Capítulo 11
Lucas
Aleksei me sacó de ahí. No dijo nada, me tomó del brazo y me llevó aparte. No fue brusco, pero tampoco amable. Me arrastró con esa propiedad tranquila de quien está acostumbrado a que el mundo se mueva cuando él decide. Parecía su juguete. Nadie se atrevió a decir una palabra. Yo menos.
Me llevó hasta una habitación oscura y silenciosa.
Cerró la puerta. Entonces empezó a olfatearme.
Sí, así mismo, casi un animal. Su cara flotaba a centímetros de mi piel, de los restos de mi sangre y de la de Rad.
Yo hablaba, o intentaba decir algo, cualquier cosa, lo que fuera, pero él no escuchaba.
O no quería. Buscaba. ¿Qué? Vaya usted a saber.
De un tirón me quitó la camisa. La tela, manchada con sangre seca, quedó en sus manos. La olfateó. Luego me miró. No con los ojos de antes. Ahora las pupilas estaban dilatadas, inmensas, dos abismos dispuestos a tragarme.
Me empujó, suave pero firme, hasta sentarme en la cama. Todavía estaba débil, no resistí. ¿Para qué? Admito que me gustaba que tomara el control. Asumí que era su cama. No tuve tiempo de pensarlo, en un segundo, ya lo tenía detrás, sentado, pegado a mí.
Sus piernas rodearon las mías, eran un cepo que me cerraba cualquier intento de escape, aunque yo no quería escapar. Su torso desnudo, helado, se apoyó en mi espalda. No era solo frío, era otra cosa. Antinatural. Era la Muerte que me abrazaba con paciencia.
Su pecho, enorme y duro, fue una pared que me presionaba desde atrás. Me envolvió. Y yo me ericé en el acto. Solté un suspiro y dejé de temblar. No porque me calmara. Dejé de temblar porque ya había cruzado esa línea donde el miedo abandona el temblor y se convierte en parálisis.
El corazón no solo me latía en el pecho; lo sentía en los dedos, en las muñecas, en las sienes. Bum, bum, bum. Un tambor de guerra que reventaba desde adentro.
Su aliento en mi oído. Un susurro gélido me apretó los dientes, tan fuerte que sentí un latigazo en la mandíbula. Me olía. No paraba de hacerlo.
Y sí, se sentía bien. Sentirlo ahí, pegado, me encendió la piel y, por fin, entendí qué carajo era el deseo. O el anhelo. O el peligro. O las tres cosas juntas, mezcladas sin orden.
Ese segundo fue mi antes y después.
—No te muevas —susurró, casi con dulzura. Casi—. Será breve. Intentaré que no sientas dolor.
Claro. Esa era la mentira número uno. Siempre dolía.
Ahí lo entendí. La espera es peor que cualquier dolor. La espera te parte antes de que te toquen. Y en su voz, esa voz que ya había decidido por los dos, había algo más fuerte que el miedo. Esa seguridad que se te mete debajo de la piel y te dicta sentencia: «Esto va a ocurrir, te voy a morder».
Quizás fue todo junto. La muerte del vampiro, tener a Aleksei tan cerca, o tal vez fui yo y el mareo.
O peor, mi cuerpo, ese traidor profesional que decidió rendirse sin siquiera consultarme.
Mientras su voz repetía en mi cabeza «Intentaré que no sientas dolor», sentí que sus dedos se movían, firmes, seguros, me tomaron la cabeza con precisión, sin titubeo.
Y cedí. Me entregué a su tacto. Sin resistencia.
Mi mente iba a mil, fabricaba otra historia paralela que no cuadraba ni de cerca con lo que acababa de pasar en la terraza. Era ilógica, incongruente. Pero se sentía real. Muy real. Y, ¡qué carajo!, hot, dentro de lo poco que yo entendía de eso.
Yo, sentado en la boca del lobo, sin ganas moverme. Más bien con ganas de meterme de cabeza.
