Sangre muerta Capítulo 8
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Capítulo 8

Lucas

De pie, con la camisa en la mano, medio tieso, el pecho me latía raro. No sabía si estaba en negación. No sabía si volver a la fiesta o largarme a casa. No sabía si sentirme valiente o idiota. Solo sabía una cosa, algo se había movido dentro de mí.

Solté aire. Crucé los maceteros de vuelta hacia adentro. Saqué el celular y le escribí a Bandhu mientras caminaba. “Estoy bien, ya entro”. Dudé un segundo antes de enviarlo. Igual lo mandé. Seguro ni había visto el celular.

Entonces apareció un vampiro. Literal, salido de la nada, pero sin asustarme.

Era el mismo que había visto adentro, antes de salir, el de la chaqueta roja y la camiseta negra debajo.

De cerca se veía tranquilo, mirada suave y sonrisa real.

Más o menos de mi tamaño, barba bien arreglada, con la luz de la terraza parecía de unos treinta. Aunque con ellos nunca se sabe.

—Qué suerte la mía —dijo y al mismo tiempo me tomó la mano—. Te había estado buscando. Me llamo Rad. ¿Y tú?

—Lucas —intenté sonreír. Me salió medio chueca.

—Lucas. Lindo nombre —dijo—. ¿Me acompañas un rato, Lucas?

Asentí, medio hastiado. Yo lo que quería era entrar, buscar a Ban y largarme.

Pero Rad no parecía mala gente y fue tan amable que me dio pena decirle que no.

Caminamos hacia el área de la piscina y nos sentamos.

Charlamos un poco, de nada importante. Música.

La vista. Lo caótica que estaba la fiesta.

Me distrajo y lo agradecí. La cabeza seguía revuelta con todo lo que acababa de pasar con Aleksei.

Me sacó una risa. Dos. Y con una amabilidad que me desarmó, me preguntó si podía ser su donante.

—Solo si está bien contigo —agregó enseguida—. No quiero forzarte a nada. Sé que este lugar puede intimidar a los nuevos.

En teoría no tenía que hacerlo. Aleksei ya había marcado la donación como cumplida.

Pero justo eso era la mierda que me molestaba.

Me habían quitado la decisión. Y yo quería decidir.

Decidir quién sí y quién no. Decidir por mí.

Rad era educado. Calmado. Cute, incluso.

Nada de hambre en los ojos. Nada de prisa. Así que…

—Sí —contesté, sorprendiéndome a mí mismo—. Está bien.

Me quité la camisa. Le ofrecí el cuello.

Él se acercó con cuidado, todo con tacto.

El plateado de sus ojos se oscureció un poco, todavía se veía el gris.

Pensé: “Okey, esto va a estar bien”. Pero no.

¡Maldita sea! Cuando clavó los colmillos, sentí cuchillas.

No un pinchazo. Cuchillas que me desgarran la carne.

El dolor me atravesó y un hilo caliente empezó a bajar por mi pecho desnudo.

Ardía. Ardía mucho. Y yo, de imbécil, me repetía en la cabeza: es agradable, es tu trabajo, respira.

Pasó un buen rato y no se despegaba. La fuerza se me drenaba junto con la sangre. Las luces se volvieron más brillantes. El mundo empezó a girar lento.

—¿To… todo b-bien? —pregunté, me salió más a quejido.

Nada. Seguía ahí. El frío de sus labios, la lengua, su respiración pegada a mi cuello, tragos cortos, constantes.

Los dientes si intención de soltar. Le toqué el brazo.

Nada. Le apreté más fuerte. Nada. Tuve que sacudirlo.

Eso lo arrancó del trance. Dio un sobresalto, aspiró fuerte, bufó y se apartó.

—Perdona, Lucas —dijo, descolocado—. No sé… no sé qué me pasó. Tu sangre es distinta. Me, me amarró. ¿Estás bien? ¿Te hice daño?

—Olvídalo —alcancé a decir, el mareo me doblaba—. Quédate aquí un segundo.

—Lucas —dijo, con vergüenza—. Estás débil. Bebí de más. Lo siento. Tu sangre es fascinante. Demasiado. —Se puso de pie—. Te traeré agua y vitaminas.

Se me escapó una risita corta. Le agarré la muñeca para que no se moviera. El tipo, en serio, hasta preocupado era un amor.

