Capítulo 16
Lucas
A las tres y pico nos bajamos en la Avenida Cuba, frente a un letrero de neón que parpadeaba Hotel Caribe o Coral o lo que fuera; el nombre me resbaló, lo que quería era salir de la calle.
El lobby olía a cigarro viejo. Un televisor chiquito escupía un noticiero sin sonido.
La recepcionista apenas levantó la vista.
Bandhu puso su cédula sobre el mostrador con la seguridad de quien ya tiene dieciocho y, de paso, te salva la noche.
—Una habitación —dijo—. En efectivo.
Nos dieron una llave con un llavero de acrílico rajado.
Subimos por unas escaleras estrechas, alfombra pegajosa, paredes con humedad en forma de mapa.
La puerta del cuarto raspó al abrir. Adentro, cama matrimonial con colcha áspera, aire de ventana que zumbaba a punto de explotar, baño sin tapa en el tanque y una pastilla de jabón que parecía un dulce viejo.
Me dejé caer en la orilla de la cama. Bandhu cerró doble pestillo y puso la silla contra la puerta. Se quedó parado, con las manos en los bolsillos, me miraba sin hablar. Esperó. Sabía que, si me apuraba, me trababa.
—Suéltalo todo —dijo al fin.
Le conté. Todo. Lo del balcón con Aleksei, lo del vampiro muerto, lo de Colona, el otro vampiro muerto, lo que pasó en el ascensor.
Cada vez que decía “Aleksei” me ardía la lengua.
Dije “Triple S” y sentí que el cuarto se encogía.
Bandhu me escuchó sin interrumpirme, me agarró del hombro un par de veces, su manera de decir sin decir que iba a estar bien, y uno, que es humano, sabe que esa afirmación es mentira, pero se agradece igual.
Cuando acabé, se frotó la cara y caminó hasta la ventana. Corrió la cortina. Afuera, la avenida dormía a medias: un taxi pirata, dos borrachos que discutían por nada, un perro que buscaba comida en una bolsa de basura.
—No puedo ir a mi casa —dije—. Ni a la tuya, Ban. Tampoco a la escuela. No todavía. Mis papás… Si me están rastreando, mi casa es lo primero. La escuela, lo segundo. Tu edificio, lo tercero.
No me gustó decirlo. Pero sabía que estaba en lo correcto.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó.
—Pensar quién puede ayudarnos —dije—. No “un profe”, no “la policía”. Alguien que entienda qué mierda es todo esto.
—¿Aleksei? —fue lo primero que le salió de la boca—. Creo —razonó—, no. Estoy casi seguro de que él es el más indicado. Si de verdad creyera que eres culpable, creo que alguien con su poder te hubiera… Ya sabes.
—No sé —solté y coloqué mi cara entre las manos.
—Ya —dijo—. Duerme un poco. En unas horas, con cabeza fría lo pensamos bien.
¿Dormir? ¿Cómo iba a hacerlo sabiendo que un príncipe vampiro, una agencia secreta y vete a saber quién más estaban tras de mí?
No dijo más. Se tiró a mi lado, boca arriba, la mano en el pecho. Yo respiré hondo. El aire tenía gusto a óxido. Cerré los ojos un segundo y sentí que el sueño me tocaba los párpados.
—Unas horas —dijo Ban—. Y nos vamos.
No podía dormir, miraba el techo y pensé en las mil formas en que la cosa podía salir mal. También pensé en Aleksei, en su voz de mando pegada a mis oídos: «Vendrás conmigo». Odié el control que tenía sobre mí. Odié que me gustara.
A las cinco y algo, la avenida empezó a prender motores.
Me bañé con agua fría que salía a chorros para quitarme toda esa sangre seca de la piel.
Pero no bajamos sino hasta las 9 y pico porque Bandhu y el sueño, y después Bandhu y la mamá que lo llamó y qué lío.
Dejó la llave sobre la mesa. Me quedó claro que, a partir de ahí, cada movimiento era una apuesta.
—Nena, cuando salgamos de acá —dijo—, nada de mirar atrás. —Me miró sin decir nada, y agregó—: Lo he estado pensando. Creo que lo mejor es ir con Aleksei.
Asentí. Le creí. Me creí.
La recepcionista cabeceaba frente al televisor.
El noticiero ahora tenía sonido, hablaban de un accidente en el Corredor Sur.
Empujé la puerta de vidrio, la calle olía a fritura.
Caliente, aceitosa. Lo más rico de la vida.
Se me vino mi casa de una. Sábados. Tortilla recién hecha con quesito amarillo, hojaldre, cafecito con pan y queso.