Inclinó mi cuello hacia un lado con una delicadeza milimétrica. Sentí su aliento rozar mi piel. Esa piel que, de pronto, quedó descubierta, libre. Lista para él.
Su lengua recorrió mi cuello. Cerca de donde estaba la mordida de Rad y mi sangre seca.
¡Auch! Un corrientazo me subió desde la ingle y, al instante, se me puso dura.
No pensé, ni respiré, pasó y ya. Y no, si me iba a morder, no tenía que hacerlo así, tan jodidamente sexy.
Nada de eso era necesario, nada. No es que me quejara, solo que la cabeza se pone creativa y yo, pues…
qué imbécil era. El más hombre entre los hombres me tocaba y yo le metía mente, le ponía peros a algo que, honestamente, solo había que disfrutar.
—¿Qué… qué haces? —alcancé a decir con un hilo de vida y el cuerpo todavía débil, traicionero.
—Ssh.
Y sentí la cortada en el cuello. No fue profunda, no fue un mordisco romántico de película.
Fue limpia. Precisa. El ardor fue inmediato.
Una descarga me atravesó desde la nuca hasta los talones, un escalofrío tan brutal que por un segundo creí que me partiría en dos.
El cuerpo quiso huir, pero no había adónde.
Me sujetó con un brazo, firme. Una trampa. Y yo caí directo en ella.
Intenté moverme. Nada. No tenía fuerzas y no había espacio. Solo estaba él y yo, y ese espantoso ardor que no se iba, que crecía, que se expandía igual que fuego bajo la piel.
Sentí la sangre correr. Un hilo tibio que bajaba por mi cuello, pegajoso, lento.
Cruzó mi pecho, se escurrió por el estómago, y dejó una marca líquida, una cicatriz caliente.
Él extendió la otra mano y observó la gota de sangre que colgaba de su uña.
Parecía leerla, examinarla, la sostuvo con tanto cuidado que daba miedo, casi ácido que no quería que tocara su piel.
Acercó el dedo a la nariz y olfateó. No pude ver si la probó.
Su respiración cambió, se hizo un gruñido bajo, grave y salvaje. El sonido de alguien que pierde el control. Yo, atrapado entre sus brazos, sentí que me vaciaba por dentro. No solo el cuerpo, también la voluntad, mis certezas, todo eso se me escurría.
Con la debilidad que ya traía desde que Rad bebió de más, la mente se tambaleó. La conciencia parpadeaba, era una pantalla vieja a punto de apagarse. En medio de los parpadeos escuché voces. Voces que no estaban ahí, pero estaban.
«¿Qué haces, Lucas? ¿En qué te has metido?».
La voz de mis padres, lejana, clara, parecía venir de un lugar al que supe que ya no podía regresar.
Sentí cuando se separó de mí. Fue lo mismo que si me arrancaran algo que tenía pegado a la piel. Agresivo, injusto. Luego se plantó al frente. Un espectro con forma humana.
Todo quedó en silencio, pero no de los tranquilos, no del que calma. Era un silencio desagradable, que dolía. El aire se espesó de inmediato y ahora me aplastaba el pecho.
Por los nervios y por todo lo demás, mi cuerpo, por sí solo, decidió deslizarse de la cama. Cuando reaccioné, ya estaba en el suelo, medio sentado, medio tirado, convencido de que el mundo entero me había empujado ahí. Llevé una mano al cuello. Estaba húmedo y caliente.
Cuando miré mis dedos, ahí estaba. Roja y oscura. Mi sangre.
El olor a hierro, que se te pega a la nariz y no se va, me dio una bofetada. El corazón se desató. Latía tan fuerte y tan rápido que pensé que iba a reventar. Cada golpe era un martillazo y yo sin comprender nada de nada.
—¿Quién eres realmente, Lucas? —escuché su voz. Tenue, rota.
Levanté la cabeza. Lo vi alejarse, lo vi apoyarse contra la pared, necesitaba que algo lo sostuviera. Los ojos imposibles pegados a mi cuerpo.
