barba pelirroja que le caía casi al pecho.

Alto, delgado, el cuerpo que te deja claro que va al gym a levantar hierro de verdad, no selfies y reels.

Ojos color gris ceniza, pero con brillito en el borde de la pupila.

¿Cómo carajo eran posibles unos ojos así?

Ya sabía la respuesta, pero igual se me pegó ese pensamiento estúpido, imposible de ignorar, ellos tenían todas las ventajas que los humanos no.

Dios —si es que fue Dios— se esmeró un poquito más con su especie.

O tal vez el Creador fue otro, la verdad, ni eso tenía claro.

—¿Cuánto tiempo crees que tome obtener los resultados? —preguntó Aleksei, con ese tono que no era pregunta, sino una orden envuelta en cortesía.

—Dame un día, amigo —soltó Pietro, sonrisa tan perfecta que seguro estaba patrocinada por una clínica dental—. Prometo hacerlo lo más rápido posible. Con todo lo que me has contado, estoy igual de interesado que tú. En realidad, estoy perplejo.

Mientras ellos hablaban de mi “sangre asesina”, hice lo único que se me ocurrió para no colapsar del todo, tomé una foto del lugar. Con discreción, claro, porque lo último que quería era romper alguna ley vampírica y acabar hecho papilla humana.

Se la envié a Bandhu. Era mi forma de recordarme que todavía existía alguien allá afuera que pensaba en mí, que sabía algo de esto.

Aunque fuera poco. Aunque fuera una mentira piadosa que me hacía sentir un poquito menos solo.

También le escribí a mi mamá para decirle que todo estaba bien donde Ban.

Con él no tenía tema, ya se la había metido en el bolsillo desde hacía rato. Bandhu tenía ese superpoder.

Cuando guardaba el celular, Pietro me lanzó una mirada rápida.

Estaba seguro de que me vio enviar el mensaje.

Me guiñó un ojo, su manerita de hacerme saber que ve cada movimiento mío.

Me entró el pánico. Quizás no debí mandar nada, quizás me podían rastrear.

Apagué el teléfono de inmediato. Por ahora.

Sin perder el ritmo, Pietro se giró y proyectó una imagen en esa pantalla gigante que parecía más de cine que de laboratorio. Pensé que era una foto más. Error. Eran las fotos. Todas.

Cuando mis ojos enfocaron bien, el estómago se me hizo un nudo. Era una escena sacada de una pesadilla asquerosa. Algo que nadie debería ver, porque después no vuelves a dormir igual.

Ahí entendí la mirada de Aleksei en el ascensor. En un escenario así, dudas de todos. ¿Y quién era yo ahí? Un donante más. No. Peor. Yo era el donante con quien conversó en su terraza y que, según ese policía, mató, bueno, mi sangre mató, a su amigo vampiro.

Hasta Pietro, que parecía vivir en modo zen, cambió. El vibe se le fue al carajo. Aquello no era normal, no podía serlo. Eran varías fotos desde diferentes ángulos, cada una más retorcida que la anterior.

—Mira sus manos —indicó Pietro. Su tono ya no era de científico curioso. Era de “esto me pudo haber pasado a mí”—. Está irreconocible. La postura, la rigidez, el color de su piel. Nunca oí de nada, de ninguna sangre, que provoque esto.

El silencio que siguió fue horrible. Y el “posible causante” de esa cosa grotesca, o sea, yo, estaba ahí, y respiraba.

Por un instante dudé. Me pregunté si mi sangre podía hacer algo así.

Me inquieté porque mi sangre no era común.

La “sangre dorada”, la que se adapta a todas.

La universal, la rara. Pero Plasma Corp.

no me habría contratado si hubiera peligro. ¿No?

Nunca había escuchado que los vampiros fueran alérgicos a algún tipo de sangre, pero… ¿y si sí? ¿Y si yo era una bomba biológica con patas? La cabeza me quería reventar.

—Yo sí. —Aleksei rompió el silencio. Cada palabra la elegía con cuidado—. Lo pensé desde que vi a Rad muerto en mi terraza, y luego con las fotos.

Me miró. Parecía que iba a decir algo directo, algo que me terminara de hundir, pero no. Se lo guardó. Luego giró la cara hacia Pietro.

—Yo mismo lo vi —continuó—. Hace mucho tiempo. Hace casi dos mil años ocurrió algo parecido.

¿Dos mil años? ¡¿Dos mil?! Eso fue lo único que mi cerebro logró retener. Todo lo demás, olvidado. ¿Cuántos años tenía Aleksei?

