Sangre muerta Capítulo 13
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Capítulo 13

Terraza

El agente vio el cuerpo. Nadie se había atrevido a moverlo y con razón.

Yacía retorcido sobre el suelo de piedra, arrancado del mundo a la fuerza.

El horror absoluto estampado en la expresión final.

Incluso a él, que ya había visto las fotos del otro muerto y el video de este, le costó mirar el cadáver de frente. Era grotesco. Pero respiró hondo.

—¿Quién me explica? —dijo, la voz un hilo sin tensar.

Aleksei miró a Lucas.

El chico apenas reaccionó. Tardó en hablar, y cuando lo hizo, las palabras le sangraban por la garganta. El relato salió entrecortado, atascado en pánico, narrado desde un lugar donde todavía no entendía lo que había ocurrido.

Al terminar, Lucas transfirió a Colona sus datos a través del chip subcutáneo. El agente lo había pedido solo para aparentar formalidad, ya contaba con todo lo que necesitaba.

—Agente Colona. —La voz de Aleksei salió baja. Cargada del peligro que se esconde detrás de la calma—. Es imposible que algo así le suceda a un vampiro.

Colona miró a Aleksei y algo en su cuerpo se crispó.

Ahí supo que ese era el momento para soltar la otra noticia.

La que empujaría un poco más el equilibrio hacia el límite, la que complementaría a la primera.

Ese momento era suyo. No iba a permitir que se lo arrebataran. Ni siquiera la orden de su jefe.

—Hay algo que usted debe saber, príncipe Beilion —dijo Colona—. Recibimos otra alerta igual de urgente. Quizás más. Y lo involucra de forma directa. Es sobre Dustuyev, su gran amigo.

Los guardaespaldas se tensaron al instante. Lucas se encogió aún más en la silla, débil, con ganas de disolverse.

—¿Más urgente que esto? —gruñó Aleksei y dio un paso—. ¿Qué pasó con Dustuyev?

Colona era bueno. No. Era excelente para descifrar personas.

Humanos, vampiros, daba igual. Le bastaba un cambio de postura, un parpadeo fuera de tiempo, una pausa mal medida.

Todos tenían un patrón, una lógica, y él la cazaba.

Por eso sobresalió entre los otros imbéciles que se postularon a ese trabajo que ahora odiaba con cada centímetro del cuerpo.

Con Aleksei, nada de eso servía. El príncipe era un muro.

Colona estaba convencido de que él sabía lo que eso le provocaba.

«Notifícale a Beilion. Y al chico, vivo o muerto, sácalo de ahí y tráelo».

La hora había llegado. Con la misma teatralidad que ya había practicado, metió la mano en el bolsillo del saco.

Entonces la vio, la grieta. La calma helada de Aleksei titubeó un segundo, pero existió. Un destello microscópico en esos ojos sin fondo, un parpadeo distinto. Impaciencia. Por primera vez, Colona sintió que tenía el control y lo disfrutó.

Sin una palabra y con una mueca torcida en el labio, sacó el celular. Lo sostuvo un segundo y luego lo dejó caer en las manos del príncipe, le entregaba una bomba sin temporizador. Casi parecía decir: “Esto es para ti, cabrón”.

Aleksei tomó el teléfono, hundió la mirada en la pantalla. La reacción fue inmediata, el rostro del vampiro se tensó, apenas, pero Colona lo notó. Vaya si lo notó.

Las fotos del cuerpo, de la escena, eran reales. El texto del correo, también. Venía directo del director de la Triple S. Y lo que mostraba era irrefutable.

Colona saboreó ese segundo de silencio. Luego le pidió que deslizara las otras imágenes. Un anillo. Un relicario. Un puro a medio fumar. Restos levantados de la escena. Todos del vampiro muerto en la cabaña. Todas pruebas de que la inmortalidad podía acabarse.

—Parece que hasta los intocables tienen días de mierda, ¿eh? —dejó caer el agente, con el veneno justo. Sabía que era un comentario innecesario, que iba contra la orden del jefe. Pero si no lo soltaba se iba a pudrir por dentro.

Le arrebató el teléfono y reenvió todo al correo de Aleksei.

—Ya tiene todo en su bandeja, Su Alteza.

Sabía que jugaba con fuego. Aleksei podía arrancarle el corazón sin sudar, pero en este momento, Colona tenía algo que el vampiro no, información. Y eso lo cubría.

El silencio que siguió cortó el aire. Incluso Lucas, débil y medio desplomado frente a la piscina, lo sintió. La atmósfera se volvió más oscura.

Para Colona el momento fue perfecto, el príncipe no era un dios ni monstruo. Era solo un hombre frente a una verdad que no podía enterrar.

Otro vampiro en el piso. Muerto. No, muerto no bastaba, era peor, algo que no tenía nombre. Ninguna lengua humana o vampírica podía describirlo sin atragantarse. La fotografía desbarataba la lógica. Un eco brutal de lo que le sucedió a Rad.

El cuerpo en las fotos yacía boca arriba.

Los ojos seguían abiertos, desorbitados.

Las manos y los brazos rígidos en un último amago de resistencia.

La boca congelada en un grito sin sonido, un intento de respirar que nunca se concretó.

El resto del cuerpo era sequedad, apenas carne, hueso forrado de cuero chamuscado.

Todo idéntico al cadáver que tenían frente a ellos.