—Solo quédate —le pedí—. Luego haces todo eso.

Sacó un pañuelo blanco de tela que dejó de ser blanco en dos segundos.

¿Quién carajo usa pañuelo de tela hoy en día?

Se limpió la boca con elegancia y luego me limpió a mí, todo sweet.

El cuello, el pecho, el estómago, despacio.

Era imposible remover toda la sangre, pero parecía importarle de verdad.

Me puse la camisa como pude. No me la cerré, no tenía botones.

Nos reíamos de un chiste malo que dijo, yo todavía sentía el pulso en las sienes.

Pasaron, no sé, treinta, cuarenta minutos. En algún punto lo vi llevarse la mano a la cabeza. No fue rápido, todo lo contrario, eso sí, era evidente que sentía dolor.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí —murmuró—. Creo. No sé. —Se tocó la frente con el índice, justo en un punto—. Me duele aquí.

Eso me inquietó.

—¿A ustedes… les duele algo? —pregunté—. Quiero decir, ¿eso pasa?

Soltó una risa corta que murió enseguida. Hizo un gesto raro con la boca, parecía probar algo que no le gustaba.

—¿Qué pasa? —dije.

—No sé —respondió—. Me vino un sabor ácido. Amargo. Y esto —se tocó la cabeza otra vez— tampoco es normal.

Se quedó quieto un segundo.

—No soy tan viejo —añadió—. Quizás sí es normal, y nunca me pasó. Tengo doscientos años nada más. Mi creación fue aprobada para servir a uno de los príncipes de la Casa a la que perten…

Se interrumpió con un quejido bajo. Esta vez fue la pierna. Primero se tocó con cuidado, luego se empezó a masajear la zona. Juré que era un calambre que no terminaba de irse.

—Tenía mucho tiempo sin sentir… —dijo y de pronto se dobló un poco, se llevó la mano al estómago—. Mmm, ¿qué diablos me pasa?

—Okey —dije, coloqué la mano sobre su hombro—. Dime qué hago. No tengo idea. Soy un inservible.

Eso lo hizo reír, aunque yo hablaba en serio. No tenía idea de cómo ayudar a un vampiro que parecía estar averiándose frente a mí.

Nos quedamos ahí, medio quietos, hablando de cualquier cosa. De lo que fuera para distraerlo. Para no pensar en el susto, para que el dolor no se notara tanto.

Entonces comenzó a rascarse los ojos. Al principio pensé que se le había metido una pestaña, polvo, whatever. Pero no, se llevó las manos frente a la cara, a cierta distancia, las abría y cerraba. Ahí me cayó.

—¿No puedes ver? —se me salió.

—Veo borroso —murmuró. La voz le tembló—. Quédate aquí. —Tragó fuerte—. Iré por ayuda.

Me miró, de verdad trataba de enforcarme.

—Sé que estás débil. Te traeré unas vitaminas —titubeó—, mmm… y una mandarina para r-reanimarte. No quiero que te sientas mal. Y, Lucas, perdón. No quise beber de más.

Y justo cuando se dio la vuelta para irse, hizo un sonido extraño. No una palabra, un ruido.

Noté que los dedos se le pusieron rígidos, duros. Luego empezó a respirar raro, no sé, buscaba aire que no llegaba.

—¿Rad? —dije.

No me escuchó. Se dobló hacia delante. Tosió. No salió aire, no salió saliva. Salió sangre. Negra, viscosa. No era mía. Me salpicó la cara y el pecho. Me eché hacia atrás de golpe, el corazón se me subió a la garganta. Algo estaba muy mal.

Lo siguiente fue peor. Su piel empezó a cambiar. No fue inmediato; fue una mancha que se expandía bajo la superficie, se oscurecía por zonas. Donde antes había luz ahora había sombra. Los ojos se le encendieron de un rojo podrido, enfermo.

Ahí lo supe. No porque alguien me lo dijera. Lo supe en ese lugar raro del cuerpo donde no hay espacio para dudar. Ese vampiro se moría frente a mí.

Se llevó una mano al pecho, desorientado. La otra temblaba, buscaba apoyo en el aire. La respiración se le volvió errática, el cuerpo parecía no recordar cómo funcionar.

—Lu… —intentó decir.

La voz se le quebró. No salió.