—Lo llamábamos kusaman antí —siguió, sin mirarnos—. Sangre muerta. La portaba una civilización ya extinta. Vampiros que se alimentaban de humanos, pero también de otros vampiros.

—¿Hablas de los ugatí? —preguntó Pietro. El tipo se quedó rígido. Su cara era una mezcla perfecta entre asombro y “qué carajo estoy oyendo”.

De verdad que no lo culpaba. Vampiros que se alimentan de otros vampiros. O sea que en su mundo también había caníbales. Creepy. Qué asombro descubrir que incluso los inmortales tienen monstruos debajo de la cama.

—Pensé que eran solo cuentos —murmuró Pietro—. Leyendas de nuestra raza.

—Eran reales —dijo Aleksei con gravedad—. Toda leyenda nace de una verdad.

Se notó la pausa. Le costaba hablar de eso. Parecía que el solo hecho de recordarlo le molestaba en la boca.

—Lo más probable es que su sangre, y su saliva, contuvieran algún tipo de veneno natural —continuó—.

Alguna enzima, hormona, ¡qué sé yo!, algo que actuaba igual que un arma biológica.

Nunca lo supimos con certeza. En ese tiempo no teníamos cómo comprobarlo.

Lo único claro era que los ugatí eran los verdaderos depredadores alfa.

Se detuvo un segundo. Escarbaba en sus recuerdos.

—Cuando los vampiros del oeste se enteraron de su existencia —siguió—, entraron en pánico. Igual que cucarachas cuando prendes la luz.

—¿Y cómo lo supieron? —preguntó Pietro, enganchado a un cuento de terror que no quiere que se acabe.

—Una expedición —contestó Aleksei. Parecía contar algo que todavía lo perseguía—. Un grupo de los nuestros cruzó a su territorio sin saber que existían. Los ugatí eran una tribu muy cerrada y salvaje. Se enfrentaron.

No sé por qué, pero cuando lo oí decir eso me causó un leve frío en la piel.

—Cuando los nuestros los mordían para matarlos —siguió—, en el segundo que esa sangre les tocaba la boca, ocurría eso que ves en la foto. Y si el que mordía era un ugatí, también. Algo en su saliva, en sus dientes, no sé.

»Solo uno de los nuestros sobrevivió —añadió después de pensarlo un poco—. Nakam-Gesi. Y trajo uno de los cadáveres como prueba. Disecado, podrido por dentro, deforme.

Me dio un leve escalofrío y yo no la viví.

—Se corrió la voz —continuó—. Se organizó un pequeño ejército y fuimos a buscarlos.

Pietro abrió los ojos un poquito más.

—¿Tú fuiste con ellos? —preguntó.

—Fui —respondió Aleksei. El peso de esa palabra casi se pudo escuchar—. Pero mi padre decidió que yo no bajara de la embarcación, me dejó arriba, protegiéndola, con unos cuantos más.

Volvió a tomar un respiro. Fue más largo esta vez.

—Fue una matanza —dijo al fin—, pero lograron acabar con los ugatí.

De esa incursión solo diez vampiros sobrevivieron, más los que quedamos en los barcos.

De ahí nacieron las seis familias principales, el resto elegimos servir a los más fuertes.

Con ellos se selló el pacto de silencio. Enterrarlo todo.

Nos miró a los dos.

—Pero nada se queda enterrado para siempre —soltó—. Las leyendas nacen porque la verdad se niega a morir.

Mientras yo intentaba procesar la idea de una guerra entre vampiros contra otros más terribles que mataban a vampiros, Pietro habló:

—Entonces el rey Fyodor sí estuvo ahí. —El gesto en su cara era de asombro—. Se cuentan cosas, pero nunca se sabe qué fue verdad. La historia oficial sobre el origen de las familias está llena de huecos, y se habla poco de ello, ahora entiendo por qué.

Se volteó hacia Aleksei con los ojos brillantes.

—Si ya admiraba al rey, ahora lo admiro más —dijo—. Y a ti, que estuviste listo para ofrecer tu vida. —Se acercó y le apoyó una mano en el hombro—. Es un honor formar parte de esta familia.

—Mi padre comandó la expedición junto con el rey Rugo —confirmó Aleksei—. Juramos no volver a hablar de aquellos tiempos. Y lo hemos cumplido. Hasta hoy.

Yo los miraba y pensaba cool, muy épico todo. Muy histórico. Pero… ¿en qué momento esta historia decidió que yo era parte de este mierdero?

Rey Fyodor. Príncipe Aleksei. No era difícil imaginar que los vampiros tuvieran realeza y casas reales, además ya lo sabía. Digo, si tienen vidas eternas, ¿por qué no iban a tener corona y todo eso?

