Sangre muerta Capítulo 12
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Capítulo 12

Penthouse. Minutos antes

Colona subía en el ascensor directo al matadero, pero con una sonrisa podrida en la boca. Cada piso que pasaba era una maldición mascada en silencio. La noticia que traía lo cambiaría todo. Y el poder momentáneo que le daba, era lo más cerca que había estado de sentirse vivo en años.

Decidió subir solo. Dejó al resto en el blindado, y a la espera de su orden. Pensó que podía manejarlo con mayor discreción así. Si entraban soldados de la Triple S al edificio, lloverían preguntas, ruido. Y eso era lo último que necesitaba.

Ding. Último piso. Penthouse.

Las puertas se abrieron. Un pasillo largo y rojo se desplegaba frente a él igual que una lengua de sangre. El silencio abrumaba y el olor a cítrico barato le revolvió el estómago.

Apenas dio un paso, los guardaespaldas lo vieron. Él no pestañeó. Avanzó con calma, sin levantar alarma.

«Un par de idiotas de traje caro», pensó. Humanos, por supuesto. «Perros vendidos».

Miró a los guardaespaldas con asco. Sabía cuánto costaba su lealtad. Eran mercenarios sin moral. No protegían personas, protegían chequeras. Y los vampiros tenían bolsillos sin fondo.

Lo que más le jodía no era lo que hacían sino lo que le recordaban. Él también era eso. Un vendido. Un engranaje de la máquina oxidada que protegía, encubría y colaboraba con esas bestias. Y no hay peor nausea que odiar algo porque te ves reflejado en ello.

La Triple S no era más que el brazo largo de un pacto entre humanos y vampiros. Cientos de años de encubrir masacres, silenciar testigos y mover cuerpos. De maquillar la verdad para que los vampiros jugaran a ser dioses y los humanos se creyeran a salvo.

Pero cuando la bestia tenía hambre y no había cámaras cerca, aparecían los cadáveres destrozados de niños, ancianos, familias enteras, convertidos en desecho. Y luego, él. Con la pala. O con la firma. Cerraba el caso e inventaba otra versión.

Esta vez era distinto. Dos de ellos estaban muertos y quería ver a Aleksei perder el control, aunque fuera un segundo. En ese mundo, esas pequeñas victorias eran lo único que lo mantenía cuerdo.

—Agente —dijo uno de los guardaespaldas. El más joven. Voz grave, entrenada para intimidar—. Eso fue rápido.

A Colona le tocaba hacer el papelón de idiota.

—¿Por qué te sorprende? —espetó Colona, sin molestarse en disimular el fastidio. Con este en particular tenía poca paciencia; pensaba que el guapito no era el pollo más brillante del gallinero—. “Es urgente”, dijeron. “No hay tiempo que perder”, dijeron. Bueno aquí me tienen.

»Y les advierto. —Encendió un cigarrillo y se lo llevó a la boca—. Debo hablar con su jefe también. Traigo una noticia importante.

—¿Qué noticia? —preguntó el de la barba salpicada de canas.

«Si creen que la muerte de ese vampiro fue grave, esperen a que les suelte la otra», pensó, y apretó los dientes para no escupirlo en voz alta.

—¿Dónde están los cuerpos humanos que debo limpiar?

Colona ignoró la pregunta.

Ahí estuvo la grieta. Breve, ínfima, suficiente. Una mirada cruzada, un parpadeo disimulado, un tic involuntario en la comisura de los labios. Colona lo saboreó. Estaban nerviosos; esta vez el muerto no era humano y no sabían cómo decirlo.

Aun así sabía que no se moverían. No todavía. Esos idiotas disfrutaban estorbarlo, aunque lo necesitaban adentro para encargarse del “problema”. Lo hacían por deporte. Sabían lo que él pensaba de ellos y se lo cobraban en cuotas.

Perfecto. Que jugaran a los duros. Justo lo que quería.

Sin apuro, con el veneno que le quemaba el pecho, y el cigarrillo entre los labios, metió la mano en el bolsillo del saco que apestaba a sudor seco y rabia vieja.

Buscó sin prisa con la seguridad de quien sabe qué botón va a hundir.

No les quitaba los ojos de encima, disfrutaba verlos dudar.

Sacó el celular, abrió el correo y la galería de fotos, y les mostró. No necesitaba una pistola, eso bastaba. El teléfono temblaba entre sus dedos. No por nervios, por puro teatro.

No dijo nada. No hacía falta. Las imágenes hablaron por él. Y lo que decían era suficiente para incendiar el puto edificio.

