Capítulo 7 #2
Mientras hablaba, sentí que por primera vez en mucho tiempo mis palabras no se perdían en el aire. Vivimos en un mundo donde no puedes contar tus sueños sin que aparezca algún idiota que quiere pisotearlos. Él no fue así. No los minimizó. No los juzgó.
¿Eran estúpidos? Tal vez. Me daba igual. Yo solo quería sacarlos de adentro, escupirlos al mundo y ver si algo dentro de mí se movía o cambiaba. Si dejaba de sentirme en pausa.
Nos quedamos callados un rato. Y lo agradecí.
Después de vaciar la cabeza y el pecho, ese silencio fue justo lo que necesitaba.
Ni incómodo. Ni pesado. Un silencio que no exigía nada.
Tal vez era su forma de decir que estaba bien sentir todo esto.
Que él, en alguna de sus tantas vidas, también se sintió así.
O tal vez no. Tal vez solo fue amable. Tal vez no quiso pinchar la burbuja de un humano de teta que todavía cree que existen cosas más allá del miedo.
Que cree que hay sueños por los que vale la pena seguir respirando.
Tal vez. Tantos tal vez. Pero en ese instante el silencio fue suficiente. Para él y para mí.
Noté que sus dedos repiqueteaban contra su muslo. De pronto, Aleksei se puso de pie. Me asusté. Y sí, si uno se asusta cuando un humano hace eso, cuando lo hace un vampiro mínimo te cagas. Ya eran las once. Había sido un rato largo, sentados, desconectados del mundo.
—Debes entrar —dijo—. Tu amigo debe estar preocupado por ti.
—No creo —murmuré y saqué el celular.
Un mensaje de Ban: «¿Dónde te fuiste?», con los dos ojitos al lado. Se lo mostré. Aleksei sonrió suave.
—Dame tu mano —me dijo.
Ni esperó. La tomó, sacó su celular, lo pasó sobre mi muñeca izquierda, justo donde estaba el chip escondido bajo la piel, y tocó tres veces la pantalla. Salió un mensaje «Completado».
—¿Por qué hiciste eso? —pregunté, confundido y un poco molesto—. No tenías que hacerlo.
—Es lo mínimo después de haber sido un… ¿cómo me llamaste?
—contestó, lo pensaba—. Ah, sí, idiota. —Sonrió—.
O —añadió—, puede ser tu regalo de cumpleaños adelantado, por esos dieciocho bien llevados.
No te lo tomes tan en serio, Lucas. Cumpliste con tu donación.
Sé que esto es un trabajo, pero no lo es todo, por mucho que pague.
—Pero…
—Lucas —me cortó con delicadeza—. Ve con tu amigo. Diviértete. Vete a casa. Ha sido agradable hablar contigo. Inesperado, incluso.
Se dio la vuelta y empezó a alejarse. Y yo, de pie, con la ciudad a mis espaldas y el celular en la mano. Por primera vez en toda la noche, no supe si lo que sentía era alivio o el inicio de una situación que no estaba en mis planes.
Algo se movió dentro de mí. No sé qué fue. Sí, lo hizo por amabilidad, claro, pero también me habría gustado que me preguntara. Que no decidiera por mí. Era mi decisión al final, donar o no. Sí, soy así. Le doy mil vueltas a todo. Pienso demasiado. Una drama queen cuando quiero.
Sin darme cuenta, ya lo seguía. Le toqué el brazo e intenté hacerlo girar. Intenté. El tipo era más músculos que tipo. Pero lo miré, y él me miró. Y vomité lo primero que se me vino a la boca, sin filtro, sin plan B.
—Yo seré tu donante esta noche.
Sus ojos se abrieron. Bastante. No lo culpo. No lo vio venir. Ni yo.
—Lucas…
—Está decidido —lo corté, seguro—. Es lo mínimo después de que me salvaste la vida. Y no, no es por obligación. Quiero hacerlo.
Ese era yo. El nuevo Lucas. Al filo del abismo —buen nombre para una serie, por cierto—, saltaba otra vez para romperme. Ya estaba harto de ser el que espera, el que se calla, el que deja que otros elijan por él. No más. Esta vez decidía yo.
Me volví a desabotonar los primeros botones de la camisa y corrí la tela a un lado. Le ofrecí el cuello. Sin tanto teatro. Sin temblar. Okey, temblaba un poco, pero lo controlé. Eso sí, sin pensarlo mucho, pensar era el problema.
—Lucas —susurró. Su voz salió refrenada.
—Hazlo ya —dije. Con dudas, sí, pero lo dije—. Hazlo.
El eco de mi voz se perdió en la terraza. Mi propia impaciencia se me pegó a la piel igual que sudor frío.
Me sostuvo la mirada. Luego bajó los ojos a mi cuello. Ahí estaba, abierto, lo esperaba. Para su boca, para sus colmillos. No era una invitación, sino una decisión.
Exhaló largo, casi un bufido. Cerró los ojos. Lo vi pelear con su instinto. Lo vi titubear.
—Lucas, yo —tragó en seco—. No he bebido sangre humana en mucho tiempo.
—Hazlo —insistí. Sin entender del todo lo que eso significaba. O lo ignoré a propósito porque no quería echarme para atrás—. Confío en ti.
—No deberías.
—Hazlo. Sabrás cuándo detenerte.
Ahí quedaron mis palabras, suspendidas en el viento helado.
En ese instante todo cambió en él. No fue sexy ni místico.
Fue peligroso. Cada centímetro de su cuerpo se tensó; los músculos se le marcaron bajo la piel y la respiración se volvió corta, controlada.
Ese fue el aviso. El depredador había despertado.
Lo vi en sus ojos que se volvieron negros, enteritos; lo “humano” se había ido de vacaciones. Hambre extrema.
Dio un paso, solo uno, pero bastó. El espacio entre nosotros desapareció y, un empujón firme, preciso, sin brusquedad, me sentó en ese asiento sin respaldo que parecía más una cama de masajes que silla.
Entonces lo vi de verdad. Su estampa, su energía. El aire se volvió más compacto a su alrededor, el espacio se encogió para dejarlo brillar. ¿Uno noventa y cinco? Quizás menos. No importaba. Con esa aura, parecía un fricking titán. Y no necesitó hablar para que me temblaran las manos.
Mi cara quedó quieta justo a la altura de su ingle. Y mi cerebro, empeñado en joderme, hizo lo suyo: «¿Y ahora qué? ¿Le bajo la cremallera con los dientes?». Un pensamiento horrible, pero Bandhu se habría carcajeado. Seguro él sí lo habría dicho en voz alta.
No me dio tiempo de terminar el chiste mental. Se agachó hasta quedar a mi altura, su rostro frente al mío. Demasiado cerca. Tan cerca que vi los ángulos afilados de su mandíbula, el amago de una sonrisa que nunca se completaba y esos labios carnosos. Gruesos, húmedos, irreales.
Por ridículo que suene, justo ahí me vinieron a la cabeza unos versos de un poema que ama mi vieja, no sé dónde lo sacó.
Me lo aprendí de memoria. Cada vez que ella se lo recita a papá lo hace con devoción, una especie de conjuro doméstico.
A mí me parecía cursi. Pero se lo oí decir tantas veces que ya hasta me parecía mío.
Levántame de la tierra,
anídame en tu cimera;
hunde tus labios cenizos,
despierta, mi llama espera.
Abrázame con tu fuego,
traspásame con tus manos;
ahuyenta todos mis miedos,
conviérteme en tus veranos.