Sangre muerta Capítulo 4
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Capítulo 4

Lucas

El vampiro me tenía agarrado del brazo con una fuerza ridícula, mínimo yo era una bolsa de supermercado.

Yo buscaba a Bandhu con cara de What da fuck!

, desesperado, escaneaba rostros, hombros, nada.

Nadie me veía, y si me veían no iban a meterse.

Pedir ayuda era estúpido. Yo era otro donante.

Otro cuerpo útil. Estaba ahí porque era trabajo.

Lo sabía, pero ese vampiro no se sentía normal.

No era experto, pero el de mi primera donación fue amable, cuidadoso, sabía que yo era nuevo. Si no le gusté, jamás lo dijo. Punto para él.

Y no, el físico no importaba en esta línea de trabajo.

No era Tinder ni Grindr ni nada. Era sangre por plata, aunque Ban me había contado que a veces los cables se cruzaban y algunas donaciones terminaban en otra cosa, sexo.

Y todo eso era legal según las leyes inventadas de Plasma Corp.

Justo lo que pasaba en esta fiesta básicamente.

Igual, mi cabeza no paraba. ¿Y si los vampiros esperan a alguien más?

Alguien guapo. Sexy. No yo. Bandhu y yo éramos el día y la noche.

Él, flaco pero marcado, cara de soy fitness.

Yo… yo era piel, huesos y ansiedad. Si el ejercicio era su religión, yo solo iba a misa obligado.

Cero músculos, cero cuadritos. La única marca en mi abdomen es una cicatriz junto al ombligo.

A los doce salté en la cama con un lápiz en la mano, dándomelas de luchador de la WWE. Fracaso épico y un recuerdo permanente.

A ver, feo no soy. Tengo espejo. Pero los “estándares de belleza” de ahora valen verga.

Se supone que eso no debía preocuparme. En teoría esto no iba de eso. Pero sí me importaba, más de lo que quería admitir, porque en este mundo ellos lo tienen todo: poder, instinto, fuerza. Nosotros solo tenemos sangre. Y miedo.

Mi Supervisor decía que no había nada que temer.

Que en toda la historia de Plasma Corp. jamás hubo una "incidencia fatal".

Mínimo hablaba de un choque leve en la Vía España, cuando el tema era vampiros con sed, dientes y fuerza sobrenatural, y la posibilidad real de morir si todo se iba al carajo, si no les “gustaba”. ¡Por supuesto que no le creí!

Este vampiro tenía cara de desquiciado con hambre.

Me llevaba a rastras hacia un pasillo, parecía saber a qué puerta.

Seguro íbamos a los cuartos, pero justo antes de cruzar, me planté.

La idea de estar solo con él en una habitación me apretó el estómago con un retorcijón feo.

Fue difícil, pero me zafé. No fue elegante, más bien desesperado.

—No —le dije, lo miraba a los ojos—. Aquí. La donación puede ser aquí.

El sudor me bajó por la sien. Él no dijo nada, pero me miró raro, yo era una molestia que hablaba.

Apretó los labios. Vi los colmillos asomar, blancos, largos.

Me agarró de los hombros, fuerte. Me echó la cabeza a un lado y me haló el cabello.

Me dejó el cuello expuesto. Todo pasó en segundos.

Yo no podía moverme, ni gritar. Me quedé paralizado, con el sonido de la música lejos.

Hasta que una voz lo cortó en seco, a nada de morderme.

—Ahí estás. Te buscaba.

Yo no vi quién era al principio porque le daba la espalda, pero habló tan cerca que sentí el aire de sus palabras en mi oreja. Una figura se puso a mi lado, ocupó espacio, y con voz firme le habló al vampiro loco.

—El humano está conmigo. Es mi donante. Yo lo reclamé primero. Suéltalo. Y no lo vuelvas a tocar.

El vampiro loco gruñó, un sonido grave que le vibró en la garganta, animal.

Dudó. Sus dedos se apretaron un segundo más en mi hombro, parecía decidir si le valía mierda la regla.

Pero al final me soltó. Bajó la cabeza, hizo una leve reverencia rarísima, se deslizó hacia las sombras y desapareció entre cuerpos y humo.

Intenté calmarme. No funcionó. Por dentro era gelatina en medio de una turbulencia. Por fuera, fingía estar bien porque qué más iba a hacer.

Entonces lo vi. Era más alto que yo. Parecía de dieciocho o diecinueve, y sabía que no. Era vampiro y los vampiros no se rigen por apariencias humanas.

Había suficiente luz para verlo bien: piel clara, casi transparente, con un matiz finísimo que no era polvo ni maquillaje, era su piel, así de simple.

Sus ojos un gris perlado, inquietantes y hermosos a la vez, tenían vetas lechosas en el iris.

Alguna regla rara de los ojos vampíricos que yo nunca leí, seguro.

Pero este era diferente. Todo en él lo era.

Tenía esa elegancia que no se entrena ni se finge.

Rostro perfecto, nariz pequeña, labios finos y cabello plateado hasta los hombros, ondulado.

Si un modelo lo viera se tiraría por un barranco de la envidia.

Y yo tuve ganas de tocarlo solo para comprobar que era real y no una alucinación provocada por el humo o por el susto.

Me vio, sonrió leve, algo suave, casi cálido. Bajé la mirada al toque. Me sentí un acosador. «Esto es trabajo, él es vampiro», me repetí, aunque no ayudó en nada.

