Sangre muerta Capítulo 14
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Capítulo 14

Lucas

Mi mente se hizo mierda. Un torbellino de ideas chocaba sin frenos, sin misericordia. ¿Yo? ¿Culpable de matar a un vampiro? No, ¿a dos? ¿Me estaban jodiendo o esto era una fucking pesadilla?

El policía dijo que era solo una hipótesis, que “apenas investigaban”. Ajá, claro. Porque eso me iba a hacer sentir menos jodido. ¿En qué multiverso yo mato a alguien? ¿Y encima vampiros?

Y luego el detalle menor, el tipo ese llamando a Aleksei “Su Alteza”. Perdón, ¿what?

¿Ahora resulta que el vampiro con el que tuve una charla existencial al borde del abismo es un príncipe?

Okey, sure. Supongo. Con esa pinta de película, el color de los ojos, la postura de personaje intocable, la ropa.

Tenía sentido. Solo que jamás pensé que yo iba a conocer a alguien de realeza, y menos realeza vampírica.

Pero no podía quedarme ahí. Lo que importaba era la acusación. Eso me comía vivo.

Aleksei no dejaba de mirarme. No sé qué pasaba por su cabeza. Sorpresa, confusión. ¿Desconfianza? ¿Rabia? ¿Decepción? Ni idea. Pero podía sentirlo, esa mirada pesaba toneladas, me analizaba, intentaba leerme los huesos.

Y yo, mientras tanto, maldecía cada decisión estúpida que me había traído hasta aquí.

La plata, las ganas de vivir más. El impulso idiota de querer cambiar mi vida rápido, sin pensar en el costo.

Mi ego, mi ingenuidad, creer que podía jugar en un mundo que claramente no era para mí y salir ileso. Todo eso me explotó en la cara.

Intenté pararme. Intenté es la palabra clave.

Mi cuerpo dijo nope y me mandó a la mierda.

Se dobló igual que una cartulina mojada y me habría estampado contra el piso si no fuera porque uno de los gorilas, el de barba con canas y cara de haber sobrevivido a tres guerras y dos apocalipsis, me atrapó antes de besar el suelo.

Me zafé de inmediato, con rabia. No quería parecer más débil de lo que ya estaba. Sí, fui brusco. Sí, quedé mal. Pero me valió porque si Aleksei creía, aunque fuera por un segundo, que yo tenía algo que ver con la muerte de ese tal “Dustu-lo-que-sea”, yo estaba muerto.

—No sé quién diablos sea usted —le hablé al policía—, pero no tengo nada, ¡nada!, que ver con lo que dice. No le hice nada a nadie.

Me giré hacia Aleksei. Él seguía ahí, invariable, me miraba. Con cara de que quería abrirme la cabeza y ver qué demonios había adentro.

Desde que vio la gota de mi sangre, y la olfateó, algo cambió. Lo vi. Lo sentí. Y me acordé de lo que dijo: «¿Quién eres realmente, Lucas?».

Tenía que creerme. No había otra opción. Mi vida dependía de eso.

—Ayer hice mi primera donación —dije, con la voz fracturada, pero sin frenar—.

El tipo no me dio su nombre. Me vio nervioso, sí, pero fue amable.

Explicó cómo iba a ser todo. Tuvo paciencia.

Hizo lo que tenía que hacer y ya. —Hice una pausa, la garganta me dolía—.

Me hizo esperar hasta que me recuperara.

Y ya —repetí el ‘y ya’ como si el repetirlo pudiera convertirlo en real—.

Eso fue todo. Me largué. Pero él estaba bien.

Vivo. Si mi sangre fuera un veneno, Plasma Corp. jamás me habría contratado.

Mi voz quedó colgada en el aire. Flotaba entre las miradas de Aleksei, el poli ese y los dos guardaespaldas que parecían estatuas. Yo había dicho la verdad. El problema era que, ahí, mi verdad podía valer menos que una servilleta sucia.

—Solo necesitamos hacerle un par de preguntas adicionales, señor Luna —dijo el policía, en un tono plano que pretende autoridad solo porque trae placa.

—No sé quién mierda es usted —le grité, con la poca sangre que me hervía en la cabeza—. Pero yo no voy a ningún lado.

Sabía que, en ese mundo, negarse era casi una provocación. Pero ya estaba harto de callarme, de agachar la cabeza. Si iba a caer al menos iba a hacerlo de pie.

El tipo dio un paso al frente y sacó la placa, sí, creyó que con eso podía resetear la realidad.

—Pertenezco a la policía —dijo—. Somos una agencia secreta encargada de la seguridad para humanos y vampiros. Esto es protocolo. Una vez tomemos su declaración, podrá irse a casa.

A casa. Qué chiste. Me importaba una mierda su placa, su agencia secreta y su cara de “esto es rutina, nene”.

