Capítulo 15
Lucas
Dentro del ascensor, el aire era un muro de concreto y el silencio me cerraba la garganta.
Me sentía atrapado en una cajita de fósforos con dos bombas a punto de explotar.
Colona tiraba miradas rápidas a Aleksei.
Aleksei se las devolvía. Parecía que se hablaban con los ojos.
Y yo, en medio, entendía menos que antes.
Todo se volvió más oscuro cuando, en un parpadeo, Aleksei golpeó a Colona en la nuca. Preciso. Sentí el impacto hasta en mi propio cuello, un tipo de efecto rebote. El poli se desplomó al toque, igual que una marioneta a la que le cortaron los hilos. Quedó off.
Antes del golpe, vi algo en la cara de Colona. Tal vez lo sospechó. Tal vez alcanzó a entender que esas miradas no eran diálogo, que no eran señales secretas. Pero no le sirvió de nada. Aleksei solo esperaba el segundo perfecto para noquearlo.
Y cuando pensé que no podía empeorar… ¡claro que sí! Siempre puede empeorar. Por ley.
Aleksei no perdió tiempo, presionó el botón de emergencia, el ascensor se detenía con un quejido mecánico, un tirón que me dejó el estómago en la tráquea.
Todo vibró y luego quedó quieto. Me miró.
Una mirada dura. Sé que vio el pánico en mis ojos porque yo estaba a un microsegundo de cagarme del miedo.
No sabía si yo temblaba por el hielo de sus ojos o por puro terror. Okey, por ambos.
Estaba al borde del llanto, porque, seamos honestos, no hay forma de lucir valiente cuando un vampiro te mira como comida o como enemigo. Sus ojos tenían rojo en el iris. Me acordé de lo que me dijo antes. Ese rojo era combate, era furia.
Por un instante me imaginé el final de todo esto, con mi cuello hecho mierda, mi cadáver tirado en el piso del ascensor y un charco de sangre que alguien limpiaría sin pena ni gloria.
¿Y qué hacía yo? Nada. ¿Qué se supone que haga?
¿Dar pataditas? ¿Suplicar? ¿Llorar bonito?
Me quedé ahí, quietecito, casi una réplica de paciente en coma. La cabeza en blanco.
—¿Quién te envió? —gruñó, el tono sin margen de negociación. No era una pregunta, era un último chance.
A duras penas solté un:
—No sé de qué hablas.
Y luego algo más. Un desastre de palabras, un «te juro que no sé qué pasa» o un «no hice nada» o cualquier mueca verbal que saliera en medio de la debilidad, el pánico y ese sollozo atorado en la garganta.
Su mirada era una bomba a segundos de estallar. Intuí que decidía si me mataba o no. Así de simple.
—Vendrás conmigo —decidió—. A menos que prefieras quedarte con este.
Vi a Colona tirado, inconsciente y lo pensé. Dos segundos. O cinco. ¿A quién carajo le confiaba mi vida?
A la izquierda, un poli noqueado de una agencia que supuestamente protege a humanos y vampiros, pero que desde el minuto uno me había tratado como sospechoso, culpable hasta que se demostrara lo contrario.
A la derecha, un vampiro que acababa de reventar al poli sin pestañear, que me miraba igual que si estuviera a una decisión de arrancarme la cabeza, que me salvó de caer noventa pisos y que si quería me mataba pero que no lo había hecho. Todavía.
Cuando lo procesé bien, supe la verdad incómoda, no confiaba en ninguno. Pero cuando de verdad lo pensé, entendí que mi elección era falsa, de las que te vende la vida para fingir que tienes control. O me iba con Aleksei… o me iba con Aleksei. Punto.
Aleksei presionó el botón para abrir las puertas del ascensor, detenido en el piso quince.
El metal se abrió con un quejido largo. Antes de bajar, me agarró del brazo izquierdo.
Así, sin aviso. Con una uña me hizo un corte pequeño y limpio en la parte interna de la muñeca.
No era profundo, pero ardió. El cuerpo quería recordarme que seguía vivo.
Vi las gotas salir, calientes, rojas, mías.
Y lo sacó con la uña con mucho cuidado. El chip. Pequeñísimo, plateado, ridículo. Idéntico a la ridícula ironía de todo esto encapsulada en dos milímetros de metal.
—No solo contiene tu información —dijo, con ese tonito que se usa para explicar por qué el fuego quema o el agua moja—. También es un localizador.
Lo desmenuzó con una pisada hasta hacerlo polvo. Escupió en las yemas y dejó caer una gota de su saliva sobre la pequeña herida del chip y luego con la uña colocó saliva sobre la que me había hecho en el cuello. Estaba claro que no quería tocar mi sangre.
—La saliva vampírica tiene enzimas que ayudan a cicatrizar rápido. No te la quites. La herida que Rad te dejó, como ya sabes, desaparecerá en unas horas.
Solo asentí y me dejé esa baba ahí. No era el momento de ponerme remilgoso.
Di un paso. Error. Casi me fui al piso. Mi cuerpo seguía hecho mierda. La sangre que había donado a Rad, el miedo, el estrés, todo junto me tenía al borde del colapso.