—Soy Gunnar —dijo por encima de la música y me ofreció la mano—. ¿Y tú eres…?

—Lu… Lucas —alcancé a decir.

Desde algún rincón lo llamaron, pero no respondió.

—¿Estás solo, Lucas? —preguntó.

—No… estoy con un amigo.

—Mejor así. —Se inclinó un poco y me habló más bajo—. Si es tu primera vez, no conviene venir solo.

Lo volvieron a llamar. Esta vez apareció alguien, amigo, guardaespaldas, asistente, no sé, y se lo llevó casi a rastras. Alcancé a escuchar algo de que los donantes ya estaban listos.

—Cuídate, Lucas. No te metas en líos —fue lo último que me dijo antes de perderse entre la gente.

Ni las gracias pude darle. Solté el aire lento, creo que recién ahí me permitía respirar.

Intenté vaciar el caos de mi cabeza, sin éxito.

No entendía nada. En cuestión de minutos casi terminé en una donación forzada y después conocí al ser más guapo que he visto en mi perra vida. Todo en un parpadeo casi. Fuck!

Intenté procesarlo, lo juro, pero solo me vino la voz de Ban: «Vampiros y humanos no son besties». Tenía razón. Igual, mirar no mataba a nadie. Creo.

Bandhu seguía sin aparecer. Y yo me repetía lo mismo, que esto es trabajo.

Que vine a donar, que donar es plata. Que mientras más lo haga, más plata tendría.

Solo esperaba que el próximo vampiro fuera más…

normal. Gunnar-normal. Tranquilo, sin hambre homicida.

Sin ganas de abrirme el cuello como si fuera una estúpida lata de soda.

Necesitaba aire, así que busqué la salida al balcón.

En la ruta noté que un vampiro con barba me observaba.

Chaqueta roja encima, camiseta negra debajo.

Me sostuvo la mirada y sonrió. Le devolví la sonrisa, pero con recelo.

No se movió ni un centímetro, tenía esa calma de tipo que no persigue porque saben que lo van a buscar.

No me dio mala espina, pero ahí, confiar, era casi un deporte extremo.

Una chica a mi izquierda se rio durísimo y eso me sacó del trance.

Parpadeé, volví al cuerpo y ubiqué la salida otra vez.

La puerta estaba justo detrás de una chica y dos vampiras que le succionaban el alma por el cuello.

La sangre le chorreaba por los pechos desnudos, brillante bajo las luces.

Miré para otro lado casi al instante, me escurrí como pude y avancé con cuidado, traté de no pisar ningún charco ni cruzar miradas. Ahí mirar de más era pedir problemas.

El balcón era más bien una terraza gigante del tamaño de media cancha de fútbol.

Piscina, fuentes, jardineras, todo nivel Elon Musk.

También había donaciones afuera, en sofás junto a la piscina.

Humanos y vampiros repartidos por aquí y por allá.

No eran muchos, pero los suficientes para obligarme a andar con cabeza fría. Cada paso era cruzar una zona minada.

Me escabullí entre palmeras y arbustos hasta encontrar un rincón vacío, lejos del ruido y del desmadre. Un spot perfecto detrás de unos maceteros enormes que parecían barricadas. Ahí la música casi no llegaba.

Crucé a duras penas entre las jardineras y del otro lado el piso estaba hecho mierda.

Baldosas resquebrajadas, lonas plásticas, escaleras, tanques de pintura…

Me había metido en una zona en remodelación.

Entonces me fijé, no había baranda. Nada.

Solo el piso y el vacío. Un paso en falso y noventa pisos después iba a terminar estampado en la acera.

La brisa fría me pegó de frente. Las lonas se inflaban y se movían lento, fantasmales, sujetas por las latas de pintura y bolsas de cemento. El viento silbaba más fuerte ahí afuera, pero no me fui. Al contrario, me senté en el piso cerca, no demasiado, del borde.

La vista de la ciudad era perfecta. Luces, avenidas, autos diminutos. Por un segundo pensé que podía quedarme ahí toda la noche, tranquilo y en paz. Qué iluso.

—¿Qué haces aquí? —dijo una voz masculina. Sonó fría, seca, arrogante; el tono exacto de un jefe que pilla a un empleado que llega tarde.

Venía de una esquina, detrás de una pilastra. Apenas distinguí una pierna cruzada, apoyada con descaro en el único tramo de baranda que seguía en pie. Una silueta quieta que miraba al vacío.

—¿Acaso quieres morir? —añadió.

—¿Quién dijo algo de morir? —le solté, y copié el mismo tonito pesado.

—Un soplido fuerte y te vas al precipicio. Noventa pisos. No quedaría ni tu nombre.

—Creo que soy lo bastante capaz de no caer… —empecé, pero ni me dejó terminar.

—Prefiero que estés adentro —me cortó—, cumpliendo tu obligación. No quiero que me cobren por ti como nuevo. Pagué para que trabajes.

Ahí me congelé. Ese tono, esa frase. No era un invitado cualquiera. Era él. El big boss, dueño de la casa, de la fiesta y, por su forma de hablar, capaz que de medio Panamá.

El anfitrión acababa de hablarme como si yo fuera una bolsa de sangre defectuosa que se escapó del inventario.