Mi mamá se luce sin duda. Ella me enseñó a hacer todo eso, ojo, tan inútil no soy.
Pero la mano de mi vieja es otra historia.
Siempre me dice «es el amor que le pongo, mi querubín».
Sí, yo soy su «querubín». El estómago me rugió justo cuando le iba a decir a Ban que compráramos algo.
Abrí la boca, pero nos detuvimos en seco.
Y ahí estaba. En la acera de enfrente, apoyado en su Rolls. Manos en los bolsillos, la mirada clavada en mí. Aleksei materializado, invocado por Ban, y esperaba.
El corazón me pegó un salto que me dejó sin aire. Bandhu quedó boquiabierto. Aleksei levantó la vista hacia el letrero de neón que seguía fallando y luego volvió a mí.
Me habría encantado que ese invento de Hollywood, el de que los vampiros se tuestan al sol, fuera verdad. Pero no. Era de día y él, vampiro, con la luz del sol pegada a la piel; lo alumbraba esplendido, era su ring light portátil, así, y él no se inmutaba.
Lo rodeaban miradas. La gente que pasaba seguro pensaron que se les había materializado el protagonista de su serie favorita de Netflix. Todos lo miraban porque parecía recién bajado del fricking Olimpo. En esa avenida él era un sinsentido. Él y el fucking auto.
Impecable, vestido con algo muy parecido a lo que llevaba hace unas horas, de saco militar, pero más clean, sin tantas rayas ni nada de eso, todo entallado, perfecto, tan perfecto, por Dios, ¡qué perfecto! No era moda, pero él lo convertía en moda.
Yo no sabía qué hacer ni qué decir.
Aleksei caminó hacia mí y sonrió con descaro. Fue tan ilógico que mi cabeza no sabía procesarlo. Podía jurar que todos los que nos miraban pensaban lo mismo «¿Qué carajo hace ese espécimen de OnlyFans hablando con este?» Y el ‘este’ era yo.
Obvio que no había nada que decir. Su Rolls-Royce estaba ahí. Él vino por mí y negarse no era opción, con él nada lo era. Pero ¿cómo me encontró?
Un carro patrulla pasaba en ese instante y por un segundo estuve tentado a pararlos, en serio. Me imaginé sus caras si les decía que este tipo era un vampiro que venía a llevarme a saber dónde y que yo no quería ir.
Lo más cruel fue que Aleksei me miraba desafiante, quizás podía oír mi pensamiento. Su mirada decía «Hazlo, diles».
Pero no lo hice. Por mi vida, por la de Bandhu, me guardé la voz. Tampoco me hubieran creído.
—Fue buena idea venir acá —dijo él, sin rodeos—. La Triple S te busca. Ya fueron a tu casa, a la casa de Bandhu y a la escuela. Están peinando todo. Sin el chip en la muñeca, perdieron la forma de localizarte, pero no son idiotas.
—¿Cómo supiste que estaría acá? —pregunté.
—Por tu camiseta—dijo, tranquilo—. Coloqué un rastreador en el dobladillo. Nunca se puede ser muy precavido.
Mi cara de What Da Fuck era imposible de esconder.
Agarré la tela entre los dedos. Ahí estaba, en el dobladillo de la manga.
Un cuadradito metálico, mínimo, discreto.
Tenía más cara de etiqueta de marca que de otra cosa.
Algo así ni siquiera Colona lo habría detectado.
Quedé pasmado. Eso era una prueba más de que ya no tenía control de nada y que no sabía una mierda.
—Cuando el blindado nos detuvo —continuó—, quise distraerlos. Darte chance de que tomaras una decisión. Escapar. No sabía si lo harías, pero lo intenté. Y tu instinto ayudó, supongo, porque lo hiciste.
—¿Y si no lo hubiera hecho? —pregunté, serio.
—Habría tenido que recurrir a la fuerza —dijo—, contra ellos —aclaró—. No era lo que quería. Lo mejor es evitar problemas. Por suerte, no llegó a eso. —Hizo una pausa—. Si no vine antes fue porque preferí esperar.
Intenté unir eso con todo lo demás —mi sangre, los muertos, la huida, Aleksei, la Triple S—, pero el cerebro dijo basta. Me rendí ante la realidad más jodida de todas, esto era mucho más grande que yo y, sí, eso me aterraba más de lo que quería admitir.
—Ahora vamos —ordenó—. No hay tiempo que perder.
—¿Adónde? —pregunté.
No respondió, ni me miró. En cambio, giró hacia Bandhu, y le dijo:
—¿Estás bien por tu cuenta o te dejo en algún sitio?
