Sangre muerta Capítulo 6
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Capítulo 6

Lucas

Mis brazos giraron en el aire en busca de algo, lo que fuera.

La silla, una pared, el aire mismo. Hasta la perra dignidad me servía.

Nada. Perdí el equilibrio y resbalé. El borde sin baranda me recibió, me esperaba.

Logré medio darme la vuelta y ahí estaba el vacío, listo para tragarme.

Mis pies quedaron en el aire, y la brisa me azotó la cara con fuerza.

Ahí el miedo se volvió real. Real de verdad, físico, doloroso.

Me vi caer, me vi muerto. Vi a mis papás, a Bandhu, a mí mismo, desparramado, un tomate contra el asfalto noventa pisos más abajo.

Pensé: “¿Eso fue todo? ¿Eso fue toda mi vida? ¿Mamá, papá y Bandhu?”.

Un chiste cruel en cámara lenta. Quise gritar, pero ni aire me salió.

Hasta que algo me detuvo. No. Alguien. Una mano se cerró en mi camisa con fuerza brutal. Me sacudió, me ancló, me arrancó del vacío. Quedé colgado un segundo eterno entre morirme y volver a nacer.

Era él. De pie, imperturbable; tenía la calma del que salva idiotas por deporte.

—Sé que tienes prisa por volar de acá —dijo, con esa voz que sonaba a hielo y burla—, pero no pensé que fueras tan literal.

De un tirón me alzó y me dejó de pie en tierra firme. No pesaba nada para él.

—La próxima —añadió—, te sugiero usar el ascensor.

No sé qué pasó ni por qué, pero mis brazos actuaron solos. Se cerraron alrededor de él. Me aferré a su cuerpo con la desesperación de un náufrago que se agarra a un tablón. Lo abracé. Sí. Abracé a ese vampiro grosero de mierda.

Su piel estaba helada y dura, casi mármol, me dio igual. O no, pero no podía soltarme. Temblaba del frío, del susto, de todo junto. Me quedé ahí, pegado a su cuerpo. A salvo, aunque me cueste admitirlo, gracias a él. Lo odiaba por arrogante, por idiota. Pero también… ya ni sé.

La respiración me salía entrecortada. Tenía los dedos clavados en su carne, la frente apoyada en su pecho, y las lágrimas caían sin mi permiso. Porque sí. Porque si no era en ese momento, ya no iba a haber otro.

Pensé en lo raro que debía ser para él todo esto. Pensé en el silencio dentro de su pecho, ese vacío que no suena a corazón, sino a hueco. Pensé demasiado. Tenía que parar.

—Sé que no quieres que esté aquí —dije, me temblaba el cuerpo—. Sé que eres un idiota… pero dame un momento. Solo uno.

Lo oí suspirar, largo, cansado. Y después pasó lo impensable, sus brazos, que hasta ahora parecían más muertos que el mar, se posaron sobre mí. No era un abrazo abrazo. Era… algo. Su versión de ‘estoy aquí’, supongo.

Ya él me había apartado del borde. Ni supe cómo. Solo noté que ahora estábamos cerca de una pared. Lo solté despacio, aunque todavía me costaba despegarme. No levanté la mirada, los brazos me colgaban inútiles. Él desapareció un segundo y volvió con algo en la mano.

—Toma —dijo, y me entregó una botella de agua que seguro costaba más que mis zapatillas—. Te va a ayudar.

Arrastró un sillón sin respaldo y lo dejó frente a mí.

—Siéntate. Estás en shock. Respira.

Apenas podía sostener la botella, pero no me senté. Me quedé ahí, parado y en silencio.

—Los humanos —murmuró—. Siempre creen que tienen más vidas que un gato.

—No necesito que me recuerdes que me lo advertiste —dije—. Solo te pedí un momento.

Se quedó callado, se aguantó lo que fuera a decir, y el viento silbaba entre las lonas.

—Qué día de mierda —solté al fin, sin pensarlo.

Me dejé caer en el asiento. Miré al frente sin ver nada, con los antebrazos desmayados sobre los muslos. Todo nublado, no la vista, sino yo por dentro. El cerebro giraba sin rumbo: muerte, propósito, estupidez… Todo lo que pasa por la cabeza cuando casi te haces puré contra el pavimento.

El silencio se volvió incómodo. Él seguía ahí, recostado en la pared, con la mirada perdida en el horizonte. Me ignoraba. Tal vez era yo el que quería desaparecer.

Sentí que por fin podía moverme. Me levanté de una, le devolví la botella a medio tomar y solté un “gracias”.

Sonó chico. Pobre. Una mierda de palabra para alguien que acababa de salvarme la vida, pero era lo que tenía.

Tampoco es que me hubiera consolado. Se quedó ahí, a la espera de que me largara.

—¿Eso es todo? —dijo sin moverse—. Te salvo y solo me das eso. ¿Un “gracias”? ¿Tan poco vale tu vida?

—¿Tú siempre tienes que ser así? —me quejé—. Por poco muero. Estoy temblando. Y sí, ya sé que no es suficiente, pero pensé que tú, con siglos encima, entenderías que es todo lo que tengo ahora.

—¿Porque soy inmortal crees que interpreto todo con más profundidad? —Seguía cruzado de brazos.

—Sí… supongo —dije—. Si no, ¿para qué sirve vivir tanto?

—¿Y tú? —replicó—. ¿No deberías ser más humano si eres humano? Estás vivo por mí y eso es lo mejor que puedes ofrecer. Un “gracias” —resopló—. Los humanos siempre le ponen valor a todo menos a lo que importa.

