Sangre muerta Capítulo 6 #2
8%

Capítulo 6 #2

No había terminado cuando se echó a reír, pero a reír de verdad.

Se dobló hacia adelante como si acabara de ver al payaso más triste del mundo caerse por una alcantarilla.

Y no sé qué fue peor, que se riera así o que tuviera la carcajada más bonita que había escuchado en mi vida.

Encima, dientes perfectos, de comercial.

Brillaban sin que les pegara la luz. Era injusto. ¡¿Qué carajo con estos vampiros?!

¿Me molestó? Claro. Pero no por él. Por mí. Me fui directo a lo básico, a los clichés baratos. Sabía ya que esas cosas no eran así, no como las pintan. Si él pensaba que yo era otro humano idiota más, tenía motivos.

—Bueno, ya, para —le dije, fingí que me enojaba, fruncí el ceño lo mejor que pude—. Tampoco fue tan gracioso.

—Perdona —se disculpó entre risas, y se secó una lágrima; y sí, transparente, no sangre—. Esto era justo lo que necesitaba. No sabes cuánto.

—Sí, sí, claro. —Rodé los ojos; puro show. Igual se me escapó una sonrisa. Quise retomar el punto—. En serio, ¿de qué te quejas? ¿De tu mansión? ¿De tus siglos de vida? ¿De tener cara de estatua renacentista?

—¿Así de guapo crees que soy? —respondió e inclinó la cabeza, ajá, porque dizque necesitaba confirmación.

—¡Por favor! —dije—. Seguro tienes espejos de sobra en tu casa.

—Por lo menos sabes que los vampiros sí podemos reflejarnos en los espejos.

Eso me sacó una carcajada, sin querer. Y él se rio otra vez, pero ya era otro tono. Menos pesado, más… cálido. Y yo me sentí más liviano también.

—Qué inocencia —murmuró, todavía sonreía—. Me matas, en serio. Has logrado lo imposible.

—¿Matar a un vampiro? —dije sin cambiar la cara.

—De risa —remató y torció la boca con ese gesto que jode porque uno no sabe si es burla o ternura.

Puse cara seria. Lo intenté, al menos. Fingí que no importaba, aunque por dentro buscaba justificar toda su mierda de hace un rato solo porque dijo que tenía un “mal día”. Y es que todos tenemos días de mierda, ¿no? Días en que el mundo se sale del guion y uno reacciona mal.

—Te daré crédito —añadió—. Hacerme reír… pensé que eso ya no era posible.

—No le veo la gracia —espeté—. Y sigo sin entender tu drama. ¿Te molesta tenerlo todo? ¿O quieres que te tenga lástima?

—¿Crees que los millones, la inmortalidad y la supuesta belleza dan la felicidad? —levantó una ceja; mi ignorancia parecía divertirle.

—Creo que tener todo eso te da razones para ser más feliz que al resto —respondí, firme.

—Ya veo —suspiró—. Supongo que este es un momento en donde el más viejo debe educar al más joven sobre las realidades de la vida. Hace siglos que no me pasaba esto.

«Ajá. Ahí viene el sermón vampírico», pensé.

Hizo una pausa, no para sonar dramático, sino porque parecía meditar de verdad lo que iba a decir.

—Aunque no lo creas, los inmortales también tenemos demonios. Inseguridades. Pérdidas. Tristeza. Todo. Igualito que ustedes.

—Tienes razón. No te creo —contesté de una. No era sarcasmo, era verdad.

Él no se inmutó.

—Nos alimentamos de sangre, pero el resto es parecido. No somos bestias sin control. Aunque podemos serlo. A veces el instinto gana, sí. También les pasa a ustedes. Solo que ustedes pueden culpar al alcohol o a las hormonas. A nosotros no nos permiten las excusas.

Se quedó en silencio. Por un segundo le creí, pero solo un segundo. No se la iba a dejar tan fácil.

—Sí, claro. Esta fiesta es la prueba. Hace rato uno de ustedes me lo confirmó.

Su cara cambió leve. Le bajó tres rayitas a la arrogancia.

—Alguien te hizo algo —dijo, no fue pregunta—. No puedo decir que me sorprende. Este mundo —Pausó—, lo promueve. El abuso. El poder. El que manda y el que aguanta.

—Fue raro —dije—. En un mismo momento vi al vampiro salvaje y al evolucionado.

Frunció el ceño. No interrumpió.

—Uno intentó obligarme —aclaré—. El otro apareció y me sacó del apuro. Gunnar… algo.

—Gunnar, claro. El sueño húmedo de toda suegra —dijo, con tono bajo—. Pero te advierto que está casado.

—Gracias por el dato —repliqué—. No vine a buscar novio. Solo a hacer mi trabajo. Como dice Bandhu, mi mejor amigo, humanos y vampiros no son besties. No me interesa nada más. Solo la paga.

