Sangre muerta Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Sus dedos fríos se deslizaron por debajo de la camisa y tocaron mi estómago. El aire se me escapó de golpe. Recién ahí entendí que lo aguantaba hasta quedarme vacío.

Su presencia me envolvió igual que una tormenta que no avisa.

No era solo un vampiro ni solo un tipo. Era otra cosa.

Un ser que no debía existir, pero existía.

Estaba ahí, tan cerca, respiraba conmigo.

¿Los vampiros respiran? Claro que sí, me respondí al mismo tiempo, solo que distinto.

Más lento. Más medido. El espacio olía a él.

Limpio, suave, a ropa secada al sol. Lo aspiré sin querer, y ese olor se me ancló en la piel, se me instaló en los pulmones.

En un respiro me abrió la camisa, los botones saltaron. Me la quitó y, de pronto, estaba expuesto. El frío de la noche me azotó el pecho y la espalda. Me quedé quieto, vulnerable hasta el tuétano. No sabía qué carajo debía sentir, ¿miedo? ¿vergüenza? ¿todo junto?

Quise cubrirme por pudor, tal vez por respeto. Respeto a él, a esa criatura imposible y perfecta. Y yo… yo era una caricatura inacabada, con una cicatriz tonta en los labios y sombras mal hechas.

Mis brazos, flacos y sin propósito, se pegaron a los costados, querían esconderse. Fue automático. Solo pensaba en mi cuerpo. En lo poco que creía tener para ofrecer frente a esa perfección. Pero boté esa idea a la basura porque, al final, tenía lo más valioso para ellos: sangre.

Mis manos traicioneras se colaron entre mis muslos delgados, esas dos ramitas inútiles que apenas me sostenían.

La respiración se volvió un desastre. No solo la escuchaba, la sentía. Cada exhalación salía rendida, mi cuerpo parecía decir “a la mierda, ya fue”.

Jugaba a sentirme valiente. A creer que podía vivir “a lo loco” igual que mis compañeros, aunque fuera por un rato, sin miedo, sin freno. Dar el salto al vacío sin pensar que la vida siempre cobra peaje.

Pero ahí dudé. Dudé de que alguno de ellos hiciera algo siquiera parecido a esto. Un jugueteo directo con la muerte. Ni drogados. Ni en su peor decisión a las tres de la mañana. Excepto Bandhu. Él siempre sería la excepción.

Me quedé quieto. Cerré los ojos porque lo sabía. Todo mi cuerpo lo sabía. Esto no iba a ser igual que en las pelis románticas de vampiro softie. No iba a haber susurros ni caricias bonitas. Esto iba a doler porque era real. Y lo real siempre es peor.

—Tu sangre es —dijo con una calma que me heló la espalda—. Puedo olerla a través de tu piel.

No levantó la voz. No era necesario.

—Me resulta muy familiar —continuó—, pero no sé por qué. —Me observaba callado—. Veo cada vena, cada arteria. Siento tu corazón.

Entonces hizo lo peor. Cerró los ojos e inhaló profundo. Un depredador que olía a su presa. Yo era el ciervo y mi cuerpo temblaba con su cercanía, ligero.

—Huelo tu miedo —dijo—. La adrenalina recorre todo tu cuerpo.

No tuve tiempo de reaccionar. En un parpadeo, el ambiente cambió, supe que algo estaba por romperse. O por devorarme. Lo tenía demasiado cerca y todo mi sistema gritó “alerta roja”. Las piernas no respondían. El instinto decía corre, pero no lo hice. No, porque yo había dado mi consentimiento.

Y pasó lo inesperado. Ese hombre se detuvo en seco.

Los ojos, esos ojos inmortales y negros que hace dos segundos iban a devorarme, volvieron a ese verdeazul místico, y ahora que lo tenía tan cerca noté vetas doradas entre el iris y la córnea.

Fue literal verlo salir de un trance. Dejar atrás al monstruo. Volver a ser el tipo que me salvó.

—No —dijo, suave, sin levantar la voz, con absoluto autocontrol—. No he bebido sangre humana en mucho tiempo. Esa fue una decisión que intento mantener.

Mi pecho se desbocó como si me acabara de bajar de una montaña rusa a oscuras.

No sabía si por alivio o por decepción. Me ardían los ojos.

Y no, no era por él. Era por mí. Porque por un segundo, uno jodido pero eterno, creí que no quería morderme porque yo no era suficiente, porque mi sangre no valía. Patético, lo sé. Pero así fue.

Tuve que morderme los labios. El revoltijo de emociones se me subía al pecho y amenazaba con explotar ahí mismo. Él se había reprimido, y yo, en cambio, estaba dolido, rechazado; así bien rom-com.

Ridículo. Me sentí pequeño.

Inhalé, exhalé. Obligué a mi cabeza a parar la tormenta. Y pregunté lo que debí preguntar desde el inicio antes de montarme la película completa con soundtrack y todo.

—¿No bebes sangre humana por una promesa o algo?

—No quiero —murmuró, más para sí que para mí, mientras se alejaba—. No debo.

Su voz ya era distinta. Con eso zanjó el tema. Había tomado su decisión.

—Lucas, ha sido agradable hablar contigo —agregó—. Puedes regresar a la fiesta. Si lo deseas. Puedes donar, si gustas, pero no tienes que hacerlo. Antes de irte, mandaré a alguien para que te consiga una camiseta.

No hubo despedida larga. Solo eso. Y en un abrir y cerrar de ojos, desapareció. Así, sin ruido.

Me quedé solo, con el pecho frío y la cabeza a mil. Respiré hondo, me pasé la mano por el pelo. Sentí el eco de todo lo que acababa de pasar acomodándose lento en el cuerpo.