Sangre muerta Capítulo 7
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Capítulo 7

Lucas

Nos sentamos en el muro de la terraza, al borde del precipicio, los pies colgaban hacia el vacío. Yo pegado a él, por supuesto. A un paso de ese borde que, hace nada, casi se llevaba mi patético intento de vida.

La brisa nos revolvía el pelo y, frente a nosotros, la Ciudad de Panamá brillaba sin idea de que, acá arriba, alguien estuvo a punto de hacerse mierda. De que, acá arriba, existía un mundo paralelo, escondido bajo el velo de la vida normal.

¿Estaba más relajado? Un poco. El miedo se me despegaba lento, pero, aun así, la voz de Bandhu me daba vueltas en la cabeza: «No importa qué tan amables parezcan, Lucas. No olvides que somos su comida. Ellos son los alfa».

Así que sí, fingía calma pero por dentro no la tenía. El cuerpo seguía en alerta, por si las moscas. Aunque, si era honesto, menos de lo que debía.

—Relájate, Lucas —dijo él, parecía leerme la mente.

Tenía el pecho expuesto, los músculos marcados sin esfuerzo. El tipo era de catálogo, de OnlyFans, de porno. Y yo lo miraba más de lo debido porque cuando tienes algo así en frente no se piensa, se mira y ya.

—Le dijo el cocodrilo al ciervo… y ¡ñácata! —por fin dije, mi intento de broma.

Sonrió. No dijo nada. Era la clase de sonrisa que no sabes si le gustó tu chiste o te lo va a cobrar después con intereses. Algo me dijo que era lo primero.

—Gracias por la compañía —confesó, con la mirada fija en el horizonte lleno de luces, chispitas atrapadas en una red—, hasta los vampiros la necesitamos.

Eso no lo vi venir.

—No fue mi intención tratarte así cuando llegaste —añadió, tranquilo, sin excusas—. He vivido lo suficiente para saber que no actué bien. Pero a veces… a veces se nos olvida.

—¿Qué? ¿Ser humanos? —repliqué— ¿Entonces los vampiros también la cagan?

Sonrió de nuevo. Un gesto corto y gastado, amable pero sin brillo.

—Yo tampoco debí ser tan patán contigo —admití, y bajé por fin la guardia—. No soy así. O no debería. Es un escudo. ¿Contra qué? Ni sé. Pero me mantiene alerta.

Lo miré más. No sé cómo, pero no bajé los ojos, me mantuve firme.

—Gracias —dije—. Por lo que hiciste hoy por mí, Al. ¿Puedo llamarte Al?

—Ya lo hiciste —dijo con media sonrisa—. Y para eso estoy. Para ayudar.

Luego señaló el horizonte.

—Ahora, mira.

Las luces. Los edificios. El mar. Todo ahí abajo, a nuestros pies.

—Es la mejor vista de la ciudad —continuó—. Mandé a construir el edificio solo por esto.

—¿El edificio es tuyo? —balbuceé con voz de idiota. Me corregí solo—. Olvídalo. Claro que es tuyo. Vampiro, después de todo.

—El más alto. El mejor diseño. Vista al mar, la Cinta Costera, el cerro Ancón, Costa del Este —enumeró—. Mi jardín de posibilidades infinitas.

Lo dijo con el brillo de niño orgulloso de su castillo de arena.

Me reí. Por un segundo no era un vampiro inmortal, solo un tipo orgulloso de su juguete nuevo.

—Aleksei… —dudé, pero seguí igual—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Si es por el tema de los ojos —dijo—, debiste haber leído el manual de inducción.

—¿Lees mentes?

—Hay variaciones —siguió, metido en su papel de profe—.

Con hambre, los ojos se oscurecen; con hambre extrema, se ennegrecen.

Saciados, vuelven a su color natural, pero con un brillo suave.

En combate o furia, el iris se vuelve rojo.

En acecho o peligro, la pupila se dilata.

Y así. Hay otros detalles ligados a la antigüedad y a la pureza de la sangre.

Y siempre hay excepciones. En todo las hay.

¿Contento? Ya podrás aprobar el examen. Pasemos página.

—Gracias —sonreí, puro sarcasmo—, no podía dormir de tanto pensarlo.

Eso me picó más la curiosidad por sus ojos, obvio, pero él ya había cerrado el tema. Hice una pausa. Lo miré de verdad, pero por otra cosa.

—Ahora, en serio —dije—. ¿Por qué no estás adentro? Es tu fiesta. Tus amigos, tus invitados. Tú pagaste todo. ¿Y prefieres estar aquí?

Levantó la mirada al cielo, a las estrellas, a la luna. La luz plateada le marcaba la nariz, las cejas gruesas, la curva exacta de los labios. Lo miré hasta perderme, hasta que suspiró y me sacó del trance.

—A veces hago cosas que creo que me harán sentir bien —dijo—. Esta fiesta fue eso. No es la primera vez. Siempre pienso que será diferente. Pero nunca lo es.

Miró la terraza, distante. Quizás todo lo que pasaba allá adentro ya no tenía que ver con él.

—Me doy cuenta de que eso de allá muchas veces me sobrepasa —susurró, más para él que para mí—. Y que no es lo que quiero en verdad. Quizás ya viví demasiado. No sé. —Se encogió de hombros—. Pero no pasa nada. Me gusta ver a mis amigos de vez en cuando. Si no, se vuelven insoportables.

—Algo me dice que no los ves casi nunca —murmuré.

—La última vez fue hace setenta años, quizás.