En Dustuyev, sin embargo, había un detalle distinto. Había sangre. Un charco grotesco, demasiado, lo circundaba con salpicones por todos lados, prueba de una agonía que lo había reventado hacia afuera.

Irreconocible, sí. Pero los objetos que vio, el anillo, el relicario y el puro que siempre fumaba, no dejaban lugar a dudas. Aleksei los identificó al instante. Eran de su mejor amigo.

—Dustuyev está muerto, príncipe —recalcó Colona, con esa precisión con la que se clavan las agujas—. Mi más sentido pésame.

—¿Y hasta ahora se me informa? —murmuró Aleksei.

—Decisión del director —contestó el agente.

Aleksei abrió el celular y volvió a mirar las fotos que Colona le había enviado. Sus ojos sobrenaturales seguían fijos, intentaba desmontar las imágenes, desmentirlas, pero de nada servía.

Los ojos de Colona se abrieron un poco más. Quería beberse la incredulidad del príncipe, la confusión que se le marcaba en el rostro.

—¿Qué ocurrió exactamente? —Aleksei rompió el silencio con una voz que ya no era la de un príncipe inmortal. Quiso sonar firme, pero la diminuta falla en su tono era imposible de ocultar.

Colona sintió una punzada en el estómago. Ese tono. Esa soberbia envuelta en terciopelo. ¿De verdad le exigía explicaciones? Se dijo que el control estaba en sus manos o eso quiso creer.

Respiró hondo. No pensaba desperdiciar la oportunidad de arañar al príncipe.

—¿Qué ocurrió? —repitió Colona, casi burlándose del eco—. Parece que Dustuyev se cruzó con algo que no debía. O con alguien.

Cada palabra era un cuchillo que se incrustaba lento, despacio, justo donde dolía.

—El equipo lo encontró así —continuó el agente—.

Seco. Podrido. Igual que este de aquí. Y lo demás, en un orden casi enfermizo.

La ropa doblada sobre la cama. Los artículos de aseo alineados en el baño de manera inmaculada.

En la sala, si uno ignora el reguero de sangre y los adornos rotos por lo ocurrido, todo estaba en su lugar: cada objeto, cada pertenencia organizada.

»No me sorprende. El señor Dustuyev fue militar durante siglos. Esa disciplina no se apaga.

Hizo una pausa. La sonrisa que le lanzó era ponzoñosa. Tensaba una cuerda invisible que podía romperse en cualquier momento.

—Sabemos que contrató el servicio de donación —soltó Colona, suavecito.

Aleksei abrió la boca para interrumpirlo, pero Colona lo anticipó. Levantó la voz con fuerza. No iba a permitir que el príncipe marcara el ritmo.

—Dustuyev era un ermitaño. Vivía solo en el Amazonas. Así lo hizo durante siglos, pero eso no lo convertía en un santo.

La última frase fue un golpe sin adornos. Y no había terminado.

—Esta semana vino por la Boda de Sangre —siguió—.

Igual que el resto. La primera boda vampírica entre clanes en, ¿quinientos años?

—Una pausa fría, casi un dardo envenenado—.

Figuras importantes de cada clan asistirán.

Una unión con repercusiones sociopolíticas dentro de su mundo, ¿no es así, Su Alteza?

—Pausó un segundo—. Él se hospedó en esa cabaña, a las afueras de la ciudad.

Era la manera de Colona de dejar en claro que lo sabía todo. Cada movimiento, cada motivo.

Aleksei tenía los ojos encendidos. La misma expresión que le surgía cuando olía la corrupción, cuando alguien quebraba el código que defendía con uñas y colmillos.

En su mundo, Colona había nacido fuera de ese código.

Un hombre dañado, destruido por el divorcio.

Un cadáver funcional, un error que nadie había tenido el coraje de corregir.

—Plasma Corp. tiene todo el registro del proceso —continuó Colona, sin alterarse—. Es obvio.

—¿Fue otro vampiro? —disparó Aleksei, cambió el foco con rapidez. No iba a darle el gusto de que lo acorralara.

Aleksei sabía que esa muerte no había sido obra de un vampiro. De haberlo sido, habría ocurrido distinto. Decapitación, el pecho abierto, el corazón arrancado y metido en la boca a modo de trofeo. No. Prefirió no seguir. Solo pensarlo dolía.

—Su Alteza, así no matan los vampiros a otros vampiros —dijo Colona. Entendía lo suficiente para moverse en ese tablero—. Además, no hay registros de rivalidades ni muertes entre clanes desde hace siglos. Y sé que usted también lo sabe.

Hizo una pausa, movía sus piezas, muy metódico.

—Sin embargo, no voy a descartar nada —agregó—. Tal vez fue un vampiro con sed de venganza. Tal vez quiso cubrir el rastro cambiando el modus operandi. Lo tendré presente.

Sacó una libreta. La abrió con parsimonia, un gesto que pretendía dar inicio a una nueva fase en el interrogatorio.

—¿Sabe usted si Dustuyev tenía enemigos entre los suyos?

Aleksei no respondió de inmediato. Por primera vez en mucho tiempo, dudó. Lo miró con una intensidad rabiosa, pero solo negó con la cabeza.

—Los vampiros tenemos más enemigos de los que usted cree, Colona —agregó Aleksei, se aferró a la imagen del príncipe que aún creía ser—. No descarte a otras especies. Incluyendo la suya.

—Por supuesto que no —Colona respondió casi al instante—. De hecho, concuerdo con usted. Lo que ocurrió aquí hoy lo confirma.