Sangre muerta Capítulo 10
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Capítulo 10

Blindado

El blindado aguardaba estacionado a cinco cuadras del lugar. Mientras Colona seguía atrapado en su propia cabeza, el mensaje que había estado esperando por fin llegó. Era de su jefe.

Abrió el chat y los ojos casi se le salieron de las órbitas. No podía ser. Así de simple.

Reprodujo el video. Un vampiro, tirado en el piso, agonizaba. Luego, otro clip, el mismo vampiro, ya muerto. Eso acababa de ocurrir en la fiesta de Aleksei Beilion.

No tuvo tiempo de procesarlo. Otro mensaje entró de inmediato, un correo. Y este era peor. Mil veces peor.

Lo leyó una vez. No bastó. Lo leyó de nuevo, con una calma fingida, porque, claro, leerlo más lento podía cambiar el contenido, ¿no?

Pero el texto permanecía ahí, frío e irrefutable.

Y las fotos adjuntas resultaban escalofriantes.

Algo se contrajo en su estómago, una presión que le crispó las entrañas.

Había ocurrido lo impensable. Dos cuerpos.

Dos muertes. Y la segunda no era cualquier muerte.

La segunda era la más grave. Un vampiro muerto, sí, pero no un peón cualquiera como el del penthouse.

Era un Antiguo, casi realeza. Y lo verdaderamente malo no era que estuviera muerto, sino la forma en que había muerto.

La teoría preliminar sonaba irracional. Imposible. Pero se repetía en el texto. Lo más vital para un vampiro se había convertido en veneno.

¿Cómo? No tenía idea. Colona intentó calmarse. Cerró los ojos, tragó saliva y repitió el mensaje de su jefe igual que un rezo. «Espera mi orden. Todo con tacto. No sabemos cómo pueden reaccionar».

A Colona le importaban el equilibrio y el deber. Pero había otra cosa que le importaba más, mucho más. La cara que iba a ver. La de Aleksei Beilion. Príncipe. Intocable entre los suyos.

Eso bastaba para que el “tacto” se le fuera al carajo y que el odio tomara el volante. Estaba ansioso, sí, pero no solo por lo que debía hacer. Lo estaba por el momento en que ese parásito arrogante escuchara la noticia. El mensaje que él, Colona, tendría el honor de entregar. Cara a cara.

Ahora todo cobraba sentido, los soldados, el despliegue.

La muerte del Antiguo había ocurrido antes, en esa cabaña, pero el jefe no quiso actuar hasta estar seguro, supuso.

Hasta atar cabos. El otro cuerpo lo confirmó todo.

Una muerte conectada con la otra. Dos escenas distintas, una misma firma. Alguien en común. Lucas Luna.

Colona no tardó en preguntarse cómo su jefe había hecho la conexión.

Quién le había informado. Estaba claro que alguien adentro de la fiesta abrió la boca, alguien lo vio todo.

¿Tenía infiltrados, informantes, en esa fiesta?

La idea le dejó un sabor metálico en la garganta.

«¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué confía más en otros que en mí? ».

Y ahora, en medio de un caos latente, era él el elegido, el enviado. El portador del veneno. El que daría la noticia capaz de hacer tambalear la torre de marfil de Aleksei Beilion, el príncipe arrogante que lo trataba lo mismo que a un sirviente.

¿Cómo iba a reaccionar el príncipe? No iba a ser bonito.

Eso lo sabía. Ese otro cadáver, ese Antiguo, no era cualquiera.

No para Aleksei. Pero no le importaba. Quería escupírsela con calma, palabra por palabra.

Una estaca sin filo, hundida despacio, milímetro a milímetro.

Y se iba a asegurar de romperle el ego y recordarle que incluso los dioses sangran.

O, en este caso, mueren.

Recibió otro mensaje de su jefe: «Llega al lugar en cinco minutos».

—Arranca cuando te diga —ordenó Colona al conductor.