Eso dolió porque tenía razón.

—Está bien —dije. Me desabotoné la camisa y le mostré el cuello—. ¿Así? ¿Mi sangre es suficiente? Tómala. Pago saldado.

Se despegó de la pared con un movimiento mínimo. Su expresión cambió, se endureció.

—Tu sangre vale menos que ese “gracias” patético —escupió.

Se dio media vuelta y empezó a caminar lento, cada paso calculado.

—Y si la hubiera querido —añadió—, la habría tomado sin pedir permiso.

Me dejó helado. Eso dolió más que una mordida. Sentí que no valía ni por fuera ni por dentro, que ni siquiera mi cuerpo servía para esto.

Pero se detuvo. Sin voltearse, dijo:

—¿Quieres que actúe como alguien que ha vivido siglos? Entonces escucha. Lo que cuenta no es la palabra, es la intención. Ese “gracias” se sintió vacío porque tú mismo no valoras tu vida. Sé cuándo alguien lo hace.

¿La intención? Claro. La intención era despedazarme por dentro. Así se sintió, un mazazo directo al estómago, a las tripas, al orgullo. Y mi boca… Boca muda. Boca tonta. Boca inútil. Era el momento de decirle algo, lo que fuera, por dignidad, por mí. Nada salía.

No podía quedarme así. No otra vez. Caminé hacia él. Ya qué más daba. Sí, era un vampiro; sí, podía arrancarme la garganta en un parpadeo, pero yo ya había estado al borde del vacío y aún respiraba. En algún lugar escondido de mí, me nacieron las pelotas.

—Te equivocas —le dije, sin bajar la mirada—. No sabes nada de mí. No eres nadie para juzgarme.

Me desahogué porque tenía la rabia en la punta de la lengua.

Le dije que era un idiota con siglos encima, que tenía cero tacto, que ya había pasado su fecha de expiración.

Que si alguien odiaba la vida, era él. Que su supuesto eterno conocimiento solo lo había convertido en un bully arrogante que reduce a los humanos a basura descartable para sentirse superior.

Que su inmortalidad no valía una mierda si lo único que hacía con ella era organizar fiestas de sangre para convencerse de que seguía “vivo”.

Le dije que quizá tenía razón. La frase me salió antes de pensarla demasiado.

Que tal vez yo no valoraba mi vida como debía.

Que el peligro, sí, lo veía, claro que lo veía, pero en mi cabeza ¡a mis diecisiete!

la muerte era algo borroso. Una idea lejana.

Una palabra grande que no pesaba hasta que te respiraba en la cara.

—Subestimé todo —admití—. Porque me sentía… —busqué el término y no salió bonito— estancado. Perdido.

Me pasé una mano por la cara, traté de ordenarme.

—Quería que alguien me mirara de verdad. Importar. Pertenecer a algo. Sentir que servía para más que existir y ya. —Solté una risa seca—. Demostrar que, aunque no soy de plata, valgo.

La palabra valgo me vibró raro en la boca.

—Quería salir de mi vida de siempre. De lo pequeño. De la rutina. Tener algo propio. Plata. Independencia. Moverme. Cambiar de aire. —Levanté la vista—. Y sí… —dije más bajo—. Me picó la curiosidad. Lo prohibido. Esa idea de que entraba a un mundo que no era para mí.

Me dolió decir lo siguiente, pero lo dije igual. Ni sé porque me atreví.

—No quiero morirme. Pero… —me encogí de hombros— tampoco sentía que hubiera algo que me agarrara fuerte al piso. Algo que dijera esto es suficiente. Y por eso terminé aquí. Tras una salida sin saber si de verdad quería cruzarla.

El silencio se estiró.

—Y yo pensé que podía manejarlo —exhalé—. Pero, spoiler, no es tan fácil.

Todo eso se lo dije. A su espalda, de acuerdo. Pero lo hice. Sin gritos, sin adornos.

Después vino más silencio. El pecho me subía y bajaba a punto de reventar. Lo miraba, esperaba cualquier cosa. Un ataque, un comentario tóxico, y él ni un «muérete».

Con el corazón trabado en la garganta, di media vuelta y caminé. Esperé que me matara en cualquier momento, que se me lanzara encima y me hiciera trizas. Que me desangrara ahí mismo.

Pero no.

—Espera —ordenó.

Me agarró del brazo y me giró. Había algo distinto en su mirada. Menos asesino. Más… humano, o lo más similar a eso.

Lo miré con el cuerpo tenso, y con la poca dignidad que me quedaba, también ordené:

—Suéltame.

Soné a doncella en apuros, pero me dio igual.

Tardó un par de segundos. Luego habló. La voz le salió más baja, sin amenaza.

—Tengo un mal día —confesó, sin soltarme aún—. No tiene que ver contigo. Eres un invitado… aunque seas donante. Estuvo mal por mi parte tratarte así.

No me esperaba eso. Esa honestidad me desconcertó. Me dejó sin vocales, sin consonantes y, para ser sincero, sin cerebro. Me volví una medusa con ropa. En segundos, mis barreras se hicieron añicos y mi párpado derecho empezó a vibrar.

—Vaya, y yo que pensaba que mi humana presencia era el problema —solté por fin, medio sarcástico, medio ridículo.

Salió solo—. Pensé que era el único que se sentía así.

—Solté aire—. ¿Qué hace que un vampiro tenga un mal día?

¿Mucho sol? ¿Descuentos en crucifijos? ¿Un dos por uno en estacas y collares de ajo por Amazon?