Bandhu levantó el pulgar, pero tenía la mandíbula tensa. Un pequeño gesto de «estoy bien».
—Te escribo —le dije, antes de subirme al auto.
No sabía cuándo, ni cómo ni si.
Aleksei se sentó a mi lado y cerró la puerta. El interior olía a cuero caro.
—¿Hacia dónde, Su Alteza? —preguntó el de canas, con voz de narrador de documental.
—Con Pietro. A Altos del María. Nos espera.
Yo, recostado contra el vidrio del auto más caro en el que mi cabeza había descansado jamás, trataba de no colapsar ahí mismo. El cuerpo me dolía de solo pensar.
—Quiero ir a casa —murmuré. Más para mí que para ellos.
Aleksei giró la cabeza. No sé si estaba harto de mis murmullos o de mí en general, pero me miró con esos ojos que brillaban entre la paciencia y la amenaza.
—Quizás no has entendido lo que pasó —dijo, en voz baja, y cada palabra era un puñetazo en el pecho—.
Dos de los nuestros han muerto. Uno era cercano a un príncipe de uno de los clanes.
El otro, un amigo de casi toda la vida. Han muerto de una forma absurda para un vampiro, tras beber sangre. Tu sangre.
Cada palabra me perforaba un poco más.
—Cuando la voz se corra —siguió—, va a temblar toda mi raza. Todo mi mundo. Y cuando la Triple S y todos los que vieron a Rad morir en mi fiesta confirmen su hipótesis, que fue un humano, en concreto que fuiste tú. Puedes darte por muerto, Lucas.
Sentí la garganta cerrarse. Mi cuerpo, ya al límite de romperse, intentaba desconectarse. Quería salir corriendo de mi propia piel. Ctrl+Alt+Delete a la existencia.
—¿Y tú…? —pregunté con esa mezcla fea de miedo y rabia—. ¿Tú no quieres matarme también? En el ascensor parecía que sí. ¿No crees que fui yo?
Sus ojos cambiaron. Lo juro, vi algo ahí. ¿Remordimiento? ¿Duda? Quizás. O tal vez ya ni sé qué vi.
—Colona no lo mencionó —habló al fin, con una calma que me desquiciaba—, pero estoy seguro de que también encontraron tus huellas en la cabaña.
Alguna hebra de cabello, fibras, lo que sea.
La Triple S es meticulosa. No creas ni por un segundo que él te asoció con ambos casos en mi casa cuando le diste tu información.
Él ya sabía a lo que venía. A llevarte. Te buscaron porque en los registros de Plasma Corp.
eras el donante designado para Dustuyev.
Y conectaron lo que sea que encontraron tuyo, con Rad.
Me clavó la mirada, esa mirada que no podías esquivar aunque quisieras.
—Tampoco creas que Colona solo quería tomarte declaración. Este es un mundo distinto, secreto. Hubieras terminado encerrado. Desconectado de tus amigos, de tu familia, de todo.
Respiró hondo. Hizo una pausa. Cada palabra era un ancla.
—Tengo que entender qué fue lo que pasó. Y tú, Lucas, eres lo único que por ahora podría explicarlo. Estás más a salvo conmigo que por tu cuenta. Lo creas o no.
Ahí estaba. El golpe final. Con mi nombre bien clarito, para que no pudiera esconderme de él.
—No sé si Colona tenga razón. No sé si fue tu sangre o qué otra cosa —continuó—, pero no vas a ir a ningún lado hasta que sepamos la verdad. —Su tono era una sentencia—. Así que puedes imaginarte lo poco que me preocupa que le digas a la policía que un vampiro te llevó a la fuerza.
Volteó la cabeza y se quedó mirando por la ventana.
Seguro que pensaba en su amigo muerto. En lo que todo esto significaba para ellos, para su especie.
Yo no tenía ni la más mínima idea del peso real de eso.
Pero sí entendí algo, no tenía escapatoria.
Esto no iba a parar hasta que alguien encontrara una respuesta o un culpable.
Y yo era el que llevaba el cartel luminoso en la frente.
Saqué el celular. Los dedos me temblaban tanto que casi se me cae. Ni siquiera me había dado cuenta de que las lágrimas me corrían por la cara.
Escribí a Bandhu, solo para que supiera lo que Aleksei acababa de soltarme. Ahí, sentado en el asiento trasero de un Rolls, con un vampiro al lado y el mundo que se caía en pedazos, le mandé el mensaje más catastrófico de mi vida:
“No tengo ni puta idea de qué voy a hacer”.