Los guardaespaldas, esos bloques de carne hechos para no sentir, sintieron, y se congelaron. Los rostros palidecieron al mismo tiempo. Colona contuvo la risa. Ver a esos dos «imbéciles» sacudidos por la misma emoción —estaba seguro de que compartían la misma neurona— era oro puro. «Idiotas».

No eran solo las imágenes. Habían leído el texto y, sobre todo, el nombre del muerto. Un nombre que no era cualquiera.

—No puede ser —dijo el de las canas. Su voz parecía necesitar permiso para existir.

Pero sí era. Y no había forma de digerirlo. La imagen era una aberración. El nombre, una grieta que recordaba que ni siquiera los intocables estaban tan por encima como creían.

—Asumo que no habían visto algo así antes —interrumpió el agente, con una sonrisa discreta; les dejó el cuchillo clavado—. Los entiendo. Yo también me impresioné, nunca vi algo igual.

»Y este era cercano, ¿no? —soltó, con la ligereza de quien comenta sobre un perrito atropellado—. Dustuyev. Un amigo del amo.

Colona no necesitaba más. Silencio, pánico y dudas, esa era su victoria. Ellos sabían. Y él sabía que sabían. El juego ya estaba en marcha.

Recordó la orden de su jefe, clara y directa:

«Sea lo que sea que encuentres. Sé rápido. Saca al joven de ahí. Tráelo lo antes posible».

—Ahora, ¿me van a dejar pasar? —dijo, y guardó el celular—. O, si quieren, le mando las fotos al jefe por correo y le explican por qué me frenaron. No me molestaría verlo encabronado.

Alzó una ceja, una sola. Silencio. Dos segundos. Tres…

—Ocurrió algo —dijo el más joven, sin poder esconder el temblor—. Después de ver esas fotos, ya no parece coincidencia. Hay otro muerto. Otro vampiro.

Colona no se dignó en fingir sorpresa, esa emoción no era útil en ese momento. El joven sacó la llave de acceso y abrió la puerta.

—No perdamos más tiempo —dijo el agente, sin mirar atrás.

Colona se abrió paso, casi un rey que camina entre restos aún tibios de una escena de crimen. Los rostros que encontraba eran sombras, ojos perdidos, bocas manchadas, cuerpos hundidos en luces tenues y residuos de euforia. El resto estaba amontonado en la sala.

Nadie podía irse por protocolo. Todos serían sospechosos en cualquier otro caso. No en este. Ya tenía una pista, un nombre. Había alguien en la mira.

Todo olía a sangre maquillada con perfumes caros, ese aroma forzado que pretendía cubrir la podredumbre. Él la reconocía, estaba en el aire, en la piel de cada uno. En las gargantas.

Avanzó entre la multitud con la placa en mano. Fue suficiente. Estaba en un nido, sí, pero todos se hicieron a un lado. Tragaron rabia, odiaban obedecer a un humano, pero la Triple S lo volvía intocable.

—Busquen a su amo —ordenó a los guardaespaldas.

No hizo falta. Aleksei apareció igual que un relámpago. Todos los vampiros y donantes se inclinaron al unísono ante el príncipe. Fue respeto, reflejo. Instinto de especie.

—Su Alteza —dijo Colona sin tanta deferencia—. Me informaron del incidente.

—Afuera —respondió Aleksei, duro—. Sígueme. —Miró al resto—. Nadie salga.

Caminaron hacia la terraza, lejos del bullicio, seguidos por los dos guardaespaldas. Colona iba en medio, pero sus ojos ya estaban puestos en el chico junto a la piscina. Aleksei, con un gesto, ordenó a todos que entraran. No quería a invitados ni donantes cerca.

El agente reconoció a Lucas al instante.

Temblaba, frágil, al borde del desmayo. Piel pálida, labios secos, los ojos fijos en algún punto entre el trauma y la incredulidad.

Tenía más de cadáver que de asesino. A Colona le costaba aceptar que ese chico estuviera implicado.

Le recordaba a su hijo. Tenía la misma cara de gato asustado cuando se metía en problemas que le quedaban demasiado grande.

Eso le apretó el pecho, por un momento quiso sentarse junto a él y calmarlo.

Pero no podía. Ese no era su rol. Él solo obedecía.

Pangellis creía que la sangre de Lucas tenía algo que ver con todo esto.

El equipo enviado a esa cabaña también lo creía.

Así que a Colona le tocaba creerlo. Por ahora.