Mentira. Con él enfrente toda esa teoría se iba al carajo. Hace un rato quería odiarlo, mandarlo a la mierda con su elegancia y superioridad. Pero ya no sabía. O no podía o no quería. Mi párpado tembloroso era la prueba.

—Sabio Bandhu —dijo—. ¿Y dónde está? ¿O es imaginario?

Se puso a mirar alrededor, parecía esperar que mi amigo saliera de detrás de una columna.

—¿Estás aquí, Bandhu? —susurró, con voz burlona, y fingió buscarlo con los ojos.

No respondí. Me crucé de brazos y esperé que se le pasaran las ganas de joder. Aunque, si soy sincero, una parte de mí se cagaba de risa por dentro. ¿Este era el mismo tipo que hace media hora me trató igual que comida entre los dientes?

—Es broma —dijo, y alzó las manos en son de paz—. Seguro que tu amigo existe. Veo que no te gustan las bromas.

—No de gente… —me mordí la lengua. Aunque ya no me sentía en peligro, tampoco era para soltarlo todo a lo estúpido—. No de vampiros que pisotean a los demás.

—Ya te dije que tuve un mal día —repitió, pretendía que eso lo justificara—. Me abrí contigo. Eso debería contar.

—¿Y se supone que debo sentirme especial por eso?

—No tienes idea cuánto —respondió, medio en serio, medio en joda.

Se inclinó un poco, la voz bajó, y esa mirada directa, volvió a apuntarme.

—Y sobre lo que hablábamos… evolución, control —continuó—. Mira, todo trabajo tiene riesgos. Este más que otros. Pero tú estás aquí sabiendo eso. No es tu primera donación. Nadie te puso una pistola en la cabeza. Dijiste que viniste a cumplir y a cobrar. Es solo negocio, ¿no?

Hizo una pausa. Sabía cuándo callarse para que pesara lo dicho.

—Este trabajo existe desde mucho antes de que nacieras —dijo—. Se paga bien porque la sangre no es gratis. Porque la vida tampoco lo es.

Ahí estaba. Esa jodida verdad fue la gota que rebalsó todo. Tenía razón. Otra vez. «¿Qué carajo hago yo aquí?».

Nadie me puso un cuchillo en el cuello. Nadie me arrastró. Fui yo. Yo solito. Vale, era mi primera orgía de sangre, pero no era ningún santo. Sabía a qué venía. “Donar” sangre a cambio de dinero. Punto. Era una zorra de sangre y Plasma Corp., mi proxeneta.

Sin embargo, ahí estaba. Con él enfrente y con todo lo que representaba, y me dio miedo.

Esa era mi especialidad: querer algo, pelear, sin muchas ganas, por tenerlo y salir corriendo cuando por fin lo conseguía.

Siempre igual. Ahora quería largarme, pero no podía.

No por mí, por Bandhu. Porque esto me quedaba grande, porque no era un trabajito cualquiera.

—¿Sabes qué? —dije y bajé la mirada un segundo. Admitir que tenía razón me molestaba más de lo que esperaba—. Tienes razón. En todo.

Decirlo fue lo mismo que meterme una mano en el estómago y apretar. Duro. Era verdad. Estaba ahí por la plata, por esa falsa libertad que creía que el dinero me iba a dar. Y él, desde que abrí la boca, ya me había leído mejor que nadie.

—Voy a entrar… tengo que… trabajar —agregué, torpe, casi me atraganté con las palabras—. Mejor te dejo tu espacio.

Ya iba a cruzar los maceteros gigantes cuando lo oí.

—No te vayas.

Y se hizo un silencio. No fue solo que no hubiera sonido que entrara por los oídos, fue interno. En el pecho, la garganta, la cabeza, en todo yo.

Me giré. Ahí estaba él con esa mirada que no sabía leer.

—Te ofendí —susurró, parecía costarle—. Lo siento. A veces… no, miento. Siempre. Siempre hablo sin filtro. Soy demasiado directo. No me gustan las mentiras.

—Claro —dije—. Con todo lo que has vivido seguro has visto y oído demasiadas.

—Eso no me justifica —siguió—. Debería tener más cuidado. Más tacto. No quise tratarte así. No estuvo bien. Perdón —repitió, más suave—. ¿Qué tal si hacemos una tregua? Dijiste que era una “noche de mierda” … tengámosla juntos. Empecemos de cero.

Levantó la mano, abierta, en son de paz.

—Soy Aleksei. Aleksei Beilion. Vampiro.

Respiré hondo. La tomé.

—Soy Lucas. Lucas Luna. Donante.

Y por primera vez en toda la noche, no sentí que alguien quisiera arrancarme algo. Solo empezar de cero. Y mi tonto párpado no paraba de temblar.