Mi cabeza era una licuadora sin tapa a punto de entrar en cortocircuito.

Solo quería ver a Bandhu. O hablar con mi jefe.

Alguien que me dijera que esto no era real, que todo era un cochino glitch en la matriz.

Pero no. Era real y el pánico me apretaba el pecho. Los ojos se me llenaron de lágrimas, calientes, pesadas, asquerosas. Me odié por eso. Y, aun así, no podía evitar pensar en él.

Aleksei. ¿Qué pensaría al verme así? ¿Un humano que temblaba, hecho mierda, con sangre ajena, y la mía, pegada al cuerpo, con la cara desencajada? ¿Un chiste? ¿Un error? ¿Un arma?

Yo no sabía quién era en ese momento. Solo sabía que caía y que nadie tenía ganas de atraparme.

—No perdamos más tiempo —ordenó el poli, y me agarró del brazo con fuerza.

Apretó donde dolía, para desarmarme—. Su Alteza, necesitaré una lista de personas con las que Dustuyev pudo tener contacto —siguió, yo no parecía existir—.

No queremos dejar cabos sueltos. Y como se imaginará, esta fiesta acaba aquí.

Basándome en la información de inteligencia de la Triple S, no creo necesario interrogar a nadie más, por ahora.

Pero quiero el registro completo de asistentes, vampiros y donantes. —Y para mí—: Acompáñeme.

Me limpié el cuello y el pecho con la camisa y las manos. Intenté borrar el desastre, pero la sangre seguía ahí, pegada a mi piel igual que un tatuaje maldito. Lo seguí. No tenía muchas opciones. Cuando íbamos hacia la puerta, Aleksei desapareció.

Cinco segundos después volvió a materializarse frente a nosotros.

Se movió tan rápido que parecía que hubiera nacido del aire.

Imposible ignorarlo. Había pasado la noche sin camisa y ahora llevaba un saco militar oscuro, ajustado al cuerpo.

No solo logró lo imposible porque era imposible verse más guapo, sino que cada línea estaba diseñada para recordarte quién mandaba ahí.

Los botones dorados del saco brillaban bajo la luz blanca, las mangas llevaban detalles amarillos que parecían rangos militares, tan ceñidas que dejaban ver la tensión en sus brazos, los músculos duros y listos. El cuello subido, los puños ajustados, todo en él decía «nadie está por encima mío».

Y, aun así, traía una camiseta blanca en la mano. Para mí.

Me la puse lo más rápido que pude. Las manos todavía me temblaban, las piernas igual, seguro que me veía igual que un espantapájaros recién vestido, así bien bajo presupuesto.

—Iré con ustedes, Colona —dijo Aleksei, un susurro que retumbó en el aire.

Colona se giró hacia él con una cara de asco reprimida. O rabia, daba igual. Se notaba que no le gustaba ni un poquito la idea. Aleksei no pedía permiso, le daba lo mismo, y punto.

—Esto es trabajo de la agencia, Su Alteza —le recordó Colona, con los dientes apretados, y juro que hasta se le notaba el tic en el ojo—. Usted no puede ser parte de esto. No es el protocolo.

Aleksei se le acercó. Las botas de cuero marrón sonaron secas sobre el piso. Tranquilo, sí, pero de esa tranquilidad que te hace sudar frío.

—Ahora es cuando te demuestro, Colona, que tú y la Triple S trabajan para nosotros —dijo—. No al revés.

Esa frase no fue una advertencia ni un juego de palabras.

—No me importa si crees que pertenecer a la policía sobrenatural te da autoridad —continuó sin subir la voz—. La única autoridad somos nosotros. Y aquí, ahora, la única autoridad soy yo.

El aire quemaba; sentí el sudor en la espalda convertirse en vapor. Colonaechaba humo, hervía por dentro. Aleksei, en cambio, ni parpadeaba. Si esto era una guerra de egos, quedó clarísimo quién acababa de ganar. Aleksei lo mató con la voz y lo terminó de enterrar con la mirada.

Colona tragó su propio veneno y también sus palabras.

Lo último que oí antes de cruzar la puerta fueron los gritos de Bandhu. No lo dejaron acercarse.

—¡Llámame cuando puedas! ¡Lucas! ¡Por favor!

Salimos del penthouse. Los tres, Colona, Aleksei y yo.

Nos metimos en el ascensor. Los guardaespaldas tomaron otra ruta, ni pregunté por qué.

Aleksei les había echado una mirada rara, una mueca mínima, y desaparecieron.

Tema cerrado. No era mi problema, el mío era otro, mucho peor.

Un vampiro muerto, no, ¡dos! Una investigación.

Y yo, en el centro, solo por haber ido a donar sangre. «Bravo, Lucas. De verdad. Bravo».