Sin pedirme permiso, porque ¡para qué!, el vampiro me levantó de una. Literal. Yo era un saco de harina en ese momento. Yo, bien doncella en apuros, terminé tirado sobre su hombro de piedra, boca abajo, veía el mundo al revés.
Me cargaba fácil, no pesaba más que un mal recuerdo. Y sí, supuse que para él yo era eso, el humano con el que se abrió en su noche de mierda y que ahora parecía ser el epicentro de dos muertes.
No puse resistencia porque no podía. O, si soy honesto, porque no quería. ¿Para qué?
Salió por la puerta de emergencia y empezó a bajar las escaleras a una velocidad que ni voy a intentar explicar. Todo se comprimió. El tiempo parecía acelerado en 2x, idéntico a los mensajes en WhatsApp. Me mareé tanto que por poco vomito. Pero mi estómago vacío, “Gracias, universo”, se comportó.
Atravesamos puertas y corredores de servicio, con el olor a desinfectante pegado en la garganta, hasta que llegamos a la salida trasera.
Afuera, la luz de un poste me dio directo en la cara y me dejó medio ciego. Parpadeé, mareado, y ahí un auto nos esperaba. Bueno, un auto es un detallito. Esto era una nave.
Un Rolls-Royce negro, brillante, impecable.
Vidrios oscuros, puertas relucientes que fueron hechas para gente que nunca ha cargado una bolsa de supermercado en su vida.
Y esas dos R gigantes en la parrilla que hasta un plebeyo como yo reconocía.
Claro, no esperaba menos de Aleksei Beilion.
Perdón, Su Alteza Aleksei Beilion. Un Holy Shit moment.
Abrió la puerta y me metió. No me ayudó a sentarme. Me colocó. Yo era un objeto, un bolso caro que había que acomodar para que no se arrugue.
Yo intentaba no parecer un trapo viejo mientras me sentía igual que uno.
Los dos gorilas ya estaban en los asientos delanteros. El auto arrancó en silencio, casi flotaba sobre el pavimento. Ni vibración, ni rugido. ¡Lujo! No habíamos salido del perímetro del edificio cuando empezó el nuevo capítulo de la pesadilla.
Un blindado negro, sí, un fricking camión blindado, se atravesó y nos bloqueó el paso. El Rolls frenó suave. El estómago se me fue a los pies.
Seguro el poli despertó y avisó. Seguro tenían ojos en todas partes.
Aleksei bajó sin decir palabra, tranquilo, pero yo podía ver el humo que salía de su cabeza. Detrás de él bajaron los guardaespaldas, listos para lo que fuera. Ellos no esperaban charla estaban dispuestos a tirar plomo.
Y yo, bueno. Yo aproveché.
Mientras todos miraban al blindado y a los tipos que bajaban de él con cara de “aquí va a haber problemas”, hice lo que cualquier idiota desesperado haría. Me largué como alma que lleva el diablo.
Me escurrí del asiento trasero más deprisa de lo que creía posible, bajé la cabeza, y me pegué a las sombras para que nadie me viera. Ni Aleksei, ni los del blindado, ni los guardaespaldas.
Por suerte, el terreno del edificio tenía un muro alto que delimitaba su exterior y vegetación por todos lados.
Me metí entre plantas gigantes, árboles, jardineras, y corrí por ahí lo más rápido que pude.
Tropecé con una raíz y me fui de boca contra el piso.
Sentí el golpe en los dientes, tierra en la lengua, ardor en las palmas, pero me levanté sin pensarlo.
Ni revisé si sangraba. Seguí corriendo con lo que mi cuerpo lograba hacer con la poca energía que me quedaba. Era el modo supervivencia activado.
Baje por Vía Italia hasta Avenida Balboa, todo a pie. Solo quería poner la mayor distancia posible entre ese edificio y yo. El aire me cortaba la garganta, la camiseta se me pegaba a la espalda. Llamé a Bandhu en el camino y casi se me cayó el celular tres veces.
Crucé hasta Multicentro y ahí lo esperé medio oculto, cerca de las escaleras, pegado a una columna. La avenida estaba casi vacía, pasaban pocos autos, había un silencio raro, de los que te ponen paranoico.
No dejaba de temblar. Y cuando sentí que el aire cambió (porque sí, cambia cuando viene algo importante), escuché mi nombre:
—¡Lu!
Salí de mi semi-escondite y ahí estaba él, Bandhu, mi uña y mugre; más mugre que uña. Venía corriendo con su cara de ¿qué mierda hiciste? Y con los ojos abiertos igual que platos.
—Ya viene el Uber —gritó. El alcohol se le había evaporado del cuerpo por el miedo.
Dos minutos después llegó. Nosotros no nos subimos. Nosotros saltamos.
La puerta cerró y sentí que el mundo por fin bajó un poquito el volumen.
Bandhu me miró, mi cara, la sangre seca, el temblor, y no me preguntó si estaba bien porque él ya sabía la respuesta.
—No podemos ir a tu casa ni a la mía —escupí, de la nada—. Estoy seguro de que me buscarán ahí.
—Tranquilo —respondió Ban. Miró al conductor del Uber y, con el celular en la mano, le dijo—: Cambio de destino.