Lo dijo con una apatía brutal, de quien admite que no va al cine desde diciembre. Me quedé callado, procesaba. ¿Setenta años? ¿En serio? Para él, el tiempo no pesaba igual. Para mí, en cambio, esa noche ya había durado una vida entera.

—A veces ni me creo que esto sea real —confesé—. Cuando firmamos el contrato de sangre nos hicieron jurar, literal, con la vida, que jamás hablaríamos de esto. Y aunque lo hiciera nadie me creería. Vampiros en el mundo. Dirían que soy drogui antes de creerme.

—Reglas fáciles de romper —dijo—. Teatro. Te sorprendería saber cuántos humanos sí saben que existimos. No la mayoría, quizás, pero muchos más de los que crees. Aliados extraoficiales. Es un secreto a voces que dejamos correr porque no nos afecta. Por ahora.

Nos quedamos ahí y hablamos de cualquier cosa. Nada muy personal, nada que pesara. Solo para distraernos. Éramos dos que querían olvidar un rato lo que los jodía por dentro. Y estaba bien así. Hasta que él giró la cabeza y me miró duro.

—¿Y tú? —dijo al fin—. ¿Por qué estás aquí, Lu? ¿Puedo llamarte Lu?

—Ya lo hiciste —contesté.

Miré al horizonte. Era obvio que no hablaba del balcón ni de la fiesta. Ese “¿por qué estás aquí?” era más profundo, más íntimo. Lo sabíamos los dos. Era un “¿por qué carajo haces esto con tu vida?” disfrazado de charla casual. Y no tenía la respuesta. Todavía no.

—Aterrador —murmuré al fin, cansado de darle vueltas—. No, más que eso. Todo esto, lo que pasa allá dentro —me encogí de hombros—. Ha sido una noche rara. Pero estoy bien. Supongo. Yo elegí estar aquí. Nadie me obligó.

Solté una risa medio hueca, la que uso para que todo suene normal, aunque no engañe a nadie.

—Me repito eso a cada rato para sentir que tengo el control —añadí—. O fingir que lo tengo, al menos.

Él asintió despacio.

—Lo imagino —dijo—. Pero ahora dime, ¿por qué estás aquí, de verdad?

La pregunta. La que me quemaba la nuca desde que llegué. ¿Por qué?

—“La carencia de algo que creemos necesitar nos lleva al borde del abismo” —dije.

No sé de dónde lo saqué. Tal vez de un libro, quizás de un TikTok con letra blanca y fondo negro. Pero era eso. Y justo ahorita estaba ahí, en el borde, literal y no literal. Y lo que asustaba no era el vacío, sino saber que, si nadie me detenía, iba a saltar.

¿Era solo por dinero? No. Esa era la excusa fácil, la que me decía en voz alta porque sonaba práctica y adulta.

Pero no era toda la verdad. Había otra cosa más.

Sentía que me faltaba algo y no sabía qué.

No era algo material. Era más, no sé, más de adentro.

Mi vida hasta ahora era un ensayo mal escrito, una maqueta sin terminar.

Días grises, uno tras otro. Y ahora buscaba que pasara lo que fuera. Anything.

Me faltaba sentir. Dejar de ser el correcto, el que hace lo que “debe”, lo que se espera. El que se traga lo que piensa por miedo a fallar, a cagarla, a salirse del rol que se impuso. A decepcionar a otros. A decepcionarme a mí.

Porque yo siempre seguía las reglas. O no hacía nada porque “nada” era lo seguro.

No te metes en líos, nadie te mira raro, todo chill.

Vivir así te vacía. Te convierte en una máquina que funciona, pero no vive.

Porque “nada” es nada. Y yo quería vivir.

¡Vivir! Lo que sea que eso signifique cuando tienes diecisiete y te sientes de ochenta por dentro.

Conocer gente. El mundo. Enamorarme. Sí, suena cursi.

Cursi y simple. Pero era real. Estaba harto de ver la vida pasar desde las gradas, de desear en silencio lo que otros tenían y yo no.

Hartísimo de preguntarme cómo se siente esa cosquilla en el estómago de la que todos hablan cuando besas al chico que te gusta.

Esa electricidad. Ese oh, shit que te desarma.

Y lo sabía, no era el sueño más elevado del planeta. No era “cambiar el mundo” ni “ser millonario a los 20”. Era básico. Honesto. Era mío.

Quería romper con todo, incluso romperme. Ser Bandhu, que caminaba por la vida sin peso. O ser mis compañeros de clase, siempre tan llenos de algo, de historias, de “planes”, de todo lo que yo sentía que me faltaba.

Pero yo no era ellos. Siempre había algo que me frenaba. Un freno invisible. Una mano en el pecho.

Hasta ahora.

Ahora estaba con los pies al filo, a punto de cumplir dieciocho, con la mirada al vacío y consciente de que la única forma de cambiar era con un salto.

Que si quería romper algo dentro de mí, primero tenía que caer, aunque el golpe me partiera en dos.

De hecho, la idea era esa, que me partiera. Dejar de ser lo mismo.

Y lo hice. Salté… de forma simbólica. Esa rebeldía, o ese sueño, o lo que fuera, me trajo hasta este penthouse, a esta fiesta, a esta conversación con un vampiro. No era el plan, no era el sueño exacto, pero era un inicio.

Todo eso se lo dije, y él me escr si pasaba algo. Si uchó en silencio.

No sé por qué se lo conté. Supongo que porque él fue sincero primero y porque pensé que no lo volvería a ver después de esa noche. ¿Qué más daba lo que pensara un extraño? ¿Qué importaban los sueños de un pendejo de diecisiete para un vampiro de quién sabe cuántos?