Capítulo 5
Lucas
El tipo, o más bien la silueta, bajó las piernas y, cuando parpadeé, ya estaba frente a mí. Casi materializado de la nada. ¿Magia? No. ¿Algo que no debería ser posible? Sí. Para humanos. Para vampiros, seguro era un truco básico.
Llevaba pantalones verde oscuro, de corte militar, ceñidos a las piernas, con correas en los muslos.
Un cinturón sencillo (de esos que no dicen la marca, pero gritan dinero), le rodeaba la cintura.
Todo en él sugería fuerza y acción, incluso quieto, con los brazos relajados a los costados, se notaba el poder contenido. Esa quietud no era calma, era amenaza.
Y no llevaba camisa.
Mi cerebro se fundió. Logré ponerme de pie, pero me tambaleé. El ruido en mi cabeza se apagó de una. Me quedé sin aire.
Él no se movía ni hablaba. Era una estatua de piel pálida, tan pálida que ni la luz sabía qué hacer con ella.
No brillaba ni absorbía nada. Estaba ahí, inmóvil, para él el mundo era un detalle menor.
Lo humano parecía habérsele escurrido hace siglos y lo que quedaba era este ente de poder y presencia.
No era lo que esperaba del anfitrión. Me imaginaba a un cincuentón de voz grave, cara de «he visto más guerras que tú memes» y un abrigo largo que ondeara sin viento. Pero no. Este parecía de veintitrés. O veinte. Claro que podía tener quinientos porque, vampiro.
La edad no era el punto. Me daba igual si tenía mil años o treinta.
El problema era que mi cerebro se volvió ameba con solo verlo porque, sí, lo digo, era un maldito Ken.
Ese Ken, pero en versión gótica, edición limitada.
¡Puta madre, qué nivel! Estaba riquísimo.
Marcado, duro, hecho para destruirte con solo existir.
Hombros amplios, pecho firme, brazos que te aniquilan contra la pared.
Todo él gritaba “tócame si te atreves”, y yo, obvio, atrevidísimo en mi cabeza.
El pelo negro grafito, corto, sin una hebra fuera de lugar; nariz afilada, mandíbula marcada. Y los ojos. No eran dorados ni plateados, era una cosa verdeazul rara, un color que no existe. Ni humano ni animal ni de este planeta. El iris parecía brillarle. Tenían luz propia. O alma. O las dos cosas.
Con algo así enfrente, mantener el «Vampiros y humanos no son besties» estaba difícil.
En serio, era demasiado. Tan demasiado que mi párpado derecho empezó a temblar.
Era eso que no puedes explicar y te aplasta sin tocarte, que te hace sentir menos solo por existir.
Parecía el resultado de meses, o siglos, de esculpir una estatua para darle vida y soltarla en el mundo con el único propósito de humillarnos.
Eso era él, esa condenada estatua, con venas que parecían mapas sobre su piel traslúcida, y ese corte en V debajo del six pack que se perdía justo donde uno empieza a babear por lo que sigue.
Miré. Miré más de lo que debía. Lo admito.
Y encima, tenía vello. En el pecho, en el abdomen.
La cantidad perfecta, ni mucho ni poco. Jamás había pensado en el fucking vello corporal de nadie y ahora estaba ahí viendo cada pelito, con la cara caliente, y no era vergüenza, era otra cosa.
Estaba frente a algo que parecía más mito que persona. Así de irreal. Así de too much.
“Vampiros… y humanos no son… ¿cómo era?”.
Tardé unos segundos, o minutos, o días, en reaccionar. No lo sé. Si Gunnar ya era otra liga, este no tenía categoría. Por este no se suspira. Este te anula el cerebro, te lo desintegra.
En medio de ese colapso hormonal y visual se me coló una idea estúpida: alguien había hackeado mis sueños más secretos y los había convertido en carne. Y no solo eso, los había mejorado. Con material descargable incluido y un nivel de morbo que ni yo manejaba.
Pero entonces vi su mirada y la fantasía se cayó a pedazos.
Dura, vacía, fría. Me miraba con el mismo desprecio que uno le tiene a un moco seco en la pared, o a un escupitajo en el piso.
Supuse que se molestó porque yo no estaba donde debería: donando, cumpliendo mi parte del contrato.
O tal vez estaba hastiado de existir. No sé. Capaz ser inmortal también cabrea.
—¿Y entonces? —dijo con una voz rasposa—. ¿No piensas ir a trabajar? ¿Qué demonios haces ahí?
Buenísima pregunta. “¿Qué demonios hago aquí?”. Pero a nivel existencial, no de coach influencer con pódcast. Esa mierda me perseguía desde que puse un pie en el ascensor. ¿Por qué carajo insistí en meterme en esto sabiendo el riesgo? ¿Por qué no me largué cuando aún podía?
Frente a él, apenas le llegaba al mentón, traté de rodearlo para pasar al otro lado. Por supuesto, ni se inmutó, para él el mundo tenía que moverse, no al revés. Iba a responder ese «qué demonios haces ahí». Con tacto, claro está. Él era vampiro. Yo, comida.
—No sé —dije, intenté sonar chill—. Llevo toda la noche con esa pregunta en la cabeza.
Suspiró y me hizo sentir igual que un inconveniente molesto.
—¿Sabes qué? Me largo —dije, y di un paso atrás.
Era un momento de “tierra, trágame”. Me hubiera encantado ser una gota de sudor que se escurre por el cuello y se pierde en la camisa. O volverme brisa, vapor, lo que fuera. Algo suave. Bien de dama.
—Tomaré esto por señal divina —añadí—. Y que me boten si quieren.
Pero no me fui. Porque no. Porque ya me habían pisoteado suficiente en la vida.
Me había tragado demasiados silencios incómodos y risitas contenidas en la escuela.
No sé de dónde salió el coraje. Orgullo, rabia, instinto.
O esa chispa miserable que queda incluso cuando todo está jodido.
Era pequeña, sí. Patética, también. Pero estaba ahí.
Y aunque él podía borrarme del mapa sin despeinarse, no pensaba quedarme callado y tragarme la humillación.
Hasta una cucaracha aplastada, si puede, intenta mover una pata antes de morir.
Y por si no quedó claro, la cucaracha era yo.
—No tienes que ser un idiota solo porque eres el dueño de la fiesta —dije y empecé a caminar sin pensarlo, muy cerca del borde—. Solo vine a cumplir con mi parte.
—Tu parte es donar sangre —espetó. Me miró fijo, sin pestañear—. Estar allá adentro. No acá fuera para disfrutar de la vista.
Esa última frase venía con veneno. Sabía que lo había estado mirando de más. Me dio justo donde dolía. Abrí la boca, pero nada salió. Ese momento en que el cerebro se apaga y la respuesta perfecta aparece tres días después, mientras cagas. Clásico.
Sentí los ojos arder. No lloré, pero estuve peligrosamente cerca. Me subió un ‘hijodelagranputa’ hasta la garganta, pero me lo tragué entero. Yo, humano; él, vampiro. Lo más importante, no bajé la mirada. Ni por un segundo.
—Si te marchas de la fiesta y no cumples con tu parte —dijo con una calma que cortaba—, te prometo que tú y quien sea que te haya metido en esto no vuelven a trabajar jamás.
El tipo tenía ganas de joder, obvio. Di media vuelta. Tenía el orgullo en el piso, las sienes me latían. Estaba tan fuera de mí que no vi la estúpida bolsa de cemento. Mi pie la rozó, se me dobló el tobillo y, en un parpadeo, el mundo se inclinó.