Yo respiraba a trompicones. Tosía aire que no me alcanzaba.
Y sí, tuve miedo, miedo real, del que no grita ni corre, que apaga la cabeza ya que esto era otra cosa.
Algo había ocurrido y no sabía qué. Sentirme frágil, pero de verdad, me hizo entender que esa fragilidad era el trabajo, la macabra línea entre vivir y morir.
Si él hubiera querido, me habría hecho lo que se le diera la gana por algo que pasó allá fuera.
Intenté levantarme. Primero apoyé las manos. Luego las rodillas, crujieron. Todo el cuerpo pesaba. Era un saco vacío y yo apenas podía subirlo.
Cuando lo logré, sentí que había escalado una montaña. Estaba débil, los labios me sabían a cartón, la lengua me raspaba el paladar.
Desde las sombras donde se había escondido, su voz volvió.
—Tu sangre —dijo—, es un imposible.
Di un paso. Luego otro. Quería salir de la habitación. Me valía una mierda lo que decía.
Se plantó en la puerta. Un muro entre mí y la salida.
—¡Qué pasa! Aléjate —mascullé, sin fuerzas, pero con el alma atragantada.
No sé qué pasó después, solo sé que Aleksei me dejó ahí. Así, sin más. Se desvaneció. El aire se lo tragó. Y claro que no me iba a quedar quieto, no después de lo que pasó.
Salí por la puerta que daba al balcón, el mismo balcón donde nos habíamos confiado secretos igual que idiotas que creen que la noche los protege.
Me arrastré hasta la terraza, tambaleaba.
Vi a Bandhu, lo llamé, él vino corriendo hacia mí.
Di pasos torpes, cada uno era un castigo, el suelo me rechazaba.
Bandhu me agarró, empezó a hablarme, me hacía preguntas, pero nada se me quedaba.
Todo era ruido. Estática. Cuando llegamos otra vez al área de la piscina, donde seguía el cuerpo sin vida, sentí todas las miradas encima.
La puerta de la terraza se abrió de golpe. Todo quedó en pausa, hasta la brisa pareció contener la respiración. Entonces sonaron pasos lentos y pesados, uno tras otro. Cada pisada era un trueno en el piso y en mis costillas.
Aleksei venía primero. Tenso. La mirada clavada al frente, casi furioso, hizo un gesto que fue más orden que gesto para que todos los que estaban ahí pasaran adentro. Le dijo algo a Bandhu, rápido, bajo, pero no escuché qué. Solo vi a mi amigo obedecer y entrar con los demás.
Junto a Aleksei venía un tipo alto y delgado, un espantapájaros, pero que sí da miedo. La piel negra, los ojos hundidos, ojeras profundas, casi moretones. Llevaba un saco gris que solo ves en películas donde todos terminan muertos.
Detrás de ellos, los dos guardaespaldas que me había topado en la entrada. Más atrás, gente. Vampiros y humanos miraban con la frente pegada al vidrio. Parte del decorado casi. A la espera de no sé qué.
Yo… yo me senté frente a la piscina, en una silla de playa. No fue por placer, mis piernas dijeron “hasta aquí”. Mi corazón, que ya no daba más, se lanzó al vacío, cayó directo al estómago y se instaló ahí, hecho un nudo.
El cuerpo seguía tirado en el piso, a poca distancia. Demasiado cerca. El agua de la piscina reflejaba luces que ya no parecían bonitas, solo frías.
El tipo del saco gris alzó la mirada, me sostuvo los ojos y se plantó frente a mí. Curioso. Yo era una ecuación que no terminaba de entender. Yo no sabía quién carajo era ni qué representaba. No entendía qué venía ahora.
Me quedé ahí, sin poder moverme, con la mente en blanco. El cuerpo agotado, la sangre todavía en la piel. Y tuve la certeza de que lo peor estaba por empezar.