Lo que no me entraba en la cabeza era que yo, Lucas, un donante cualquiera, un pendejo que todavía no sabe ni qué va a estudiar después de graduarse, estuviera sentado ahí, en un laboratorio de película, frente a un príncipe de más de dos mil años.

Nadie me iba a creer este cuento ni aunque lo narrara en vivo por TikTok y los obligara a mostrar sus colmillos.

El silencio que vino después fue incómodo, se sintió más largo de lo que era. Aleksei me miró fijo, una mirada que alguien como yo no quiere recibir de alguien como él.

—No digo que lo de Dustuyev tenga algo que ver con esto —dijo por fin, en un tono más bajo, más inseguro de lo que jamás le había oído—, pero es demasiado parecido.

Por primera vez vi algo en él que no esperaba, una preocupación real. Ni siquiera él podía esconderla del todo. Se le coló por una rendija.

—No entiendo —susurró, más para sí mismo que para nosotros—. Esto es un imposible.

Pietro le apoyó las manos en los hombros, intentaba anclarlo al presente, o para que no se perdiera en su propia cabeza yendo a ese “hace dos mil años” a buscar respuestas con las uñas.

Yo lo miraba y mi cerebro, obvio, hizo lo suyo.

Empecé a buscarle defectos, algo, una arruga, un grano, un punto negro.

Cualquier cosa que gritara que este tipo, en algún momento, también fue humano.

Tuvo que serlo, ¿no? No encontré nada. Ni en medio del caos.

Parecía salido de otro mundo, demasiado irreal.

—Vamos a entenderlo, Aleksei —dijo Pietro, con un optimismo raro, pero útil. Supuse que alguien tenía que ponerle buena cara a este desastre.

Acto seguido Pietro se giró hacia mí, y esa mirada de vampiro frío me alcanzó de lleno.

—Lucas, ¿a qué hora fue la donación con Dustuyev? Un aproximado.

Le conté lo mismo que ya le había dicho a Colona en casa de Aleksei. Lo dije rápido, casi en modo automático, lo mismo que repetir el nombre en una llamada porque ya estás harto.

Pietro escuchaba con la cara seria, pero no esa seriedad normal. Era la de alguien que armaba un rompecabezas con piezas sangrientas.

—Por lo que dices, entonces la reacción no es instantánea —dijo—. Hay síntomas físicos que se van manifestando sucesivamente. Ahora, Rad murió más rápido que Dustuyev por lo que me comentas. Fue casi una hora u hora y veinte después de beber, ¿no es así, Lucas?

Asentí. Y solo con ese gesto se me vino la imagen de Rad otra vez. La tos, la sangre negra, la mirada perdida, el sonido ese… ese sonido de quien lucha por respirar, por vivir. Me apretó el estómago. Eso iba a ser una de las pesadillas más oscuras de toda mi vida.

—No hay un patrón definido aún —siguió Pietro, más para sí mismo, aunque nosotros lo escuchábamos—.

Si es verdad que la sangre de Lucas fue la causa, y no otra cosa, y murieron en tiempos distintos, puede significar que la reacción varía dependiendo del recipiente.

Es decir, hay variables. Edad, estado del cuerpo, cuánto bebieron, si había drogas, si hubo mezcla con otra sangre…

muchas cosas podrían acelerar o ralentizar el colapso.

Se quedó frotándose la barbilla un segundo, pensaba tan duro que juro que se le oían corrientazos en las neuronas.

—Estamos contrarreloj —agregó al fin—, pero haré lo posible por entenderlo. Buscaré ayuda si es necesario. Haré lo que tenga que hacer.

Lo miré, intentaba no perder la poca compostura que me quedaba porque “contrarreloj” sonaba bastante distinto cuando era yo quien estaba en problemas.

—¿Contrarreloj tipo… “mi vida está en peligro” o contrarreloj tipo… “vienen por mí”? —se me escapó. Muy yo, muy cagado del miedo.

Pietro abrió la boca, quizás iba a darme una respuesta bonita, diplomática, tranquilizadora, pero Aleksei habló primero.

—Cualquier cosa es posible —dijo, seco.

Gracias, príncipe. Bájale cinco. Súper calming. Cero ansiedad.

Por un segundo, solo uno, juré ver una media sonrisa en la cara de Aleksei. No era felicidad, ni siquiera alivio. Era confianza. La clase de confianza de alguien que ha sobrevivido guerras y todavía cree que podíamos ganarle al monstruo, aunque nos respiraba en la nuca.